/ viernes 6 de diciembre de 2019

En exclusiva el capítulo de Los Años Heridos, la Historia de la Guerrilla en México

Editorial Planeta nos presenta un fragmento del libro de Fritz Glockner sobre las teorías de la guerrilla en el país

Son más de 20 años los que el historiador Fritz Glockner ha dedicado a entrelazar estas letras que recorren su vida familiar y la exhaustiva investigación sobre los mecanismos de represión que el Estado ha usado contra los grupos opositores: asesinato, tortura, desaparición forzada, control de información; que en conjunto denomina “guerra de baja intensidad”. Gracias a una cortesía de Editorial Planeta presentamos un fragmento de su nueva obra.

¿Compraste las armas? (1970)

PUEDE QUE EL BOSTEZO AÚN QUEDE atragantado en la boca, es el despertar del primero de enero de 1970. Con el arribo de esta nueva década, comienza a configurarse lo que parecerán circo de diez, treinta y siete o cuarenta y ocho pistas, al grado de que la mirada no tiene un punto de aterrizaje en el cual concentrarse, ver, descubrir, asimilar; muchos serán los escenarios, y lo peor del caso es que no existe maestro de ceremonias que coordine, que anticipe, que dé entrada a cada uno de los hechos o que presente a los actores; serán demasiados los contextos, la historia está volteando para todas partes, en todos los horizontes se puede ver una tormenta, hay movimientos, hacia todos los rumbos se encaminan los pasos.

Los sesenta se han despedido por completo del calendario; al parecer, el siglo veinte comienza su recta final luego de transitar por la segunda mitad de su existencia, ya nada será igual; es inimaginable suponer que recién concluye el paso de los años durante los cuales se dieron todo tipo de expresiones, cambios, manifestaciones de toda índole: culturales, sociales, sexuales, ambientales; de alguna manera hasta las posturas cambiaron, así como las formas de relación social, la convivencia familiar; la moda dio un salto, la droga se incorporó al lenguaje, la política y la ideología se insertaron en los debates y los corrillos de la cotidianidad pública y privada, los códigos se modificaron; es increíble suponer que al fin había llegado la fecha de caducidad de las viejas fórmulas del quehacer político.

Lecumberri se ha convertido para entonces en un polo de atracción; entre sus muros se alberga a diversos sectores de la expresión social: estudiantes, intelectuales, profesores, activistas, líderes sindicales, guerrilleros en ciernes, aventureros ideológicos; en pocos meses vio cruzar por sus puertas a un sinnúmero de personas diferentes al común denominador de los detenidos por delitos tradicionales.

Por los patios de la crujía M se respira cierto grado de aire de libertad; los antiguos círculos de estudio en las instalaciones universitarias han sido traslada- dos ahora a este espacio carcelario. José Revueltas, el autor de varias de las obras más representativas de la literatura mexicana, concilia, responde, navega entre la juventud, incluso con un toque de mayor satisfacción a sus días en la calle.

Es el 10 de diciembre de 1969 y los detenidos por el movimiento estudiantil de 1968 son capaces de dilucidar que sus procesos judiciales están llenos de irregularidades; es por ello que luego de varias discusiones, encuentros y conversaciones, un total de ochenta y seis de los llamados presos políticos han optado por irse a una huelga de hambre desde este día y por tiempo indefinido, con la demanda de agilizar sus procesos legales y salir del pantano en el cual los ha recluido la burocracia del poder judicial.

La palabra huelga podría ya parecer sinónimo de terror, de locura, de enfermedad para algunos, y de amenaza, necedad, enajenación para ciertos personajes del poder; sin embargo, el hecho contundente es que con José Revueltas y Carlos Martín del Campo a la cabeza, este movimiento suma también a personalidades como Eli de Gortari, Jorge Peña, Federico Emery, Heberto Castillo, Fausto Trejo, hasta llegar a la cifra de ochenta y seis. Para las autoridades carcelarias esto es un acto de extrema osadía, la actitud retadora de los presos políticos no solo les inquieta, sino que también les indigna: ¿cómo es posible que atenten de esta manera en contra de la disciplina carcelaria? ¿Acaso no podría ser este un ejemplo de lucha para el resto de los presos? ¿Cómo actuar frente este problema? ¿Volver a reprimirles? ¿Intentar corromper el movimiento? ¿Quién puede dialogar con estos obcecados?

La ira que experimentan diversos personajes de los círculos del poder es en grado mayor, pero no es posible que los repriman de manera tan abierta, pública; ya ha existido demasiado borlote por la presencia de estos individuos como para ahora volver a darles la posibilidad de los reflectores. Se apuesta al rendimiento por cansancio; «ya les llegará el hambre», habrán pensado las autoridades del penal, de los juzgados, de los círculos del poder y de la política; simplemente se cierra un círculo mediático alrededor de ellos, evitando que, en la medida de lo posible, salga alguna información sobre lo que sucede en Lecumberri. El periodista Jacinto R. Munguía rescata del AGN un documento del encargado del despacho de gobernación, Mario Moya Palencia, donde sugiere a los gobernadores que con sutileza ubiquen a los maestros y estudiantes simpatizantes del régimen para «frustrar las intenciones estudiantiles de reorganización», así como evitar las muestras de apoyo para con la huelga de hambre que se escenifica en Lecumberri.

Los presos en huelga de hambre reciben apoyo por parte de las familias y amistades que acuden a visitarlos, para quienes da inicio una estrategia de acoso, así como para diversos grupúsculos organizados a través de nuevas brigadas que pretenden hacer del conocimiento público la situación judicial irregular de los presos.

Los días de diciembre de 1969 transcurren, y a pesar de que los cuerpos de ochenta y seis individuos recluidos en la crujía M de Lecumberri se van deteriorando con el paso del tiempo, estos no desfallecen, siguen adelante, continúan con su lucha con su forma de presión.

