/ domingo 31 de marzo de 2019

Once M

Hélène Rioux es una escritora y traductora de Quebec, nacida en Montreal en enero de 1949

La muchachita se llamaba Alexandra Antonescu. Nacida en Constanza (Rumania suroriental, donde brilla el sol de manera excepcional), el 11 de mayo de 1984, era la segunda de una familia con cinco hijos.

Un metro sesenta y dos de estatura, cuarenta y cinco kilos, cabello castaño, ojos azules. Seña particular: mancha de nacimiento en forma de estrella en el omóplato izquierdo. Ligeramente miope.

Ella soñaba con España desde la primera vez que, a la edad de seis años, vio un espectáculo de flamenco por la televisión. (Aunque soñaba sobre todo con una vida mejor).

En junio de 2003, una prima de su madre que vivía en España se comunicó con sus padres. Para el 2 de agosto del mismo año, la muchachita llegaba a Madrid en donde la esperaba un trabajo como empleada doméstica con una familia madrileña (él, profesor de historia en la universidad, ella, psicóloga, dos hijos que van a la primaria, Concha, 11 años, y Esteban, 8 años).

Tareas sencillas (el quehacer de la casa, lavar la ropa, los trastes, etc.) que ella sabía hacer a conciencia, por una paga de doscientos euros al mes, alojamiento y comida.

Tenía un cuarto para ella pintado de amarillo (una cama, una cómoda, una mesita y una silla, un tablón pegado a la pared para poner libros, un televisor y un despertador) atrás de la cocina, con su propio baño (regadera, lavabo y espejo).

Se levantaba a las siete y media para preparar el desayuno de los niños (jugo de naranja, tartaletas, es decir pan con jitomate, y chocolate caliente).

El resto del día mantenía limpia la casa, revisaba y limpiaba las frutas y las verduras, y dejaba escurriendo la lechuga para la cena de la noche. Tenía libre los domingos.

Asistía a unas clases de español (nivel principiante) los miércoles en la noche. Veía la televisión para familiarizarse con la lengua. Le gustaban de manera especial los programas en donde la gente (stripers, travestis y mujeres perdedoras) iban a contar sus experiencias o a reconciliarse en público con miembros de su familia de los que habían estado alejados desde hace mucho tiempo.

Ella llevaba un diario íntimo desde que había llegado a España. Les escribía a sus padres una vez por semana y frecuentaba una asociación de inmigrantes rumanos.

El jovencito se llamaba Carol Rebreanu. Nacido en Bucarest (capital de Rumania, en plena Valaquia, del lado del río Dâmbovița, subafluente del Danubio, que contaba entonces con 2 064 474 habitantes), el 3 de enero de 1984, era el más grande de una familia con tres hijos.

Un metro setenta y siete de altura, setenta y nueve kilos, cabello obscuro, ojos cafés. Ninguna seña particular. A los catorce años ya había leído toda la obra de Panait Istrati (escritor rumano nacido en Braila en 1884 y muerto en Bucarest en 1935, pasó parte de su vida errando en los países mediterráneos y fue autor de historias de viaje y de la novela Kyra Kyralina).

Él nunca había soñado con España de manera específica. (No obstante, desde hace mucho tiempo soñaba con un futuro mejor que el pasado con sus padres).

En mayo de 2002, llevado por un deseo irresistible de ver el mundo, se fue a seguir los pasos de Panait Istrati. Así que pasó el verano empleándose como trabajador agrícola (Alemania y Francia).

Llegó a España en octubre. Estuvo recolectando aceituna en Cataluña y trabajando en las sierras de Valencia y Almería. Vive en Madrid desde el invierno de 2003. Contratado desde hace un año como aprendiz de albañil en diversas obras de la construcción. Rentaba un estudio en el barrio obrero de la estación Atocha.

Se había inscrito en las clases de español (nivel intermedio) que imparten los miércoles en la noche en un local de la asociación rumana y escribía poesía (en rumano y en español).

El jovencito y la muchachita se habían conocido en las clases de español (en los descansos). Se volvieron a ver un domingo por la tarde en septiembre de 2003 a propósito de un concierto (música folklórica) organizado por la asociación. Esa misma noche, ella había anotado en su diario íntimo: “Creo que estoy enamorada”.

