/ viernes 9 de octubre de 2020

La herencia cultural del exilio español

México y España están ligadas más allá de la historia del “descubrimiento” o la “conquista”

Cuando el buque Sinaia atracó en el puerto de Veracruz, tras 19 días en altamar, Lucinda Urristi olió la libertad. El viento fresco, el mar ajetreado y la tierra caliente la golpearon de frente luego de pasar años huyendo de la guerra civil española. A sus 10 años de edad, la pintora nacida en Melilla, España, entendió que ese viaje no tenía boleto de vuelta y la tierra que la recibía, junto a su familia, sería su nuevo hogar.

El gobierno mexicano la envió a la Ciudad de México donde se empleó en una fábrica de muñecos de peluche. Ella rellenaba y cosía a mano las patas de los osos. En ese momento no imaginaba que sería una de las pintoras representantes de la Generación de la Ruptura y una suerte de herencia española en el país que la adoptó.

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Fue en 1939 cuando llegaron a México cerca de 25 mil refugiados españoles, de ellos alrededor de cinco mil eran intelectuales –artistas, escritores, académicos, científicos, profesores, ingenieros- quienes legaron una herencia cultural al país. No sólo un aporte en el sentido de producción de obra, sino también un cambio en el pensamiento y concepción del propio mexicano y su cultura a partir de la presencia española.

“Recuerdo el Sinaia, la escalinata para subir, ahí venía la orquesta de Madrid y en las tardes después de la hora de la comida había conciertos o conferencias de Susana Gamboa ilustrándonos cómo era el México que íbamos a encontrar. México era el único país junto con Rusia que nos abría las puertas, nadie en el mundo nos aceptaba.

“Cuando llegamos, pude intuir que ya no eran encierros en campos de concentración ni saltar de un lado a otro, sino que llegamos a un lugar para quedarnos. Un lugar que nos acogía con calor, el aire, el cielo, el mar me dio un sentido efectivamente de libertad y de seguridad, llegamos a un lugar para quedarnos y no volver”, rememora Urrusti en el documental que recopila su vida y obra, y ahora recorre los festivales de cine europeos.


RECONFIGURACIÓN DEL MEXICANO

Si bien los primeros años fueron complejos para la comunidad española en México, pues en la cotidianidad no eran aceptados por toda los mexicanos, de inmediato se emprendió la tarea de echar raíces. Su primera acción fue fundar la Casa de España, dirigida por Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, quienes en 1940 la convirtieron en el actual Colegio de México; también se creó el Ateneo Español, el Fondo de Cultura Económica, escuelas de educación básica como el Colegio Madrid, además de colaborar en la UNAM y el IPN.

Foto Especial

Destaca la labor de Joaquín Díez-Canedo, considerado como el editor por excelencia de la literatura mexicana. Fundó en 1962 su editorial Joaquín Mortiz, la primera casa independiente mexicana con 20 años de trayectoria. Y sobresalen profesores e investigadores eméritos que se unieron al proyecto universitario como Carlos Bosch García, Óscar de Buen, Francisco Giral González, Eduardo Nicol y Adolfo Sánchez Vázquez.

“Llega un momento en que se dan cuenta que no será posible vencer a Franco y viene un segundo periodo para el exilio, que es la resignación de quedarse en México. Se dan cuenta de que esta será su patria y es un caso muy especial porque tienen una representación fantasmal de la República, pero muchos se mexicanizan y se da una reconfiguración”, reflexiona Luis Ruis Caso, historiador y crítico de arte, hijo de familia española exiliada.

Para el autor de El espía de Franco, el legado español va más allá de enumerar instituciones o corrientes artísticas. La comunidad intelectual determinó en gran medida un replanteamiento del concepto del mexicano: qué era la pintura mexicana, cómo se define la literatura nacional, qué significa ser de México.

“Con ellos llega un pensamiento filosófico ligado al existencialismo que será la semilla que permita cuestionar qué es lo mexicano, por dónde vamos a tejer el futuro: por lo español, por lo indígena o por ninguno de los dos como decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Esa raíz filosófica la trae José Gaos, y con ello se da una nueva reflexión sobre pensamiento alemán y sobre existencialismo que va a estar presente en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y con la representación de El Colegio de México se hace una digna construcción de un pensamiento republicano”, afirma en entrevista.