Los directivos del penal se quiebran la cabeza, no pueden ser tolerantes ante tanta burla, pero tampoco pueden ser burdos para castigar a estos inconscientes; es en consecuencia que se diseña una perfecta estrategia. Con ayuda de los presos comunes se organiza el asalto, se lleva a cabo la preparación y manipulación pulcra de estos individuos para que realicen el ajuste de cuentas que tantas ganas traen las autoridades; como premio, además de una buena dosis de droga para que su actuación sea inconsciente, les entregan el botín de guerra: todo lo que puedan saquear de las propiedades de estos revoltosos será para ellos; no hay duda sobre el día elegido: el 31 de diciembre de 1969, justo cuando todo el mundo anda de fiesta, y al día siguiente la paralización de las actividades inhibe hasta los propios sentimientos de indignación.

Los presos comunes sintieron aquella idea como un buen regalo de fin de año; hurgaron entre sus pertenencias, sacaron de los escondites las puntas, los desarmadores, tubos, bóxeres, algunos cuchillos, navajas y botellas rotas servirían a la perfección para cumplir con la misión encomendada; la estrategia se planeó con precisión. ¿Cómo hacerles salir de la guarida de la crujía M?

«Pegarles donde más les duele» sugirió una voz en la dirección del penal. La orden llegó a los guardias de la entrada, aquel 31 de diciembre debían poner todas las trabas habidas y por inventar a la visita de los presos de la crujía M, cansarlos, fastidiarlos, bloquearles el acceso, no negárselos, simplemente aletargar y dejar que el tiempo transcurriera.

Los rumores comienzan a llegar hasta el fondo de la prisión, los minutos caminan en los relojes de los presos políticos y no se vislumbra el arribo de ningún conocido, familiar, amistad.

—Los están deteniendo.

—Les niegan el acceso.

—Están molestando a nuestra gente.

Las protestas de quienes deseaban ver a sus presos comienzan a sonar fuer- te por lo que, ingenuos y desesperados, los reclusos políticos caen en la trampa y deciden abrir las puertas de su crujía, salir a reclamar la irregular situación; sus débiles cuerpos, luego de más de veinte días sin alimentos, comienzan a circular por el llamado redondel; se mezclan con los habitantes del resto de las crujías, donde les esperaba el grupo de delincuentes comunes organizado por la dirección del penal, y el ataque no se hace esperar: golpes, patadas, amenazas, burlas, las puntas y las navajas cortando carne; se organiza el intento de repliegue hacia su crujía, en cuestión de minutos ya se contabiliza a varios heridos; los gritos y el escándalo alertan a quienes no habían abandonado los dormitorios de la M, como el caso de Carlos Martín del Campo, quien cuenta:

«Rescatamos a varios de los que habían caído con ligeras lesiones de puñal, nos replegamos a las celdas e hicimos una autodefensa desesperada, el único recurso que nos quedó fue sacarle punta a los palos de las escobas para defendernos de las oleadas que nos atacaban, mientras que otros calentaban agua o diluían jabón de lejía y vidrios para que se cayeran y se cortaran con los vidrios; aquello fue dantesco, propio de cualquier prisión medieval, ni los presos de la Bastilla vivieron algo parecido; por suerte, los planes de la policía y del gobierno no fueron eficaces y no pasó de algunos heridos, pero no lograron desarrollar la agresión a los niveles que hubiesen deseado; quizás la crujía más golpeada fue la C, donde estaba la mayoría de jóvenes de base del 68, quienes se quedaron atónitos».

Ante el escándalo, los gritos y las corretizas, los celadores impávidos dejan pasar, hacer; nadie mueve un dedo para evitar las agresiones, los presos comunes traen cara de desear saciar su coraje, su propia impotencia por estar ahí recluidos; entran a agredir a los huelguistas, logran romper la resistencia y toman por asalto las crujías M y C; llegan hasta las celdas para asaltarlas con toda impunidad, de inmediato roban todo lo que encuentran: licuadoras, radios, estufas portátiles, ollas, sarapes, colchones, herramientas de trabajo, dinero; lo que no les gusta, o suponen que no necesitan, lo destruyen, lo rompen; es así como comienzan a volar hojas de libros, escritos, fotografías, discos, ¿para que desearían robar algo que no van a usar? Pero la consigna es no dejarles nada por mínima que sea la utilidad, desmoralizarlos, escarmentarlos, partirles la madre a ellos y a su entorno.

Como pueden, los presos políticos se defienden; más de uno ha recibido una puñalada, varios más han sido golpeados; la única opción es la reclusión en algunas de las celdas y lograr contener lo más posible la agresión; algunos presos políticos tienen la capacidad de devolver la embestida, pero la mayoría simplemente se atrinchera; la desigualdad de fuerza es evidente, no solo en número, sino en condición física: la debilidad de sus cuerpos es evidente, si se desea salir con vida es mejor recular.

Los familiares y visitas protestan, se desesperan; si antes el retraso para el ingreso era absurdo y planeado, ahora existe el argumento de la seguridad; apenas y les informan que hay ciertos problemas, a pesar de que los ecos de la trifulca logran llegar hasta sus oídos; exigen entrevistarse con las autoridades del penal, el día no es el más apropiado, nadie les hace caso, no hay donde colocar una denuncia.

El campo de batalla es devastador. Cuando al fin los asaltantes abandonan las crujías de los presos políticos, estos, cautelosos, no saben qué hacer; los heridos se cuentan por decenas, los hay aquellos que han recibido un navajazo y es prioritario trasladarles a la enfermería, así como quienes simplemente cuentan con contusiones en distintas partes del cuerpo; no les queda nada, todas sus pertenencias han sido robadas o destruidas, lo apenas atesorado en poco más de un año para intentar hacer llevadero el espacio carcelario ya no existe, la incertidumbre sobre la visita que no llegó también es una herida que les tortura en la conciencia: ¿qué sucedió con ellos? ¿Estarán bien? ¿Los habrán atacado?

Las versiones oficiales adjudican la responsabilidad a los presos comunes y se promete, como de costumbre, una investigación; el castigo ha sido aplicado, aquel 31 de diciembre las autoridades carcelarias habrán dado evasivas por el golpe asestado a los revoltosos. Por su lado, Moya Palencia, en su nota dirigida a los gobernadores de los estados, ordena propagar la idea de no creer en «… por haber caído por tierra la dolosa versión sobre los acontecimientos de la cárcel preventiva donde se asegura que los detenidos fueron golpeados, cuando en realidad todo fue originado por los mismos huelguistas, al querer poner en práctica la operación Fuenteovejuna, cuyo objetivo era una fuga colectiva aprovechando la visita de familiares…», insistiendo después en que sería bueno sembrar entre la juventud del país la idea de que es inconveniente pretender la solidaridad con los agitadores del Distrito Federal.

