/ viernes 11 de junio de 2021

Fragmento de la novela Recuerdos de mi inexistencia de Rebecca Solnit

La estadounidense Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961) es reconocida como escritora, historiadora y autora de una veintena de libros sobre feminismo, cultura occidental y los indígenas de Estados Unidos, el poder popular, los cambios sociales y los movimientos de insurrección, y la esperanza y los desastres naturales, entre otros temas.

La estadounidense Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961) es reconocida como escritora, historiadora y autora de una veintena de libros sobre feminismo, cultura occidental y los indígenas de Estados Unidos, el poder popular, los cambios sociales y los movimientos de insurrección, y la esperanza y los desastres naturales, entre otros temas.

Entre sus obras destacan Los hombres me explican cosas (uno de sus mayores éxitos de crítica y público); Wanderlust. Una historia de caminar, Esperanza en la oscuridad, Una guía sobre el arte de perderse, Un paraíso en el infierno y La madre de todas las preguntas. Libros que la han hecho merecedora de la beca Guggenheim, el National Book Critics Circle Award y el Lannan Literary Award.

Recuerdos de mi inexistencia es su novela más reciente y fue elegida por la revista Time como uno de los cien libros que hay que leer en 2020, Lumen comenzó la publicación de su obra en español, que continúa con Cenicienta liberada y, próximamente, con De quién es esta historia. Gracias a esta editorial ofrecemos a los lectores de la Organización Editorial Mexicana un fragmento de la novela.

Recuerdos de mi inexistencia

Rebecca Solnit

1

Un día, hace mucho tiempo, estaba frente a un espejo de cuerpo entero cuando me miré en él y vi que mi imagen se oscurecía y se atenuaba, y luego parecía retroceder, como si estuviera desvaneciéndome del mundo en vez de que mi mente estuviera expulsándolo de sí. Me sujeté al marco de la puerta situada frente al espejo, al otro lado del pasillo, y mis piernas cedieron. Mi imagen se alejó hasta sumirse en la oscuridad, como si yo fuera tan solo un fantasma que se esfumara ante mi vista.

En aquella época perdía el conocimiento de vez en cuando y me mareaba a menudo, pero aquel día no se me olvida porque pareció que no era el mundo el que se desvanecía de mi conciencia, sino yo quien se desvanecía del mundo. Era la persona que se volatilizaba y la persona incorpórea que la observaba desde lejos, ambas y ninguna. En aquel tiempo intentaba desaparecer y aparecer, intentaba protegerme y ser alguien, y con frecuencia esos propósitos estaban reñidos. Y me miraba para ver si adivinaba en el espejo qué podría ser yo, si era lo bastante buena y si lo que me habían dicho sobre mí era cierto.

Ser una mujer joven significa enfrentarse a la propia aniquilación de multitud de formas, huir de ella o conocerla, o las tres cosas a la vez. «La muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo», dijo Edgar Allan Poe, que no debió de imaginarla desde la perspectiva de las mujeres que prefieren vivir. Yo intentaba no ser el tema de la poesía de otra persona y que no me mataran; intentaba encontrar una poética propia, sin mapas, sin guías, con poca cosa para avanzar. Tal vez estuvieran por ahí, pero yo no los había localizado aún.

La lucha por encontrar una poesía en que se celebre nuestra supervivencia y no nuestra derrota, quizá por encontrar nuestra propia voz para afirmarla, o al menos por encontrar la manera de sobrevivir en medio de un ethos que disfruta borrándonos y viéndonos fracasar, es un esfuerzo que muchas jóvenes, tal vez la mayoría, deben realizar. En aquellos primeros años no lo hice especialmente bien o con excesiva claridad, pero sí con fiereza.

A menudo ignoraba a qué me oponía y por qué, y en consecuencia mi rebeldía era turbia, incoherente, caprichosa. Ahora, cuando veo que las jóvenes de mi entorno libran las mismas batallas, me vienen a la memoria aquellos años de no sucumbir, o de sucumbir como quien se hunde en un pantano y se agita para salir, una y otra vez. La lucha no era solo por la supervivencia física, aunque ese combate podía ser bastante intenso, sino para sobrevivir como persona dotada de derechos, incluidos el derecho a la participación, a la dignidad y a tener voz. Más que a sobrevivir, pues: a vivir.

