/ viernes 1 de octubre de 2021

¿Imaginas una sociedad donde está prohibido recordar?, aquí un fragmento del libro La Policía de la Memoria

Como cortesía de Grupo Planeta México, presentamos a los lectores de OEM un fragmento del libro, editado en español en traducción de Juan Francisco González Sánchez

En está novela, la autora japonesa Yoko Ogawa, imagina una sociedad en la que está prohibido recordar. Las personas que son inmunes a ese olvido forzado son perseguidas y encerradas en establecimientos represivos. Ogawa es una novelista que ha ganado los principales premios literarios japoneses y varias de sus obras han sido llevadas al cine, ademá, cuenta con una fiel cantidad de lectores que adoran sus historias, no importa lo peculiares que sean.

Como una cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México, presentamos a los lectores de la Organización Editorial Mexicana un fragmento del libro, que acaba de ser editado en español en traducción de Juan Francisco González Sánchez.

La Policía de la Memoria | Yoko Ogawa

(Fragmento)

En cualquier caso, todos, incluyéndome a mí, fuimos perdiendo simplemente la memoria del pasado, sin excesiva añoranza. ¿Cómo es posible añorar lo que no se recuerda? La propia isla, flotando en aquella vacía inmensidad que era el océano, representaba a la perfección, en su aislamiento, lo que en ella acaecía a diario.

Pues bien, la desaparición de los pájaros no se produjo de manera diferente a las demás. Sencillamente, un día como cualquier otro, al alba, ya no existían sobre la faz de la tierra.

Al despertar, como era habitual en dichas ocasiones, percibí cierta aspereza en el aire que interpreté como la señal de una nueva extinción. Permanecí con los ojos bien abiertos acurrucada bajo las sábanas y recorrí con la mirada cada rincón de la habitación. El juego de maquillaje reposaba como siempre sobre el tocador, igual que los clips y las hojas de papel donde tomaba notas descansaban sobre el escritorio, y la colección de discos sobre su correspondiente estantería. Las cortinas de encaje seguían también allí, como siempre. Pero cualquier minúsculo detalle podría haber desaparecido, así que hice acopio de paciencia y agucé la vista.

Me levanté y me eché un cárdigan por los hombros. Salí al jardín y comprobé que todos los vecinos habían hecho lo mismo y que sobre sus rostros, como sobre el mío, se cernía una sombra de inquietud mientras oteaban los alrededores. El perro de la casa de al lado ladró en registro grave.

Fue entonces cuando por encima de nuestras cabezas, a gran altura, se perfiló la redondeada silueta de una pequeña ave de tonos parduzcos y blancas pinceladas sobre la pechuga que cruzaba el cielo alejándose.

«¿No era aquel uno de esos pájaros que había observado alguna vez desde el observatorio junto a papá?», me pregunté. Y apenas lo había hecho, me di cuenta de que desde las más recónditas profundidades de mi memoria iban borrándose tanto el significado de la palabra «pájaro» como las emociones y sensaciones asociadas a esta, y, en definitiva, todo tipo de remembranza vinculada a las aves.

—Hoy han sido las aves... —sentenció lacónicamente el antiguo sombrerero—. No se pierde gran cosa. ¿A quién puede afectarle algo así, si lo único que hacen es volar a su antojo?

El antiguo sombrerero se ajustó la bufanda al cuello y estornudó levemente. Nuestras miradas se cruzaron y sus labios esbozaron una incómoda sonrisa, como si en ese preciso momento hubiera caído en la cuenta de que papá había sido ornitólogo. Sin añadir nada más, se dirigió raudo al trabajo.

Los demás parecieron sentirse aliviados al comprender la naturaleza de la extinción de aquel día y pusieron también rumbo a sus respectivos asuntos matutinos. Yo me quedé un rato allí sola, mirando al cielo...

