/ viernes 24 de abril de 2020

Hojas de papel volando | Un libro... dos libros... tres libros

La Unesco proclamó el 23 de abril como "Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor" por la coincidencia en que varios grandes de la literatura fallecieron en esta fecha

"- ¿Verdad que sabe leer, compadre?

-Algo.

- ¿Y que está leyendo?

-Una novela. Pero quédate callado. Si hablas se mueve la llama, y a mí se me mueven las letras.

El otro se alejó para no estorbar, mas era tal la atención que el viejo dispensaba al libro, que no soportó quedar al margen.

- ¿De qué se trata?

- Del amor.

Ante la respuesta del viejo, el otro se acercó con renovado interés.

- No jodas. ¿Con hembras ricas, calentonas?

El viejo cerró de sopetón el libro haciendo vacilar la llama de la lámpara.

-No. Se trata del otro amor. Del que duele".

Luis Sepúlveda.


Hay días en los que año con año se recuerda una fecha importante en el almanaque mundial. Una de ellas es la que se celebra cada 23 de abril desde 1995. Es una fecha simbólica:

En ese día, en 1616, murió don Miguel de Cervantes Saavedra, también William Shakespeare y el poeta Garcilaso de la Vega, El Inca. El 23 de abril también es la fecha de nacimiento de grandes autores, como Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo.

Así que desde ese año la Unesco proclamó el 23 de abril como "Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor". Eso mero.

Un día para recordar a un objeto esencial para la vida de todo el que vive, así como también a aquellos que se encierran a piedra y lodo para escribir para sí y para otros, y para que el olvido no se proclame en la vida de los hombres y mujeres desde que tiene uso de razón y quiso decirle a ‘Sepan cuántos...’ lo que vive, lo que ve, lo que piensa y lo que imagina: un libro resume todo esto en unas cuantas páginas y queda para siempre.

En la avenida Hidalgo del entonces Distrito Federal, había una librería Zaplana. Estaba a la vista de la Alameda Central. Era un recinto enorme, casi a modo de bodega, o eso me parecía por entonces cuando mi gran paseo semanal era ir a librerías e imaginar la lectura de algunos títulos de Julio Verne, de Arthur Conan Doyle o Mark Twain.

La Unión Internacional de Editores propuso a la UNESCO esta conmemoración / Cortesía | FIL

Tenía una cantidad enorme de libros por todos lados, en estantes, en libreros enormes, algunos en mesas al centro, con pasillos mínimos entre ellas. Y había unos cartones que indicaban el precio de los ejemplares. Pero sobre todo en la entrada había una pila grande de la colección “Sepan cuántos...” de Porrúa y cuyos libros eran los más económicos y de excelencia.

Compré “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo, el número cinco de la colección y que está prologado por Joaquín Ramírez Cabañas. Era un enorme libro que costaba unos pesos, aunque para mí eran una fortuna.

Pero lo compré por dos razones: primero porque me interesaba el tema desde que lo platicó Fito, el maestro de sexto en una clase de historia en la primaria y porque todavía no tenía amigos por estos rumbos, ni trabajo ni perro que me ladrara, así que en mis ‘soledades voy, de mis soledades vengo’ me pondría a leer lo que pasó aquí a la llegada de los españoles. Luego leería la enorme obra de don Miguel León Portilla: “La visión de los vencidos” con la que se equilibra la información.

Foto: Pixabay

De ahí en adelante me aficioné a la misma colección y a la misma Zaplana. Tiempo después cuando ya le había perdido el miedo al ‘monstruo urbano’ fui descubriendo otras librerías en donde resplandecía la cultura, la ilustración, la ciencia, la tecnología, la gran literatura, la historia, las artes y todo lo que ve y piensa y crea el ser humano.

Así de pronto ya estaba en la librería de El Sótano, que estaba en avenida Juárez, y a la que había que bajar por unas escalerillas pues arriba estaba un restaurante en el que los muy cucos de por entonces tomaban limonadas de naranja mientras veían pasar al mundo y su circunstancia.

Abajo estaba el reino del conocimiento: los libros y el nombre de sus autores puestos en la primera plana. Y había pasillos y mesas y estantes y vendedores y libros y libros y libros... y la terrible y fatídica caja en la entrada-salida, en donde uno tenía que pasar a ponerse guapo a la compra de “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” de Edgar Alan Poe, un libro del que ya he relatado su impacto, aquí mismo.

