/ domingo 6 de octubre de 2019

Libros, libros y más libros: Las páginas que nos contienen

Las bibliotecas encierran al universo del conocimiento entero. Encierran lo que pensamos, lo que somos, cómo hemos sido, qué hemos dicho

En el avance de la vida, uno no puede más que mirar hacia atrás de tiempo en tiempo, porque ahí está lo que hemos sido, para bien o para mal; digamos que por ese lado está garantizada nuestra eternidad, porque ese pasado no tiene fin, sobre todo si éste incluye los libros que hemos leído y los recuerdos que se asocian a ellos y que llevamos de forma permanente en lo que se llama nostalgia, o saudade, o morriña o ‘lindo haberlo vivido, para poderlo contar’.

Y en eso de los recuerdos también se incluyen aromas inolvidables. Muchos: ‘el santo olor a panadería’; el patio de mi casa que ‘si es particular’, con sus nísperos, nogales, aguacates, jazmines, el olor de los dulces cristalizados al abrir la pequeña vitrina que los guarda o de las frutas en el enorme mercado: sobre todo si son naranjas, mandarinas, guanábanas, mangos, melones.

Y sobre todo hay otros aromas que parecen insospechados pero que se nos meten en la maceta desde el primer día en el que nos encontramos y nos dijimos: “te quiero”.

El primero es el olor de aquellas papelerías con sus vitrinas laterales y su mostrador de cristal en donde estaban nuestras gomas, nuestros sacapuntas, los bicolores, las crayolas... Y ese aroma que despiden los lápices cuando se les saca punta: el olor de la madera que impregna el lugar y se pega a lo que serán nuestras nostalgias. Ir a la papelería tan sólo para recuperar el aroma de los lápices...

Otro aroma que viene al caso y porque es permanente, es el de las bibliotecas: ¿a qué huelen las bibliotecas? Pues a eso: a libros: a libros viejos y a libros nuevos: A tinta, a papel, a piel con la que se les encuaderna... Los especialistas lo dicen así de los libros viejos:

“La descomposición química de compuestos dentro del papel es la consecuencia del “olor a libro viejo”. La celulosa y la lignina, entre otras sustancias químicas, son las responsables. El olor del libro antiguo se deriva de esta degradación química.

La lignina es responsable de amarillear el papel viejo con la edad, ya que las reacciones de oxidación hacen que se descomponga en ácidos, que luego ayudan a romper la celulosa.

Entre los compuestos que producen ese olor característico están el tolueno y el etilbenceno (que tienen un olor dulce), la vanilina (que tiene un olor a vainilla), el benzaldehído y el furfural (que tienen un olor a almendra) y el 2 – etilhexanol (que tiene un olor floral).” Qué tal. Pero para uno es simple y sencillamente un dulce e inolvidable aroma a libros viejos...

Los libros nuevos también tienen lo suyo: huelen a tinta, a papel nuevo. Huelen a libro inocente aun, que espera con avidez a ser leído. Uno abre página a página y además del deleite de la lectura y la emoción por descubrir el arte de la edición y el diseño, la tipografía, la interlinea, los márgenes y, por supuesto el contenido, además está el aroma y el tacto que no se reproduce nunca más porque cada libro tiene lo suyo y tiene su propio aroma, ninguno es igual.

De ahí en adelante están las visitas a las bibliotecas públicas para impregnarse de aroma a libros, como también para ver si algo de lo que se resguarda ahí se nos pega un poco en la cabezota porque al leerlos nunca jamás se habrá de olvidar lo que nos dijo Proust y si encontró el tiempo perdido; o Balzac y esa enorme fatalidad histórica a la que llamó La Comédie humaine...

... O lo que nos dijo Dostoiewsky en sus intensidades psicológicas de “Crimen y Castigo”, “El Idiota”, “Los hermanos Karamazov”; o el Tolstoi épico de “Guerra y paz” o trágico de “Anna Karenina”o Chejovy su “Dama del Perrito”, o “Tristeza” y tantos relatos inolvidables o Kazantzakis y su “Alexis Zorba, el Griego”; o Rulfo y ese recuerdo fantasmal de “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”o Carlos Fuentes y su mejor primera etapa con “La muerte de Artemio Cruz” o “Las Buenas conciencias”; o acaso Virginia Wolf en “Al Faro”o Carson McCullers y su “Balada del café triste” o Sor Juana... “no intentes convencerme de torpeza con los delirios de tu mente loca...”...