La directora, escritora y actriz Brit Marling dijo hace poco: «En parte, una sigue sentada en esa silla de esa habitación aguantando el acoso o el maltrato de un hombre con poder porque, como mujer, rara vez ha concebido otro final para ella. En las novelas que ha leído, en las películas que ha visto, en los cuentos que le han contado desde que nació, la mayor parte de las veces las mujeres tienen un final desastroso».

El espejo en el que me vi desaparecer se encontraba en el apartamento donde viví un cuarto de siglo, desde unos meses antes de cumplir los veinte. Los primeros años que pasé allí se correspondieron con la época de mis batallas más feroces: algunas las gané, otras me dejaron cicatrices que todavía tengo, muchas me formaron de tal modo que no puedo decir que desearía que todo hubiera sido distinto, pues entonces habría sido otra persona, y esa persona no existe. Yo sí. Pero puedo desear que las jóvenes que vienen detrás de mí puedan saltarse algunos de los obstáculos de antaño, y algunos de mis textos han tenido esa finalidad, al menos nombrando esos obstáculos.

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2

Otra historia de un espejo: cuando tenía unos once años, mi madre me llevó a una zapatería para que me comprara las botas de motorista que me gustaban en aquella época en que intentaba no ser esa cosa despreciable, una chica, y ser lo que parecía una cosa aparte, robusta, preparada para la acción; pero algo más hizo que la tienda sea inolvidable. Si me situaba delante de los espejos que bordeaban ambos lados del pasillo central, veía una imagen de una imagen de una imagen de una imagen de mí misma o de los taburetes o de lo que fuera, cada una más desvaída, tenue y remota que la anterior; imágenes que se expandían hacia delante, más allá, al parecer de forma infinita, como si un océano se extendiera allí mismo con sus reflejos y yo viera cada vez mejor las profundidades verde mar. No era mi yo lo que trataba de vislumbrar entonces, sino lo desconocido.

Más allá de cualquier principio hay otro principio, y otro, y otro, pero para mí un punto de partida sería mi primer viaje, ocho años después, en el 5 Fulton, la línea de autobús que divide en dos la ciudad y que, desde su centro, junto a la bahía de San Francisco, sigue hacia el oeste por Fulton Street hasta el océano Pacífico. Lo esencial de esta historia ocurre en medio de esa ruta, en medio de la ciudad, pero sigamos unos instantes en ese autobús mientras sube con esfuerzo la cuesta más allá de la iglesia jesuita cuyas torres brillan con la luz de la mañana, avanza a lo largo del parque grande por la parte sur de la calle y deja atrás una avenida tras otra de casas cada vez menos apretujadas sobre una tierra que en realidad es solo arena, hasta esa franja arenosa que se junta con el océano Pacífico, el cual cubre casi un tercio del planeta.

En ocasiones el mar entero parece un espejo de plata martillada, aunque es demasiado turbulento para retener muchos reflejos; es la bahía la que lleva un cielo reflejado en su superficie. En los días más hermosos no hay palabras para los colores de la bahía de San Francisco y el cielo que la corona. A veces en el agua se refleja un cielo al mismo tiempo gris y dorado, y el agua es azul, es verde, es plateada, es un espejo de ese gris y ese dorado que atrapa en sus ondas la calidez y la frialdad de los colores, es todos ellos y no es ninguno, es algo tan sutil que nuestro lenguaje no puede describirlo. A veces un pájaro se zambulle en el espejo del agua y desaparece en su propio reflejo, y la superficie reflectante impide ver lo que se extiende por debajo.

En ocasiones, al nacer y al morir el día, el cielo opalino no exhibe un color para el que tengamos palabras, el dorado se convierte en azul sin la interposición del verde, que está a medio camino de ambos colores, los intensos tonos cálidos que no son el albaricoque, el carmesí ni el dorado; la luz se transforma segundo a segundo, de modo que el cielo presenta más tonalidades de azul de las que sabemos enumerar mientras palidece desde donde se encuentra el sol hasta el otro extremo, en el que aparecen otros colores. Si una aparta la vista un segundo, se pierde un tono para el que nunca existirá un vocablo, y ese tono se transforma en otro y en otro. A veces los nombres de los colores son jaulas que contienen lo que no les corresponde, y a menudo ocurre lo mismo con el lenguaje en general, con palabras como «mujer», «hombre», «niño», «adulto», «seguro», «fuerte», «libre», «verdadero», «negro», «blanco», «rico», «pobre». Necesitamos las palabras, aunque las usamos mejor si sabemos que son contenedores que siempre se desbordan y revientan. Siempre hay algo más allá.