A pesar del desánimo que invade a los presos políticos, de las penurias, un argumento anima: ¿y para qué queríamos lo que se llevaron si de todos modos no vamos a comer? Es por ello que la huelga de hambre se continúa hasta el día 20 de enero de 1970, y poco a poco se va reconstruyendo la golpeada existencia.

COMO SI SE TRATARA DE UNA PARTIDA DEL JUEGO de turista, recorriendo la República Mexicana luego de haber lanzado los dados, resulta que ha llegado el turno de Guadalajara. La llamada Perla Tapatía se había caracterizado por ser una de las ciudades más tranquilas del territorio nacional; el férreo control de los sectores sociales permitía que las contradicciones se aminoraran y desdibujaran hasta casi perderse en la invisibilidad; varios personajes habían estado dominando el escenario político regional, y sobresalen nombres como los de Heleodoro Hernández, Francisco Silva Romero, los Aviña, Marcelino García Barragán, Margarito Ramírez y José Guadalupe Zuno; este último se regocijaría a partir de 1969, ya que su yerno sería el candidato del PRI a la presidencia de la República.

Sin embargo, la realidad es que la historia del dispute político se reduce a los dos últimos nombres: Margarito Ramírez y José Guadalupe Zuno. El primero de ellos obtiene una relevancia política única luego de haber sido quien permitiera el escape del general Álvaro Obregón de la persecución Carrancista en un ferrocarril de la Ciudad de México, hecho que le otorgaría diversos privilegios revolucionarios. Para el caso del segundo, su propia trayectoria ya había estado ligada a la tradición de la familia revolucionaria, al grado de que precisamente en el acta de nacimiento de su hija María Esther aparecen como testigos las firmas de los generales de la época: Álvaro Obregón, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho, los dos últimos jóvenes todavía en ciernes dentro del movimiento revolucionario.

En su momento los dos patriarcas comparten el poder, saben ponerse de acuerdo para la repartición del tablero y las piezas del ajedrez político; para fines de los años cuarenta, la entonces Federación de Estudiantes Socialistas de Occidente (FESO), organización que controlaba las aspiraciones estudiantiles dentro de la universidad, se concibe ya un poco caduca; por esta razón, Carlos Ramírez Ladewig, hijo de Margarito, decide intervenir con el evidente apoyo de su padre en la organización de un nuevo grupo universitario para disputarle el poder a la FESO; a pesar de que el recinto universitario parecía ser dominio de Zuno, los Ramírez se infiltran y es así como para el 23 de agosto de 1948 surge la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), siendo su primer presidente José García Hernández; de este modo, se inicia la expansión de un poder único dentro de la universidad.

El gobierno del estado de ese entonces apoya decididamente la existencia del FEG, por lo que para la siguiente renovación del comité, ocurrida en 1951, ocupa la presidencia el ideólogo de la organización, Carlos Ramírez Ladewig; durante esta renovación se extiende el apoyo oficial en todos los sentidos: económico, político, cultural. A partir de entonces, la FEG se convierte en un centro de mutua colaboración entre el poder local y los estudiantes organizados, quienes pronto extenderán los tentáculos de su poder a la plenitud del centro universitario; serán ellos quienes elijan al propio rector de la institución y al resto de las autoridades universitarias a través de diversos métodos coercitivos, ya sea mediante la corrupción y captación o el chantaje y el fraude; para cuan- do las cosas parezcan no satisfacer a sus demandas, el uso de la violencia se convertirá en una fórmula cotidiana.

La consecuente renovación de los comités de la FEG provoca que estos se diluyan sin ningún tipo de presencia, ya que es la figura de su fundador e ideólogo la que destaca; es él quien decide, quien impone, quien mueve todos y cada uno de los hilos del organismo estudiantil, y él es quien premia o castiga, quien alienta carreras políticas o las desbarata, ya no solo dentro del ámbito universitario sino también al interior del PRI. Es de este modo como, luego de haber concluido su periodo al frente de la FEG, logra por fin ocupar por primera ocasión una curul federal de 1955 a 1958, para luego repetir la experiencia de 1964 a 1967.

Para mediados de los años cincuenta es el turno de los Zuno; logra la dirección de la FEG José Zuno Arce, quien de alguna manera posee cierto margen de libertad para tener algunas muestras de solidaridad con los movimientos de izquierda expresados durante aquellos años; algunas de ellas son el apoyo a la huelga ferrocarrilera, o sus expresiones en contra del gobernador de Guerrero Raúl Caballero Aburto.

Es para fines de esta década cuando en la elección de 1959 surgen dos candidatos: Adalberto Gómez Rodríguez, apoyado por los Ramírez, y Bernardo Gutiérrez Ochoa, con el respaldo de los Zuno. Para cuando la unidad de los dos viejos políticos se transforma en animadversión, José Guadalupe Zuno ya se había percatado de que la universidad se le iba de las manos; en un intento por recuperarla se encontró con un gran muro construido por Margarito y su hijo Carlos, pues, para ese entonces, no solo representaban el control dentro de las instalaciones universitarias, sino también el ejercicio del poder en la mayoría de las instancias partidistas y de los Gobiernos estatales y municipales.

Pudiera ser que la decisión oficial de inclinar la balanza a favor de los Ramírez estuviera impregnada por la corriente en contra de la izquierda en general, y los Zuno habían dado muestras de cierto grado de liberalismo que no concordaba con los tiempos de la llamada Guerra Fría. Lo cierto es que estos no iban a dejar que la derrota se decidiera tan fácilmente, no sin antes pelear para recuperar el control de la universidad, de las canonjías que representaba la presidencia de la FEG, y su posibilidad de puestos de elección popular dentro de la política del estado de Jalisco.

Para principios de la década de 1960 se da otra escisión dentro de la élite de las familias revolucionarias por el control de la universidad cuando el hijo de un exgobernador decide fundar su Frente Revolucionario de Estudiantes Unidos (FREU), postulando a Federico Wolburg para la presidencia estudiantil contra el candidato de la FEG, quien para ese entonces es Hermenegildo Romo García, también conocido como el Gorilón; el resultado es obvio: la FEG gana sin contratiempo, y los intentos de desestimar la determinación provocan la encarcelación de Federico Wolburg durante algunos meses.

