/ viernes 13 de marzo de 2020

Hojas de papel volando | Los mexicanos nos pintamos solos

Lo hicieron nuestros ancestros, padrecitos nuestros que se esmeraron en dibujar su propia historia y su visión de las cosas

“Es monumental”; “es una maravilla”; “qué gran obra de arte”... y así, paso a paso, casi en silencio pero emocionados, paseantes recorren los pasillos del edificio de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en la capital del país. Son 124 frescos que están ahí, dispuestos, dando la señal de vida, de expectativa, del sueño de todo ser humano: educarse para ser mejor y para ser feliz.

También hay los contrastes sociales, los opulentos y los que nada tienen, los que miran de arriba hacia abajo y los que están ahí, a ras de tierra. Pero sobre todo se percibe que de sus poros sale su amor por México, como lo fue el de los grandes muralistas mexicanos.

Hay ternura por esos niños que nos enternecen también; esos niños campesinos, indígenas que están ahí, dispuestos al aprendizaje y que miran a sus cuadernos a la sobra de los maestros rurales y en un entorno de campo abierto. Ningún tributo al indigenismo ha sido tan expresivo y amoroso como el que Diego Rivera entrega a los mexicanos de origen, dueños y señores en su tierra.

Cuando Diego pintó en la SEP regresaba hacía poco de Paris en 1921, cuando en México estaba por concluir la Revolución armada, cuando Álvaro Obregón era presidente y el oaxaqueño José Vasconcelos era secretario de Educación Pública. Ahí mismo, en esos muros, hay obra de otros pintores de gran calado entonces y ahora, como Adolfo Best, Cirilo Almeida Crespo, David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro…

Foto: EFE

Diego Rivera recuperaba el viejo camino recorrido por pintores mexicanos a lo largo de los siglos: el pintar los muros de piedra, de yeso, de madera, de estuco. Y habría de seguir la estela iniciada siglos atrás en una vocación mexicana por la pintura, pero también por la magnificencia de los espacios grandes, con horizontes interminables.

Lo hicieron nuestros ancestros, padrecitos nuestros que se esmeraron en dibujar su propia historia y su visión de las cosas, ya en Palenque, Chiapas, ya en Cacaxtla, Tlaxcala, como en Monte Albán, Oaxaca, cuyos restos de pinturas murales en los templos 104 y 105 tanto alabó Alfonso Caso.

El Templo de los Tigres, en Chichen Itzá, o los de infinita y trágica belleza de Bonampak, Teotihuacán, Las Higueras, en Veracruz y muchas más paredes de cal y canto que recibían el retrato de la vida, pero también su imaginación y la idea del color como parte de ese mundo radiante de luz, como es México.

La vocación pictórica mural nos viene desde entonces. Ya estaba ahí y el mundo estaba en la obra de aquellos artistas anónimos y de la que tenemos vestigios orgullosamente mexicanos de origen, aunque México aún no existiera como país, pero que es fuente de nuestra sangre y nuestro origen.

Son escenas de vida; son escenas de guerra; son de ofrendas y de vida cotidiana, hombres, mujeres, niños, animales divinizados, vestimenta, formas de entenderse y de relacionarse: todo está ahí en los muros de nuestras pirámides, tumbas, templos.

Como templos católicos fueron los que recogieron el arte virreinal en el que los catequistas aprovechan esta vocación y dan paso al arte religioso colonial, puesto en muros: Gerónimo de Mendieta lo dice así:

“Algunos usaron un modo de predicar muy provechoso para los indios por ser conforme al uso que ellos tenían de tratar todas sus cosas por pintura. Y era de esta manera, para que por allí se imprimiera en sus memorias desde su tierna edad, y no hubiera tanta ignorancia como a veces por falta de esto...”.

Así que fray Pedro de Gante, en pleno siglo XVI crea su escuela de pintura para indios: “Como los indios tenían ya idea de la parte mecánica de la pintura, y conocían excelentes colores vegetales, no fue difícil corregir su defectuoso dibujo...”

Foto: Cuartoscuro

Pero no era sólo un tema de escuela o de técnica. Era recuperar el talento que ya se tenía desde mucho antes de la llegada de los españoles y que ya por entonces se despliega en una obra básicamente religiosa, mucha de la cual podemos ver todavía en enormes retablos, en muros pintados al fresco, en estuco, en madera. Algunos artistas fueron Andrés de Aquino –Marcos Cipac-, Pedro Chachalaca –que significa cantor--, Pedro San Nicolás, Martín Mixcahuatl y muchísimos más que decoraron templos, iglesias, ermitas, capillas...