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La estadounidense Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961) es reconocida como escritora, historiadora y autora de una veintena de libros sobre feminismo, cultura occidental y los indígenas de Estados Unidos, el poder popular, los cambios sociales y los movimientos de insurrección, y la esperanza y los desastres naturales, entre otros temas.

Entre sus obras destacan Los hombres me explican cosas (uno de sus mayores éxitos de crítica y público); Wanderlust. Una historia de caminar, Esperanza en la oscuridad, Una guía sobre el arte de perderse, Un paraíso en el infierno y La madre de todas las preguntas. Libros que la han hecho merecedora de la beca Guggenheim, el National Book Critics Circle Award y el Lannan Literary Award.

Recuerdos de mi inexistencia es su novela más reciente y fue elegida por la revista Time como uno de los cien libros que hay que leer en 2020, Lumen comenzó la publicación de su obra en español, que continúa con Cenicienta liberada y, próximamente, con De quién es esta historia. Gracias a esta editorial ofrecemos a los lectores de la Organización Editorial Mexicana un fragmento de la novela.

Recuerdos de mi inexistencia

Rebecca Solnit

1

Un día, hace mucho tiempo, estaba frente a un espejo de cuerpo entero cuando me miré en él y vi que mi imagen se oscurecía y se atenuaba, y luego parecía retroceder, como si estuviera desvaneciéndome del mundo en vez de que mi mente estuviera expulsándolo de sí. Me sujeté al marco de la puerta situada frente al espejo, al otro lado del pasillo, y mis piernas cedieron. Mi imagen se alejó hasta sumirse en la oscuridad, como si yo fuera tan solo un fantasma que se esfumara ante mi vista.

En aquella época perdía el conocimiento de vez en cuando y me mareaba a menudo, pero aquel día no se me olvida porque pareció que no era el mundo el que se desvanecía de mi conciencia, sino yo quien se desvanecía del mundo. Era la persona que se volatilizaba y la persona incorpórea que la observaba desde lejos, ambas y ninguna. En aquel tiempo intentaba desaparecer y aparecer, intentaba protegerme y ser alguien, y con frecuencia esos propósitos estaban reñidos. Y me miraba para ver si adivinaba en el espejo qué podría ser yo, si era lo bastante buena y si lo que me habían dicho sobre mí era cierto.

Ser una mujer joven significa enfrentarse a la propia aniquilación de multitud de formas, huir de ella o conocerla, o las tres cosas a la vez. «La muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo», dijo Edgar Allan Poe, que no debió de imaginarla desde la perspectiva de las mujeres que prefieren vivir. Yo intentaba no ser el tema de la poesía de otra persona y que no me mataran; intentaba encontrar una poética propia, sin mapas, sin guías, con poca cosa para avanzar. Tal vez estuvieran por ahí, pero yo no los había localizado aún.

La lucha por encontrar una poesía en que se celebre nuestra supervivencia y no nuestra derrota, quizá por encontrar nuestra propia voz para afirmarla, o al menos por encontrar la manera de sobrevivir en medio de un ethos que disfruta borrándonos y viéndonos fracasar, es un esfuerzo que muchas jóvenes, tal vez la mayoría, deben realizar. En aquellos primeros años no lo hice especialmente bien o con excesiva claridad, pero sí con fiereza.

A menudo ignoraba a qué me oponía y por qué, y en consecuencia mi rebeldía era turbia, incoherente, caprichosa. Ahora, cuando veo que las jóvenes de mi entorno libran las mismas batallas, me vienen a la memoria aquellos años de no sucumbir, o de sucumbir como quien se hunde en un pantano y se agita para salir, una y otra vez. La lucha no era solo por la supervivencia física, aunque ese combate podía ser bastante intenso, sino para sobrevivir como persona dotada de derechos, incluidos el derecho a la participación, a la dignidad y a tener voz. Más que a sobrevivir, pues: a vivir.

La directora, escritora y actriz Brit Marling dijo hace poco: «En parte, una sigue sentada en esa silla de esa habitación aguantando el acoso o el maltrato de un hombre con poder porque, como mujer, rara vez ha concebido otro final para ella. En las novelas que ha leído, en las películas que ha visto, en los cuentos que le han contado desde que nació, la mayor parte de las veces las mujeres tienen un final desastroso».