Es así que para la década de los sesenta, cuando por todo el país era común que los estudiantes se opusieran desde sus trincheras a las determinaciones de los Gobiernos locales o nacionales, en Guadalajara la FEG simplemente llegaba a movilizarse para protestar por el alza a las tarifas de transporte público, o por la falta de oportunidad para que ingresaran más alumnos a la universidad; nunca cuestionaba las decisiones oficiales pues, a final de cuentas, esta organización era un centro proveedor de cuadros y de complicidades con las autoridades en turno. Como apunta Sergio Aguayo en La charola, la FEG no tenía el riesgo de verse infiltrado por la DFS; a final de cuentas, esta institución los apoyaba y hasta los cuidaba.

Por su parte, la vida en los barrios de la Perla Tapatía transcurre incrementando la ilusión fundada por el Milagro mexicano; las familias que radican en los diferentes puntos de la ciudad sueñan con que los hijos vayan a la universidad y se conviertan en todos unos profesionales de provecho y que esto les permita ascender dentro de la pirámide social, tal como lo difunde el cine nacional de aquellos años.

En los barrios se aprende a jugar, a ligar, a defenderse de posibles agresores; se entrelazan relaciones sociales de hermandad, donde todos pueden caer a comer un día a la casa del buen Gerardo, Héctor o Bernardo, y la madre los adopta, los consiente y aconseja como si se tratara de sus propios hijos, o bien, existe la libertad de caer en el taller de Don Remigio para aprender algo del oficio sin ninguna privación; en los barrios populares de Guadalajara de estos años no existen las fronteras, hay pocas envidias, mucha solidaridad, todos comparten y padecen, estudian y trabajan, las calles les pertenecen y como tal las defienden.

Los liderazgos entre los jóvenes de los barrios se disputan si acaso a partir de un par de peleas, a final de cuentas hay que demostrar quién es el que las puede más; es en el año de 1964 cuando la espontaneidad de la organización juvenil en el barrio de San Andrés toma cierta forma estructural, y nace auto- definiéndose el grupo de los Vikingos, contándose entre sus elementos más destacados a Aristeo y Sergio González, el Tizoc, Ernesto Lumbreras y los Villafaña, entre varios más; las clases medias y altas pretenden hacerles pasar como simples pandillistas dedicados a organizar problemas, tal vez hasta dispuestos a realizar actos vandálicos, pero la realidad dentro de este grupo es diferente: la mayoría de ellos tiene la intención de continuar con estudios universitarios, alguno tiene incluso la inquietud de la participación política; los hay quienes luego de relacionarse con miembros de las Juventudes Comunistas del PCM deciden incorporarse a estas y tienen como primera tarea leer diversos textos sobre la materia; de alguna manera, se podría suponer que en todos los casos se trata de rebeldes con causa.

La FEG ve con ojos de buitre la existencia de los Vikingos, ya que, paulatinamente, la máxima organización estudiantil universitaria se había hecho de las expresiones barriales, controlándolos, mediatizándolos, captándolos para sus fines; sin embargo, la fama de los llamados Vikingos traspasaba el barrio de San Andrés, irradiando su presencia en otros como el de Oblatos, hasta llegar a consolidar algo parecido a una confederación de barrios populares; el cortejo de la FEG simpatiza con los Vikingos durante un tiempo corto, hasta que los segundos se percatan de que solamente son utilizados por los primeros como grupo de choque para alcanzar sus propios beneficios; de este modo, optan por romper relaciones con estos y así seguir manteniendo su independencia; lo anterior no solo con relación a la FEG, ya que también había un interés especial de parte de algunos miembros prominentes del PRI para ganarse las simpatías de este grupo de jóvenes, pues la unidad barrial se extendía por todos los rincones familiares, creándose así una gran base de apoyo social.

Las reverberaciones del movimiento estudiantil, que llegaron a hacer acto de presencia e incluso a generar expectativas y movilizaciones en diversas ciudades de México, no se dejaron sentir para el caso de Guadalajara; el férreo control universitario a través del FEG, junto con Carlos Ramírez Ladewig, su líder histórico, al frente, han evitado que se mueva siquiera la hoja de un árbol sin su consentimiento; la situación podría resumirse en «aquí no pasa nada, todos felices»; de hecho, algunos de los miembros de la JC del PCM pretendieron organizar células de apoyo para con el movimiento estudiantil que se estaba desarrollando en el Distrito Federal, oponiéndose al inflexible control fegista, por lo que la represión por parte de estos no se hizo esperar; apaciguaron cualquier tipo de brote solidario con el Consejo Nacional de Huelga (CNH) o que alterara la paz dentro de la Universidad de Guadalajara, arreglándose cualquier anomalía en un dos por tres.

Los primeros contactos entre los Vikingos y Andrés Zuno comienzan en el año de 1969; para el hijo de José Guadalupe, las creencias dentro de la izquierda eran una causa por la cual había que luchar; por ello, ya había entablado contacto con los hermanos Campaña y Juan Manuel Rodríguez Moreno, con el fin de proponer la fundación de una nueva organización que pudiera hacer frente a la FEG. En consecuencia, se instauran las Juventudes Juaristas, bajo la intención de que no fuera visible la influencia de los jóvenes comunistas ligados al PCM y que se lavara la cara de pandilleros a los jóvenes Vikingos.

La idea de Andrés es bien vista por su padre: total, ya era hora de recuperar los espacios de poder de los cuales habían sido despojados por los Ramírez; además, yerno y cuñado ya despuntaban rumbo a la grande sin ningún contratiempo de por medio.

EL AUTOR

Nació en Puebla, en 1961. Estudió Historia en la Universidad Autónoma de Puebla. Escritor, historiador, periodista y editor. Ha sido librero, conferencista y promotor de la lectura y de la novela policiaca. Investigador y catedrático en la Universidad Iberoamericana, Puebla, y en el Dartmouth College. Director de Educal a partir de 2019. Ha colaborado para Abaco, Dissidences, entre otras. Finalista del X Premio Rodolfo Walsh 1997 por Veinte de cobre. Becario del Fonca 2010. Mario Hernández dirigió la versión cinematográfica de Cementerio de papel. Parte de su obra ha sido traducida al inglés.

