/ viernes 1 de noviembre de 2019

Hojas de Papel Volando | Poesía eres tú

La palabra es la expresión que hace humanos a los humanos... Con sus pros y contras. Las hay para decir “te quiero” y las hay para decir “te odio”

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

(Sor Juana Inés de la Cruz)


Extrañas formas las que tienen las palabras para penetrar en el ánima de los seres humanos. Éstas adquieren formas distintas de acuerdo con la intención de quien las utiliza, ya de forma verbal o escrita. A veces son amorosas. A veces son cándidas. Otras son directas o de una utilidad técnica o científica exacta.

Hay palabras –y su composición gramatical- que enseñan lo que es la vida; o que alteran el ritmo de ésta con su sola presencia. Las hay para decir “te quiero” y las hay para decir “te odio”. Es así. Y por eso la palabra es la expresión que hace humanos a los humanos... Con sus pros y contras.

Por eso aquellos jovencitos de secundaria que escuchábamos arrobados al maestro Luis Herrera Valenzuela nos emocionábamos cuando “recitaba” poemas. ¿Sabíamos qué era poesía? No. No necesitábamos saber su definición porque estaba ahí, en boca del maestro inolvidable, que marcaba puntual el ritmo, las pausas, las intenciones del autor, el sueño de su obra.

Tomaba un libro y abría la página que ya tenía marcada antemano. Y pedía silencio. Lo había. Y,con su vozarrón de maestro bueno, desgranaba –cada día- uno de los poemas que más le gustaban. Que más nos gustaban. Él decía que la poesía nos haría seres humanos buenos, sensible,justos.

Y eso: comenzaba... “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial”. Y así hasta terminar “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Y digo éste porque es el que personalmente más me emocionaba. Pero asimismo nos leía a Sor Juana Inés de la Cruz...”Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo”... o a Amado Nervo y su “...Vida, estamos en paz”.

Era así. Y nosotros perdidos en las imágenes, en la historia, en la emoción que el maestro no contenía ni para sí ni para los demás, porque la poesía lo transportaba, lo hacía olvidar el lugar y tiempo en el que vivía; él estaba ahí, declamando para sí, y para nosotros: su vibración era auténtica como también su vocación pedagógica y sus ganas de que sus alumnos fuéramos ese dechado de virtudes para un mejor futuro, y él reiteraba que sería a través de la poesía... ‘Poesía eres tú’, decía.

Y supimos luego que leer poesía es un asunto particular y nada fácil. Y que la ganancia se mide en emociones, en intensidades, en razón y corazón puesto y dispuesto. Leerla es un momento de–digamos- intimidad. Es cuando uno quiere estar a solas con el autor y su poema, y encontrarnos ahí, porque ese poema, muchos poemas, tocan la sensibilidad más a flor de piel de nuestras vidas.

Y ser lector de poesía es algo muy serio. Si el poeta se esmera y entrega noches y días de su vida para crear una sola línea de su obra, en domar a sus propias imágenes y emociones para entregarnos el más puro y transparente poema, los lectores de poesía tenemos que ser cuidadosos y ubicarnos ahí, en el camino que dispuso para nosotros el escritor, y seguir sus huellas para que él nos descubra y para que sea nuestro Virgilio en esta Divina Comedia que es la vida.

La poesía es universal. No tiene fecha de origen ni espacio específico: es propia del ser humano y culturas distintas y distantes la crean y la expresan para hacernos entender que el hombre o mujer son poesía, en su esencia.

Así ocurre en este México hecho de poesía. Desde la poesía prehispánica que es asimismo enorme como gloriosa. Ese legado nos lo entregó don Ángel María Garibay y Miguel León Portilla. Ellos nos hicieron penetrar en el espíritu exquisito los poetas mucho antes de la llegada de los españoles, y fueron ellos, precisamente, quienes pusieron en español la obra de Tlaltecatzin, Tochihuitzin, Nezahualpilli, Cuacuauhtzin, Macuixochitl, Cuetzoaltzin y, sobre todo Nezahualcóyotl, el rey poeta que de forma emotiva cantaba al ser humano.“Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces. Amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero más amo a mi hermano: el hombre”. La cultura y la sabiduría de los habitantes de estos territorios precolombinos están ahí con todas sus intensidades y emociones.

