/ domingo 9 de diciembre de 2018

Tamangur o la poesía hecha prosa

La escritora suiza Leta Semadeni asegura que era su deseo que esta primera novela fuera así, clara y oscura, características que yacen en el nombre que evoca al paraíso de los cazadores

En medio de los Alpes suizos, una abuela y su nieta viven el duelo por la pérdida de un ser querido. Juntas pero separadas, en silencio. Con la sombra de la muerte palpitando en cada escena cotidiana, en cada diálogo sutil, la autora suiza Leta Semadeni construye a lo largo de 73 breves capítulos, la compleja relación de una anciana llena de manías y una niña que apenas vislumbra los sinsabores de la vida.

De acuerdo con Carlos González Muñiz, editor de La Cifra Editorial que publica Tamangur, primera novela de Semadeni traducida al español, “ésta, apareció ante nosotros como un oasis dentro de la velocidad y la intensidad de la literatura europea contemporánea. Su brevedad, su fino lirismo y la sutileza con la que borda fino alrededor de la muerte y otros temas fundamentales nos recuerda, como editores, que uno de nuestros objetivos es tender puentes no sólo entre países y lenguas, sino entre proyectos literarios entrañables y lectores que buscan esos libros que son llamados a volverse imprescindibles”.

La palabra tamangur, que da título a esta novela, es muy sonora pero ¿qué significa en realidad? De acuerdo con la traductora Claudia Cabrera, se refiere al bosque de coníferas localizado en la parte retorromana de Suiza, es un bosque simbólico para los romanches (hablantes de lenguas retorrománicas en ese país), es un verdadero símbolo patriótico. Además, Tamangur es también el paraíso al que van los cazadores cuando mueren. Pero a la escritora Leta Semadeni le gustó la palabra por su sonoridad. Dos “a” abiertas, claras, luminosas, y la “u”, cerrada, oscura. La palabra, pues, es como la vida: clara y oscura al mismo tiempo.


Esta es tu primera novela, antes publicaste sólo poesía. ¿Qué implicó dar un salto así de enorme?

Yo en realidad nunca quise escribir poesía, siempre quise escribir prosa. Yo siempre escribía unas cuatro cuartillas de prosa. Las leía y no me gustaban muchas cosas, así que iba borrando, quitando muchas cosas que me parecía que sobraban, y al final ya no tenía un texto en prosa sino un poema.

Ahora bien, quiero aclarar que mi poesía, para el cánon literario romanche, es una poesía rara. La gente me decía que no entendía lo que yo quería decir con mi poesía. Y yo, para explicarla, les contaba una historia.

Yo hace treinta años me fui un año a Ecuador. Al día siguiente de que llegué a Quito fui a tomar un café, en la avenida Amazonas, y el mesero llegó con dos jarritas: una de agua caliente y la otra de una crema oscura y espesa. Le pregunté que qué era esa crema espesa. Me dijo que era un concentrado de café, que yo tenía que irle poniendo ese concentrado al agua, hasta que quedara como a mí me gustara. Así que, nada, cuando en Suiza me dicen que mi poesía no les gusta, yo les digo que mi poesía es ese concentrado de café, que ellos son los que le tienen que poner suficiente agua, que para mí es la suficiente imaginación y fantasía, hasta que quede algo que sea de su gusto y puedan entender.

Cuando escribí Tamangur, yo misma tuve que echarle agua al concentrado hasta obtener este libro en prosa.

La imagen que acabas de describir es hermosa. Ahora bien, tú tienes más libros de poesía que de prosa, esta es tu primera novela, ¿te disgusta que te identifiquen más como poeta que como novelista?

No son tantos. He publicado cinco libros, todos bilingües, todos están en romanche y en alemán, pero por supuesto que me considero poeta. Yo creo que, incluso Tamangur, que está escrito en prosa, es en el fondo una prosa poética, tiene un concentrado muy fuerte de poesía.

¿Cómo es tu proceso de escritura, en ese sentido?

