/ martes 11 de mayo de 2021

"La Jefa", fragmento del libro de Olga Wornat

Por una cortesía de Grupo Planeta México para con los lectores de la Organización Editorial Mexicana, presentamos un fragmento de La Jefa, de Olga Wornat


Antes de todo


«Porque el Apocalipsis no es el final del mundo como todos creen, sabes...».

Marta Sahagún le dijo a esta periodista, en una entrevista realizada en Los Pinos en julio de 2003.

La primera vez que Marta Sahagún y yo nos encontramos fue en un elegante salón de la residencia presidencial de Los Pinos, un mediodía soleado de mayo de 2003.

Ella vivía su momento de gloria, cuando entretejía su destino y lo imaginaba esplendoroso a pesar de sus enemigos. Dentro y fuera del poder. Ese espacio donde, como siempre, los protagonistas —ella lo era y mucho— se enfrentaban al juego de la selva. Ese mecanismo ancestral donde las bestias sobreviven por su capacidad de ataque y defensa. O ambos al mismo tiempo.

No era una experta, pero puso en práctica su astucia y el resto lo aprendió rápido.

Desde 2001 yo estaba viviendo en México, como periodista cubrí el triunfo de Vicente Fox y el final de siete décadas de autoritarismo priista. La esperanza se advertía en el ánimo de la gente, en las calles y en los pueblos reinaba un elevado optimismo.

Vicente Fox Quesada era un outsider de la política tradicional, incluso del pan, que no apoyó su candidatura, pero frente a la inevitable victoria lo acompañó.

Con su estilo irreverente, su vestimenta de ranchero y un lenguaje simplón y frontal, tan diferente a los acartonados discursos de los tecnócratas del pri, conquistó a millones de mexicanos.

Muchos creían que algo iba a cambiar, que aquel hombre grandote y carismático que hablaba el mismo idioma que ellos no mentía. Que los dinosaurios del tricolor, tan astutos como corruptos, quedaban extintos, y con ellos la impunidad y las injusticias.

El paso del tiempo derrumbó las ilusiones y todo resultó una farsa.

Los que arribaron al poder con la promesa de un cambio estaban aliados con las mafias y gobernarían con ellas. El añejo sistema de simulaciones y contubernios continuaba intacto y el narco crecía en las entrañas del Estado.

La impactante fuga del Chapo Guzmán del penal de Puente Grande, en Jalisco, el 18 de enero de 2001 —cuando Vicente Fox llevaba un mes y medio en la Presidencia— desnudó la complicidad de funcionarios del gobierno con el Cártel de Sinaloa y sospechas de estas relaciones sórdidas involucraron también al presidente, su consorte y sus familias.

Ese mediodía de mayo de 2003, en Los Pinos, cuando nos vimos, Marta Sahagún era la Señora que mandaba casi a la par del presidente. La que controlaba sus discursos y acomodaba su corbata, la que elegía sus trajes y le daba el Prozac, que mejoraba su ánimo y lo ayudaba a conciliar el sueño. Era sus ojos y sus oídos.

La primera dama más célebre, influyente y escandalosa de México.

Era la Jefa.

Sumergida en su cuento de hadas y, en apariencia, alejada de las noticias de los bajos fondos de la política y el crimen, Marta Sahagún apareció frente a mí enfundada en un traje rosa de Dior. Maquillada con exageración, una sonrisa enorme iluminaba su rostro. En su mano izquierda se destacaba una alianza de oro que definía su estado civil y un anillo de oro amarillo y brillantes de Bulgari, «regalo del presidente», me confió con un seseo en la pronunciación.

Delgada y de baja estatura, su lenguaje corporal mostraba a una mujer de carácter fuerte, ambiciosa y empoderada. Asesores y secretarios estaban pendientes de sus mínimos gestos, mientras ella se deslizaba por el salón como pez en el agua. Disfrutaba de su protagonismo y no lo ocultaba. Se sentía única e invencible.

Desde que Vicente Fox llegó a la Presidencia, Marta se convirtió en tema de conversación y polémica. Los más importantes analistas políticos le dedicaban columnas y los corresponsales extranjeros la entrevistaban. La ausencia de discreción con su vida íntima la convertía en foco de atracción de las revistas del corazón, que la llevaban con frecuencia a sus portadas. Amaba los reflectores tanto como ese paraíso que logró gracias a una desaforada ambición y una necesidad urgente de escapar de una vida mediocre e infeliz, de ama de casa de clase media de Celaya.

Cuando nos vimos por primera vez Marta estaba radiante y la suerte le sonreía.

—¡Ay, no sabes la emoción que tengo! ¿Tú crees en el destino?

—exclamó, tomándome de las manos.

—Bueno, a veces [...] —respondí sorprendida.

—¡Yo sí creo! Anoche estaba con Vicente en la cabaña [presi-

dencial]. Y de pronto vi que pasaban la película de Evita Perón.

