/ domingo 4 de agosto de 2019

Hojas de Papel Volando | Un Indio muy Fernández

Su obra contiene, al mismo tiempo, la esencia del mexicano glorioso, como también su eterna contradicción

Parece paradójico, pero no lo es. Un hombre de carácter irascible, duro, extremo, capaz de las más grandes rudezas e incluso mortales; y es al mismo tiempo quien nos regaló algunas de las escenas cinematográficas más tiernas, más dulces, emotivas y comprometidas de la historia del cine mexicano. ¿Quién lo iba a decir?

Su obra contiene, al mismo tiempo, la esencia del mexicano glorioso, como también su eterna contradicción. Y se vuelca en la condición humana cuya única redención –se percibe ahí-- está en su conciencia, en sus pasiones, sus locuras y en la indivisibilidad entre el ser humano y la naturaleza omnipresente.

... Ese era, de algún modo Emilio Fernández Romo: El “Indio” Fernández en cuya obra expresa su profundo amor por México, por aquel país aún rural e indígena, tan desconcertante como amado.

No hay escena más emotiva-triste-dulce-agria-y amorosa como aquella en la del baile que realizan los personajes de Roberto Cañedo y Columba Domínguez el día de su boda en “Pueblerina”: Nadie del pueblo --que no siempre es sabio—asiste a la invitación a la boda y a la fiesta...

... Hay demasiados rencores guardados. Hay demasiados miedos. Hay insolidaridad. Ellos solos, los recién casados, en la penumbra de su desamparo, ya noche, bailan la danza de la tristeza, de la soledad, de la indignación, pero también la del amor: “El palomo y la paloma”... Esto es la esencia del Indio Fernández...

Y está en “La Perla” en donde la codicia humana vence a las aspiraciones del pescador (Pedro Armendáriz) que encontró una perla y la que propicia una historia de confrontación social, de irracionalidad humana, pero también, como fondo, la esperanza de la unión de hombre y mujer, antes y después de la gloria y el infierno, juntos en una perla.

O como ocurrió en la escena final de “María Candelaria”: la vida y la muerte que navegan en una canoa que remael atribulado Armendáriz con el cadáver de Dolores del Río (María Candelaria) cubierta de flores y bendecida por la inocencia frente a la intolerancia e ignorancia colectivas.

Y así, tantas películas esenciales de la Época de Oro del Cine Mexicano a la que en mucho contribuyó uno de los grandes directores de cine que ha tenido México y cuya filmografía se convierte ya en obra de culto; en obra de arte y, por lo mismo, en histórica.

En todo caso, la obra no es individual aunque sí resultado del espíritu creativo del Indio. Esto, porque supo hacerse de un equipo de trabajo irrepetible:

Un guionista que es un escritor enorme: Mauricio Magdaleno, autor de dos obras emblemáticas de la literatura mexicana: “El resplandor” (1937) y “La Tierra Grande” (1949) y que tanto influyeron en la obra de Juan Rulfo.

El emblemático fotógrafo Gabriel Figueroa, paisajista de México por antonomasia y de la estética mexicana, de los cielos y el ambiente rural. De los grandes contrastes de luz y sombra. Cada película fotografiada por Figueroa fue y es una obra excepcional por su estética y por su emotividad profundamente mexicanas.

Actores como María Félix, Dolores del Río, Columba Domínguez, Pedro Armendáriz, Roberto Cañedo y muchos más contribuyeron a que el cine del Indio Fernández adquiriera personalidad propia. Ver el cine del Indio Fernández es ver al México de su tiempo que trasciende a ese tiempo y que termina en añoranza...

Se llamaba Emilio Fernández Romo y nació en Mineral del Hondo, Coahuila en 1904. Hijo de un general que participó en la Revolución Mexicana y una descendiente de indios Kikapú. Ambas corrientes vertieron en él, el amor por México y su interés por expresar el tema rural e indígena.

Estudió en el Colegio Militar y años después se le reconoció el grado de coronel. Involucrado en política apoyó el levantamiento de Adolfo de la Huerta en contra de Álvaro Obregón en 1923. Al fracaso de la insurrección, Emilio fue encarcelado, pero escapó y se fue a Estados Unidos. Primero Chicago y de ahí a Los Ángeles, lo que sería determinante para su vida y para su obra.