Ellos continuaron viéndose, los miércoles en la noche y los domingos (en el Museo del Prado y en el cine). El primer beso fue el 19 de octubre, al morir la tarde, en el Parque del Retiro, en una banca frente a la fuente. Esa misma noche, ella anotó en su diario íntimo: “Él también me ama”.

Al día siguiente, él escribió el primer borrador de un poema que comenzaba así: “Fuente ardiente/El vino de tus labios me embriaga”.

El 3 de enero, el día del cumpleaños número veinte del jovencito (un sábado), la muchachita les había pedido a sus patrones que le dieran el día. Él la había invitado a una típica bodega española (tapas, sangría y flamenco). Más tarde, caminarían por largo rato muy abrazados. Se besarían debajo de una farola, y el jovencito le habría dicho: “Te amo, Alex”.

Primera noche juntos en el estudio cerca de la estación Atocha (delicadeza y pasión). Dos días después, ella les había escrito a sus padres: “Carol y yo queremos casarnos”. Él había afinado la cuarta versión de un poema que terminaba así: “Una estrella/mi punto de referencia/en el cielo de tu piel”.

El 29 de febrero (un domingo), los primos de la muchachita los habían invitado a comer a su casa (ensalada de berenjena y pimentón con aceite, niño envuelto de verduras y yogurt casero). Ya habían fijado la fecha de la boda (el 15 de mayo, cuatro días después del cumpleaños de la muchachita). Para entonces, ya tendrían veinte años los dos. Habían llamado a sus familiares en Rumania para darles las buenas nuevas. La recepción tendría lugar en el espacio de la asociación.

El 10 de marzo (un miércoles), la muchachita les había avisado a sus patrones que esa noche dormiría en la casa de su novio y que regresaría un poco más tarde la mañana del día siguiente. Después de clases, se fueron a tomar un trago a la casa de los amigos del muchachito (Pablo y Ángel). Él les leyó un poema que había escrito la víspera en español, titulado: Mis lágrimas tienen un sabor de alegría. Pablo les puso Todo sobre mi madre, una película de Pedro Almodóvar. Se regresaron ya tarde en la noche.

Al día siguiente por la mañana, salieron del estudio a las 7:15, después de haber tomado una taza grande de café con leche. A las 7:30, el jovencito compró el periódico El País en el quiosco frente a la estación. A las 7:38 se subieron al tercer vagón del tren suburbano que los llevaría hasta el centro de Madrid. El jovencito le habría dejado su lugar a una mujer que llevaba un bebé en brazos. La primera bomba estalló a las 7:39. Fue así como el jovencito y la muchachita formaron parte de las doscientas víctimas del atentado terrorista.

El 11 M, Once M, es decir, el 11 de marzo de 2004. Cuando esa frase se pronuncia rápido, a uno que habla francés le da la impresión de escuchar “onsem”, on s´aime, es decir, nos amamos. Y cuando uno lo pronuncia en español, uno cree escuchar “onsemé”, on s´est aimés, es decir, nos amábamos.

Hélène Rioux

Es una escritora y traductora de Quebec, nacida en Montreal en enero de 1949. Ha publicado sus historias en varias revistas como XYZ, Moebius, Arcade y Possibles; además de una columna literaria para el Journal d'Outremont.

Ha traducido al francés obras de varios autores canadienses, y recibió un Premio de la Federación de Escritores de Quebec por su traducción de Self deYann Martel. Sus novelas han sido traducidas al inglés, español y búlgaro.

Traducción: Roberto Rueda Monreal

Nació junio de 1972 en la Ciudad de México. Politólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y traductor literario por el Diplomado en Traducción Literaria y Humanística, del Instituto Francés de América Latina (IFAL). Como escritor tiene dos novelas publicadas, La Cloaca, el infierno aquí… (2012), cuya traducción al francés está cargo de Hélène Rioux, y Pétalos Negros (2018). Es miembro fundador de la Ametli y tiene a su cargo la Coordinación de prensa y medios de dicha asociación. Es miembro del SNCA con un proyecto basado en la obra de la autora quebequesa

La muchachita se llamaba Alexandra Antonescu. Nacida en Constanza (Rumania suroriental, donde brilla el sol de manera excepcional), el 11 de mayo de 1984, era la segunda de una familia con cinco hijos.