¿La conoces?

—¿La de Madonna? —pregunté.

—¡No, no! La otra, la de verdad [...].

Películas sobre Eva Perón, sinceramente, hay varias. Le pregunté si la actriz se llamaba Esther Goris, la describí físicamente porque ella no recordaba su nombre. Por lo que describía, intuí que se trataba de ella. La noté excitada por el episodio nocturno en la cabaña, que según aseguraba estaba relacionado directamente con el destino de nuestro encuentro.

—¡Sí! ¡Esa es la película! Ay, pero tú sabes cómo son los hombres. Vicente cambiaba y cambiaba de canal y ¡no se estaba quieto!

Y yo quería ver a Evita. Entonces le dije: «¡Ya basta, Vicente! Déjame verla. Mira, ¡es Evita Perón!».

Exclamó, su voz se quebró y sus ojos se inundaron de lágrimas.

Con tono entrecortado dijo que Vicente Fox abandonó finalmente el control y ella pudo ver la película, y que al terminar lloró desconsoladamente. En ese momento pidió a sus asesores pañuelitos de papel y se limpió las lágrimas, cuidando de no arruinar el maquillaje.

Mi incomprensión, para entonces, iba en aumento. Es muy poco probable, casi imposible, que en mi país y después de casi siete décadas de la muerte de Evita, un ícono mundial, algún argentino llore con desconsuelo frente a su recuerdo. Ni siquiera los fanáticos del peronismo. Quizás por esto, ante el repentino desborde emocional de Marta Sahagún, sentí tanto desconcierto y me quedé sin palabras.

La situación era delirante. «¿Ella es así o esta escena es parte del marketing de seducción?», me pregunté.

—¿Te das cuenta por qué creo en el destino? Anoche miraba la película de Evita ¡y hoy me encuentro contigo! ¡Tú vienes de Argentina, la tierra de Evita! Es la mujer que más admiro. No, esto no es una casualidad [...]. ¡Es el destino!

Otra vez las lágrimas asomaron a sus ojos. Otra vez no supe qué decir.

Marta María Sahagún Jiménez había ingresado a Los Pinos como vocera de Vicente Fox, cargo que ostentó durante los años que este fue gobernador de Guanajuato. Allí se conocieron e iniciaron un romance clandestino, eje de escándalos y habladurías. Los dos estaban casados y tenían hijos. A ella no le importó y siguió adelante, soportando humillaciones y desprecios. Estaba segura de que ese hombre grandote, frío y mal hablado, que carecía de una carrera política y había sido gerente de Coca Cola, iba a convertirse en presidente de México. A todos les decía que el éxito se lo debería a ella. Pero, sobre todo, estaba convencida de que a su lado su vida iba a cambiar radicalmente. Y apostó a él todas sus fichas, las políticas y las personales.

Han pasado veinte años desde que la idea del libro germinó en mi mente y comencé a darle forma. La memoria, esa inquebrantable y fiel compañera que me acompaña, desempolva momentos de la investigación de este trabajo que en aquel absurdo y febril 2003, apenas salió publicado, provocó una gran conmoción en el Gobierno y fuera de él, en México y en el extranjero. A dos décadas de su irrupción, La Jefa dejó marcas imborrables y el fenómeno político que protagonizó no volvió a repetirse.

Mientras escribo, las imágenes regresan. Dibujan a la protagonista y a los personajes que la rodeaban. La metamorfosis de una mujer pueblerina, que se observaba en el espejo del palacio y se convencía de que era la nueva Eva Perón, y que millones de mexicanos pobres la idolatraban y gritaban su nombre. Su meteórico ascenso y su derrumbe. Las sombras del poder en el que se movía y reinaba, sus pactos espurios, los detalles de las tres entrevistas que le realicé en Los Pinos y una extensa gira por una barriada miserable y abandonada del Estado de México, donde visitamos un leprosario y a una señora que agonizaba porque tenía cáncer en la garganta, cuya hija de 13 años estaba embarazada. Recuerdo que Marta regañó duramente a la niña por su embarazo y a la madre, que aullaba de dolor tirada en un catre sucio y le rogaba que la llevara a un hospital, le dijo: «Todo va a salir bien, María, no te preocupes. Entrega tu dolor a Dios y a la Virgen de Guadalupe, que te vas a sentir mejor [...]».

Revivo testimonios y anécdotas superficiales y despiadadas, fragmentos de los viajes que realicé a Celaya, Zamora y Guanajuato; las numerosas entrevistas a familiares, amigos y funcionarios.

Desde lo diminuto a lo descomunal, todas las astillas de esta historia que sobreviven en apuntes y viejos casetes son parte del engranaje primigenio de una mujer que alcanzó la cúspide y logró todo, pero quería más. Mucho más.