Ahí trabaja en oficios, pero al mismo tiempo como extra en los estudios de Hollywood. En 1930 conoce allá la obra mexicana de Sergei Eisenstein, el director ruso autor de obras históricas y joyas del cine mundial, como “El Acorazado Potemkin”, “Octubre”, “Alejandro Nevski” e “Iván el Terrible”: joyas todas. Pero llegó a México marginado de la industria estadounidense. El que fuera ruso les caía mal en Hollywood, en donde le llamaron “Perro rojo”.

La ganancia fue para México pues en 1930 llega y luego de tropiezos y cárcel filma “¡Que viva México!” y “Trueno sobre México”... obras grandiosas, aunque inconclusas pero de gran estética y montaje. Eisenstein habría de ser determinante en la obra cinematográfica del “Indio”, como se ve...

A su regreso a México, Emilio ya traía el gusanito del cine estético, directo, emotivo, y con los trazos indigenistas del director ruso; comienza a trabajar en la industria como actor –“Cruz Diablo”- o como asistente de dirección en “Allá en el Rancho Grande”. En 1941 filma su primera película: “La isla de la pasión”... Y para 1943 la productora Films Mundiales lo contacta para que haga una película.

Y comienza a ser ese “Indio Fernández” que todos admiramos. Junta a su equipo, que le sería inseparable: Mauricio Magdaleno; Gabriel Figueroa; Dolores del Rio y Pedro Armendáriz; la obra: “Flor Silvestre”, que inmediatamente sería un triunfo de taquilla y de reconocimiento mundial.

A esta obra siguieron más del mismo tono: rural, pasión humana, contradicciones entre la bondad y la maldad colectivas, pero sobre todo la ternura de sus personajes.

En 1943 filmó “María Candelaria” que causó un gran impacto nacional e internacional y ganó, ese año, la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Ayudaban mucho el guion y la fotografía de Figueroa.

De ahí vendría una y otra muchas películas de gran aliento y cuya etiqueta era la del cine de intensidades emotivas, nacionalistas, campiranas, indígenas y con México como fondo perfecto, porque México hablaba por sus personajes y sus historias, como en “La Perla” (1945) en donde trabaja el guion con John Steinbeck (autor de la obra y Premio Nobel de Literatura, 1962): una historia de codicia y de barreras humanas...

Y ahí están películas ya consolidadas como joyas del cine mexicano: “Enamorada”; “Río Escondido”; “Pueblerina”; “La malquerida”, “Maclovia” y hasta una obra urbana: “Salón México” en donde aparece uno de los malos más malos del cine mexicano: Rodolfo Acosta, como el proxeneta vulgar, fanfarrón y violento...

Luego su obra ya en decadencia comenzó a hacer cine de la Revolución mexicana: “La cucaracha” (1950); “La Bandida” (1963)... y en adelante más la actuación que la dirección...

Polémico y extrovertido, el Indio Fernández era conocido por su carácter irascible y por lo mismo inaguantable para muchos. Por ahí de 1976 estuvo preso por asesinato. El relato dice que andaba por Torreón buscando locaciones para una película. De pronto se vio metido en un pleito porque un agricultor llegó borracho –dijo Emilio en su defensa- e insultó a un grupo de gitanos mientras disparaba tiros al aire. El Indio se indignó y se hicieron de palabras.

Hubo disparos. El agricultor recibió dos tiros en el pecho. El Indio Fernández huyo inmediato. Se refugió en Guatemala. Días más tarde se entregó a las autoridades mexicanas. Argumentó defensa propia en todo momento. Se le dictó sentencia de 4 años y 6 meses de cárcel. Salió en libertad bajo fianza el 10 de diciembre de 1976.

Así sus relaciones afectivas. Fuertes. Apasionadas y con frecuencia conflictivas. Era un hombre de su tiempo que se entendía en la dureza propia y en la dureza de sus actos.

De ahí en adelante el declive casi total, el abandono de la industria y su entorno y, al final, una sola cosa: el reconocimiento a su obra siempre magnífica y enorme; un mural del México de entonces que se resistía a desparecer, que hoy ya no existe pero que quedó ahí, para ser reconocido por quienes entienden al cine como arte y como solaz; como estética y como creación: como historia.

Todo nos lo aportó Emilio “el Indio” Fernández que murió el 6 de agosto de 1986 en su casa de Coyoacán, México.