El espejo en el que me vi desaparecer se encontraba en el apartamento donde viví un cuarto de siglo, desde unos meses antes de cumplir los veinte. Los primeros años que pasé allí se correspondieron con la época de mis batallas más feroces: algunas las gané, otras me dejaron cicatrices que todavía tengo, muchas me formaron de tal modo que no puedo decir que desearía que todo hubiera sido distinto, pues entonces habría sido otra persona, y esa persona no existe. Yo sí. Pero puedo desear que las jóvenes que vienen detrás de mí puedan saltarse algunos de los obstáculos de antaño, y algunos de mis textos han tenido esa finalidad, al menos nombrando esos obstáculos.

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2

Otra historia de un espejo: cuando tenía unos once años, mi madre me llevó a una zapatería para que me comprara las botas de motorista que me gustaban en aquella época en que intentaba no ser esa cosa despreciable, una chica, y ser lo que parecía una cosa aparte, robusta, preparada para la acción; pero algo más hizo que la tienda sea inolvidable. Si me situaba delante de los espejos que bordeaban ambos lados del pasillo central, veía una imagen de una imagen de una imagen de una imagen de mí misma o de los taburetes o de lo que fuera, cada una más desvaída, tenue y remota que la anterior; imágenes que se expandían hacia delante, más allá, al parecer de forma infinita, como si un océano se extendiera allí mismo con sus reflejos y yo viera cada vez mejor las profundidades verde mar. No era mi yo lo que trataba de vislumbrar entonces, sino lo desconocido.

Más allá de cualquier principio hay otro principio, y otro, y otro, pero para mí un punto de partida sería mi primer viaje, ocho años después, en el 5 Fulton, la línea de autobús que divide en dos la ciudad y que, desde su centro, junto a la bahía de San Francisco, sigue hacia el oeste por Fulton Street hasta el océano Pacífico. Lo esencial de esta historia ocurre en medio de esa ruta, en medio de la ciudad, pero sigamos unos instantes en ese autobús mientras sube con esfuerzo la cuesta más allá de la iglesia jesuita cuyas torres brillan con la luz de la mañana, avanza a lo largo del parque grande por la parte sur de la calle y deja atrás una avenida tras otra de casas cada vez menos apretujadas sobre una tierra que en realidad es solo arena, hasta esa franja arenosa que se junta con el océano Pacífico, el cual cubre casi un tercio del planeta.

En ocasiones el mar entero parece un espejo de plata martillada, aunque es demasiado turbulento para retener muchos reflejos; es la bahía la que lleva un cielo reflejado en su superficie. En los días más hermosos no hay palabras para los colores de la bahía de San Francisco y el cielo que la corona. A veces en el agua se refleja un cielo al mismo tiempo gris y dorado, y el agua es azul, es verde, es plateada, es un espejo de ese gris y ese dorado que atrapa en sus ondas la calidez y la frialdad de los colores, es todos ellos y no es ninguno, es algo tan sutil que nuestro lenguaje no puede describirlo. A veces un pájaro se zambulle en el espejo del agua y desaparece en su propio reflejo, y la superficie reflectante impide ver lo que se extiende por debajo.

En ocasiones, al nacer y al morir el día, el cielo opalino no exhibe un color para el que tengamos palabras, el dorado se convierte en azul sin la interposición del verde, que está a medio camino de ambos colores, los intensos tonos cálidos que no son el albaricoque, el carmesí ni el dorado; la luz se transforma segundo a segundo, de modo que el cielo presenta más tonalidades de azul de las que sabemos enumerar mientras palidece desde donde se encuentra el sol hasta el otro extremo, en el que aparecen otros colores. Si una aparta la vista un segundo, se pierde un tono para el que nunca existirá un vocablo, y ese tono se transforma en otro y en otro. A veces los nombres de los colores son jaulas que contienen lo que no les corresponde, y a menudo ocurre lo mismo con el lenguaje en general, con palabras como «mujer», «hombre», «niño», «adulto», «seguro», «fuerte», «libre», «verdadero», «negro», «blanco», «rico», «pobre». Necesitamos las palabras, aunque las usamos mejor si sabemos que son contenedores que siempre se desbordan y revientan. Siempre hay algo más allá.

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