Aquella pequeña ave parda trazó un enorme círculo y se alejó en dirección norte. No conseguía recordar de qué especie podría tratarse y me lamenté de no haber prestado mayor atención a los nombres que papá me enseñaba cuando las contemplábamos a través de los binoculares, bien pertrechados en nuestro puesto del observatorio.

Traté al menos de mantener vivo el recuerdo de la silueta con que se recortaban sus alas sobre el cielo, de sus alegres gorjeos y del color de sus plumas. Sin embargo, y a pesar de su fuerte vinculación con la memoria que guardaba de mi padre, me di cuenta de que también ellos iban alejándose y diluyéndose en el olvido, y de que aquel punto lejano que todavía se vislumbraba en el cielo no era más que una criatura que se desplazaba por la acción de sus alas, incapaz ya de despertar en mí algún tipo de emoción en particular.

Cuando por la tarde me acerqué al mercado a hacer unas compras, me encontré con grupos de personas portando jaulas de pájaros. En su interior aleteaban inquietos periquitos, capuchinos de Java y canarios, mientras sus dueños permanecían en silencio y con la mirada ausente, tratando tal vez de asimilar lo que estaba sucediendo.

Y así fueron despidiéndose de sus mascotas, cada uno a su manera. Unos pronunciaban sus nombres y acercaban cariñosamente las mejillas a los barrotes de las jaulas; otros colocaban comida entre sus labios para que los pájaros se acercaran a picotear de estos, y uno a uno, al dar por finalizado su particular ritual de despedida, abrían de par en par las puertecitas de las jaulas y las alzaban al cielo para que sus sorprendidos e indecisos moradores pudieran abandonarlas. Aquellos que se atrevían a salir, daban un par de vueltas alrededor de sus dueños antes de alzar el vuelo y desaparecer en la lejanía.

Cuando por fin desapareció el último de ellos, un denso silencio envolvió el lugar y los dueños de los pájaros fueron regresando a sus casas tras dejar allí abandonadas las jaulas vacías.

De ese modo, la desaparición de los pájaros en la isla se dio por finalizada.

Al día siguiente, sucedió algo completamente inesperado. Estaba desayunando mientras veía la televisión cuando oí el timbre de la puerta. La vehemencia con que sonó me hizo comprender inmediatamente que fuera quien fuese no traería buenas noticias.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —dijo uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria a quienes, tras abrirles la puerta, invité a pasar al vestíbulo.

Su indumentaria consistía en chamarra y pantalones verde caqui, cinturón ancho, botas negras y guantes de cuero. Bajo la chamarra, a la altura de la cadera, se insinuaba una pistola. Su aspecto, desde luego, no inspiraba nada bueno y me pareció que solo las insignias que llevaban prendidas cerca del cuello de sus chamarras los diferenciaban entre sí, aunque no me detuve a observarlas con detenimiento.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —repitió en el mismo tono de voz el hombre que se había situado delante de sus compañeros. Sobre su chamarra lucía insignias con forma de rombo, óvalo y trapecio.

—Mi padre murió hace cinco años —contesté pausadamente, tratando de calmarme.

—Estamos al corriente de ello —intervino un segundo hombre, con insignias cuneiformes, hexagonales y con forma de «t», y, como si tales palabras hubieran funcionado a modo de señal, los cinco se pusieron en marcha en dirección al despacho de papá, acompañados del golpeteo seco de sus zapatos contra el suelo y del tintineo de las armas contra los broches de sus fundas.

—Acabo de traer la alfombra de la tintorería. Si me hicieran el favor de descalzarse...

No se me ocurrió nada mejor que decir. Evidentemente, no me hicieron ningún caso y mantuvieron impertérrito su paso escaleras arriba, hacia la planta superior.

Parecían conocer a la perfección la disposición de las estancias de la casa, pues llegaron sin la más mínima vacilación al despacho de papá, donde, con una destreza asombrosa, se pusieron de inmediato manos a la obra con el asunto que les había traído.