El autor peruano-español es Premio Nobel de Literatura 2010. Foto: napa.com.pe

Adelante, en la misma avenida, estaba la Librería Porrúa, casi frente a la Alameda. Una librería al viejo estilo, con dos aparadores de cristal en donde se exhibían las novedades, los volúmenes de arte y lo recién llegado “de fuera”.

Ahí vi muy profusamente exhibida la novela-no ficción de Truman Capote, “A sangre fría” que según dijo el dependiente se estaba vendiendo como ‘merengues’. Yo iba por otro tomito de “Sepan cuántos...” porque esta era la casa editora y uno podía escoger con más detenimiento desde los escaparates y pedir los “Diálogos de Platón” por doce pesotes en una edición prologada por Francisco Larroyo.

Pero el mayor encanto era la Librería de Cristal, que estaba en lo que se llamaba ‘la pérgola’ de la Alameda. Frente al Palacio de Bellas Artes. Era una estructura bonita, y cuyos escaparates de vidrio veían lo mismo a la zona arbolada de este enorme jardín, como al palacio en donde las artes hacen de las suyas y nos enseñan lo mejor del ser humano.

Había libros de todos sabores y colores y había ofertas. Compré ahí “El galano arte de leer” que me había pedido que leyera la maestra de literatura en la secundaria. A cada uno asignó un título. A mí me tocó este que recuerdo con mucho cariño.

Luego supe que había otra Librería Zaplana en avenida Revolución, en Tacubaya. No era muy buena. De todos modos, olía a libros y el olor de los libros en las librerías es inigualable e inolvidable para muchos, para mí, por ejemplo. Este aroma a libros, a papel y a tinta sólo es comparable con el olor que sale de los lápices cuando les sacamos punta, o como el olor de las papelerías en donde huele a eso: a lápiz... o así era.

Presentación de los libros de texto del actual modelo educativo / Foto: Daniel Galeana

Pasado el tiempo y ya metido en los estudios ‘superiores’ y en el trabajo y en el desmadre, de tiempo en tiempo me refugiaba en librerías como El Ágora que estaba en Insurgentes, en la colonia Florida, y en donde conocí al enorme Juan Rulfo porque él acudía ahí cada tarde para pasar el tiempo.

El Parnaso estaba en el meritito Coyoacán, y en adelante me gustaba ir a la Librería de El Sótano que por entonces ya estaba en Miguel Ángel de Quevedo y que la atendía su mero dueño, don Manuel López Gallo... Los desayunos ahí son inolvidables.

Y la Librería Gandhi. La enorme Librería Gandhi que está ahí mismo en Miguel Ángel de Quevedo en Chimalistac. Una distinguida librería que tenía y tiene de todo, y en donde se culminaba el deseo de ver, leer, tocar al libro y conocer a sus autores.

Pero este recorrido veloz tiene que ver con eso, con “El día mundial del libro y el derecho de autor” que un año más y con ventanas y puertas cerradas se celebró el 23 de abril. La ONU envió un mensaje:

“Ahora más que nunca, cuando la mayoría de las escuelas de todo el mundo se mantienen cerradas y las personas se ven obligadas a limitar el tiempo que pasan fuera de sus hogares, debemos aprovechar el poder de los libros para combatir el aislamiento, reforzar los lazos entre las personas y ampliar nuestros horizontes, al mismo tiempo que estimulamos nuestras mentes y creatividad”.

A lo mejor así se recuperan lectores porque, según el Inegi, en México sólo 45 de cada 100 mexicanos mayores de 18 años leyeron un libro el año pasado. Y, por otro lado, según la OCDE, aquí sólo 2 de cada 10 lectores comprende totalmente el contenido que leyó. ¡Chin!

Con todo, nada mejor que un buen amigo, y uno de ellos, uno de los más leales y afectivos es el que nos ve y nos dice quiénes somos y cómo somos; el que nos ofrece cariño y da vitalidad: el libro.

Porque hay libros que leemos y se quedan ahí, otros los llevamos y los traemos como puente entre la vida y uno mismo, pero hay otros que son la vida misma: es uno mismo puesto ahí, con ese algo y ese alguien que nos estrecha y nos recuerda que, siempre y para siempre, hay felicidad, tristeza, alegría, añoranza, ilusión, ‘entrega total’ y sin cuya presencia y recuerdo ya no podremos vivir.