Políticamente incorrecta y ambiciosa, símbolo de la ostentación y el jolgorio, su aparición en la esfera pública movilizó las fibras íntimas de los mexicanos, poco habituados a incursiones femeninas de alto impacto. Las miradas se posaron en ella y, al principio, su estilo directo y su carácter volcánico cayeron bien en las clases populares, sobre todo, con las mujeres. Una mujer que tenía habilidad y astucia para concretar sus anhelos políticos y podía lograr beneficios, desde su posición, para los millones de pobres de su tierra, se convirtió en un emblema aspiracional. Poco a poco, el poder la emborrachó y las promesas a los desvalidos se esfumaron en frases sin contenido que lanzaba en alguna fiesta de su fundación, y se dedicó con ahínco a engrosar sus cuentas bancarias y las de sus hijos.

Desde que Marta Sahagún salió de Celaya y se instaló en Los Pinos, sabía lo que quería: riqueza y poder.

Desde abajo, sin pertenecer a una casta política ni a la burguesía mexicana, ambas tan discriminadoras, había logrado imposibles: separarse de un hombre que la maltrataba y con el que había concebido tres hijos —tan o más codiciosos que su madre— y casarse con Vicente Fox.

En un país machista y misógino, había alcanzado lo que ninguna primera dama mexicana, todas condenadas al ostracismo y a las labores de beneficencia, pudo lograr.

En este tránsito a las alturas trituró protocolos y códigos políticos, intervino en asuntos de Estado, enfrentó a secretarios y gobernadores, ostentó con impudicia sus nuevas y lujosas adquisiciones, se cubrió de costosas joyas y trajes de marcas de lujo, intrigó y traicionó, se alió con personajes siniestros de la política y se corrompió, hizo y deshizo a su antojo y, embriagada de un poder que creyó suyo y eterno, se hundió en el desprestigio.

Mientras el sueño sexenal transcurrió, fue la Jefa. Desde ese dorado y efímero edén inició la construcción de una estructura que la ayudaría a convertirse en la primera presidenta de México.

Marta Sahagún quería ser presidenta y suceder a Vicente Fox. La fundación Vamos México, que creó en 2001, a imagen y semejanza de aquella que dirigió con entrega incansable Eva Perón, tenía un objetivo similar en su apariencia: mejorar la calidad de vida de niños y mujeres pobres, y brindarles beneficios concretos. Pero la distancia entre la primera y la segunda fue abismal, todo acabó en un estrépito de denuncias e investigaciones por fraude y lavado de dinero.

«Me envidian y me critican, sobre todo las mujeres, que son más machistas que los hombres. No me importa, no tengo miedo a nada. Todo lo malo que dicen de mí es mentira. Cada mañana me levanto y pienso en algo bueno y rezo. Y soy feliz y repito tres veces que soy feliz. Y lo soy. A Evita Perón también la odiaban y, mira, ella está en la historia [...]», dijo sonriente un día de mayo de 2003, mirándome a los ojos, sin que yo le preguntara, y buscando un punto de similitud con la reina de los descamisados argentinos, algo que generara cierta conexión conmigo, como me confirmaron tiempo después Darío Mendoza y Ana García, integrantes de su equipo de comunicación.

A través de ellos supe que Marta Sahagún confiaba ciegamente en que este libro sobre su vida sería el «mayor respaldo para su soñada candidatura a la Presidencia». Imaginó una biografía amigable, acomodada a sus aspiraciones. Una historia rosa, sin investigación ni testimonios adversos y contrastables.

Esa última vez que conversamos fue en su despacho de Los Pinos, el mismo que utilizaron los antecesores de Vicente Fox. Un espacio lleno de historia y poder. En la pared frente a su escritorio colgaban dos retratos al óleo, colocados a la misma altura: Vicente Fox y ella. Me contó que se sentía reflejada a pesar de la opinión de su familia. «Esa soy yo, me gusta el gesto que tengo». La observé, sus ojos brillaban.

Hacía un mes que había cumplido 50 años. Era la Jefa, la mujer que se veía como la reedición mexicana de Eva Perón y que creía que había llegado para quedarse. Los videntes y las brujas que consultaba obsesivamente le auguraban un futuro de gloria y los poderosos del país le rendían pleitesía y le pedían favores.

El derrape propio y el de sus hijos, y sobre todo el ocaso, eran impensables para ella. Si se busca un principio o el momento en el que su figura comenzó a crecer hasta convertirse en un fenómeno político disruptivo, se puede encontrar en el inicio de la primavera foxista, cuando la entonces vocera presidencial se reunía con los periodistas en las mañaneras en Palacio Nacional. Informaba, opinaba, señalaba a secretarios de Estado que no eran de su agrado, marcaba la agenda y respondía sin eufemismos todas las preguntas sobre su vida privada. Arropada por Vicente Fox, comenzó a sobrepasar los límites y su nombre traspasó las fronteras. Jeffrey Davidow, por entonces embajador estadounidense en México, se refirió a ella así: «Es la señora que por las noches habla con el presidente y en las mañanas habla por el presidente».