“¡Pero qué no entiende usted? ¡Ya le dije que se vaya! ¡Cómo ha tenido el descaro de venir a mi casa! Además le prohíbo que pase por mi calle. Se cree usted un narciso irresistible o qué. Además es usted un ridículo, un payo, un grosero, y roba-vacas, zambo, chango mechudo, mantenido, lástima de ropa, además es usted muy feo... ¡payaso!” (María Félix en “Enamorada”)

Parece paradójico, pero no lo es. Un hombre de carácter irascible, duro, extremo, capaz de las más grandes rudezas e incluso mortales; y es al mismo tiempo quien nos regaló algunas de las escenas cinematográficas más tiernas, más dulces, emotivas y comprometidas de la historia del cine mexicano. ¿Quién lo iba a decir?

Su obra contiene, al mismo tiempo, la esencia del mexicano glorioso, como también su eterna contradicción. Y se vuelca en la condición humana cuya única redención –se percibe ahí-- está en su conciencia, en sus pasiones, sus locuras y en la indivisibilidad entre el ser humano y la naturaleza omnipresente.

... Ese era, de algún modo Emilio Fernández Romo: El “Indio” Fernández en cuya obra expresa su profundo amor por México, por aquel país aún rural e indígena, tan desconcertante como amado.

No hay escena más emotiva-triste-dulce-agria-y amorosa como aquella en la del baile que realizan los personajes de Roberto Cañedo y Columba Domínguez el día de su boda en “Pueblerina”: Nadie del pueblo --que no siempre es sabio—asiste a la invitación a la boda y a la fiesta...

... Hay demasiados rencores guardados. Hay demasiados miedos. Hay insolidaridad. Ellos solos, los recién casados, en la penumbra de su desamparo, ya noche, bailan la danza de la tristeza, de la soledad, de la indignación, pero también la del amor: “El palomo y la paloma”... Esto es la esencia del Indio Fernández...

Y está en “La Perla” en donde la codicia humana vence a las aspiraciones del pescador (Pedro Armendáriz) que encontró una perla y la que propicia una historia de confrontación social, de irracionalidad humana, pero también, como fondo, la esperanza de la unión de hombre y mujer, antes y después de la gloria y el infierno, juntos en una perla.

O como ocurrió en la escena final de “María Candelaria”: la vida y la muerte que navegan en una canoa que remael atribulado Armendáriz con el cadáver de Dolores del Río (María Candelaria) cubierta de flores y bendecida por la inocencia frente a la intolerancia e ignorancia colectivas.

Y así, tantas películas esenciales de la Época de Oro del Cine Mexicano a la que en mucho contribuyó uno de los grandes directores de cine que ha tenido México y cuya filmografía se convierte ya en obra de culto; en obra de arte y, por lo mismo, en histórica.

En todo caso, la obra no es individual aunque sí resultado del espíritu creativo del Indio. Esto, porque supo hacerse de un equipo de trabajo irrepetible:

Un guionista que es un escritor enorme: Mauricio Magdaleno, autor de dos obras emblemáticas de la literatura mexicana: “El resplandor” (1937) y “La Tierra Grande” (1949) y que tanto influyeron en la obra de Juan Rulfo.

El emblemático fotógrafo Gabriel Figueroa, paisajista de México por antonomasia y de la estética mexicana, de los cielos y el ambiente rural. De los grandes contrastes de luz y sombra. Cada película fotografiada por Figueroa fue y es una obra excepcional por su estética y por su emotividad profundamente mexicanas.

Actores como María Félix, Dolores del Río, Columba Domínguez, Pedro Armendáriz, Roberto Cañedo y muchos más contribuyeron a que el cine del Indio Fernández adquiriera personalidad propia. Ver el cine del Indio Fernández es ver al México de su tiempo que trasciende a ese tiempo y que termina en añoranza...

Se llamaba Emilio Fernández Romo y nació en Mineral del Hondo, Coahuila en 1904. Hijo de un general que participó en la Revolución Mexicana y una descendiente de indios Kikapú. Ambas corrientes vertieron en él, el amor por México y su interés por expresar el tema rural e indígena.

Estudió en el Colegio Militar y años después se le reconoció el grado de coronel. Involucrado en política apoyó el levantamiento de Adolfo de la Huerta en contra de Álvaro Obregón en 1923. Al fracaso de la insurrección, Emilio fue encarcelado, pero escapó y se fue a Estados Unidos. Primero Chicago y de ahí a Los Ángeles, lo que sería determinante para su vida y para su obra.

Ahí trabaja en oficios, pero al mismo tiempo como extra en los estudios de Hollywood. En 1930 conoce allá la obra mexicana de Sergei Eisenstein, el director ruso autor de obras históricas y joyas del cine mundial, como “El Acorazado Potemkin”, “Octubre”, “Alejandro Nevski” e “Iván el Terrible”: joyas todas. Pero llegó a México marginado de la industria estadounidense. El que fuera ruso les caía mal en Hollywood, en donde le llamaron “Perro rojo”.