Un día del libro cada año. Todos los días de libros: Un libro. Dos libros. Tres libros...

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

joelhsantiago@gmail.com


"- ¿Verdad que sabe leer, compadre?

-Algo.

- ¿Y que está leyendo?

-Una novela. Pero quédate callado. Si hablas se mueve la llama, y a mí se me mueven las letras.

El otro se alejó para no estorbar, mas era tal la atención que el viejo dispensaba al libro, que no soportó quedar al margen.

- ¿De qué se trata?

- Del amor.

Ante la respuesta del viejo, el otro se acercó con renovado interés.

- No jodas. ¿Con hembras ricas, calentonas?

El viejo cerró de sopetón el libro haciendo vacilar la llama de la lámpara.

-No. Se trata del otro amor. Del que duele".

Luis Sepúlveda.


Hay días en los que año con año se recuerda una fecha importante en el almanaque mundial. Una de ellas es la que se celebra cada 23 de abril desde 1995. Es una fecha simbólica:

En ese día, en 1616, murió don Miguel de Cervantes Saavedra, también William Shakespeare y el poeta Garcilaso de la Vega, El Inca. El 23 de abril también es la fecha de nacimiento de grandes autores, como Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo.

Así que desde ese año la Unesco proclamó el 23 de abril como "Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor". Eso mero.

Un día para recordar a un objeto esencial para la vida de todo el que vive, así como también a aquellos que se encierran a piedra y lodo para escribir para sí y para otros, y para que el olvido no se proclame en la vida de los hombres y mujeres desde que tiene uso de razón y quiso decirle a ‘Sepan cuántos...’ lo que vive, lo que ve, lo que piensa y lo que imagina: un libro resume todo esto en unas cuantas páginas y queda para siempre.

En la avenida Hidalgo del entonces Distrito Federal, había una librería Zaplana. Estaba a la vista de la Alameda Central. Era un recinto enorme, casi a modo de bodega, o eso me parecía por entonces cuando mi gran paseo semanal era ir a librerías e imaginar la lectura de algunos títulos de Julio Verne, de Arthur Conan Doyle o Mark Twain.

La Unión Internacional de Editores propuso a la UNESCO esta conmemoración / Cortesía | FIL

Tenía una cantidad enorme de libros por todos lados, en estantes, en libreros enormes, algunos en mesas al centro, con pasillos mínimos entre ellas. Y había unos cartones que indicaban el precio de los ejemplares. Pero sobre todo en la entrada había una pila grande de la colección “Sepan cuántos...” de Porrúa y cuyos libros eran los más económicos y de excelencia.

Compré “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo, el número cinco de la colección y que está prologado por Joaquín Ramírez Cabañas. Era un enorme libro que costaba unos pesos, aunque para mí eran una fortuna.

Pero lo compré por dos razones: primero porque me interesaba el tema desde que lo platicó Fito, el maestro de sexto en una clase de historia en la primaria y porque todavía no tenía amigos por estos rumbos, ni trabajo ni perro que me ladrara, así que en mis ‘soledades voy, de mis soledades vengo’ me pondría a leer lo que pasó aquí a la llegada de los españoles. Luego leería la enorme obra de don Miguel León Portilla: “La visión de los vencidos” con la que se equilibra la información.

Foto: Pixabay

De ahí en adelante me aficioné a la misma colección y a la misma Zaplana. Tiempo después cuando ya le había perdido el miedo al ‘monstruo urbano’ fui descubriendo otras librerías en donde resplandecía la cultura, la ilustración, la ciencia, la tecnología, la gran literatura, la historia, las artes y todo lo que ve y piensa y crea el ser humano.

Así de pronto ya estaba en la librería de El Sótano, que estaba en avenida Juárez, y a la que había que bajar por unas escalerillas pues arriba estaba un restaurante en el que los muy cucos de por entonces tomaban limonadas de naranja mientras veían pasar al mundo y su circunstancia.

Abajo estaba el reino del conocimiento: los libros y el nombre de sus autores puestos en la primera plana. Y había pasillos y mesas y estantes y vendedores y libros y libros y libros... y la terrible y fatídica caja en la entrada-salida, en donde uno tenía que pasar a ponerse guapo a la compra de “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” de Edgar Alan Poe, un libro del que ya he relatado su impacto, aquí mismo.