Un metro sesenta y dos de estatura, cuarenta y cinco kilos, cabello castaño, ojos azules. Seña particular: mancha de nacimiento en forma de estrella en el omóplato izquierdo. Ligeramente miope.

Ella soñaba con España desde la primera vez que, a la edad de seis años, vio un espectáculo de flamenco por la televisión. (Aunque soñaba sobre todo con una vida mejor).

En junio de 2003, una prima de su madre que vivía en España se comunicó con sus padres. Para el 2 de agosto del mismo año, la muchachita llegaba a Madrid en donde la esperaba un trabajo como empleada doméstica con una familia madrileña (él, profesor de historia en la universidad, ella, psicóloga, dos hijos que van a la primaria, Concha, 11 años, y Esteban, 8 años).

Tareas sencillas (el quehacer de la casa, lavar la ropa, los trastes, etc.) que ella sabía hacer a conciencia, por una paga de doscientos euros al mes, alojamiento y comida.

Tenía un cuarto para ella pintado de amarillo (una cama, una cómoda, una mesita y una silla, un tablón pegado a la pared para poner libros, un televisor y un despertador) atrás de la cocina, con su propio baño (regadera, lavabo y espejo).

Se levantaba a las siete y media para preparar el desayuno de los niños (jugo de naranja, tartaletas, es decir pan con jitomate, y chocolate caliente).

El resto del día mantenía limpia la casa, revisaba y limpiaba las frutas y las verduras, y dejaba escurriendo la lechuga para la cena de la noche. Tenía libre los domingos.

Asistía a unas clases de español (nivel principiante) los miércoles en la noche. Veía la televisión para familiarizarse con la lengua. Le gustaban de manera especial los programas en donde la gente (stripers, travestis y mujeres perdedoras) iban a contar sus experiencias o a reconciliarse en público con miembros de su familia de los que habían estado alejados desde hace mucho tiempo.

Ella llevaba un diario íntimo desde que había llegado a España. Les escribía a sus padres una vez por semana y frecuentaba una asociación de inmigrantes rumanos.

El jovencito se llamaba Carol Rebreanu. Nacido en Bucarest (capital de Rumania, en plena Valaquia, del lado del río Dâmbovița, subafluente del Danubio, que contaba entonces con 2 064 474 habitantes), el 3 de enero de 1984, era el más grande de una familia con tres hijos.

Un metro setenta y siete de altura, setenta y nueve kilos, cabello obscuro, ojos cafés. Ninguna seña particular. A los catorce años ya había leído toda la obra de Panait Istrati (escritor rumano nacido en Braila en 1884 y muerto en Bucarest en 1935, pasó parte de su vida errando en los países mediterráneos y fue autor de historias de viaje y de la novela Kyra Kyralina).

Él nunca había soñado con España de manera específica. (No obstante, desde hace mucho tiempo soñaba con un futuro mejor que el pasado con sus padres).

En mayo de 2002, llevado por un deseo irresistible de ver el mundo, se fue a seguir los pasos de Panait Istrati. Así que pasó el verano empleándose como trabajador agrícola (Alemania y Francia).

Llegó a España en octubre. Estuvo recolectando aceituna en Cataluña y trabajando en las sierras de Valencia y Almería. Vive en Madrid desde el invierno de 2003. Contratado desde hace un año como aprendiz de albañil en diversas obras de la construcción. Rentaba un estudio en el barrio obrero de la estación Atocha.

Se había inscrito en las clases de español (nivel intermedio) que imparten los miércoles en la noche en un local de la asociación rumana y escribía poesía (en rumano y en español).

El jovencito y la muchachita se habían conocido en las clases de español (en los descansos). Se volvieron a ver un domingo por la tarde en septiembre de 2003 a propósito de un concierto (música folklórica) organizado por la asociación. Esa misma noche, ella había anotado en su diario íntimo: “Creo que estoy enamorada”.