La ganancia fue para México pues en 1930 llega y luego de tropiezos y cárcel filma “¡Que viva México!” y “Trueno sobre México”... obras grandiosas, aunque inconclusas pero de gran estética y montaje. Eisenstein habría de ser determinante en la obra cinematográfica del “Indio”, como se ve...

A su regreso a México, Emilio ya traía el gusanito del cine estético, directo, emotivo, y con los trazos indigenistas del director ruso; comienza a trabajar en la industria como actor –“Cruz Diablo”- o como asistente de dirección en “Allá en el Rancho Grande”. En 1941 filma su primera película: “La isla de la pasión”... Y para 1943 la productora Films Mundiales lo contacta para que haga una película.

Y comienza a ser ese “Indio Fernández” que todos admiramos. Junta a su equipo, que le sería inseparable: Mauricio Magdaleno; Gabriel Figueroa; Dolores del Rio y Pedro Armendáriz; la obra: “Flor Silvestre”, que inmediatamente sería un triunfo de taquilla y de reconocimiento mundial.

A esta obra siguieron más del mismo tono: rural, pasión humana, contradicciones entre la bondad y la maldad colectivas, pero sobre todo la ternura de sus personajes.

En 1943 filmó “María Candelaria” que causó un gran impacto nacional e internacional y ganó, ese año, la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Ayudaban mucho el guion y la fotografía de Figueroa.

De ahí vendría una y otra muchas películas de gran aliento y cuya etiqueta era la del cine de intensidades emotivas, nacionalistas, campiranas, indígenas y con México como fondo perfecto, porque México hablaba por sus personajes y sus historias, como en “La Perla” (1945) en donde trabaja el guion con John Steinbeck (autor de la obra y Premio Nobel de Literatura, 1962): una historia de codicia y de barreras humanas...

Y ahí están películas ya consolidadas como joyas del cine mexicano: “Enamorada”; “Río Escondido”; “Pueblerina”; “La malquerida”, “Maclovia” y hasta una obra urbana: “Salón México” en donde aparece uno de los malos más malos del cine mexicano: Rodolfo Acosta, como el proxeneta vulgar, fanfarrón y violento...

Luego su obra ya en decadencia comenzó a hacer cine de la Revolución mexicana: “La cucaracha” (1950); “La Bandida” (1963)... y en adelante más la actuación que la dirección...

Polémico y extrovertido, el Indio Fernández era conocido por su carácter irascible y por lo mismo inaguantable para muchos. Por ahí de 1976 estuvo preso por asesinato. El relato dice que andaba por Torreón buscando locaciones para una película. De pronto se vio metido en un pleito porque un agricultor llegó borracho –dijo Emilio en su defensa- e insultó a un grupo de gitanos mientras disparaba tiros al aire. El Indio se indignó y se hicieron de palabras.

Hubo disparos. El agricultor recibió dos tiros en el pecho. El Indio Fernández huyo inmediato. Se refugió en Guatemala. Días más tarde se entregó a las autoridades mexicanas. Argumentó defensa propia en todo momento. Se le dictó sentencia de 4 años y 6 meses de cárcel. Salió en libertad bajo fianza el 10 de diciembre de 1976.

Así sus relaciones afectivas. Fuertes. Apasionadas y con frecuencia conflictivas. Era un hombre de su tiempo que se entendía en la dureza propia y en la dureza de sus actos.

De ahí en adelante el declive casi total, el abandono de la industria y su entorno y, al final, una sola cosa: el reconocimiento a su obra siempre magnífica y enorme; un mural del México de entonces que se resistía a desparecer, que hoy ya no existe pero que quedó ahí, para ser reconocido por quienes entienden al cine como arte y como solaz; como estética y como creación: como historia.

Todo nos lo aportó Emilio “el Indio” Fernández que murió el 6 de agosto de 1986 en su casa de Coyoacán, México.

“¡Pero qué no entiende usted? ¡Ya le dije que se vaya! ¡Cómo ha tenido el descaro de venir a mi casa! Además le prohíbo que pase por mi calle. Se cree usted un narciso irresistible o qué. Además es usted un ridículo, un payo, un grosero, y roba-vacas, zambo, chango mechudo, mantenido, lástima de ropa, además es usted muy feo... ¡payaso!” (María Félix en “Enamorada”)

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