Son más de 20 años los que el historiador Fritz Glockner ha dedicado a entrelazar estas letras que recorren su vida familiar y la exhaustiva investigación sobre los mecanismos de represión que el Estado ha usado contra los grupos opositores: asesinato, tortura, desaparición forzada, control de información; que en conjunto denomina “guerra de baja intensidad”. Gracias a una cortesía de Editorial Planeta presentamos un fragmento de su nueva obra.

¿Compraste las armas? (1970)

PUEDE QUE EL BOSTEZO AÚN QUEDE atragantado en la boca, es el despertar del primero de enero de 1970. Con el arribo de esta nueva década, comienza a configurarse lo que parecerán circo de diez, treinta y siete o cuarenta y ocho pistas, al grado de que la mirada no tiene un punto de aterrizaje en el cual concentrarse, ver, descubrir, asimilar; muchos serán los escenarios, y lo peor del caso es que no existe maestro de ceremonias que coordine, que anticipe, que dé entrada a cada uno de los hechos o que presente a los actores; serán demasiados los contextos, la historia está volteando para todas partes, en todos los horizontes se puede ver una tormenta, hay movimientos, hacia todos los rumbos se encaminan los pasos.

Los sesenta se han despedido por completo del calendario; al parecer, el siglo veinte comienza su recta final luego de transitar por la segunda mitad de su existencia, ya nada será igual; es inimaginable suponer que recién concluye el paso de los años durante los cuales se dieron todo tipo de expresiones, cambios, manifestaciones de toda índole: culturales, sociales, sexuales, ambientales; de alguna manera hasta las posturas cambiaron, así como las formas de relación social, la convivencia familiar; la moda dio un salto, la droga se incorporó al lenguaje, la política y la ideología se insertaron en los debates y los corrillos de la cotidianidad pública y privada, los códigos se modificaron; es increíble suponer que al fin había llegado la fecha de caducidad de las viejas fórmulas del quehacer político.

Lecumberri se ha convertido para entonces en un polo de atracción; entre sus muros se alberga a diversos sectores de la expresión social: estudiantes, intelectuales, profesores, activistas, líderes sindicales, guerrilleros en ciernes, aventureros ideológicos; en pocos meses vio cruzar por sus puertas a un sinnúmero de personas diferentes al común denominador de los detenidos por delitos tradicionales.

Por los patios de la crujía M se respira cierto grado de aire de libertad; los antiguos círculos de estudio en las instalaciones universitarias han sido traslada- dos ahora a este espacio carcelario. José Revueltas, el autor de varias de las obras más representativas de la literatura mexicana, concilia, responde, navega entre la juventud, incluso con un toque de mayor satisfacción a sus días en la calle.

Es el 10 de diciembre de 1969 y los detenidos por el movimiento estudiantil de 1968 son capaces de dilucidar que sus procesos judiciales están llenos de irregularidades; es por ello que luego de varias discusiones, encuentros y conversaciones, un total de ochenta y seis de los llamados presos políticos han optado por irse a una huelga de hambre desde este día y por tiempo indefinido, con la demanda de agilizar sus procesos legales y salir del pantano en el cual los ha recluido la burocracia del poder judicial.

La palabra huelga podría ya parecer sinónimo de terror, de locura, de enfermedad para algunos, y de amenaza, necedad, enajenación para ciertos personajes del poder; sin embargo, el hecho contundente es que con José Revueltas y Carlos Martín del Campo a la cabeza, este movimiento suma también a personalidades como Eli de Gortari, Jorge Peña, Federico Emery, Heberto Castillo, Fausto Trejo, hasta llegar a la cifra de ochenta y seis. Para las autoridades carcelarias esto es un acto de extrema osadía, la actitud retadora de los presos políticos no solo les inquieta, sino que también les indigna: ¿cómo es posible que atenten de esta manera en contra de la disciplina carcelaria? ¿Acaso no podría ser este un ejemplo de lucha para el resto de los presos? ¿Cómo actuar frente este problema? ¿Volver a reprimirles? ¿Intentar corromper el movimiento? ¿Quién puede dialogar con estos obcecados?

La ira que experimentan diversos personajes de los círculos del poder es en grado mayor, pero no es posible que los repriman de manera tan abierta, pública; ya ha existido demasiado borlote por la presencia de estos individuos como para ahora volver a darles la posibilidad de los reflectores. Se apuesta al rendimiento por cansancio; «ya les llegará el hambre», habrán pensado las autoridades del penal, de los juzgados, de los círculos del poder y de la política; simplemente se cierra un círculo mediático alrededor de ellos, evitando que, en la medida de lo posible, salga alguna información sobre lo que sucede en Lecumberri. El periodista Jacinto R. Munguía rescata del AGN un documento del encargado del despacho de gobernación, Mario Moya Palencia, donde sugiere a los gobernadores que con sutileza ubiquen a los maestros y estudiantes simpatizantes del régimen para «frustrar las intenciones estudiantiles de reorganización», así como evitar las muestras de apoyo para con la huelga de hambre que se escenifica en Lecumberri.

Los presos en huelga de hambre reciben apoyo por parte de las familias y amistades que acuden a visitarlos, para quienes da inicio una estrategia de acoso, así como para diversos grupúsculos organizados a través de nuevas brigadas que pretenden hacer del conocimiento público la situación judicial irregular de los presos.

Los días de diciembre de 1969 transcurren, y a pesar de que los cuerpos de ochenta y seis individuos recluidos en la crujía M de Lecumberri se van deteriorando con el paso del tiempo, estos no desfallecen, siguen adelante, continúan con su lucha con su forma de presión.

Los directivos del penal se quiebran la cabeza, no pueden ser tolerantes ante tanta burla, pero tampoco pueden ser burdos para castigar a estos inconscientes; es en consecuencia que se diseña una perfecta estrategia. Con ayuda de los presos comunes se organiza el asalto, se lleva a cabo la preparación y manipulación pulcra de estos individuos para que realicen el ajuste de cuentas que tantas ganas traen las autoridades; como premio, además de una buena dosis de droga para que su actuación sea inconsciente, les entregan el botín de guerra: todo lo que puedan saquear de las propiedades de estos revoltosos será para ellos; no hay duda sobre el día elegido: el 31 de diciembre de 1969, justo cuando todo el mundo anda de fiesta, y al día siguiente la paralización de las actividades inhibe hasta los propios sentimientos de indignación.