Si tenemos que marcar el inicio del final, este es el 21 de junio de 2005, cuando la Cámara de Diputados del Congreso crea la comisión investigadora sobre las actividades de los hijos de Marta Sahagún, a raíz de las investigaciones sobre tráfico de influencias y otros ilícitos, de los que hablo en mi libro Crónicas malditas, publicado ese mismo año. Las investigaciones de los diputados —y de varios periodistas y medios— sobre los ilícitos de los Bribiesca pusieron en escena la espiral de complicidades y corrupciones que anidaba en la familia presidencial y su relación con las mafias. La guerra por los negocios, los pactos sombríos y la obsesión por el dinero la arrastraron definitivamente.

¿Todo acabó aquí? No, las consecuencias del foxismo dejaron una herida abierta en la sociedad mexicana, que su sucesor Felipe Calderón se encargó de profundizar y el país se transformó en una hoguera de sangre y muerte.

Marta Sahagún vive actualmente en un opulento rancho de San Cristóbal, Guanajuato, junto a Vicente Fox. Una casa destartalada que fue refaccionada gracias a la generosidad del dinero público.

Nunca intentó buscar un cargo político. Su vida es un enigma y lo seguirá siendo. Acorralada por las investigaciones abiertas sobre las actividades y negocios ilícitos de sus hijos —de las que nunca fue ajena— se refugió en el sitio que, según me confesó en aquella entrevista, nunca lo haría. Porque ella no podía vivir sin actividad política y sin «trabajar para los pobres y las mujeres».

De vez en cuando alguna revista del corazón le realiza una entrevista y ella aprovecha, como antaño, para hablar sin tapujos de las frivolidades de la vida, enseñar los lujos que la rodean y su valioso vestuario. Una cachetada a millones de mexicanos que sobreviven en la pobreza y que alguna vez creyeron en el discurso del cambio del que fue protagonista, pero fueron estafados.

Como a Vicente Fox, a Marta Sahagún se la devoró el sexenio de la defraudación y la estafa. Sin rendición de cuentas. Envuelta en la impunidad y el desprestigio.

Sería arbitrario afirmar que ella fue la máxima responsable de la debacle sexenal porque no actuó sola, el presidente sabía hasta el mínimo detalle de sus acciones. Las consentía y las alentaba.

Marta Sahagún y Vicente Fox actuaban en tándem y representaron dos caras de una misma moneda. Cómplices y socios en la traición y en los ilícitos, no los unía —ni los une— un sentimiento de amor genuino, sino la obsesión por el poder, miles de secretos y complicidades, la multiplicación de los negocios, la liquidez ideológica y una obscena codicia que los convirtió en dueños de una fortuna imposible de calcular.

No fue Marta Sahagún la mala de la película, pero tampoco una víctima.

La corrupción fue esencial en el foxismo —como en el régimen anterior— porque era parte estructural del sistema y los fueros del mismo continúan hasta hoy, protegiendo a la pareja de cualquier intento de llevarla a la justicia y juzgarla por sus ilícitos.

Los hechos graves que sucedieron durante los seis años de aquella transición democrática fallida, la protección al Cártel de Sinaloa, los negociados entre Vicente Fox, su consorte, los Bribiesca y la familia Fox con los empresarios privados a los que extorsionaron durante los dos sexenios panistas, el tráfico de influencias y los ilícitos de los hermanos Bribiesca, y la relación de estos con la empresa Oceanografía y la brutal construcción del fraude de 2006, que impuso a Felipe Calderón en Los Pinos, tuvieron a la pareja presidencial como partícipes directos.

Los escándalos de la asociación Amigos de Fox y del Pemexgate—que involucró al pan y al pri—, demostraron la podredumbre de la financiación de la política. La de entonces y la de ahora.

Nada de esto era desconocido por Vicente Fox ni por Marta Sahagún, ni por su círculo cercano que, por acción u omisión, fue cómplice.

El 21 de septiembre de 2005, casi al final del sexenio, un helicóptero Bell que llevaba al secretario de Seguridad Ramón Martín Huerta, un guanajuatense yunquista que había sido gobernador del estado, y a varios colaboradores y miembros del Estado Mayor Presidencial a poner en funciones a los nuevos custodios del penal de máxima seguridad de La Palma, se estrelló misteriosamente en un paraje montañoso de difícil acceso, en el municipio de Xonacatlán, en el Estado de México. La averiguación de los motivos del «accidente» fue reservada por 12 años y aún sigue en una nebulosa, aunque todas las fuentes consultadas para este libro, y luego de 16 años, me aseguran que fue un atentado.

Si observamos los acontecimientos posteriores y la repetición del sino de la muerte que toca a secretarios de Estado del panismo, nada suena extraño. Y nadie duda.