Octavio Paz

Con pensadores como José Moreno Villa, Luis Cerduna y José Gaos hubo una reconfiguración de las coordenadas intelectuales. El historiador señala que el pensamiento anterior al exilio, alrededor de José Vasconcelos, pensaba en el indígena, pero no acaba de entenderlo; no dimensionaba el multiculturalismo y resumía las identidades en tres figuras reductivas: indio, español y mestizo. Se hablaba en ese momento del mestizaje fallido.

Pero con el exilio, pensadores como Octavio Paz comienzan a cuestionar la cultura mexicana. Así surge El laberinto de la soledad, y un sinnúmero de ensayos de Luis Villoro quienes apoyaban la idea de una mexicaneidad vía el indigenismo.

“Se abren otros campos –continua Ruis Caso- muy amplios y dialogan con el arte visual, por ejemplo Diego Rivera es una referencia constante, para algunos es un monstruo y para otros un gran visionario, y lo incluyen en un gran debate sobre ser mexicano porque entiende que él propone que hay que rescatar lo indígena para el futuro”.

Es posible que de esta reconfiguración surgiera el verdadero mestizaje. El investigador ejemplifica con Fernando Leal quien pinta los murales de la Basílica de Guadalupe que en el fondo surgen del debate sobre lo mexicano: “Su apuesta fue por lo guadalupano, esta construcción criolla.”


LOS HIJOS DEL EXILIO

La inserción de artistas españoles en la corriente mexicana fue poco más que difícil, advierte Ruis Caso. La Escuela Mexicana de Pintura, considerada una de las vanguardias más fuertes a nivel mundial, no se permeó de la mirada ajena de quienes apostaban por un trazo abstracto.

Algunos artistas, como el valenciano Josep Renau, deciden inscribirse en la corriente muralística, aunque la presencia de los tres grandes -Rivera, Orozco y Siqueiros- lo hacía una tarea compleja. Renau trabajó en el mural España conquista América, en el Hotel Casino de la Selva de Cuernavaca. Ahí jugó con la técnica de la cafeína, un experimento que no se había usado. La obra se perdió cuando derribaron el lugar.

Entonces nació una generación de pintores considerados los hijos del exilio. “Son artistas hispanomexicanos, porque vinieron muy niños y aquí crecieron o porque ya nacieron aquí, y ellos van a tener un papel muy relevante en la transformación del arte de los 50 y 60 más como maestros y protagonistas de ese cambio que se apartaron del arte social y político, y en su mayoría se unió a la Generación de la Ruptura”, apunta el historiador.

Creadores, como Vicente Rojo, que tienen de maestro a Arturo Souto, también pintor exiliado, dejaron el cimiento de un cambio conceptual en el arte. Su apuesta es por la abstracción y la experimentación para sustituir el nacionalismo mexicano por la manifestación de otras preocupaciones.

Mari Martín, Elvira Gascón, Marta Palau y Remedios Vario son algunos nombres que resaltan al hablar de la pintura española nacida en el país. Se le suman Javier Areán, Antonio Rodríguez Luna, José Bardasano, Antonio Peyrí, José García Narezo, entre muchos más herederos del exilio.

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Cuando el buque Sinaia atracó en el puerto de Veracruz, tras 19 días en altamar, Lucinda Urristi olió la libertad. El viento fresco, el mar ajetreado y la tierra caliente la golpearon de frente luego de pasar años huyendo de la guerra civil española. A sus 10 años de edad, la pintora nacida en Melilla, España, entendió que ese viaje no tenía boleto de vuelta y la tierra que la recibía, junto a su familia, sería su nuevo hogar.

El gobierno mexicano la envió a la Ciudad de México donde se empleó en una fábrica de muñecos de peluche. Ella rellenaba y cosía a mano las patas de los osos. En ese momento no imaginaba que sería una de las pintoras representantes de la Generación de la Ruptura y una suerte de herencia española en el país que la adoptó.

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Fue en 1939 cuando llegaron a México cerca de 25 mil refugiados españoles, de ellos alrededor de cinco mil eran intelectuales –artistas, escritores, académicos, científicos, profesores, ingenieros- quienes legaron una herencia cultural al país. No sólo un aporte en el sentido de producción de obra, sino también un cambio en el pensamiento y concepción del propio mexicano y su cultura a partir de la presencia española.

“Recuerdo el Sinaia, la escalinata para subir, ahí venía la orquesta de Madrid y en las tardes después de la hora de la comida había conciertos o conferencias de Susana Gamboa ilustrándonos cómo era el México que íbamos a encontrar. México era el único país junto con Rusia que nos abría las puertas, nadie en el mundo nos aceptaba.