Los presos comunes sintieron aquella idea como un buen regalo de fin de año; hurgaron entre sus pertenencias, sacaron de los escondites las puntas, los desarmadores, tubos, bóxeres, algunos cuchillos, navajas y botellas rotas servirían a la perfección para cumplir con la misión encomendada; la estrategia se planeó con precisión. ¿Cómo hacerles salir de la guarida de la crujía M?

«Pegarles donde más les duele» sugirió una voz en la dirección del penal. La orden llegó a los guardias de la entrada, aquel 31 de diciembre debían poner todas las trabas habidas y por inventar a la visita de los presos de la crujía M, cansarlos, fastidiarlos, bloquearles el acceso, no negárselos, simplemente aletargar y dejar que el tiempo transcurriera.

Los rumores comienzan a llegar hasta el fondo de la prisión, los minutos caminan en los relojes de los presos políticos y no se vislumbra el arribo de ningún conocido, familiar, amistad.

—Los están deteniendo.

—Les niegan el acceso.

—Están molestando a nuestra gente.

Las protestas de quienes deseaban ver a sus presos comienzan a sonar fuer- te por lo que, ingenuos y desesperados, los reclusos políticos caen en la trampa y deciden abrir las puertas de su crujía, salir a reclamar la irregular situación; sus débiles cuerpos, luego de más de veinte días sin alimentos, comienzan a circular por el llamado redondel; se mezclan con los habitantes del resto de las crujías, donde les esperaba el grupo de delincuentes comunes organizado por la dirección del penal, y el ataque no se hace esperar: golpes, patadas, amenazas, burlas, las puntas y las navajas cortando carne; se organiza el intento de repliegue hacia su crujía, en cuestión de minutos ya se contabiliza a varios heridos; los gritos y el escándalo alertan a quienes no habían abandonado los dormitorios de la M, como el caso de Carlos Martín del Campo, quien cuenta:

«Rescatamos a varios de los que habían caído con ligeras lesiones de puñal, nos replegamos a las celdas e hicimos una autodefensa desesperada, el único recurso que nos quedó fue sacarle punta a los palos de las escobas para defendernos de las oleadas que nos atacaban, mientras que otros calentaban agua o diluían jabón de lejía y vidrios para que se cayeran y se cortaran con los vidrios; aquello fue dantesco, propio de cualquier prisión medieval, ni los presos de la Bastilla vivieron algo parecido; por suerte, los planes de la policía y del gobierno no fueron eficaces y no pasó de algunos heridos, pero no lograron desarrollar la agresión a los niveles que hubiesen deseado; quizás la crujía más golpeada fue la C, donde estaba la mayoría de jóvenes de base del 68, quienes se quedaron atónitos».

Ante el escándalo, los gritos y las corretizas, los celadores impávidos dejan pasar, hacer; nadie mueve un dedo para evitar las agresiones, los presos comunes traen cara de desear saciar su coraje, su propia impotencia por estar ahí recluidos; entran a agredir a los huelguistas, logran romper la resistencia y toman por asalto las crujías M y C; llegan hasta las celdas para asaltarlas con toda impunidad, de inmediato roban todo lo que encuentran: licuadoras, radios, estufas portátiles, ollas, sarapes, colchones, herramientas de trabajo, dinero; lo que no les gusta, o suponen que no necesitan, lo destruyen, lo rompen; es así como comienzan a volar hojas de libros, escritos, fotografías, discos, ¿para que desearían robar algo que no van a usar? Pero la consigna es no dejarles nada por mínima que sea la utilidad, desmoralizarlos, escarmentarlos, partirles la madre a ellos y a su entorno.

Como pueden, los presos políticos se defienden; más de uno ha recibido una puñalada, varios más han sido golpeados; la única opción es la reclusión en algunas de las celdas y lograr contener lo más posible la agresión; algunos presos políticos tienen la capacidad de devolver la embestida, pero la mayoría simplemente se atrinchera; la desigualdad de fuerza es evidente, no solo en número, sino en condición física: la debilidad de sus cuerpos es evidente, si se desea salir con vida es mejor recular.

Los familiares y visitas protestan, se desesperan; si antes el retraso para el ingreso era absurdo y planeado, ahora existe el argumento de la seguridad; apenas y les informan que hay ciertos problemas, a pesar de que los ecos de la trifulca logran llegar hasta sus oídos; exigen entrevistarse con las autoridades del penal, el día no es el más apropiado, nadie les hace caso, no hay donde colocar una denuncia.

El campo de batalla es devastador. Cuando al fin los asaltantes abandonan las crujías de los presos políticos, estos, cautelosos, no saben qué hacer; los heridos se cuentan por decenas, los hay aquellos que han recibido un navajazo y es prioritario trasladarles a la enfermería, así como quienes simplemente cuentan con contusiones en distintas partes del cuerpo; no les queda nada, todas sus pertenencias han sido robadas o destruidas, lo apenas atesorado en poco más de un año para intentar hacer llevadero el espacio carcelario ya no existe, la incertidumbre sobre la visita que no llegó también es una herida que les tortura en la conciencia: ¿qué sucedió con ellos? ¿Estarán bien? ¿Los habrán atacado?

Las versiones oficiales adjudican la responsabilidad a los presos comunes y se promete, como de costumbre, una investigación; el castigo ha sido aplicado, aquel 31 de diciembre las autoridades carcelarias habrán dado evasivas por el golpe asestado a los revoltosos. Por su lado, Moya Palencia, en su nota dirigida a los gobernadores de los estados, ordena propagar la idea de no creer en «… por haber caído por tierra la dolosa versión sobre los acontecimientos de la cárcel preventiva donde se asegura que los detenidos fueron golpeados, cuando en realidad todo fue originado por los mismos huelguistas, al querer poner en práctica la operación Fuenteovejuna, cuyo objetivo era una fuga colectiva aprovechando la visita de familiares…», insistiendo después en que sería bueno sembrar entre la juventud del país la idea de que es inconveniente pretender la solidaridad con los agitadores del Distrito Federal.