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Fragmento del libro La jefa (Booket), © 2021. Olga Wornat, © 2003. Por cortesía de Grupo Planeta México


Antes de todo


«Porque el Apocalipsis no es el final del mundo como todos creen, sabes...».

Marta Sahagún le dijo a esta periodista, en una entrevista realizada en Los Pinos en julio de 2003.

La primera vez que Marta Sahagún y yo nos encontramos fue en un elegante salón de la residencia presidencial de Los Pinos, un mediodía soleado de mayo de 2003.

Ella vivía su momento de gloria, cuando entretejía su destino y lo imaginaba esplendoroso a pesar de sus enemigos. Dentro y fuera del poder. Ese espacio donde, como siempre, los protagonistas —ella lo era y mucho— se enfrentaban al juego de la selva. Ese mecanismo ancestral donde las bestias sobreviven por su capacidad de ataque y defensa. O ambos al mismo tiempo.

No era una experta, pero puso en práctica su astucia y el resto lo aprendió rápido.

Desde 2001 yo estaba viviendo en México, como periodista cubrí el triunfo de Vicente Fox y el final de siete décadas de autoritarismo priista. La esperanza se advertía en el ánimo de la gente, en las calles y en los pueblos reinaba un elevado optimismo.

Vicente Fox Quesada era un outsider de la política tradicional, incluso del pan, que no apoyó su candidatura, pero frente a la inevitable victoria lo acompañó.

Con su estilo irreverente, su vestimenta de ranchero y un lenguaje simplón y frontal, tan diferente a los acartonados discursos de los tecnócratas del pri, conquistó a millones de mexicanos.

Muchos creían que algo iba a cambiar, que aquel hombre grandote y carismático que hablaba el mismo idioma que ellos no mentía. Que los dinosaurios del tricolor, tan astutos como corruptos, quedaban extintos, y con ellos la impunidad y las injusticias.

El paso del tiempo derrumbó las ilusiones y todo resultó una farsa.

Los que arribaron al poder con la promesa de un cambio estaban aliados con las mafias y gobernarían con ellas. El añejo sistema de simulaciones y contubernios continuaba intacto y el narco crecía en las entrañas del Estado.

La impactante fuga del Chapo Guzmán del penal de Puente Grande, en Jalisco, el 18 de enero de 2001 —cuando Vicente Fox llevaba un mes y medio en la Presidencia— desnudó la complicidad de funcionarios del gobierno con el Cártel de Sinaloa y sospechas de estas relaciones sórdidas involucraron también al presidente, su consorte y sus familias.

Ese mediodía de mayo de 2003, en Los Pinos, cuando nos vimos, Marta Sahagún era la Señora que mandaba casi a la par del presidente. La que controlaba sus discursos y acomodaba su corbata, la que elegía sus trajes y le daba el Prozac, que mejoraba su ánimo y lo ayudaba a conciliar el sueño. Era sus ojos y sus oídos.

La primera dama más célebre, influyente y escandalosa de México.

Era la Jefa.

Sumergida en su cuento de hadas y, en apariencia, alejada de las noticias de los bajos fondos de la política y el crimen, Marta Sahagún apareció frente a mí enfundada en un traje rosa de Dior. Maquillada con exageración, una sonrisa enorme iluminaba su rostro. En su mano izquierda se destacaba una alianza de oro que definía su estado civil y un anillo de oro amarillo y brillantes de Bulgari, «regalo del presidente», me confió con un seseo en la pronunciación.

Delgada y de baja estatura, su lenguaje corporal mostraba a una mujer de carácter fuerte, ambiciosa y empoderada. Asesores y secretarios estaban pendientes de sus mínimos gestos, mientras ella se deslizaba por el salón como pez en el agua. Disfrutaba de su protagonismo y no lo ocultaba. Se sentía única e invencible.

Desde que Vicente Fox llegó a la Presidencia, Marta se convirtió en tema de conversación y polémica. Los más importantes analistas políticos le dedicaban columnas y los corresponsales extranjeros la entrevistaban. La ausencia de discreción con su vida íntima la convertía en foco de atracción de las revistas del corazón, que la llevaban con frecuencia a sus portadas. Amaba los reflectores tanto como ese paraíso que logró gracias a una desaforada ambición y una necesidad urgente de escapar de una vida mediocre e infeliz, de ama de casa de clase media de Celaya.

Cuando nos vimos por primera vez Marta estaba radiante y la suerte le sonreía.

—¡Ay, no sabes la emoción que tengo! ¿Tú crees en el destino?

—exclamó, tomándome de las manos.

—Bueno, a veces [...] —respondí sorprendida.

—¡Yo sí creo! Anoche estaba con Vicente en la cabaña [presi-

dencial]. Y de pronto vi que pasaban la película de Evita Perón.

¿La conoces?

—¿La de Madonna? —pregunté.

—¡No, no! La otra, la de verdad [...].