Mientras uno de ellos abría de par en par la ventana, que había permanecido cerrada desde la muerte de papá, otro se afanaba en forzar las cerraduras de los cajones del escritorio y del armario con un instrumento largo y afilado semejante a un bisturí, y los tres restantes rastreaban con sus dedos hasta el más recóndito centímetro de las paredes a la búsqueda de alguna cavidad oculta. Inmediatamente después, todos se concentraron en examinar cada uno de los manuscritos, apuntes, cuadernos, libros y fotos que iban encontrando. De entre todos los que iban pasando por sus manos seleccionaban aquellos que percibían como una posible amenaza al orden social o que simplemente contenían la palabra «pájaro», y descartaban los que, según su criterio, eran inofensivos. Los primeros eran arrojados al suelo, donde acabaron formando una pila desordenada. Yo, inmóvil bajo el marco de la puerta del despacho, contemplaba todo aquello sin perder detalle, al tiempo que mis dedos toqueteaban nerviosamente la manija de la puerta.

Había oído hablar alguna vez de lo extraordinariamente bien preparada y entrenada que estaba la Policía de la Memoria, y sobre cómo a cada miembro se le asignaba un cargo y área de responsabilidad atendiendo a un exhaustivo proceso de selección, primando siempre la eficacia sobre cualquier otro factor. Mis cinco visitantes no eran una excepción a dicha norma. Silencio, miradas incisivas y una máxima economía en la ejecución de sus acciones eran prueba de ello. El único sonido que llegaba a mis oídos entre toda aquella afrenta a la intimidad de mi hogar era el producido por el suave roce de las yemas de sus dedos sobre el papel, como cuando los pájaros abren sus alas para alzar el vuelo.

La pila de papeles y libros lanzados al suelo no tardó en alcanzar unas dimensiones considerables, lo cual indicaba que casi todo lo que había en el despacho de papá guardaba alguna relación con la ornitología. La letra manuscrita de papá, con su tendencia a inclinarse hacia la derecha, llenaba los folios y los cuadernos que, junto a las fotografías que con tanta dedicación había tomado a lo largo de interminables días de atenta vigilancia y paciente espera bajo el techo del observatorio, caían de las manos de los cinco hombres y se derramaban como hojas de otoño sobre la tarima del piso.

A pesar de lo caótico de su proceder, el refinamiento y destreza con que llevaban a cabo cada gesto era tal que podría llegar a pensarse erróneamente que su tarea era digna de aprobación. Me debatía por hacerles comprender de algún modo mi enérgica oposición a aquella actuación en mi casa, pero el corazón me latía con fuerza y me sentía paralizada, sumida en un mar de desconcierto.

—Por favor, traten mis objetos personales con más cuidado —supliqué por fin.

No hubo respuesta.

—¿No se dan cuenta de que son recuerdos de mi padre? —insistí inútilmente. Aquel montón de papeles y cuadernos que se levantaba frente a mí se tragó mis palabras sin que ninguna reacción aflorara a los pétreos rostros de aquellos hombres.

Uno de ellos, que lucía insignias rectangulares y con forma de gota, introdujo su mano en el cajón inferior del escritorio.

—Lo que hay ahí no tiene relación con los pájaros —indiqué de inmediato. Papá usaba ese cajón para guardar las cartas y fotografías de la familia.

Indiferente a mi advertencia, el agente procedió a examinarlas como había hecho con los demás papeles y seleccionó una sola foto de todo el fajo. En ella aparecíamos en familia. Papá sostenía un magnífico y raro ejemplar de un ave de colorido plumaje que él mismo había criado tras incubar el huevo y cuyo nombre, evidentemente, no recuerdo. Después de ordenar y agrupar cuidadosamente el resto de las fotografías junto a la correspondencia familiar, el hombre las devolvió a su sitio, dentro del cajón inferior del escritorio; y ese fue el único gesto amable mostrado por uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria durante aquella visita no solicitada.