Luego vendrían los poetas novohispanos: herederos al mismo tiempo de los poetas prehispánicos como del renacentismo español de Góngora y de Garcilazo mestizaje ya: barroco en las letras. Y aparecen nuestros grandes poetas ya mesoamericanos. Octavio Paz cita a Menéndez Pelayo para decir que “Primitiva poesía de América puede considerarse como una rama o continuación de la escuela sevillana”. “El barroco –dice- abre las puertas al paisaje, a la flora y la fauna y aun al indiomismo”.

Y surgen aquí poetas que deslumbran: Bernardo de Balbuena y su enorme “Grandeza mexicana”, ejemplo vivo del barroco novohispano. “De esta México el asiento...”; Juan Ruiz de Alarcón que al mismo tiempo dramaturgo es poeta lírico; Miguel de Guevara –lo mismo español como mexicano-que nos entregó aquella oración inmutable: “No me mueve mi Dios, para quererte”. Luis de Sandoval y Zapata...”Alada eternidad del viento” y por supuesto la inmensa Sor Juana Inés de la Cruz que es asimismo mexicana como universal.

El siglo XIX mexicano está en lucha constante; aun así, la poesía es testigo de los acontecimientos y están ahí los grandes poetas herederos del neoclásico colonial como el inicio de un romanticismo que no se conforma con lo externo y que rompía reglas para volcarse en las intimidades y emociones de los poetas de distintas magnitudes, muchos de ellos, al mismo tiempo periodistas como escritores, cronistas y poetas.

Están Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano: “Los poetas escriben. Escriben sin cesar, pero sobre todo combaten, también sin descanso”. Manuel Acuña se suicida a los 24 años pero nos deja su “Nocturno a Rosario” que muchos repetimos desde párvulos y toda la vida.

“¡Pues bien! yo necesito

decirte que te adoro

decirte que te quiero

con todo el corazón”...

O José Joaquín Pesado, Joaquín Arcadio Pegaza, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón–“Mamá, soy Paquito...” y Manuel M. Flores... el mismo de “Amémonos”.

Buscaba mi alma con afán tu alma,

Buscaba yo la virgen que la frente

Tocara con su labio dulcemente

En el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella

Que en sueños me visita desde niño,

Para partir con ella mi cariño,

Para partir con ella mi dolor.

Manuel Acuña


Y de así, en general, aquel siglo XIX poético y de poetas, por encima de sus propias circunstancias. Como también la poesía que luego sería la del Siglo XX revolucionario y moderna y contemporánea cuando “la poesía deja de ser descripción o queja para volver a ser aventura espiritual” (O. Paz).

Abren paso Luis G. Urbina y adelante Enrique González Martínez –“Tuércele el cuello al cisne, de engañoso plumaje” –que no es más sino una reacción al modernismo de Rubén Darío-... Y ni qué decir luego de José Juan Tablada, o Ramón López Velarde y su “Suave Patria”, o del gran Alfonso Reyes, escritor, ensayista, poeta esencial en las letras mexicanas, quien de plano se aparta del modernismo poético.

Poetas hay a raudales en México. Antes y muchos ahora. No sólo preocupados por las formas,como también por la idea, la intensidad y hasta el compromiso social. El siglo XX fue pródigo. Es pródigo aún. El siglo XXI nos encarga no olvidar ni a José Emilio Pacheco, ni a Jaime Sabines, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Andrés Henestrosa, Efraín Huerta, Xavier Villaurrutia, Pita Amor, Elva Macías, Coral Bracho. Ethel Krauze ellas también poetas, David Huerta y al mismísimo Octavio Paz que ganó el Nobel de Literatura por su obra poética en 1990, y tantos más; todos ellos; todas ellas,que han penetrado las entrañas del lenguaje y han desentrañado a ese lenguaje.

Mexicanos que hacen de nuestra vida más llevadera, más íntima, más de puertas adentro, pero también más responsables de su tiempo y de sus hechos... Ya otra vez platicaremos de los poetas que están fuera, pero que llevamos en el ánimo: Seferis, Gil de Biedma, García Lorca, Machado,Yanis Ritsos, Withman: muchos con el espíritu a flor de piel. Así es.