Hasta llegar al pintor mayor del arte virreinal: Miguel Cabrera, quien nació en Oaxaca en 1695 y cuyos murales y obra de caballete son muestra de excelencia, de arte, de introspección y sobriedad. Enorme artista como fue.

Al paso del tiempo el tema religioso se habría de terminar. Venían otros aires y otras circunstancias, para cruzar el siglo XIX y llegar al XX cuando surge ya el renacimiento del viejo muralismo mexicano –según el estudioso Jean Charlot--. Así que vino la Revolución y otra etapa nacía.

Y llegaron los grandes muralistas: Diego uno de ellos, como también José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Los tres grandes del muralismo que ponen a pie de tierra al arte antes considerado de élite, como es el retrato o los paisajes soberbios de José María Velasco.

Orozco es asimismo clave de ese renacimiento. Nació en 1883 en Zapotitlán, Jalisco, hoy Ciudad Guzmán. Y desde muy pequeño dio muestras de talento para el dibujo y la pintura. Al llegar en 1890 al Distrito Federal, la familia se instala en el centro de la ciudad:

“En la misma calle a pocos pasos de la escuela, tenía Vanegas Arroyo su imprenta, en donde José Guadalupe Posada trabajaba en sus famosos grabados ... Posada trabajaba a la vista del público, detrás de la vidriera que daba a la calle, y yo me detenía encantado por algunos minutos, camino de la escuela, a contemplar al grabador ... Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación y me impulso a emborronar papel con los primeros muñecos... la primera revelación de la existencia del arte de la pintura...”.

Sus murales son muestra de arte, pero también de compromiso social. Con trazos rotundos y cargados de dramatismo, su obra está dispersa, pero sobre todo es emblemático su “Hombre en llamas” del Hospicio Cabañas de Guadalajara; pintado entre los años 1938 y 1939, y considerado como una obra cumbre del arte muralista mexicano. Y está “La justicia” en la Suprema Corte de Justicia, que tanta polémica causo por su idea de una “Justicia” descompuesta, desaliñada, perdida en sí... Una feroz crítica al sistema de justicia mexicano, en pleno palacio de la justicia.

José Clemente Orozco por Leo Matiz

Pero Orozco es esto y más, como “El carnaval de las ideologías” que está en el Palacio de Gobierno, en Guadalajara o “La guerra” que está en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México... Tanto y más heredó este enorme artista que veía en la pintura una reivindicación de justicia social.

Como también lo fue David Alfaro Siqueiros, quien nació en Santa Rosalía, hoy Ciudad Camargo, Chihuahua en 1896, Y fue de los tres grandes muralistas, el más aguerrido, el más aventado y bragado. El más conflictivo. Sus ideas políticas fueron extremas y, por lo mismo, estuvo metido en asuntos de tipo político, como cuando fue acusado de intentar dar muerte en México a León Trotsky.

Estuvo en Lecumberri como preso político desde 1959 y por casi cinco años. La celda del muralista era la número 40, de la crujía I. Esa celda ""hija triste del invierno y la soledad, donde no hay sol que pueda calentarla ni música que le lleve alegría" dijo luego.

Pero su obra mural es monumental. Está en distintos espacios públicos de México. En la Universidad Nacional Autónoma de México; en el Palacio de las Bellas Artes, en la Secretaría de Educación Pública en el Poliforum Cultural Siqueiros. Y tanto más. Su “Cuauhtémoc” en Bellas Artes es ejemplo vivo de su carácter, de su ímpetu humano y de su calidad artística, pero hay mucho más de él que urge redescubrir.

Y muchos más muralistas mexicanos que han estado a la altura del arte y de la tradición muralista mexicana, como Gerardo Murillo (Doctor Atl), Rufino Tamayo, Roberto Montenegro, Federico Cantú y Jorge González Camarena, Juan O ‘Gorman, Pablo O ‘Higgins... muchos más.