Las bibliotecas encierran al universo del conocimiento entero. Encierran lo que pensamos, lo que somos, cómo hemos sido, qué hemos dicho, qué hemos encontrado, quiénes han estado ahí antes que nosotros y qué pensaban y cómo dirimían el conflicto del ser o la nada... La literatura, la ciencia, la tecnología, la historia, la botánica, la zoología, la geografía... los grandes descubrimientos y las intimidades más selectas: todo ahí...

Pero ese gusto por las bibliotecas y su aroma fenomenal se traslada, para muchos, al hogar mismo. El refugio íntimo en donde se juntan los mejores amigos: Esos que se llaman libros y que están en estantes, en mesas, en libreros, encima del buró o de la mesa o apilonados en donde uno sabe que está cada uno de ellos...

Y ahí llegan, con todas sus partes a cuestas. Porque un libro es siempre una obra de arte: ya de la edición, del diseño, de la corrección, de autoría y contenido, de reflexión de tiempo entregado en solitario a la creación o lectura...

Por supuesto hay casas mexicanas en las que no hay libros. Ya porque los recursos no están para ello, aunque fuera necesario, o bien porque no hay la pasión por ellos, esa locura que transforma la cabeza y que vuelve a cada uno de nosotros en Quijote de sus propias lecturas...

Pero en donde los hay se les quiere y se les cuida. Cada libro traído a casa es la recepción de uno más de casa. Toma asiento ahí. Encuentra su lugar. Es subrayado, marcado, doblado en su ángulo superior para marcar ‘el lugar donde me quedé’.

Hay libros que se leen de corridito. Como si se tuviera prisa por terminar, otros que se leen con cierto interés, pero no va a más, son libros queridos, sí, pero que no se posan en nuestra cabeza, acaso sí para consulta y están en el estándar de nuestros espacios bibliográficos. Pero están otros, los especiales, los únicos, nuestros cómplices de toda la vida. Aquellos que se encuentran con nosotros y nosotros con ellos...

“Calló y llenó otro vaso; pero lo dejé sin beberlo.

--Tienes que disculparme, patrón –dijo Zorba--, yo sólo soy un necio. Las palabras se me pegan a los dientes como el barro a los pies. No logro trenzar bonitas frases y gastar cumplidos. No lo puedo. Pero tú me entiendes.

Vació el vaso y me miró.

--¡Tú entiendes! –exclamó como si de pronto lo dominara la ira--. ¡Tú me entiendes y por eso no hallarás nunca paz! Si no entendieras serías dichoso. ¿Qué falta? Eres joven, tienes dinero, gozas de buena salud, eres inteligente, de buena índole. ¡Nada te falta, rayos! A no ser una cosilla única:> un grano de locura. Y cuando eso falta, patrón...” (“Alexis Zorba, el griego”. Nikos Kazantzakis).

Y que sí. Un grano y muchos granos de locura sana, esa que nos transforma y que nos recupera. Esa locura que nos entrega al mundo y que nos devuelve a ese mundo transformado en uno y mil de nosotros dispuestos a dar la batalla, a amar y desamar, a entristecernos y a ser felices... Porque los libros, por mucha tristeza que contengan, siempre nos hacen felices... Felicidad grande es leer.

Nada más comparable que el cerrar un libro luego de su lectura. Es como concluir el amor. Es el suspiro del amor. Es tomar el cigarro y abrazarse al libro que se nos ha entregado y al que nos entregamos con esa exaltación necesaria que nos induce a las grandes pasiones. Las inigualables...

O a las proezas y a las grandes batallas nunca antes vistas, con Ulises, con Odiseo –que es el mismo—con Eneas, con Alejandro, con Juana de Arco, con Alonso Quijano, con Ixca Cienfuegos.

Nada más mejor que tener a los mejores amigos en casa y que siempre tienen algo que decirte. Y que tú siempre tienes algo que decirles, porque eso es también cierto: uno dialoga con los autores, con sus personajes, con sus hechos, con su trama, con su historia, con su aportación científica o técnica a veces increíble... Leer, leer, que canten los gallos de San Agustín...

Y qué mejor que aspirar el aroma de nuestros libros y leer los que están en casa; los que un día leímos y que de pronto se acercan nuevamente a nosotros para recordarnos que cuando los devoramos por primera vez éramos otros y que hoy merecemos hablar más y dialogar con ese adulto que somos y es el libro que nos dice como Zorba a su Patrón, amigo: “Nunca he amado a nadie como a ti, amigo mío”.

