/ viernes 17 de abril de 2020

Hojas de papel volando | ¿Qué día es hoy?

Hoy nos vemos en el espejo de obsidiana y nos reconocemos... ¡cuánto tiempo ha pasado desde entonces!

Esa mancha en la pared no la había visto. Las lámparas tienen focos fundidos y por eso ya no alumbran como antes... ¿cómo es que no me había dado cuenta? El montón de libros sigue ahí y sigue ahí y sigue ahí...: debo acomodarlos en los libreros a ver si caben y si no... No sé qué hacer.

Hoy estuvo medio nublado. Ayer había más luz en el estudio y antier ni se diga, a esta hora todo estaba más soleado y hacía calor, no como hace dos semanas cuando todavía se sentía frío y no me quité el chaleco en todo el día.

Esta mañana dijeron en la tele que hoy amenazan fuertes aires en la ciudad y que se declaró Alerta Amarilla. No sé qué significa eso. Abajo los ruidos son como más lentos o más lejanos... Se escucha música desde la radio. Se acaba de caer una cacerola en la cocina. Eso me recuerda a José García, en “El libro vacío” de Josefina Vicens:

Cuando él intenta escribir sus reflexiones en el cuaderno Uno, pero los sonidos domésticos lo distraen, lo sacan de sus cavilaciones, se enfurece y apenas puede describir el estridente sonido de la tapa de peltre que al caer mantiene el ruido por largo rato, un ruido que es interminable y ordinario, pero que le reprocha que la única que hace algo útil ahí es su esposa, con sus quehaceres domésticos.

En este momento en la calle todo está como más en silencio. Aletargado. Como que los ruidos que provenían del exterior ya no son ruidos y el silencio parece que se adueñó de las banquetas, de las puertas, de los zaguanes, de los árboles de los postes de luz... “Los sonidos del silencio” dicen Simon and Garfunkel en aquella rola que escribió Paul Simon en 1964 luego de la muerte de John F. Kennedy...”Hello darkness my old friend...”

La compradora de “Muebles usados que vendaaaaaan” no ha pasado hace ya... ¿cuántos días? Ya no me acuerdo, se le extraña; como se extraña a los vendedores que anuncian a toda voz sus productos; como se extraña a los Evangelistas de los domingos, a los que se les cierra la puerta pero que siempre tocan para “platicar un poquito con usted”... “Disculpe, venga luego, estamos desayunando”.

Hace un rato comencé a dizque acomodar los libros que están dispersos y hasta en el piso: cuidadosamente depositados ahí –ejem-. Tomo uno a uno y los acaricio. Los quiero mucho. No a todos. Los de autoayuda me caen gordos, no sé cómo llegaron aquí. Los mandaré al vacío de los libros perdidos.

Si me detengo un largo rato para releer esto o aquello, para recordar lo que me dijo tal o cual autor o, incluso, veo mis subrayados en muchos, mis apuntes al margen, los dobleces en algunas esquinas para marcar el “aquí me quedé...”

Recuperé mi primera edición de “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, la de 1981, aunque ya él la había publicado en el suplemento “Sábado” de aquel “UnomásUno”. ¡Cómo me gustó desde la primera lectura! Era como aire fresco en la literatura mexicana; una joya.

Todo parece tan sencillo de decir, pero precisamente ‘lo más sencillo es lo más difícil’. Esto me lo dijo una vez Carlos Monsiváis cuando platicábamos de sus crónicas en “Amor perdido”. Eso es.

Aquí están las obras completas de Thomas Mann... Mi ídolo. Todo comenzó con una película: “La muerte en Venecia” de Luchino Visconti en 1971, aunque la obra es de 1912. Por eso compré el libro para leer en su original la historia del profesor Gustav von Aschenbach.

Ahora mismo he puesto la 5ª. Sinfonía de Mahler... mmmm... Luego me hice de “Doktor Faustus”, su Fausto; “La montaña mágica” y por supuesto su obra inicial: “Los Buddenbrook”. Cuánta elegancia, cuánta sutileza para profundizar en el alma europea y, sobre todo, en el alma alemana y sus contradicciones. Es obra escrita para el alma, para el corazón, para las entrañas... Si. Eso.

¿Por qué son tan largos estos días?, de pronto parece que ya es tarde y siguen siendo las once de la mañana... ¿qué día es hoy?

Entran llamadas por teléfono a cada rato. El problema es que no sé quién es quién y contesto a todas. Llama la familia querida que está en Oaxaca o en Mérida. Y mis amigos. Todos confinados y confitados, son unos dulces todos ellos: caramelizados.