Películas sobre Eva Perón, sinceramente, hay varias. Le pregunté si la actriz se llamaba Esther Goris, la describí físicamente porque ella no recordaba su nombre. Por lo que describía, intuí que se trataba de ella. La noté excitada por el episodio nocturno en la cabaña, que según aseguraba estaba relacionado directamente con el destino de nuestro encuentro.

—¡Sí! ¡Esa es la película! Ay, pero tú sabes cómo son los hombres. Vicente cambiaba y cambiaba de canal y ¡no se estaba quieto!

Y yo quería ver a Evita. Entonces le dije: «¡Ya basta, Vicente! Déjame verla. Mira, ¡es Evita Perón!».

Exclamó, su voz se quebró y sus ojos se inundaron de lágrimas.

Con tono entrecortado dijo que Vicente Fox abandonó finalmente el control y ella pudo ver la película, y que al terminar lloró desconsoladamente. En ese momento pidió a sus asesores pañuelitos de papel y se limpió las lágrimas, cuidando de no arruinar el maquillaje.

Mi incomprensión, para entonces, iba en aumento. Es muy poco probable, casi imposible, que en mi país y después de casi siete décadas de la muerte de Evita, un ícono mundial, algún argentino llore con desconsuelo frente a su recuerdo. Ni siquiera los fanáticos del peronismo. Quizás por esto, ante el repentino desborde emocional de Marta Sahagún, sentí tanto desconcierto y me quedé sin palabras.

La situación era delirante. «¿Ella es así o esta escena es parte del marketing de seducción?», me pregunté.

—¿Te das cuenta por qué creo en el destino? Anoche miraba la película de Evita ¡y hoy me encuentro contigo! ¡Tú vienes de Argentina, la tierra de Evita! Es la mujer que más admiro. No, esto no es una casualidad [...]. ¡Es el destino!

Otra vez las lágrimas asomaron a sus ojos. Otra vez no supe qué decir.

Marta María Sahagún Jiménez había ingresado a Los Pinos como vocera de Vicente Fox, cargo que ostentó durante los años que este fue gobernador de Guanajuato. Allí se conocieron e iniciaron un romance clandestino, eje de escándalos y habladurías. Los dos estaban casados y tenían hijos. A ella no le importó y siguió adelante, soportando humillaciones y desprecios. Estaba segura de que ese hombre grandote, frío y mal hablado, que carecía de una carrera política y había sido gerente de Coca Cola, iba a convertirse en presidente de México. A todos les decía que el éxito se lo debería a ella. Pero, sobre todo, estaba convencida de que a su lado su vida iba a cambiar radicalmente. Y apostó a él todas sus fichas, las políticas y las personales.

Han pasado veinte años desde que la idea del libro germinó en mi mente y comencé a darle forma. La memoria, esa inquebrantable y fiel compañera que me acompaña, desempolva momentos de la investigación de este trabajo que en aquel absurdo y febril 2003, apenas salió publicado, provocó una gran conmoción en el Gobierno y fuera de él, en México y en el extranjero. A dos décadas de su irrupción, La Jefa dejó marcas imborrables y el fenómeno político que protagonizó no volvió a repetirse.

Mientras escribo, las imágenes regresan. Dibujan a la protagonista y a los personajes que la rodeaban. La metamorfosis de una mujer pueblerina, que se observaba en el espejo del palacio y se convencía de que era la nueva Eva Perón, y que millones de mexicanos pobres la idolatraban y gritaban su nombre. Su meteórico ascenso y su derrumbe. Las sombras del poder en el que se movía y reinaba, sus pactos espurios, los detalles de las tres entrevistas que le realicé en Los Pinos y una extensa gira por una barriada miserable y abandonada del Estado de México, donde visitamos un leprosario y a una señora que agonizaba porque tenía cáncer en la garganta, cuya hija de 13 años estaba embarazada. Recuerdo que Marta regañó duramente a la niña por su embarazo y a la madre, que aullaba de dolor tirada en un catre sucio y le rogaba que la llevara a un hospital, le dijo: «Todo va a salir bien, María, no te preocupes. Entrega tu dolor a Dios y a la Virgen de Guadalupe, que te vas a sentir mejor [...]».

Revivo testimonios y anécdotas superficiales y despiadadas, fragmentos de los viajes que realicé a Celaya, Zamora y Guanajuato; las numerosas entrevistas a familiares, amigos y funcionarios.

Desde lo diminuto a lo descomunal, todas las astillas de esta historia que sobreviven en apuntes y viejos casetes son parte del engranaje primigenio de una mujer que alcanzó la cúspide y logró todo, pero quería más. Mucho más.