A pesar del desánimo que invade a los presos políticos, de las penurias, un argumento anima: ¿y para qué queríamos lo que se llevaron si de todos modos no vamos a comer? Es por ello que la huelga de hambre se continúa hasta el día 20 de enero de 1970, y poco a poco se va reconstruyendo la golpeada existencia.

COMO SI SE TRATARA DE UNA PARTIDA DEL JUEGO de turista, recorriendo la República Mexicana luego de haber lanzado los dados, resulta que ha llegado el turno de Guadalajara. La llamada Perla Tapatía se había caracterizado por ser una de las ciudades más tranquilas del territorio nacional; el férreo control de los sectores sociales permitía que las contradicciones se aminoraran y desdibujaran hasta casi perderse en la invisibilidad; varios personajes habían estado dominando el escenario político regional, y sobresalen nombres como los de Heleodoro Hernández, Francisco Silva Romero, los Aviña, Marcelino García Barragán, Margarito Ramírez y José Guadalupe Zuno; este último se regocijaría a partir de 1969, ya que su yerno sería el candidato del PRI a la presidencia de la República.

Sin embargo, la realidad es que la historia del dispute político se reduce a los dos últimos nombres: Margarito Ramírez y José Guadalupe Zuno. El primero de ellos obtiene una relevancia política única luego de haber sido quien permitiera el escape del general Álvaro Obregón de la persecución Carrancista en un ferrocarril de la Ciudad de México, hecho que le otorgaría diversos privilegios revolucionarios. Para el caso del segundo, su propia trayectoria ya había estado ligada a la tradición de la familia revolucionaria, al grado de que precisamente en el acta de nacimiento de su hija María Esther aparecen como testigos las firmas de los generales de la época: Álvaro Obregón, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho, los dos últimos jóvenes todavía en ciernes dentro del movimiento revolucionario.

En su momento los dos patriarcas comparten el poder, saben ponerse de acuerdo para la repartición del tablero y las piezas del ajedrez político; para fines de los años cuarenta, la entonces Federación de Estudiantes Socialistas de Occidente (FESO), organización que controlaba las aspiraciones estudiantiles dentro de la universidad, se concibe ya un poco caduca; por esta razón, Carlos Ramírez Ladewig, hijo de Margarito, decide intervenir con el evidente apoyo de su padre en la organización de un nuevo grupo universitario para disputarle el poder a la FESO; a pesar de que el recinto universitario parecía ser dominio de Zuno, los Ramírez se infiltran y es así como para el 23 de agosto de 1948 surge la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), siendo su primer presidente José García Hernández; de este modo, se inicia la expansión de un poder único dentro de la universidad.

El gobierno del estado de ese entonces apoya decididamente la existencia del FEG, por lo que para la siguiente renovación del comité, ocurrida en 1951, ocupa la presidencia el ideólogo de la organización, Carlos Ramírez Ladewig; durante esta renovación se extiende el apoyo oficial en todos los sentidos: económico, político, cultural. A partir de entonces, la FEG se convierte en un centro de mutua colaboración entre el poder local y los estudiantes organizados, quienes pronto extenderán los tentáculos de su poder a la plenitud del centro universitario; serán ellos quienes elijan al propio rector de la institución y al resto de las autoridades universitarias a través de diversos métodos coercitivos, ya sea mediante la corrupción y captación o el chantaje y el fraude; para cuan- do las cosas parezcan no satisfacer a sus demandas, el uso de la violencia se convertirá en una fórmula cotidiana.

La consecuente renovación de los comités de la FEG provoca que estos se diluyan sin ningún tipo de presencia, ya que es la figura de su fundador e ideólogo la que destaca; es él quien decide, quien impone, quien mueve todos y cada uno de los hilos del organismo estudiantil, y él es quien premia o castiga, quien alienta carreras políticas o las desbarata, ya no solo dentro del ámbito universitario sino también al interior del PRI. Es de este modo como, luego de haber concluido su periodo al frente de la FEG, logra por fin ocupar por primera ocasión una curul federal de 1955 a 1958, para luego repetir la experiencia de 1964 a 1967.

Para mediados de los años cincuenta es el turno de los Zuno; logra la dirección de la FEG José Zuno Arce, quien de alguna manera posee cierto margen de libertad para tener algunas muestras de solidaridad con los movimientos de izquierda expresados durante aquellos años; algunas de ellas son el apoyo a la huelga ferrocarrilera, o sus expresiones en contra del gobernador de Guerrero Raúl Caballero Aburto.

Es para fines de esta década cuando en la elección de 1959 surgen dos candidatos: Adalberto Gómez Rodríguez, apoyado por los Ramírez, y Bernardo Gutiérrez Ochoa, con el respaldo de los Zuno. Para cuando la unidad de los dos viejos políticos se transforma en animadversión, José Guadalupe Zuno ya se había percatado de que la universidad se le iba de las manos; en un intento por recuperarla se encontró con un gran muro construido por Margarito y su hijo Carlos, pues, para ese entonces, no solo representaban el control dentro de las instalaciones universitarias, sino también el ejercicio del poder en la mayoría de las instancias partidistas y de los Gobiernos estatales y municipales.

Pudiera ser que la decisión oficial de inclinar la balanza a favor de los Ramírez estuviera impregnada por la corriente en contra de la izquierda en general, y los Zuno habían dado muestras de cierto grado de liberalismo que no concordaba con los tiempos de la llamada Guerra Fría. Lo cierto es que estos no iban a dejar que la derrota se decidiera tan fácilmente, no sin antes pelear para recuperar el control de la universidad, de las canonjías que representaba la presidencia de la FEG, y su posibilidad de puestos de elección popular dentro de la política del estado de Jalisco.

Para principios de la década de 1960 se da otra escisión dentro de la élite de las familias revolucionarias por el control de la universidad cuando el hijo de un exgobernador decide fundar su Frente Revolucionario de Estudiantes Unidos (FREU), postulando a Federico Wolburg para la presidencia estudiantil contra el candidato de la FEG, quien para ese entonces es Hermenegildo Romo García, también conocido como el Gorilón; el resultado es obvio: la FEG gana sin contratiempo, y los intentos de desestimar la determinación provocan la encarcelación de Federico Wolburg durante algunos meses.