La selección de material prohibido pareció llegar a su fin y, acto seguido, sacaron de los bolsillos de sus chamarras unas bolsas negras que empezaron a llenar con todos los papeles, cuadernos y libros arrojados al suelo. Al ver que los apretaban y comprimían en el interior de las bolsas a fin de introducir en ellas la mayor cantidad posible, como si de material desechable se tratara, no albergué ninguna esperanza de que fueran a conservarlos. Por supuesto, no buscaban nada en concreto, sino simplemente hacer desaparecer todo tipo de documento gráfico o escrito que atestiguara la existencia de las aves. Al fin y al cabo, la principal función de la Policía de la Memoria era completar y hacer efectivo cada proceso de desaparición y olvido a medida que estos iban produciéndose.

Tal vez aquella visita no había sido nada comparada con la ocasión en que la Policía de la Memoria se llevó a mamá. En cualquier caso, desde la muerte de papá el recuerdo de las aves había ido diluyéndose más y más con el paso de los días hasta desaparecer esa misma mañana, de manera que supuse que al menos no habría más visitas de inspección por parte de la Policía de la Memoria.

Una hora en total fue lo que les llevó llenar diez grandes bolsas de escritos de papá, en el transcurso de la cual la luz del sol había comenzado a penetrar intensamente a través de la ventana y a caldear la estancia. La pulida superficie de las insignias lanzaba destellos intermitentes desde el cuello de las chamarras. Impertérritos y ajenos al calor, sin transpirar siquiera, los hombres desarrollaron su trabajo con apremiante indolencia.

Finalmente se echaron al hombro dos bolsas cada uno, se subieron a una camioneta que los esperaba estacionada a la puerta de casa y se alejaron.

Había bastado una hora para que el ambiente del despacho de papá se hubiese transformado totalmente. Su rastro se había esfumado por completo para no volver nunca, dejando tras de sí una fría oquedad. Me situé en medio de la sala y permanecí de pie allí. Efectivamente, se había convertido en un vacío profundo cuyo abismo trataba de succionarme.

En está novela, la autora japonesa Yoko Ogawa, imagina una sociedad en la que está prohibido recordar. Las personas que son inmunes a ese olvido forzado son perseguidas y encerradas en establecimientos represivos. Ogawa es una novelista que ha ganado los principales premios literarios japoneses y varias de sus obras han sido llevadas al cine, ademá, cuenta con una fiel cantidad de lectores que adoran sus historias, no importa lo peculiares que sean.

Como una cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México, presentamos a los lectores de la Organización Editorial Mexicana un fragmento del libro, que acaba de ser editado en español en traducción de Juan Francisco González Sánchez.

La Policía de la Memoria | Yoko Ogawa

(Fragmento)

En cualquier caso, todos, incluyéndome a mí, fuimos perdiendo simplemente la memoria del pasado, sin excesiva añoranza. ¿Cómo es posible añorar lo que no se recuerda? La propia isla, flotando en aquella vacía inmensidad que era el océano, representaba a la perfección, en su aislamiento, lo que en ella acaecía a diario.

Pues bien, la desaparición de los pájaros no se produjo de manera diferente a las demás. Sencillamente, un día como cualquier otro, al alba, ya no existían sobre la faz de la tierra.

Al despertar, como era habitual en dichas ocasiones, percibí cierta aspereza en el aire que interpreté como la señal de una nueva extinción. Permanecí con los ojos bien abiertos acurrucada bajo las sábanas y recorrí con la mirada cada rincón de la habitación. El juego de maquillaje reposaba como siempre sobre el tocador, igual que los clips y las hojas de papel donde tomaba notas descansaban sobre el escritorio, y la colección de discos sobre su correspondiente estantería. Las cortinas de encaje seguían también allí, como siempre. Pero cualquier minúsculo detalle podría haber desaparecido, así que hice acopio de paciencia y agucé la vista.