Eso es. Esos son los libros que tenemos en casa y que nos acompañan siempre ahí porque este sí es ‘amor, que con amor se paga.’

joelhsantiago@gmail.com

En el avance de la vida, uno no puede más que mirar hacia atrás de tiempo en tiempo, porque ahí está lo que hemos sido, para bien o para mal; digamos que por ese lado está garantizada nuestra eternidad, porque ese pasado no tiene fin, sobre todo si éste incluye los libros que hemos leído y los recuerdos que se asocian a ellos y que llevamos de forma permanente en lo que se llama nostalgia, o saudade, o morriña o ‘lindo haberlo vivido, para poderlo contar’.

Y en eso de los recuerdos también se incluyen aromas inolvidables. Muchos: ‘el santo olor a panadería’; el patio de mi casa que ‘si es particular’, con sus nísperos, nogales, aguacates, jazmines, el olor de los dulces cristalizados al abrir la pequeña vitrina que los guarda o de las frutas en el enorme mercado: sobre todo si son naranjas, mandarinas, guanábanas, mangos, melones.

Y sobre todo hay otros aromas que parecen insospechados pero que se nos meten en la maceta desde el primer día en el que nos encontramos y nos dijimos: “te quiero”.

El primero es el olor de aquellas papelerías con sus vitrinas laterales y su mostrador de cristal en donde estaban nuestras gomas, nuestros sacapuntas, los bicolores, las crayolas... Y ese aroma que despiden los lápices cuando se les saca punta: el olor de la madera que impregna el lugar y se pega a lo que serán nuestras nostalgias. Ir a la papelería tan sólo para recuperar el aroma de los lápices...

Otro aroma que viene al caso y porque es permanente, es el de las bibliotecas: ¿a qué huelen las bibliotecas? Pues a eso: a libros: a libros viejos y a libros nuevos: A tinta, a papel, a piel con la que se les encuaderna... Los especialistas lo dicen así de los libros viejos:

“La descomposición química de compuestos dentro del papel es la consecuencia del “olor a libro viejo”. La celulosa y la lignina, entre otras sustancias químicas, son las responsables. El olor del libro antiguo se deriva de esta degradación química.

La lignina es responsable de amarillear el papel viejo con la edad, ya que las reacciones de oxidación hacen que se descomponga en ácidos, que luego ayudan a romper la celulosa.

Entre los compuestos que producen ese olor característico están el tolueno y el etilbenceno (que tienen un olor dulce), la vanilina (que tiene un olor a vainilla), el benzaldehído y el furfural (que tienen un olor a almendra) y el 2 – etilhexanol (que tiene un olor floral).” Qué tal. Pero para uno es simple y sencillamente un dulce e inolvidable aroma a libros viejos...

Los libros nuevos también tienen lo suyo: huelen a tinta, a papel nuevo. Huelen a libro inocente aun, que espera con avidez a ser leído. Uno abre página a página y además del deleite de la lectura y la emoción por descubrir el arte de la edición y el diseño, la tipografía, la interlinea, los márgenes y, por supuesto el contenido, además está el aroma y el tacto que no se reproduce nunca más porque cada libro tiene lo suyo y tiene su propio aroma, ninguno es igual.

De ahí en adelante están las visitas a las bibliotecas públicas para impregnarse de aroma a libros, como también para ver si algo de lo que se resguarda ahí se nos pega un poco en la cabezota porque al leerlos nunca jamás se habrá de olvidar lo que nos dijo Proust y si encontró el tiempo perdido; o Balzac y esa enorme fatalidad histórica a la que llamó La Comédie humaine...

... O lo que nos dijo Dostoiewsky en sus intensidades psicológicas de “Crimen y Castigo”, “El Idiota”, “Los hermanos Karamazov”; o el Tolstoi épico de “Guerra y paz” o trágico de “Anna Karenina”o Chejovy su “Dama del Perrito”, o “Tristeza” y tantos relatos inolvidables o Kazantzakis y su “Alexis Zorba, el Griego”; o Rulfo y ese recuerdo fantasmal de “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”o Carlos Fuentes y su mejor primera etapa con “La muerte de Artemio Cruz” o “Las Buenas conciencias”; o acaso Virginia Wolf en “Al Faro”o Carson McCullers y su “Balada del café triste” o Sor Juana... “no intentes convencerme de torpeza con los delirios de tu mente loca...”...