Falta el Gruñón, mi gran amigo de Juchitán, y no me lo imagino quieto, él que es todo acción, pasión por su trabajo y sus refunfuños... bueno, pero tiene corazón de pan de dulce de Oaxaca, aunque él dice que mandó a que se lo retiraran porque no le servía para nada... Ja.

Y vuelvo a mí: Nuestros días enmascarados. Días de introspección. Jornadas que empiezan como siempre y como siempre por estos días se repiten y se repiten, como si cada uno fuera copia al carbón del día anterior... Aunque no... Son días distintos si uno quiere.

Son días de mirarnos unos a otros en la casa; en familia. Y reencontrarnos. Y decirnos cualquier cosa que signifique cariño, unidad, confianza... Porque lo necesitamos hoy, ahora, aquí... ¿Por qué no lo había dicho antes? ¿Por qué nos guardamos todas esas palabras y esas señales por las que nos sentimos unidos, valorados, queridos, necesitados... amados?

Toda la vida decimos: “¡Esto lo hago por la familia!” o “Mi familia primero” Y sí. Pero no. Resulta que con frecuencia a la familia la mandamos “al final y en la cocina” porque damos más importancia a nuestros quehaceres laborales, a nuestras necesidades de lana sube-lana baja, a nuestras ganas de ganar y triunfar y sentirnos distintos y distantes. En cualquier ámbito y proporción.

Hoy nos vemos en el espejo de obsidiana y nos reconocemos... ¡cuánto tiempo ha pasado desde entonces!

Intento imaginar qué está haciendo cada uno de mis amigos-colegas-paisanos-cuates: ellos y ellas. ¿Qué hace cada uno en su aislamiento necesario? ¿Qué piensa cada uno? ¿Cuáles son sus planes ‘para cuando todo esto pase’?

Algo percibo en lo que algunos de ellos transmiten a través de las redes sociales. A veces simulan tomar a broma todo esto. , a veces muy en serio, a muchos les preocupa tanto y lo expresan, hay oraciones, hay ‘cadenas de oración’, y hay una señal que subyace: Hay miedo. Si. ¿Por qué no?... Si tenemos miedo. Si tenemos temores. Si sabemos que esto es pasajero, pero no sabemos cuánto tiempo durará ese pasaje que parece interminable ya hoy.

Y pregunto ¿qué clase de seres humanos éramos antes de esta pandemia? ¿Frívolos? ¿Luchadores? ¿Trabajadores? ¿Malvados? ¿Canallas? ¿Ambiciosos? ¿Tiernos? ¿Humanos? ¿Generosos? ¿Alegres? ¿Tristes? ¿Cariñosos? ¿Solidarios? ¿Egoístas? Si todo eso, en multitud y cada uno por su cuenta.

Y pregunto ¿qué clase de seres humanos somos hoy mismo? ¿Somos ese dócil y temeroso ser humano que se resguarda en casa? ¿Somos ese silencioso caminante en nuestras intimidades más corrosivas o intensas y luminosas? ¿Y el orgullo de ser súper poderoso dónde quedó? ¿Y el enojo por nuestras limitaciones o marginaciones? ¿Hoy todos somos el mismo para el que lo esencial, que es la vida, está en riesgo? ¿Hoy todos somos pares, al fin?

Y pregunto: ¿Qué clase de ser humano seremos cuando todo esto haya pasado? ¿Volveremos a las andadas o aprenderemos la lección de nuestras propias debilidades, contradicciones y nuestros temores? ¿Qué ser humano surgirá para entonces? ¿Cómo lloraremos la ausencia de los que se fueron? ¿Cómo entenderemos que la naturaleza nos cobra facturas sin hacer distinciones? ¿Cómo honraremos a los médicos, enfermeros, asistentes que arriesgaron la vida por nosotros?

¿Cómo valoraremos los dimes y diretes de nuestros políticos, interminables hasta la saciedad? ¿En qué lugar quedará nuestra decisión de seguir una ruta o cambiarla? ¿Quién se atreverá a replantear el sentido político y el sentido humano y social e individual? ¿Qué se dirá de nosotros dentro de muchos años cuando se estudie lo que pasa hoy? ¿Cómo nos defenderemos?

Lo único que sé en este momento es eso, si, que quiero que mi familia esté bien. Y que mis amigos estén bien, y sus familias. Y que mis colegas sigan siendo tan furibundos y leales como siempre... Y que cuando nos encontremos de nuevo nos digamos: “Como decíamos ayer”... Eso, así como Fray Luis de León... Nos encontraremos y con la voz más cariñosa y el abrazo más cariñoso retomaremos el camino, ahora de la mano, sin soltarla, porque nos hacemos falta todos. Eso. Sí. Eso. Nos hacemos mucha falta.