Me levanté y me eché un cárdigan por los hombros. Salí al jardín y comprobé que todos los vecinos habían hecho lo mismo y que sobre sus rostros, como sobre el mío, se cernía una sombra de inquietud mientras oteaban los alrededores. El perro de la casa de al lado ladró en registro grave.

Fue entonces cuando por encima de nuestras cabezas, a gran altura, se perfiló la redondeada silueta de una pequeña ave de tonos parduzcos y blancas pinceladas sobre la pechuga que cruzaba el cielo alejándose.

«¿No era aquel uno de esos pájaros que había observado alguna vez desde el observatorio junto a papá?», me pregunté. Y apenas lo había hecho, me di cuenta de que desde las más recónditas profundidades de mi memoria iban borrándose tanto el significado de la palabra «pájaro» como las emociones y sensaciones asociadas a esta, y, en definitiva, todo tipo de remembranza vinculada a las aves.

—Hoy han sido las aves... —sentenció lacónicamente el antiguo sombrerero—. No se pierde gran cosa. ¿A quién puede afectarle algo así, si lo único que hacen es volar a su antojo?

El antiguo sombrerero se ajustó la bufanda al cuello y estornudó levemente. Nuestras miradas se cruzaron y sus labios esbozaron una incómoda sonrisa, como si en ese preciso momento hubiera caído en la cuenta de que papá había sido ornitólogo. Sin añadir nada más, se dirigió raudo al trabajo.

Los demás parecieron sentirse aliviados al comprender la naturaleza de la extinción de aquel día y pusieron también rumbo a sus respectivos asuntos matutinos. Yo me quedé un rato allí sola, mirando al cielo...

Aquella pequeña ave parda trazó un enorme círculo y se alejó en dirección norte. No conseguía recordar de qué especie podría tratarse y me lamenté de no haber prestado mayor atención a los nombres que papá me enseñaba cuando las contemplábamos a través de los binoculares, bien pertrechados en nuestro puesto del observatorio.

Traté al menos de mantener vivo el recuerdo de la silueta con que se recortaban sus alas sobre el cielo, de sus alegres gorjeos y del color de sus plumas. Sin embargo, y a pesar de su fuerte vinculación con la memoria que guardaba de mi padre, me di cuenta de que también ellos iban alejándose y diluyéndose en el olvido, y de que aquel punto lejano que todavía se vislumbraba en el cielo no era más que una criatura que se desplazaba por la acción de sus alas, incapaz ya de despertar en mí algún tipo de emoción en particular.

Cuando por la tarde me acerqué al mercado a hacer unas compras, me encontré con grupos de personas portando jaulas de pájaros. En su interior aleteaban inquietos periquitos, capuchinos de Java y canarios, mientras sus dueños permanecían en silencio y con la mirada ausente, tratando tal vez de asimilar lo que estaba sucediendo.

Y así fueron despidiéndose de sus mascotas, cada uno a su manera. Unos pronunciaban sus nombres y acercaban cariñosamente las mejillas a los barrotes de las jaulas; otros colocaban comida entre sus labios para que los pájaros se acercaran a picotear de estos, y uno a uno, al dar por finalizado su particular ritual de despedida, abrían de par en par las puertecitas de las jaulas y las alzaban al cielo para que sus sorprendidos e indecisos moradores pudieran abandonarlas. Aquellos que se atrevían a salir, daban un par de vueltas alrededor de sus dueños antes de alzar el vuelo y desaparecer en la lejanía.

Cuando por fin desapareció el último de ellos, un denso silencio envolvió el lugar y los dueños de los pájaros fueron regresando a sus casas tras dejar allí abandonadas las jaulas vacías.

De ese modo, la desaparición de los pájaros en la isla se dio por finalizada.