Las bibliotecas encierran al universo del conocimiento entero. Encierran lo que pensamos, lo que somos, cómo hemos sido, qué hemos dicho, qué hemos encontrado, quiénes han estado ahí antes que nosotros y qué pensaban y cómo dirimían el conflicto del ser o la nada... La literatura, la ciencia, la tecnología, la historia, la botánica, la zoología, la geografía... los grandes descubrimientos y las intimidades más selectas: todo ahí...

Pero ese gusto por las bibliotecas y su aroma fenomenal se traslada, para muchos, al hogar mismo. El refugio íntimo en donde se juntan los mejores amigos: Esos que se llaman libros y que están en estantes, en mesas, en libreros, encima del buró o de la mesa o apilonados en donde uno sabe que está cada uno de ellos...

Y ahí llegan, con todas sus partes a cuestas. Porque un libro es siempre una obra de arte: ya de la edición, del diseño, de la corrección, de autoría y contenido, de reflexión de tiempo entregado en solitario a la creación o lectura...

Por supuesto hay casas mexicanas en las que no hay libros. Ya porque los recursos no están para ello, aunque fuera necesario, o bien porque no hay la pasión por ellos, esa locura que transforma la cabeza y que vuelve a cada uno de nosotros en Quijote de sus propias lecturas...

Pero en donde los hay se les quiere y se les cuida. Cada libro traído a casa es la recepción de uno más de casa. Toma asiento ahí. Encuentra su lugar. Es subrayado, marcado, doblado en su ángulo superior para marcar ‘el lugar donde me quedé’.

Hay libros que se leen de corridito. Como si se tuviera prisa por terminar, otros que se leen con cierto interés, pero no va a más, son libros queridos, sí, pero que no se posan en nuestra cabeza, acaso sí para consulta y están en el estándar de nuestros espacios bibliográficos. Pero están otros, los especiales, los únicos, nuestros cómplices de toda la vida. Aquellos que se encuentran con nosotros y nosotros con ellos...

“Calló y llenó otro vaso; pero lo dejé sin beberlo.

--Tienes que disculparme, patrón –dijo Zorba--, yo sólo soy un necio. Las palabras se me pegan a los dientes como el barro a los pies. No logro trenzar bonitas frases y gastar cumplidos. No lo puedo. Pero tú me entiendes.

Vació el vaso y me miró.

--¡Tú entiendes! –exclamó como si de pronto lo dominara la ira--. ¡Tú me entiendes y por eso no hallarás nunca paz! Si no entendieras serías dichoso. ¿Qué falta? Eres joven, tienes dinero, gozas de buena salud, eres inteligente, de buena índole. ¡Nada te falta, rayos! A no ser una cosilla única:> un grano de locura. Y cuando eso falta, patrón...” (“Alexis Zorba, el griego”. Nikos Kazantzakis).

Y que sí. Un grano y muchos granos de locura sana, esa que nos transforma y que nos recupera. Esa locura que nos entrega al mundo y que nos devuelve a ese mundo transformado en uno y mil de nosotros dispuestos a dar la batalla, a amar y desamar, a entristecernos y a ser felices... Porque los libros, por mucha tristeza que contengan, siempre nos hacen felices... Felicidad grande es leer.

Nada más comparable que el cerrar un libro luego de su lectura. Es como concluir el amor. Es el suspiro del amor. Es tomar el cigarro y abrazarse al libro que se nos ha entregado y al que nos entregamos con esa exaltación necesaria que nos induce a las grandes pasiones. Las inigualables...

O a las proezas y a las grandes batallas nunca antes vistas, con Ulises, con Odiseo –que es el mismo—con Eneas, con Alejandro, con Juana de Arco, con Alonso Quijano, con Ixca Cienfuegos.

Nada más mejor que tener a los mejores amigos en casa y que siempre tienen algo que decirte. Y que tú siempre tienes algo que decirles, porque eso es también cierto: uno dialoga con los autores, con sus personajes, con sus hechos, con su trama, con su historia, con su aportación científica o técnica a veces increíble... Leer, leer, que canten los gallos de San Agustín...

Y qué mejor que aspirar el aroma de nuestros libros y leer los que están en casa; los que un día leímos y que de pronto se acercan nuevamente a nosotros para recordarnos que cuando los devoramos por primera vez éramos otros y que hoy merecemos hablar más y dialogar con ese adulto que somos y es el libro que nos dice como Zorba a su Patrón, amigo: “Nunca he amado a nadie como a ti, amigo mío”.

Eso es. Esos son los libros que tenemos en casa y que nos acompañan siempre ahí porque este sí es ‘amor, que con amor se paga.’

joelhsantiago@gmail.com

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