Ellos continuaron viéndose, los miércoles en la noche y los domingos (en el Museo del Prado y en el cine). El primer beso fue el 19 de octubre, al morir la tarde, en el Parque del Retiro, en una banca frente a la fuente. Esa misma noche, ella anotó en su diario íntimo: “Él también me ama”.

Al día siguiente, él escribió el primer borrador de un poema que comenzaba así: “Fuente ardiente/El vino de tus labios me embriaga”.

El 3 de enero, el día del cumpleaños número veinte del jovencito (un sábado), la muchachita les había pedido a sus patrones que le dieran el día. Él la había invitado a una típica bodega española (tapas, sangría y flamenco). Más tarde, caminarían por largo rato muy abrazados. Se besarían debajo de una farola, y el jovencito le habría dicho: “Te amo, Alex”.

Primera noche juntos en el estudio cerca de la estación Atocha (delicadeza y pasión). Dos días después, ella les había escrito a sus padres: “Carol y yo queremos casarnos”. Él había afinado la cuarta versión de un poema que terminaba así: “Una estrella/mi punto de referencia/en el cielo de tu piel”.

El 29 de febrero (un domingo), los primos de la muchachita los habían invitado a comer a su casa (ensalada de berenjena y pimentón con aceite, niño envuelto de verduras y yogurt casero). Ya habían fijado la fecha de la boda (el 15 de mayo, cuatro días después del cumpleaños de la muchachita). Para entonces, ya tendrían veinte años los dos. Habían llamado a sus familiares en Rumania para darles las buenas nuevas. La recepción tendría lugar en el espacio de la asociación.

El 10 de marzo (un miércoles), la muchachita les había avisado a sus patrones que esa noche dormiría en la casa de su novio y que regresaría un poco más tarde la mañana del día siguiente. Después de clases, se fueron a tomar un trago a la casa de los amigos del muchachito (Pablo y Ángel). Él les leyó un poema que había escrito la víspera en español, titulado: Mis lágrimas tienen un sabor de alegría. Pablo les puso Todo sobre mi madre, una película de Pedro Almodóvar. Se regresaron ya tarde en la noche.

Al día siguiente por la mañana, salieron del estudio a las 7:15, después de haber tomado una taza grande de café con leche. A las 7:30, el jovencito compró el periódico El País en el quiosco frente a la estación. A las 7:38 se subieron al tercer vagón del tren suburbano que los llevaría hasta el centro de Madrid. El jovencito le habría dejado su lugar a una mujer que llevaba un bebé en brazos. La primera bomba estalló a las 7:39. Fue así como el jovencito y la muchachita formaron parte de las doscientas víctimas del atentado terrorista.

El 11 M, Once M, es decir, el 11 de marzo de 2004. Cuando esa frase se pronuncia rápido, a uno que habla francés le da la impresión de escuchar “onsem”, on s´aime, es decir, nos amamos. Y cuando uno lo pronuncia en español, uno cree escuchar “onsemé”, on s´est aimés, es decir, nos amábamos.

Hélène Rioux

Es una escritora y traductora de Quebec, nacida en Montreal en enero de 1949. Ha publicado sus historias en varias revistas como XYZ, Moebius, Arcade y Possibles; además de una columna literaria para el Journal d'Outremont.

Ha traducido al francés obras de varios autores canadienses, y recibió un Premio de la Federación de Escritores de Quebec por su traducción de Self deYann Martel. Sus novelas han sido traducidas al inglés, español y búlgaro.

Traducción: Roberto Rueda Monreal

Nació junio de 1972 en la Ciudad de México. Politólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y traductor literario por el Diplomado en Traducción Literaria y Humanística, del Instituto Francés de América Latina (IFAL). Como escritor tiene dos novelas publicadas, La Cloaca, el infierno aquí… (2012), cuya traducción al francés está cargo de Hélène Rioux, y Pétalos Negros (2018). Es miembro fundador de la Ametli y tiene a su cargo la Coordinación de prensa y medios de dicha asociación. Es miembro del SNCA con un proyecto basado en la obra de la autora quebequesa

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