/ domingo 21 de agosto de 2016

Literatura: “La música de las esferas”

¿Pueden mezclarse historias de rock con salsa y bicicletas? Tal combinación las aglutina Armando Vega-Gil en su libro “La música de las esferas” (Ediciones B, 237 páginas).

Vega-Gil es fundador de Botellita de Jerez, una de las bandas emblemáticas del rock mexicano contemporáneo, además de antropólogo, guionista, fotógrafo y escritor de 31 libros, entre los que destacan “Permanencia involuntaria”, “Cuentos de horror”, desamor, locura y bolillos”, “Diario íntimo de un guacarróquer”, “El enigma del hoyo en el pantalón” y “Picnic en la fosa común”. EMPAPADAS DE ROCK

Canción tras canción, en “La música de las esferas” se puede escribir la historia de una infancia, la biografía de una guitarra o el epitafio de un cello. En estos cuentos se trenzan distintas líneas temporales que, al unirse, relatan no solo la vida del músico de Botellita de Jerez, sino también buena parte de la historia del rock mexicano.

“…Y yo que era un músico que jamás había querido estudiar, torpe, sin futuro, de 23 años. ¿Por eso es que me acababan de correr a tambor destemplado de “mi” grupo folk, Canek? Así se llamaba mi exbanda en honor del rebelde maya que se levantara en armas contra los amos españoles en 1761, contra los abuelos de La Casta Divina, quienes edificarían en el paisaje calizo a Mérida, la Ciudad Blanca, blanca no por el pálido lechoso de sus residencias y monumentos, sino porque allí no podía vivir nadie que no fuera de la raza blanca, a menos que se tratara de un sirviente.

“Pero yo no pude alzarme, rebelarme contra la conspiración que Ramoncito había armado para despedirme de la banda sin derecho a nada: los instrumentos que habíamos copiado entre todos era, por default, propiedad del director del grupo: Ramón. Pero, ¿cuándo se le nombró director, quién? ¿Sólo porque sabía leer música y tocar el piano? Pues sí, sólo por eso. Y me fui con las manos vacías. Me había  dicho los caneks que no yo tenía madera de músico, que cantaba desafinado, que tocaba mal, muy mal, el cello, el charango, la guitarra y la vihuela michoacana”.

¿Pueden mezclarse historias de rock con salsa y bicicletas? Tal combinación las aglutina Armando Vega-Gil en su libro “La música de las esferas” (Ediciones B, 237 páginas).

Vega-Gil es fundador de Botellita de Jerez, una de las bandas emblemáticas del rock mexicano contemporáneo, además de antropólogo, guionista, fotógrafo y escritor de 31 libros, entre los que destacan “Permanencia involuntaria”, “Cuentos de horror”, desamor, locura y bolillos”, “Diario íntimo de un guacarróquer”, “El enigma del hoyo en el pantalón” y “Picnic en la fosa común”. EMPAPADAS DE ROCK

Canción tras canción, en “La música de las esferas” se puede escribir la historia de una infancia, la biografía de una guitarra o el epitafio de un cello. En estos cuentos se trenzan distintas líneas temporales que, al unirse, relatan no solo la vida del músico de Botellita de Jerez, sino también buena parte de la historia del rock mexicano.

“…Y yo que era un músico que jamás había querido estudiar, torpe, sin futuro, de 23 años. ¿Por eso es que me acababan de correr a tambor destemplado de “mi” grupo folk, Canek? Así se llamaba mi exbanda en honor del rebelde maya que se levantara en armas contra los amos españoles en 1761, contra los abuelos de La Casta Divina, quienes edificarían en el paisaje calizo a Mérida, la Ciudad Blanca, blanca no por el pálido lechoso de sus residencias y monumentos, sino porque allí no podía vivir nadie que no fuera de la raza blanca, a menos que se tratara de un sirviente.

“Pero yo no pude alzarme, rebelarme contra la conspiración que Ramoncito había armado para despedirme de la banda sin derecho a nada: los instrumentos que habíamos copiado entre todos era, por default, propiedad del director del grupo: Ramón. Pero, ¿cuándo se le nombró director, quién? ¿Sólo porque sabía leer música y tocar el piano? Pues sí, sólo por eso. Y me fui con las manos vacías. Me había  dicho los caneks que no yo tenía madera de músico, que cantaba desafinado, que tocaba mal, muy mal, el cello, el charango, la guitarra y la vihuela michoacana”.

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