Políticamente incorrecta y ambiciosa, símbolo de la ostentación y el jolgorio, su aparición en la esfera pública movilizó las fibras íntimas de los mexicanos, poco habituados a incursiones femeninas de alto impacto. Las miradas se posaron en ella y, al principio, su estilo directo y su carácter volcánico cayeron bien en las clases populares, sobre todo, con las mujeres. Una mujer que tenía habilidad y astucia para concretar sus anhelos políticos y podía lograr beneficios, desde su posición, para los millones de pobres de su tierra, se convirtió en un emblema aspiracional. Poco a poco, el poder la emborrachó y las promesas a los desvalidos se esfumaron en frases sin contenido que lanzaba en alguna fiesta de su fundación, y se dedicó con ahínco a engrosar sus cuentas bancarias y las de sus hijos.

Desde que Marta Sahagún salió de Celaya y se instaló en Los Pinos, sabía lo que quería: riqueza y poder.

Desde abajo, sin pertenecer a una casta política ni a la burguesía mexicana, ambas tan discriminadoras, había logrado imposibles: separarse de un hombre que la maltrataba y con el que había concebido tres hijos —tan o más codiciosos que su madre— y casarse con Vicente Fox.

En un país machista y misógino, había alcanzado lo que ninguna primera dama mexicana, todas condenadas al ostracismo y a las labores de beneficencia, pudo lograr.

En este tránsito a las alturas trituró protocolos y códigos políticos, intervino en asuntos de Estado, enfrentó a secretarios y gobernadores, ostentó con impudicia sus nuevas y lujosas adquisiciones, se cubrió de costosas joyas y trajes de marcas de lujo, intrigó y traicionó, se alió con personajes siniestros de la política y se corrompió, hizo y deshizo a su antojo y, embriagada de un poder que creyó suyo y eterno, se hundió en el desprestigio.

Mientras el sueño sexenal transcurrió, fue la Jefa. Desde ese dorado y efímero edén inició la construcción de una estructura que la ayudaría a convertirse en la primera presidenta de México.

Marta Sahagún quería ser presidenta y suceder a Vicente Fox. La fundación Vamos México, que creó en 2001, a imagen y semejanza de aquella que dirigió con entrega incansable Eva Perón, tenía un objetivo similar en su apariencia: mejorar la calidad de vida de niños y mujeres pobres, y brindarles beneficios concretos. Pero la distancia entre la primera y la segunda fue abismal, todo acabó en un estrépito de denuncias e investigaciones por fraude y lavado de dinero.

«Me envidian y me critican, sobre todo las mujeres, que son más machistas que los hombres. No me importa, no tengo miedo a nada. Todo lo malo que dicen de mí es mentira. Cada mañana me levanto y pienso en algo bueno y rezo. Y soy feliz y repito tres veces que soy feliz. Y lo soy. A Evita Perón también la odiaban y, mira, ella está en la historia [...]», dijo sonriente un día de mayo de 2003, mirándome a los ojos, sin que yo le preguntara, y buscando un punto de similitud con la reina de los descamisados argentinos, algo que generara cierta conexión conmigo, como me confirmaron tiempo después Darío Mendoza y Ana García, integrantes de su equipo de comunicación.

A través de ellos supe que Marta Sahagún confiaba ciegamente en que este libro sobre su vida sería el «mayor respaldo para su soñada candidatura a la Presidencia». Imaginó una biografía amigable, acomodada a sus aspiraciones. Una historia rosa, sin investigación ni testimonios adversos y contrastables.

Esa última vez que conversamos fue en su despacho de Los Pinos, el mismo que utilizaron los antecesores de Vicente Fox. Un espacio lleno de historia y poder. En la pared frente a su escritorio colgaban dos retratos al óleo, colocados a la misma altura: Vicente Fox y ella. Me contó que se sentía reflejada a pesar de la opinión de su familia. «Esa soy yo, me gusta el gesto que tengo». La observé, sus ojos brillaban.

Hacía un mes que había cumplido 50 años. Era la Jefa, la mujer que se veía como la reedición mexicana de Eva Perón y que creía que había llegado para quedarse. Los videntes y las brujas que consultaba obsesivamente le auguraban un futuro de gloria y los poderosos del país le rendían pleitesía y le pedían favores.

El derrape propio y el de sus hijos, y sobre todo el ocaso, eran impensables para ella. Si se busca un principio o el momento en el que su figura comenzó a crecer hasta convertirse en un fenómeno político disruptivo, se puede encontrar en el inicio de la primavera foxista, cuando la entonces vocera presidencial se reunía con los periodistas en las mañaneras en Palacio Nacional. Informaba, opinaba, señalaba a secretarios de Estado que no eran de su agrado, marcaba la agenda y respondía sin eufemismos todas las preguntas sobre su vida privada. Arropada por Vicente Fox, comenzó a sobrepasar los límites y su nombre traspasó las fronteras. Jeffrey Davidow, por entonces embajador estadounidense en México, se refirió a ella así: «Es la señora que por las noches habla con el presidente y en las mañanas habla por el presidente».