Mirar la obra muralista mexicana es mirarnos en un espejo mexicano. Es entrar en contacto con nuestro pasado, pero también en nuestras aspiraciones de igualdad y justicia. Esto aportaron los muralistas base de este movimiento pictórico. Y es arte. Pero también es nuestro retrato hablado, porque para eso “Los mexicanos nos pintamos solos”.


joelhsantiago@gmail.com

“Es monumental”; “es una maravilla”; “qué gran obra de arte”... y así, paso a paso, casi en silencio pero emocionados, paseantes recorren los pasillos del edificio de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en la capital del país. Son 124 frescos que están ahí, dispuestos, dando la señal de vida, de expectativa, del sueño de todo ser humano: educarse para ser mejor y para ser feliz.

También hay los contrastes sociales, los opulentos y los que nada tienen, los que miran de arriba hacia abajo y los que están ahí, a ras de tierra. Pero sobre todo se percibe que de sus poros sale su amor por México, como lo fue el de los grandes muralistas mexicanos.

Hay ternura por esos niños que nos enternecen también; esos niños campesinos, indígenas que están ahí, dispuestos al aprendizaje y que miran a sus cuadernos a la sobra de los maestros rurales y en un entorno de campo abierto. Ningún tributo al indigenismo ha sido tan expresivo y amoroso como el que Diego Rivera entrega a los mexicanos de origen, dueños y señores en su tierra.

Cuando Diego pintó en la SEP regresaba hacía poco de Paris en 1921, cuando en México estaba por concluir la Revolución armada, cuando Álvaro Obregón era presidente y el oaxaqueño José Vasconcelos era secretario de Educación Pública. Ahí mismo, en esos muros, hay obra de otros pintores de gran calado entonces y ahora, como Adolfo Best, Cirilo Almeida Crespo, David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro…

Foto: EFE

Diego Rivera recuperaba el viejo camino recorrido por pintores mexicanos a lo largo de los siglos: el pintar los muros de piedra, de yeso, de madera, de estuco. Y habría de seguir la estela iniciada siglos atrás en una vocación mexicana por la pintura, pero también por la magnificencia de los espacios grandes, con horizontes interminables.

Lo hicieron nuestros ancestros, padrecitos nuestros que se esmeraron en dibujar su propia historia y su visión de las cosas, ya en Palenque, Chiapas, ya en Cacaxtla, Tlaxcala, como en Monte Albán, Oaxaca, cuyos restos de pinturas murales en los templos 104 y 105 tanto alabó Alfonso Caso.

El Templo de los Tigres, en Chichen Itzá, o los de infinita y trágica belleza de Bonampak, Teotihuacán, Las Higueras, en Veracruz y muchas más paredes de cal y canto que recibían el retrato de la vida, pero también su imaginación y la idea del color como parte de ese mundo radiante de luz, como es México.

La vocación pictórica mural nos viene desde entonces. Ya estaba ahí y el mundo estaba en la obra de aquellos artistas anónimos y de la que tenemos vestigios orgullosamente mexicanos de origen, aunque México aún no existiera como país, pero que es fuente de nuestra sangre y nuestro origen.

Son escenas de vida; son escenas de guerra; son de ofrendas y de vida cotidiana, hombres, mujeres, niños, animales divinizados, vestimenta, formas de entenderse y de relacionarse: todo está ahí en los muros de nuestras pirámides, tumbas, templos.

Como templos católicos fueron los que recogieron el arte virreinal en el que los catequistas aprovechan esta vocación y dan paso al arte religioso colonial, puesto en muros: Gerónimo de Mendieta lo dice así:

“Algunos usaron un modo de predicar muy provechoso para los indios por ser conforme al uso que ellos tenían de tratar todas sus cosas por pintura. Y era de esta manera, para que por allí se imprimiera en sus memorias desde su tierna edad, y no hubiera tanta ignorancia como a veces por falta de esto...”.

Así que fray Pedro de Gante, en pleno siglo XVI crea su escuela de pintura para indios: “Como los indios tenían ya idea de la parte mecánica de la pintura, y conocían excelentes colores vegetales, no fue difícil corregir su defectuoso dibujo...”

Foto: Cuartoscuro

Pero no era sólo un tema de escuela o de técnica. Era recuperar el talento que ya se tenía desde mucho antes de la llegada de los españoles y que ya por entonces se despliega en una obra básicamente religiosa, mucha de la cual podemos ver todavía en enormes retablos, en muros pintados al fresco, en estuco, en madera. Algunos artistas fueron Andrés de Aquino –Marcos Cipac-, Pedro Chachalaca –que significa cantor--, Pedro San Nicolás, Martín Mixcahuatl y muchísimos más que decoraron templos, iglesias, ermitas, capillas...