Y, bueno... Esa mancha en la pared no sé cómo quitarla... ¿Qué día es hoy?


joelhsantiago@gmail.com


Esa mancha en la pared no la había visto. Las lámparas tienen focos fundidos y por eso ya no alumbran como antes... ¿cómo es que no me había dado cuenta? El montón de libros sigue ahí y sigue ahí y sigue ahí...: debo acomodarlos en los libreros a ver si caben y si no... No sé qué hacer.

Hoy estuvo medio nublado. Ayer había más luz en el estudio y antier ni se diga, a esta hora todo estaba más soleado y hacía calor, no como hace dos semanas cuando todavía se sentía frío y no me quité el chaleco en todo el día.

Esta mañana dijeron en la tele que hoy amenazan fuertes aires en la ciudad y que se declaró Alerta Amarilla. No sé qué significa eso. Abajo los ruidos son como más lentos o más lejanos... Se escucha música desde la radio. Se acaba de caer una cacerola en la cocina. Eso me recuerda a José García, en “El libro vacío” de Josefina Vicens:

Cuando él intenta escribir sus reflexiones en el cuaderno Uno, pero los sonidos domésticos lo distraen, lo sacan de sus cavilaciones, se enfurece y apenas puede describir el estridente sonido de la tapa de peltre que al caer mantiene el ruido por largo rato, un ruido que es interminable y ordinario, pero que le reprocha que la única que hace algo útil ahí es su esposa, con sus quehaceres domésticos.

En este momento en la calle todo está como más en silencio. Aletargado. Como que los ruidos que provenían del exterior ya no son ruidos y el silencio parece que se adueñó de las banquetas, de las puertas, de los zaguanes, de los árboles de los postes de luz... “Los sonidos del silencio” dicen Simon and Garfunkel en aquella rola que escribió Paul Simon en 1964 luego de la muerte de John F. Kennedy...”Hello darkness my old friend...”

La compradora de “Muebles usados que vendaaaaaan” no ha pasado hace ya... ¿cuántos días? Ya no me acuerdo, se le extraña; como se extraña a los vendedores que anuncian a toda voz sus productos; como se extraña a los Evangelistas de los domingos, a los que se les cierra la puerta pero que siempre tocan para “platicar un poquito con usted”... “Disculpe, venga luego, estamos desayunando”.

Hace un rato comencé a dizque acomodar los libros que están dispersos y hasta en el piso: cuidadosamente depositados ahí –ejem-. Tomo uno a uno y los acaricio. Los quiero mucho. No a todos. Los de autoayuda me caen gordos, no sé cómo llegaron aquí. Los mandaré al vacío de los libros perdidos.

Si me detengo un largo rato para releer esto o aquello, para recordar lo que me dijo tal o cual autor o, incluso, veo mis subrayados en muchos, mis apuntes al margen, los dobleces en algunas esquinas para marcar el “aquí me quedé...”

Recuperé mi primera edición de “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, la de 1981, aunque ya él la había publicado en el suplemento “Sábado” de aquel “UnomásUno”. ¡Cómo me gustó desde la primera lectura! Era como aire fresco en la literatura mexicana; una joya.

Todo parece tan sencillo de decir, pero precisamente ‘lo más sencillo es lo más difícil’. Esto me lo dijo una vez Carlos Monsiváis cuando platicábamos de sus crónicas en “Amor perdido”. Eso es.

Aquí están las obras completas de Thomas Mann... Mi ídolo. Todo comenzó con una película: “La muerte en Venecia” de Luchino Visconti en 1971, aunque la obra es de 1912. Por eso compré el libro para leer en su original la historia del profesor Gustav von Aschenbach.

Ahora mismo he puesto la 5ª. Sinfonía de Mahler... mmmm... Luego me hice de “Doktor Faustus”, su Fausto; “La montaña mágica” y por supuesto su obra inicial: “Los Buddenbrook”. Cuánta elegancia, cuánta sutileza para profundizar en el alma europea y, sobre todo, en el alma alemana y sus contradicciones. Es obra escrita para el alma, para el corazón, para las entrañas... Si. Eso.

¿Por qué son tan largos estos días?, de pronto parece que ya es tarde y siguen siendo las once de la mañana... ¿qué día es hoy?

Entran llamadas por teléfono a cada rato. El problema es que no sé quién es quién y contesto a todas. Llama la familia querida que está en Oaxaca o en Mérida. Y mis amigos. Todos confinados y confitados, son unos dulces todos ellos: caramelizados.

Falta el Gruñón, mi gran amigo de Juchitán, y no me lo imagino quieto, él que es todo acción, pasión por su trabajo y sus refunfuños... bueno, pero tiene corazón de pan de dulce de Oaxaca, aunque él dice que mandó a que se lo retiraran porque no le servía para nada... Ja.