Al día siguiente, sucedió algo completamente inesperado. Estaba desayunando mientras veía la televisión cuando oí el timbre de la puerta. La vehemencia con que sonó me hizo comprender inmediatamente que fuera quien fuese no traería buenas noticias.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —dijo uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria a quienes, tras abrirles la puerta, invité a pasar al vestíbulo.

Su indumentaria consistía en chamarra y pantalones verde caqui, cinturón ancho, botas negras y guantes de cuero. Bajo la chamarra, a la altura de la cadera, se insinuaba una pistola. Su aspecto, desde luego, no inspiraba nada bueno y me pareció que solo las insignias que llevaban prendidas cerca del cuello de sus chamarras los diferenciaban entre sí, aunque no me detuve a observarlas con detenimiento.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —repitió en el mismo tono de voz el hombre que se había situado delante de sus compañeros. Sobre su chamarra lucía insignias con forma de rombo, óvalo y trapecio.

—Mi padre murió hace cinco años —contesté pausadamente, tratando de calmarme.

—Estamos al corriente de ello —intervino un segundo hombre, con insignias cuneiformes, hexagonales y con forma de «t», y, como si tales palabras hubieran funcionado a modo de señal, los cinco se pusieron en marcha en dirección al despacho de papá, acompañados del golpeteo seco de sus zapatos contra el suelo y del tintineo de las armas contra los broches de sus fundas.

—Acabo de traer la alfombra de la tintorería. Si me hicieran el favor de descalzarse...

No se me ocurrió nada mejor que decir. Evidentemente, no me hicieron ningún caso y mantuvieron impertérrito su paso escaleras arriba, hacia la planta superior.

Parecían conocer a la perfección la disposición de las estancias de la casa, pues llegaron sin la más mínima vacilación al despacho de papá, donde, con una destreza asombrosa, se pusieron de inmediato manos a la obra con el asunto que les había traído.

Mientras uno de ellos abría de par en par la ventana, que había permanecido cerrada desde la muerte de papá, otro se afanaba en forzar las cerraduras de los cajones del escritorio y del armario con un instrumento largo y afilado semejante a un bisturí, y los tres restantes rastreaban con sus dedos hasta el más recóndito centímetro de las paredes a la búsqueda de alguna cavidad oculta. Inmediatamente después, todos se concentraron en examinar cada uno de los manuscritos, apuntes, cuadernos, libros y fotos que iban encontrando. De entre todos los que iban pasando por sus manos seleccionaban aquellos que percibían como una posible amenaza al orden social o que simplemente contenían la palabra «pájaro», y descartaban los que, según su criterio, eran inofensivos. Los primeros eran arrojados al suelo, donde acabaron formando una pila desordenada. Yo, inmóvil bajo el marco de la puerta del despacho, contemplaba todo aquello sin perder detalle, al tiempo que mis dedos toqueteaban nerviosamente la manija de la puerta.

Había oído hablar alguna vez de lo extraordinariamente bien preparada y entrenada que estaba la Policía de la Memoria, y sobre cómo a cada miembro se le asignaba un cargo y área de responsabilidad atendiendo a un exhaustivo proceso de selección, primando siempre la eficacia sobre cualquier otro factor. Mis cinco visitantes no eran una excepción a dicha norma. Silencio, miradas incisivas y una máxima economía en la ejecución de sus acciones eran prueba de ello. El único sonido que llegaba a mis oídos entre toda aquella afrenta a la intimidad de mi hogar era el producido por el suave roce de las yemas de sus dedos sobre el papel, como cuando los pájaros abren sus alas para alzar el vuelo.

La pila de papeles y libros lanzados al suelo no tardó en alcanzar unas dimensiones considerables, lo cual indicaba que casi todo lo que había en el despacho de papá guardaba alguna relación con la ornitología. La letra manuscrita de papá, con su tendencia a inclinarse hacia la derecha, llenaba los folios y los cuadernos que, junto a las fotografías que con tanta dedicación había tomado a lo largo de interminables días de atenta vigilancia y paciente espera bajo el techo del observatorio, caían de las manos de los cinco hombres y se derramaban como hojas de otoño sobre la tarima del piso.