Hasta llegar al pintor mayor del arte virreinal: Miguel Cabrera, quien nació en Oaxaca en 1695 y cuyos murales y obra de caballete son muestra de excelencia, de arte, de introspección y sobriedad. Enorme artista como fue.

Al paso del tiempo el tema religioso se habría de terminar. Venían otros aires y otras circunstancias, para cruzar el siglo XIX y llegar al XX cuando surge ya el renacimiento del viejo muralismo mexicano –según el estudioso Jean Charlot--. Así que vino la Revolución y otra etapa nacía.

Y llegaron los grandes muralistas: Diego uno de ellos, como también José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Los tres grandes del muralismo que ponen a pie de tierra al arte antes considerado de élite, como es el retrato o los paisajes soberbios de José María Velasco.

Orozco es asimismo clave de ese renacimiento. Nació en 1883 en Zapotitlán, Jalisco, hoy Ciudad Guzmán. Y desde muy pequeño dio muestras de talento para el dibujo y la pintura. Al llegar en 1890 al Distrito Federal, la familia se instala en el centro de la ciudad:

“En la misma calle a pocos pasos de la escuela, tenía Vanegas Arroyo su imprenta, en donde José Guadalupe Posada trabajaba en sus famosos grabados ... Posada trabajaba a la vista del público, detrás de la vidriera que daba a la calle, y yo me detenía encantado por algunos minutos, camino de la escuela, a contemplar al grabador ... Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación y me impulso a emborronar papel con los primeros muñecos... la primera revelación de la existencia del arte de la pintura...”.

Sus murales son muestra de arte, pero también de compromiso social. Con trazos rotundos y cargados de dramatismo, su obra está dispersa, pero sobre todo es emblemático su “Hombre en llamas” del Hospicio Cabañas de Guadalajara; pintado entre los años 1938 y 1939, y considerado como una obra cumbre del arte muralista mexicano. Y está “La justicia” en la Suprema Corte de Justicia, que tanta polémica causo por su idea de una “Justicia” descompuesta, desaliñada, perdida en sí... Una feroz crítica al sistema de justicia mexicano, en pleno palacio de la justicia.

José Clemente Orozco por Leo Matiz

Pero Orozco es esto y más, como “El carnaval de las ideologías” que está en el Palacio de Gobierno, en Guadalajara o “La guerra” que está en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México... Tanto y más heredó este enorme artista que veía en la pintura una reivindicación de justicia social.

Como también lo fue David Alfaro Siqueiros, quien nació en Santa Rosalía, hoy Ciudad Camargo, Chihuahua en 1896, Y fue de los tres grandes muralistas, el más aguerrido, el más aventado y bragado. El más conflictivo. Sus ideas políticas fueron extremas y, por lo mismo, estuvo metido en asuntos de tipo político, como cuando fue acusado de intentar dar muerte en México a León Trotsky.

Estuvo en Lecumberri como preso político desde 1959 y por casi cinco años. La celda del muralista era la número 40, de la crujía I. Esa celda ""hija triste del invierno y la soledad, donde no hay sol que pueda calentarla ni música que le lleve alegría" dijo luego.

Pero su obra mural es monumental. Está en distintos espacios públicos de México. En la Universidad Nacional Autónoma de México; en el Palacio de las Bellas Artes, en la Secretaría de Educación Pública en el Poliforum Cultural Siqueiros. Y tanto más. Su “Cuauhtémoc” en Bellas Artes es ejemplo vivo de su carácter, de su ímpetu humano y de su calidad artística, pero hay mucho más de él que urge redescubrir.

Y muchos más muralistas mexicanos que han estado a la altura del arte y de la tradición muralista mexicana, como Gerardo Murillo (Doctor Atl), Rufino Tamayo, Roberto Montenegro, Federico Cantú y Jorge González Camarena, Juan O ‘Gorman, Pablo O ‘Higgins... muchos más.

Mirar la obra muralista mexicana es mirarnos en un espejo mexicano. Es entrar en contacto con nuestro pasado, pero también en nuestras aspiraciones de igualdad y justicia. Esto aportaron los muralistas base de este movimiento pictórico. Y es arte. Pero también es nuestro retrato hablado, porque para eso “Los mexicanos nos pintamos solos”.


joelhsantiago@gmail.com

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