Y vuelvo a mí: Nuestros días enmascarados. Días de introspección. Jornadas que empiezan como siempre y como siempre por estos días se repiten y se repiten, como si cada uno fuera copia al carbón del día anterior... Aunque no... Son días distintos si uno quiere.

Son días de mirarnos unos a otros en la casa; en familia. Y reencontrarnos. Y decirnos cualquier cosa que signifique cariño, unidad, confianza... Porque lo necesitamos hoy, ahora, aquí... ¿Por qué no lo había dicho antes? ¿Por qué nos guardamos todas esas palabras y esas señales por las que nos sentimos unidos, valorados, queridos, necesitados... amados?

Toda la vida decimos: “¡Esto lo hago por la familia!” o “Mi familia primero” Y sí. Pero no. Resulta que con frecuencia a la familia la mandamos “al final y en la cocina” porque damos más importancia a nuestros quehaceres laborales, a nuestras necesidades de lana sube-lana baja, a nuestras ganas de ganar y triunfar y sentirnos distintos y distantes. En cualquier ámbito y proporción.

Hoy nos vemos en el espejo de obsidiana y nos reconocemos... ¡cuánto tiempo ha pasado desde entonces!

Intento imaginar qué está haciendo cada uno de mis amigos-colegas-paisanos-cuates: ellos y ellas. ¿Qué hace cada uno en su aislamiento necesario? ¿Qué piensa cada uno? ¿Cuáles son sus planes ‘para cuando todo esto pase’?

Algo percibo en lo que algunos de ellos transmiten a través de las redes sociales. A veces simulan tomar a broma todo esto. , a veces muy en serio, a muchos les preocupa tanto y lo expresan, hay oraciones, hay ‘cadenas de oración’, y hay una señal que subyace: Hay miedo. Si. ¿Por qué no?... Si tenemos miedo. Si tenemos temores. Si sabemos que esto es pasajero, pero no sabemos cuánto tiempo durará ese pasaje que parece interminable ya hoy.

Y pregunto ¿qué clase de seres humanos éramos antes de esta pandemia? ¿Frívolos? ¿Luchadores? ¿Trabajadores? ¿Malvados? ¿Canallas? ¿Ambiciosos? ¿Tiernos? ¿Humanos? ¿Generosos? ¿Alegres? ¿Tristes? ¿Cariñosos? ¿Solidarios? ¿Egoístas? Si todo eso, en multitud y cada uno por su cuenta.

Y pregunto ¿qué clase de seres humanos somos hoy mismo? ¿Somos ese dócil y temeroso ser humano que se resguarda en casa? ¿Somos ese silencioso caminante en nuestras intimidades más corrosivas o intensas y luminosas? ¿Y el orgullo de ser súper poderoso dónde quedó? ¿Y el enojo por nuestras limitaciones o marginaciones? ¿Hoy todos somos el mismo para el que lo esencial, que es la vida, está en riesgo? ¿Hoy todos somos pares, al fin?

Y pregunto: ¿Qué clase de ser humano seremos cuando todo esto haya pasado? ¿Volveremos a las andadas o aprenderemos la lección de nuestras propias debilidades, contradicciones y nuestros temores? ¿Qué ser humano surgirá para entonces? ¿Cómo lloraremos la ausencia de los que se fueron? ¿Cómo entenderemos que la naturaleza nos cobra facturas sin hacer distinciones? ¿Cómo honraremos a los médicos, enfermeros, asistentes que arriesgaron la vida por nosotros?

¿Cómo valoraremos los dimes y diretes de nuestros políticos, interminables hasta la saciedad? ¿En qué lugar quedará nuestra decisión de seguir una ruta o cambiarla? ¿Quién se atreverá a replantear el sentido político y el sentido humano y social e individual? ¿Qué se dirá de nosotros dentro de muchos años cuando se estudie lo que pasa hoy? ¿Cómo nos defenderemos?

Lo único que sé en este momento es eso, si, que quiero que mi familia esté bien. Y que mis amigos estén bien, y sus familias. Y que mis colegas sigan siendo tan furibundos y leales como siempre... Y que cuando nos encontremos de nuevo nos digamos: “Como decíamos ayer”... Eso, así como Fray Luis de León... Nos encontraremos y con la voz más cariñosa y el abrazo más cariñoso retomaremos el camino, ahora de la mano, sin soltarla, porque nos hacemos falta todos. Eso. Sí. Eso. Nos hacemos mucha falta.

Y, bueno... Esa mancha en la pared no sé cómo quitarla... ¿Qué día es hoy?


joelhsantiago@gmail.com


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