Mi forma de escribir es muy poco o nada económica y muy caótica. Te la puedes imaginar como querer construir una casa sin planos y sin arquitecto. Vas a una tienda de materiales de construcción y compras una tonelada de cemento, algunas ventanas, un baño, dos cocinas, un montón de material más. Algunos arbustos y árboles para el jardín; y listo, cuando ya tienes todo ese material, buscas una espacio grande como en el que estamos y lo pones todo ahí, lo expones. Y después te sientas en una silla y te preguntas “¿qué tipo de casa podría construir yo con todo esto?” Esa es mi forma. Ya tengo todo para la siguiente obra, pero no sé qué tipo de casa voy a construir. Pero ya tengo mucho material, una especie de collage. Lo difícil es la segunda etapa, que tiene que ver con la pregunta que ya dije.

Por ejemplo, en Tamangur, una vez con toda esa cantidad de material, al final me di cuenta de que siempre aparecían dos personajes, todo el tiempo, la abuela y la nieta. Luego sobrevino la pregunta “¿por qué esta niña vive con su abuela y no con sus padres?” Y a partir de ahí sobrevino la historia.

Por lo que dices, veo con un poco más de claridad el porqué de la importancia de las imágenes en tu obra y no los temas específicos.

¡Eso es! Totalmente. ¡Así es!

¿El tema de la muerte, a partir de la relación con tu padre, que era un hombre de teatro, surgió para Tamangur de ese mundo teatral?

Tengo que aclarar que el tema de la muerte no proviene de mi padre sino del mundo del teatro. La muerte subyace en Tamangur porque uno tiene que intuirla. El hermano menor de la niña ha muerto y también su abuelo, el esposo de su abuela. Siguiendo la imagen del teatro, estas muertes son el telón de fondo que permanece constante durante toda la historia. La acción principal se lleva a cabo en el escenario, esa es la vida diaria, la vida en plenitud, la vida efervescente, mientras que lo que está detrás es el trauma.

Es esa muerte, ese lamento, esa culpa, ese duelo, toda la parte oscura y dolorosa de la novela. Pero lo que siempre está en el escenario, la historia verdadera, la protagonista principal es la vida, que es representada en todo momento por la abuela, que es un personaje exuberante, frondoso, vital, extremadamente fuerte.

La abuela acaba de perder a su compañero de vida, y a pesar de ese gran duelo, es tan poderosa y fuerte que ayuda a la niña a superar su propio dolor y a mantenerse en la vida, luego de haber perdido a su hermano, esa muerte por la que, además, la niña se culpa. Un dolor de la culpa, un dolor que ha destrozado a la madre, quien, sencillamente, se ha ido, razón por la cual ella vive con los abuelos.

Eso negro, eso oscuro es lo que subyace en el libro, pero la acción principal es la vida.

En México la muerte es un tema mencionado y analizado hasta la saciedad, inmortalizado y banalizado al mismo tiempo, tanto que, al leer esta obra suiza en español, quizás podría provocar suspicacia.

Claudia Cabrera (CC) Este libro tiene temas universales que pueden ser comprendidos por todos. En México existe esta relación muy fuerte con la muerte…


Aparentemente…

(CC) Y sí, es cierto, aparentemente. Porque en México se celebra a la muerte, y ahí tenemos a los mariachis en el panteón y la comida, el desfile en Reforma, pero al final sólo es también nuestra famosa máscara, pero la parte de adentro la vivimos todos igual. Nadie es capaz de lidiar con la muerte, por mucho que recurramos a nuestros ritos, la parte del dolor es igual de cabrona en todas partes. Al final, en México, aunque tengamos este lado festivo y hasta trivial en relación con la muerte, la parte profunda de un duelo es igual.

(LS) Ahora bien, en Suiza también tenemos nuestro lado festivo de la muerte. En ese sentido, no nos distanciamos mucho de la cultura mexicana tampoco. En funerales, nos reímos, tomamos cerveza, nos contamos y hacemos bromas… y al final, la vida sigue. ¡Como en Tamangur!

Suena a que Tamangur, con su historia principal, con la abuela, con la nieta, con la vida como eje, con la muerte como telón de fondo, con las pequeñas historias del gran bosque simbólico y de los animales, bien puede estar aconteciendo perfectamente en un Pátzcuaro suizo que definitivamente tenemos que conocer.

CC y LS ¡Exactamente! Muy buena comparación.

En medio de los Alpes suizos, una abuela y su nieta viven el duelo por la pérdida de un ser querido. Juntas pero separadas, en silencio. Con la sombra de la muerte palpitando en cada escena cotidiana, en cada diálogo sutil, la autora suiza Leta Semadeni construye a lo largo de 73 breves capítulos, la compleja relación de una anciana llena de manías y una niña que apenas vislumbra los sinsabores de la vida.