Si tenemos que marcar el inicio del final, este es el 21 de junio de 2005, cuando la Cámara de Diputados del Congreso crea la comisión investigadora sobre las actividades de los hijos de Marta Sahagún, a raíz de las investigaciones sobre tráfico de influencias y otros ilícitos, de los que hablo en mi libro Crónicas malditas, publicado ese mismo año. Las investigaciones de los diputados —y de varios periodistas y medios— sobre los ilícitos de los Bribiesca pusieron en escena la espiral de complicidades y corrupciones que anidaba en la familia presidencial y su relación con las mafias. La guerra por los negocios, los pactos sombríos y la obsesión por el dinero la arrastraron definitivamente.

¿Todo acabó aquí? No, las consecuencias del foxismo dejaron una herida abierta en la sociedad mexicana, que su sucesor Felipe Calderón se encargó de profundizar y el país se transformó en una hoguera de sangre y muerte.

Marta Sahagún vive actualmente en un opulento rancho de San Cristóbal, Guanajuato, junto a Vicente Fox. Una casa destartalada que fue refaccionada gracias a la generosidad del dinero público.

Nunca intentó buscar un cargo político. Su vida es un enigma y lo seguirá siendo. Acorralada por las investigaciones abiertas sobre las actividades y negocios ilícitos de sus hijos —de las que nunca fue ajena— se refugió en el sitio que, según me confesó en aquella entrevista, nunca lo haría. Porque ella no podía vivir sin actividad política y sin «trabajar para los pobres y las mujeres».

De vez en cuando alguna revista del corazón le realiza una entrevista y ella aprovecha, como antaño, para hablar sin tapujos de las frivolidades de la vida, enseñar los lujos que la rodean y su valioso vestuario. Una cachetada a millones de mexicanos que sobreviven en la pobreza y que alguna vez creyeron en el discurso del cambio del que fue protagonista, pero fueron estafados.

Como a Vicente Fox, a Marta Sahagún se la devoró el sexenio de la defraudación y la estafa. Sin rendición de cuentas. Envuelta en la impunidad y el desprestigio.

Sería arbitrario afirmar que ella fue la máxima responsable de la debacle sexenal porque no actuó sola, el presidente sabía hasta el mínimo detalle de sus acciones. Las consentía y las alentaba.

Marta Sahagún y Vicente Fox actuaban en tándem y representaron dos caras de una misma moneda. Cómplices y socios en la traición y en los ilícitos, no los unía —ni los une— un sentimiento de amor genuino, sino la obsesión por el poder, miles de secretos y complicidades, la multiplicación de los negocios, la liquidez ideológica y una obscena codicia que los convirtió en dueños de una fortuna imposible de calcular.

No fue Marta Sahagún la mala de la película, pero tampoco una víctima.

La corrupción fue esencial en el foxismo —como en el régimen anterior— porque era parte estructural del sistema y los fueros del mismo continúan hasta hoy, protegiendo a la pareja de cualquier intento de llevarla a la justicia y juzgarla por sus ilícitos.

Los hechos graves que sucedieron durante los seis años de aquella transición democrática fallida, la protección al Cártel de Sinaloa, los negociados entre Vicente Fox, su consorte, los Bribiesca y la familia Fox con los empresarios privados a los que extorsionaron durante los dos sexenios panistas, el tráfico de influencias y los ilícitos de los hermanos Bribiesca, y la relación de estos con la empresa Oceanografía y la brutal construcción del fraude de 2006, que impuso a Felipe Calderón en Los Pinos, tuvieron a la pareja presidencial como partícipes directos.

Los escándalos de la asociación Amigos de Fox y del Pemexgate—que involucró al pan y al pri—, demostraron la podredumbre de la financiación de la política. La de entonces y la de ahora.

Nada de esto era desconocido por Vicente Fox ni por Marta Sahagún, ni por su círculo cercano que, por acción u omisión, fue cómplice.

El 21 de septiembre de 2005, casi al final del sexenio, un helicóptero Bell que llevaba al secretario de Seguridad Ramón Martín Huerta, un guanajuatense yunquista que había sido gobernador del estado, y a varios colaboradores y miembros del Estado Mayor Presidencial a poner en funciones a los nuevos custodios del penal de máxima seguridad de La Palma, se estrelló misteriosamente en un paraje montañoso de difícil acceso, en el municipio de Xonacatlán, en el Estado de México. La averiguación de los motivos del «accidente» fue reservada por 12 años y aún sigue en una nebulosa, aunque todas las fuentes consultadas para este libro, y luego de 16 años, me aseguran que fue un atentado.

Si observamos los acontecimientos posteriores y la repetición del sino de la muerte que toca a secretarios de Estado del panismo, nada suena extraño. Y nadie duda.

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Fragmento del libro La jefa (Booket), © 2021. Olga Wornat, © 2003. Por cortesía de Grupo Planeta México

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