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía eres tú.

(Gustavo Adolfo Bécquer)


joelhsantiago@gmail.com

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

(Sor Juana Inés de la Cruz)


Extrañas formas las que tienen las palabras para penetrar en el ánima de los seres humanos. Éstas adquieren formas distintas de acuerdo con la intención de quien las utiliza, ya de forma verbal o escrita. A veces son amorosas. A veces son cándidas. Otras son directas o de una utilidad técnica o científica exacta.

Hay palabras –y su composición gramatical- que enseñan lo que es la vida; o que alteran el ritmo de ésta con su sola presencia. Las hay para decir “te quiero” y las hay para decir “te odio”. Es así. Y por eso la palabra es la expresión que hace humanos a los humanos... Con sus pros y contras.

Por eso aquellos jovencitos de secundaria que escuchábamos arrobados al maestro Luis Herrera Valenzuela nos emocionábamos cuando “recitaba” poemas. ¿Sabíamos qué era poesía? No. No necesitábamos saber su definición porque estaba ahí, en boca del maestro inolvidable, que marcaba puntual el ritmo, las pausas, las intenciones del autor, el sueño de su obra.

Tomaba un libro y abría la página que ya tenía marcada antemano. Y pedía silencio. Lo había. Y,con su vozarrón de maestro bueno, desgranaba –cada día- uno de los poemas que más le gustaban. Que más nos gustaban. Él decía que la poesía nos haría seres humanos buenos, sensible,justos.

Y eso: comenzaba... “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial”. Y así hasta terminar “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Y digo éste porque es el que personalmente más me emocionaba. Pero asimismo nos leía a Sor Juana Inés de la Cruz...”Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo”... o a Amado Nervo y su “...Vida, estamos en paz”.

Era así. Y nosotros perdidos en las imágenes, en la historia, en la emoción que el maestro no contenía ni para sí ni para los demás, porque la poesía lo transportaba, lo hacía olvidar el lugar y tiempo en el que vivía; él estaba ahí, declamando para sí, y para nosotros: su vibración era auténtica como también su vocación pedagógica y sus ganas de que sus alumnos fuéramos ese dechado de virtudes para un mejor futuro, y él reiteraba que sería a través de la poesía... ‘Poesía eres tú’, decía.

Y supimos luego que leer poesía es un asunto particular y nada fácil. Y que la ganancia se mide en emociones, en intensidades, en razón y corazón puesto y dispuesto. Leerla es un momento de–digamos- intimidad. Es cuando uno quiere estar a solas con el autor y su poema, y encontrarnos ahí, porque ese poema, muchos poemas, tocan la sensibilidad más a flor de piel de nuestras vidas.

Y ser lector de poesía es algo muy serio. Si el poeta se esmera y entrega noches y días de su vida para crear una sola línea de su obra, en domar a sus propias imágenes y emociones para entregarnos el más puro y transparente poema, los lectores de poesía tenemos que ser cuidadosos y ubicarnos ahí, en el camino que dispuso para nosotros el escritor, y seguir sus huellas para que él nos descubra y para que sea nuestro Virgilio en esta Divina Comedia que es la vida.

La poesía es universal. No tiene fecha de origen ni espacio específico: es propia del ser humano y culturas distintas y distantes la crean y la expresan para hacernos entender que el hombre o mujer son poesía, en su esencia.

Así ocurre en este México hecho de poesía. Desde la poesía prehispánica que es asimismo enorme como gloriosa. Ese legado nos lo entregó don Ángel María Garibay y Miguel León Portilla. Ellos nos hicieron penetrar en el espíritu exquisito los poetas mucho antes de la llegada de los españoles, y fueron ellos, precisamente, quienes pusieron en español la obra de Tlaltecatzin, Tochihuitzin, Nezahualpilli, Cuacuauhtzin, Macuixochitl, Cuetzoaltzin y, sobre todo Nezahualcóyotl, el rey poeta que de forma emotiva cantaba al ser humano.“Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces. Amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero más amo a mi hermano: el hombre”. La cultura y la sabiduría de los habitantes de estos territorios precolombinos están ahí con todas sus intensidades y emociones.