El autor peruano-español es Premio Nobel de Literatura 2010. Foto: napa.com.pe

Adelante, en la misma avenida, estaba la Librería Porrúa, casi frente a la Alameda. Una librería al viejo estilo, con dos aparadores de cristal en donde se exhibían las novedades, los volúmenes de arte y lo recién llegado “de fuera”.

Ahí vi muy profusamente exhibida la novela-no ficción de Truman Capote, “A sangre fría” que según dijo el dependiente se estaba vendiendo como ‘merengues’. Yo iba por otro tomito de “Sepan cuántos...” porque esta era la casa editora y uno podía escoger con más detenimiento desde los escaparates y pedir los “Diálogos de Platón” por doce pesotes en una edición prologada por Francisco Larroyo.

Pero el mayor encanto era la Librería de Cristal, que estaba en lo que se llamaba ‘la pérgola’ de la Alameda. Frente al Palacio de Bellas Artes. Era una estructura bonita, y cuyos escaparates de vidrio veían lo mismo a la zona arbolada de este enorme jardín, como al palacio en donde las artes hacen de las suyas y nos enseñan lo mejor del ser humano.

Había libros de todos sabores y colores y había ofertas. Compré ahí “El galano arte de leer” que me había pedido que leyera la maestra de literatura en la secundaria. A cada uno asignó un título. A mí me tocó este que recuerdo con mucho cariño.

Luego supe que había otra Librería Zaplana en avenida Revolución, en Tacubaya. No era muy buena. De todos modos, olía a libros y el olor de los libros en las librerías es inigualable e inolvidable para muchos, para mí, por ejemplo. Este aroma a libros, a papel y a tinta sólo es comparable con el olor que sale de los lápices cuando les sacamos punta, o como el olor de las papelerías en donde huele a eso: a lápiz... o así era.

Presentación de los libros de texto del actual modelo educativo / Foto: Daniel Galeana

Pasado el tiempo y ya metido en los estudios ‘superiores’ y en el trabajo y en el desmadre, de tiempo en tiempo me refugiaba en librerías como El Ágora que estaba en Insurgentes, en la colonia Florida, y en donde conocí al enorme Juan Rulfo porque él acudía ahí cada tarde para pasar el tiempo.

El Parnaso estaba en el meritito Coyoacán, y en adelante me gustaba ir a la Librería de El Sótano que por entonces ya estaba en Miguel Ángel de Quevedo y que la atendía su mero dueño, don Manuel López Gallo... Los desayunos ahí son inolvidables.

Y la Librería Gandhi. La enorme Librería Gandhi que está ahí mismo en Miguel Ángel de Quevedo en Chimalistac. Una distinguida librería que tenía y tiene de todo, y en donde se culminaba el deseo de ver, leer, tocar al libro y conocer a sus autores.

Pero este recorrido veloz tiene que ver con eso, con “El día mundial del libro y el derecho de autor” que un año más y con ventanas y puertas cerradas se celebró el 23 de abril. La ONU envió un mensaje:

“Ahora más que nunca, cuando la mayoría de las escuelas de todo el mundo se mantienen cerradas y las personas se ven obligadas a limitar el tiempo que pasan fuera de sus hogares, debemos aprovechar el poder de los libros para combatir el aislamiento, reforzar los lazos entre las personas y ampliar nuestros horizontes, al mismo tiempo que estimulamos nuestras mentes y creatividad”.

A lo mejor así se recuperan lectores porque, según el Inegi, en México sólo 45 de cada 100 mexicanos mayores de 18 años leyeron un libro el año pasado. Y, por otro lado, según la OCDE, aquí sólo 2 de cada 10 lectores comprende totalmente el contenido que leyó. ¡Chin!

Con todo, nada mejor que un buen amigo, y uno de ellos, uno de los más leales y afectivos es el que nos ve y nos dice quiénes somos y cómo somos; el que nos ofrece cariño y da vitalidad: el libro.

Porque hay libros que leemos y se quedan ahí, otros los llevamos y los traemos como puente entre la vida y uno mismo, pero hay otros que son la vida misma: es uno mismo puesto ahí, con ese algo y ese alguien que nos estrecha y nos recuerda que, siempre y para siempre, hay felicidad, tristeza, alegría, añoranza, ilusión, ‘entrega total’ y sin cuya presencia y recuerdo ya no podremos vivir.

Un día del libro cada año. Todos los días de libros: Un libro. Dos libros. Tres libros...

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

joelhsantiago@gmail.com


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