Es así que para la década de los sesenta, cuando por todo el país era común que los estudiantes se opusieran desde sus trincheras a las determinaciones de los Gobiernos locales o nacionales, en Guadalajara la FEG simplemente llegaba a movilizarse para protestar por el alza a las tarifas de transporte público, o por la falta de oportunidad para que ingresaran más alumnos a la universidad; nunca cuestionaba las decisiones oficiales pues, a final de cuentas, esta organización era un centro proveedor de cuadros y de complicidades con las autoridades en turno. Como apunta Sergio Aguayo en La charola, la FEG no tenía el riesgo de verse infiltrado por la DFS; a final de cuentas, esta institución los apoyaba y hasta los cuidaba.

Por su parte, la vida en los barrios de la Perla Tapatía transcurre incrementando la ilusión fundada por el Milagro mexicano; las familias que radican en los diferentes puntos de la ciudad sueñan con que los hijos vayan a la universidad y se conviertan en todos unos profesionales de provecho y que esto les permita ascender dentro de la pirámide social, tal como lo difunde el cine nacional de aquellos años.

En los barrios se aprende a jugar, a ligar, a defenderse de posibles agresores; se entrelazan relaciones sociales de hermandad, donde todos pueden caer a comer un día a la casa del buen Gerardo, Héctor o Bernardo, y la madre los adopta, los consiente y aconseja como si se tratara de sus propios hijos, o bien, existe la libertad de caer en el taller de Don Remigio para aprender algo del oficio sin ninguna privación; en los barrios populares de Guadalajara de estos años no existen las fronteras, hay pocas envidias, mucha solidaridad, todos comparten y padecen, estudian y trabajan, las calles les pertenecen y como tal las defienden.

Los liderazgos entre los jóvenes de los barrios se disputan si acaso a partir de un par de peleas, a final de cuentas hay que demostrar quién es el que las puede más; es en el año de 1964 cuando la espontaneidad de la organización juvenil en el barrio de San Andrés toma cierta forma estructural, y nace auto- definiéndose el grupo de los Vikingos, contándose entre sus elementos más destacados a Aristeo y Sergio González, el Tizoc, Ernesto Lumbreras y los Villafaña, entre varios más; las clases medias y altas pretenden hacerles pasar como simples pandillistas dedicados a organizar problemas, tal vez hasta dispuestos a realizar actos vandálicos, pero la realidad dentro de este grupo es diferente: la mayoría de ellos tiene la intención de continuar con estudios universitarios, alguno tiene incluso la inquietud de la participación política; los hay quienes luego de relacionarse con miembros de las Juventudes Comunistas del PCM deciden incorporarse a estas y tienen como primera tarea leer diversos textos sobre la materia; de alguna manera, se podría suponer que en todos los casos se trata de rebeldes con causa.

La FEG ve con ojos de buitre la existencia de los Vikingos, ya que, paulatinamente, la máxima organización estudiantil universitaria se había hecho de las expresiones barriales, controlándolos, mediatizándolos, captándolos para sus fines; sin embargo, la fama de los llamados Vikingos traspasaba el barrio de San Andrés, irradiando su presencia en otros como el de Oblatos, hasta llegar a consolidar algo parecido a una confederación de barrios populares; el cortejo de la FEG simpatiza con los Vikingos durante un tiempo corto, hasta que los segundos se percatan de que solamente son utilizados por los primeros como grupo de choque para alcanzar sus propios beneficios; de este modo, optan por romper relaciones con estos y así seguir manteniendo su independencia; lo anterior no solo con relación a la FEG, ya que también había un interés especial de parte de algunos miembros prominentes del PRI para ganarse las simpatías de este grupo de jóvenes, pues la unidad barrial se extendía por todos los rincones familiares, creándose así una gran base de apoyo social.

Las reverberaciones del movimiento estudiantil, que llegaron a hacer acto de presencia e incluso a generar expectativas y movilizaciones en diversas ciudades de México, no se dejaron sentir para el caso de Guadalajara; el férreo control universitario a través del FEG, junto con Carlos Ramírez Ladewig, su líder histórico, al frente, han evitado que se mueva siquiera la hoja de un árbol sin su consentimiento; la situación podría resumirse en «aquí no pasa nada, todos felices»; de hecho, algunos de los miembros de la JC del PCM pretendieron organizar células de apoyo para con el movimiento estudiantil que se estaba desarrollando en el Distrito Federal, oponiéndose al inflexible control fegista, por lo que la represión por parte de estos no se hizo esperar; apaciguaron cualquier tipo de brote solidario con el Consejo Nacional de Huelga (CNH) o que alterara la paz dentro de la Universidad de Guadalajara, arreglándose cualquier anomalía en un dos por tres.

Los primeros contactos entre los Vikingos y Andrés Zuno comienzan en el año de 1969; para el hijo de José Guadalupe, las creencias dentro de la izquierda eran una causa por la cual había que luchar; por ello, ya había entablado contacto con los hermanos Campaña y Juan Manuel Rodríguez Moreno, con el fin de proponer la fundación de una nueva organización que pudiera hacer frente a la FEG. En consecuencia, se instauran las Juventudes Juaristas, bajo la intención de que no fuera visible la influencia de los jóvenes comunistas ligados al PCM y que se lavara la cara de pandilleros a los jóvenes Vikingos.

La idea de Andrés es bien vista por su padre: total, ya era hora de recuperar los espacios de poder de los cuales habían sido despojados por los Ramírez; además, yerno y cuñado ya despuntaban rumbo a la grande sin ningún contratiempo de por medio.

EL AUTOR

Nació en Puebla, en 1961. Estudió Historia en la Universidad Autónoma de Puebla. Escritor, historiador, periodista y editor. Ha sido librero, conferencista y promotor de la lectura y de la novela policiaca. Investigador y catedrático en la Universidad Iberoamericana, Puebla, y en el Dartmouth College. Director de Educal a partir de 2019. Ha colaborado para Abaco, Dissidences, entre otras. Finalista del X Premio Rodolfo Walsh 1997 por Veinte de cobre. Becario del Fonca 2010. Mario Hernández dirigió la versión cinematográfica de Cementerio de papel. Parte de su obra ha sido traducida al inglés.

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