Luego vendrían los poetas novohispanos: herederos al mismo tiempo de los poetas prehispánicos como del renacentismo español de Góngora y de Garcilazo mestizaje ya: barroco en las letras. Y aparecen nuestros grandes poetas ya mesoamericanos. Octavio Paz cita a Menéndez Pelayo para decir que “Primitiva poesía de América puede considerarse como una rama o continuación de la escuela sevillana”. “El barroco –dice- abre las puertas al paisaje, a la flora y la fauna y aun al indiomismo”.

Y surgen aquí poetas que deslumbran: Bernardo de Balbuena y su enorme “Grandeza mexicana”, ejemplo vivo del barroco novohispano. “De esta México el asiento...”; Juan Ruiz de Alarcón que al mismo tiempo dramaturgo es poeta lírico; Miguel de Guevara –lo mismo español como mexicano-que nos entregó aquella oración inmutable: “No me mueve mi Dios, para quererte”. Luis de Sandoval y Zapata...”Alada eternidad del viento” y por supuesto la inmensa Sor Juana Inés de la Cruz que es asimismo mexicana como universal.

El siglo XIX mexicano está en lucha constante; aun así, la poesía es testigo de los acontecimientos y están ahí los grandes poetas herederos del neoclásico colonial como el inicio de un romanticismo que no se conforma con lo externo y que rompía reglas para volcarse en las intimidades y emociones de los poetas de distintas magnitudes, muchos de ellos, al mismo tiempo periodistas como escritores, cronistas y poetas.

Están Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano: “Los poetas escriben. Escriben sin cesar, pero sobre todo combaten, también sin descanso”. Manuel Acuña se suicida a los 24 años pero nos deja su “Nocturno a Rosario” que muchos repetimos desde párvulos y toda la vida.

“¡Pues bien! yo necesito

decirte que te adoro

decirte que te quiero

con todo el corazón”...

O José Joaquín Pesado, Joaquín Arcadio Pegaza, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón–“Mamá, soy Paquito...” y Manuel M. Flores... el mismo de “Amémonos”.

Buscaba mi alma con afán tu alma,

Buscaba yo la virgen que la frente

Tocara con su labio dulcemente

En el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella

Que en sueños me visita desde niño,

Para partir con ella mi cariño,

Para partir con ella mi dolor.

Manuel Acuña


Y de así, en general, aquel siglo XIX poético y de poetas, por encima de sus propias circunstancias. Como también la poesía que luego sería la del Siglo XX revolucionario y moderna y contemporánea cuando “la poesía deja de ser descripción o queja para volver a ser aventura espiritual” (O. Paz).

Abren paso Luis G. Urbina y adelante Enrique González Martínez –“Tuércele el cuello al cisne, de engañoso plumaje” –que no es más sino una reacción al modernismo de Rubén Darío-... Y ni qué decir luego de José Juan Tablada, o Ramón López Velarde y su “Suave Patria”, o del gran Alfonso Reyes, escritor, ensayista, poeta esencial en las letras mexicanas, quien de plano se aparta del modernismo poético.

Poetas hay a raudales en México. Antes y muchos ahora. No sólo preocupados por las formas,como también por la idea, la intensidad y hasta el compromiso social. El siglo XX fue pródigo. Es pródigo aún. El siglo XXI nos encarga no olvidar ni a José Emilio Pacheco, ni a Jaime Sabines, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Andrés Henestrosa, Efraín Huerta, Xavier Villaurrutia, Pita Amor, Elva Macías, Coral Bracho. Ethel Krauze ellas también poetas, David Huerta y al mismísimo Octavio Paz que ganó el Nobel de Literatura por su obra poética en 1990, y tantos más; todos ellos; todas ellas,que han penetrado las entrañas del lenguaje y han desentrañado a ese lenguaje.

Mexicanos que hacen de nuestra vida más llevadera, más íntima, más de puertas adentro, pero también más responsables de su tiempo y de sus hechos... Ya otra vez platicaremos de los poetas que están fuera, pero que llevamos en el ánimo: Seferis, Gil de Biedma, García Lorca, Machado,Yanis Ritsos, Withman: muchos con el espíritu a flor de piel. Así es.

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía eres tú.

(Gustavo Adolfo Bécquer)


joelhsantiago@gmail.com

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