A pesar de lo caótico de su proceder, el refinamiento y destreza con que llevaban a cabo cada gesto era tal que podría llegar a pensarse erróneamente que su tarea era digna de aprobación. Me debatía por hacerles comprender de algún modo mi enérgica oposición a aquella actuación en mi casa, pero el corazón me latía con fuerza y me sentía paralizada, sumida en un mar de desconcierto.

—Por favor, traten mis objetos personales con más cuidado —supliqué por fin.

No hubo respuesta.

—¿No se dan cuenta de que son recuerdos de mi padre? —insistí inútilmente. Aquel montón de papeles y cuadernos que se levantaba frente a mí se tragó mis palabras sin que ninguna reacción aflorara a los pétreos rostros de aquellos hombres.

Uno de ellos, que lucía insignias rectangulares y con forma de gota, introdujo su mano en el cajón inferior del escritorio.

—Lo que hay ahí no tiene relación con los pájaros —indiqué de inmediato. Papá usaba ese cajón para guardar las cartas y fotografías de la familia.

Indiferente a mi advertencia, el agente procedió a examinarlas como había hecho con los demás papeles y seleccionó una sola foto de todo el fajo. En ella aparecíamos en familia. Papá sostenía un magnífico y raro ejemplar de un ave de colorido plumaje que él mismo había criado tras incubar el huevo y cuyo nombre, evidentemente, no recuerdo. Después de ordenar y agrupar cuidadosamente el resto de las fotografías junto a la correspondencia familiar, el hombre las devolvió a su sitio, dentro del cajón inferior del escritorio; y ese fue el único gesto amable mostrado por uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria durante aquella visita no solicitada.

La selección de material prohibido pareció llegar a su fin y, acto seguido, sacaron de los bolsillos de sus chamarras unas bolsas negras que empezaron a llenar con todos los papeles, cuadernos y libros arrojados al suelo. Al ver que los apretaban y comprimían en el interior de las bolsas a fin de introducir en ellas la mayor cantidad posible, como si de material desechable se tratara, no albergué ninguna esperanza de que fueran a conservarlos. Por supuesto, no buscaban nada en concreto, sino simplemente hacer desaparecer todo tipo de documento gráfico o escrito que atestiguara la existencia de las aves. Al fin y al cabo, la principal función de la Policía de la Memoria era completar y hacer efectivo cada proceso de desaparición y olvido a medida que estos iban produciéndose.

Tal vez aquella visita no había sido nada comparada con la ocasión en que la Policía de la Memoria se llevó a mamá. En cualquier caso, desde la muerte de papá el recuerdo de las aves había ido diluyéndose más y más con el paso de los días hasta desaparecer esa misma mañana, de manera que supuse que al menos no habría más visitas de inspección por parte de la Policía de la Memoria.

Una hora en total fue lo que les llevó llenar diez grandes bolsas de escritos de papá, en el transcurso de la cual la luz del sol había comenzado a penetrar intensamente a través de la ventana y a caldear la estancia. La pulida superficie de las insignias lanzaba destellos intermitentes desde el cuello de las chamarras. Impertérritos y ajenos al calor, sin transpirar siquiera, los hombres desarrollaron su trabajo con apremiante indolencia.

Finalmente se echaron al hombro dos bolsas cada uno, se subieron a una camioneta que los esperaba estacionada a la puerta de casa y se alejaron.

Había bastado una hora para que el ambiente del despacho de papá se hubiese transformado totalmente. Su rastro se había esfumado por completo para no volver nunca, dejando tras de sí una fría oquedad. Me situé en medio de la sala y permanecí de pie allí. Efectivamente, se había convertido en un vacío profundo cuyo abismo trataba de succionarme.

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