“Cuando llegamos, pude intuir que ya no eran encierros en campos de concentración ni saltar de un lado a otro, sino que llegamos a un lugar para quedarnos. Un lugar que nos acogía con calor, el aire, el cielo, el mar me dio un sentido efectivamente de libertad y de seguridad, llegamos a un lugar para quedarnos y no volver”, rememora Urrusti en el documental que recopila su vida y obra, y ahora recorre los festivales de cine europeos.


RECONFIGURACIÓN DEL MEXICANO

Si bien los primeros años fueron complejos para la comunidad española en México, pues en la cotidianidad no eran aceptados por toda los mexicanos, de inmediato se emprendió la tarea de echar raíces. Su primera acción fue fundar la Casa de España, dirigida por Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, quienes en 1940 la convirtieron en el actual Colegio de México; también se creó el Ateneo Español, el Fondo de Cultura Económica, escuelas de educación básica como el Colegio Madrid, además de colaborar en la UNAM y el IPN.

Foto Especial

Destaca la labor de Joaquín Díez-Canedo, considerado como el editor por excelencia de la literatura mexicana. Fundó en 1962 su editorial Joaquín Mortiz, la primera casa independiente mexicana con 20 años de trayectoria. Y sobresalen profesores e investigadores eméritos que se unieron al proyecto universitario como Carlos Bosch García, Óscar de Buen, Francisco Giral González, Eduardo Nicol y Adolfo Sánchez Vázquez.

“Llega un momento en que se dan cuenta que no será posible vencer a Franco y viene un segundo periodo para el exilio, que es la resignación de quedarse en México. Se dan cuenta de que esta será su patria y es un caso muy especial porque tienen una representación fantasmal de la República, pero muchos se mexicanizan y se da una reconfiguración”, reflexiona Luis Ruis Caso, historiador y crítico de arte, hijo de familia española exiliada.

Para el autor de El espía de Franco, el legado español va más allá de enumerar instituciones o corrientes artísticas. La comunidad intelectual determinó en gran medida un replanteamiento del concepto del mexicano: qué era la pintura mexicana, cómo se define la literatura nacional, qué significa ser de México.

“Con ellos llega un pensamiento filosófico ligado al existencialismo que será la semilla que permita cuestionar qué es lo mexicano, por dónde vamos a tejer el futuro: por lo español, por lo indígena o por ninguno de los dos como decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Esa raíz filosófica la trae José Gaos, y con ello se da una nueva reflexión sobre pensamiento alemán y sobre existencialismo que va a estar presente en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y con la representación de El Colegio de México se hace una digna construcción de un pensamiento republicano”, afirma en entrevista.

Octavio Paz

Con pensadores como José Moreno Villa, Luis Cerduna y José Gaos hubo una reconfiguración de las coordenadas intelectuales. El historiador señala que el pensamiento anterior al exilio, alrededor de José Vasconcelos, pensaba en el indígena, pero no acaba de entenderlo; no dimensionaba el multiculturalismo y resumía las identidades en tres figuras reductivas: indio, español y mestizo. Se hablaba en ese momento del mestizaje fallido.

Pero con el exilio, pensadores como Octavio Paz comienzan a cuestionar la cultura mexicana. Así surge El laberinto de la soledad, y un sinnúmero de ensayos de Luis Villoro quienes apoyaban la idea de una mexicaneidad vía el indigenismo.

“Se abren otros campos –continua Ruis Caso- muy amplios y dialogan con el arte visual, por ejemplo Diego Rivera es una referencia constante, para algunos es un monstruo y para otros un gran visionario, y lo incluyen en un gran debate sobre ser mexicano porque entiende que él propone que hay que rescatar lo indígena para el futuro”.

Es posible que de esta reconfiguración surgiera el verdadero mestizaje. El investigador ejemplifica con Fernando Leal quien pinta los murales de la Basílica de Guadalupe que en el fondo surgen del debate sobre lo mexicano: “Su apuesta fue por lo guadalupano, esta construcción criolla.”


LOS HIJOS DEL EXILIO

La inserción de artistas españoles en la corriente mexicana fue poco más que difícil, advierte Ruis Caso. La Escuela Mexicana de Pintura, considerada una de las vanguardias más fuertes a nivel mundial, no se permeó de la mirada ajena de quienes apostaban por un trazo abstracto.

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