De acuerdo con Carlos González Muñiz, editor de La Cifra Editorial que publica Tamangur, primera novela de Semadeni traducida al español, “ésta, apareció ante nosotros como un oasis dentro de la velocidad y la intensidad de la literatura europea contemporánea. Su brevedad, su fino lirismo y la sutileza con la que borda fino alrededor de la muerte y otros temas fundamentales nos recuerda, como editores, que uno de nuestros objetivos es tender puentes no sólo entre países y lenguas, sino entre proyectos literarios entrañables y lectores que buscan esos libros que son llamados a volverse imprescindibles”.

La palabra tamangur, que da título a esta novela, es muy sonora pero ¿qué significa en realidad? De acuerdo con la traductora Claudia Cabrera, se refiere al bosque de coníferas localizado en la parte retorromana de Suiza, es un bosque simbólico para los romanches (hablantes de lenguas retorrománicas en ese país), es un verdadero símbolo patriótico. Además, Tamangur es también el paraíso al que van los cazadores cuando mueren. Pero a la escritora Leta Semadeni le gustó la palabra por su sonoridad. Dos “a” abiertas, claras, luminosas, y la “u”, cerrada, oscura. La palabra, pues, es como la vida: clara y oscura al mismo tiempo.


Esta es tu primera novela, antes publicaste sólo poesía. ¿Qué implicó dar un salto así de enorme?

Yo en realidad nunca quise escribir poesía, siempre quise escribir prosa. Yo siempre escribía unas cuatro cuartillas de prosa. Las leía y no me gustaban muchas cosas, así que iba borrando, quitando muchas cosas que me parecía que sobraban, y al final ya no tenía un texto en prosa sino un poema.

Ahora bien, quiero aclarar que mi poesía, para el cánon literario romanche, es una poesía rara. La gente me decía que no entendía lo que yo quería decir con mi poesía. Y yo, para explicarla, les contaba una historia.

Yo hace treinta años me fui un año a Ecuador. Al día siguiente de que llegué a Quito fui a tomar un café, en la avenida Amazonas, y el mesero llegó con dos jarritas: una de agua caliente y la otra de una crema oscura y espesa. Le pregunté que qué era esa crema espesa. Me dijo que era un concentrado de café, que yo tenía que irle poniendo ese concentrado al agua, hasta que quedara como a mí me gustara. Así que, nada, cuando en Suiza me dicen que mi poesía no les gusta, yo les digo que mi poesía es ese concentrado de café, que ellos son los que le tienen que poner suficiente agua, que para mí es la suficiente imaginación y fantasía, hasta que quede algo que sea de su gusto y puedan entender.

Cuando escribí Tamangur, yo misma tuve que echarle agua al concentrado hasta obtener este libro en prosa.

La imagen que acabas de describir es hermosa. Ahora bien, tú tienes más libros de poesía que de prosa, esta es tu primera novela, ¿te disgusta que te identifiquen más como poeta que como novelista?

No son tantos. He publicado cinco libros, todos bilingües, todos están en romanche y en alemán, pero por supuesto que me considero poeta. Yo creo que, incluso Tamangur, que está escrito en prosa, es en el fondo una prosa poética, tiene un concentrado muy fuerte de poesía.

¿Cómo es tu proceso de escritura, en ese sentido?

Mi forma de escribir es muy poco o nada económica y muy caótica. Te la puedes imaginar como querer construir una casa sin planos y sin arquitecto. Vas a una tienda de materiales de construcción y compras una tonelada de cemento, algunas ventanas, un baño, dos cocinas, un montón de material más. Algunos arbustos y árboles para el jardín; y listo, cuando ya tienes todo ese material, buscas una espacio grande como en el que estamos y lo pones todo ahí, lo expones. Y después te sientas en una silla y te preguntas “¿qué tipo de casa podría construir yo con todo esto?” Esa es mi forma. Ya tengo todo para la siguiente obra, pero no sé qué tipo de casa voy a construir. Pero ya tengo mucho material, una especie de collage. Lo difícil es la segunda etapa, que tiene que ver con la pregunta que ya dije.

Por ejemplo, en Tamangur, una vez con toda esa cantidad de material, al final me di cuenta de que siempre aparecían dos personajes, todo el tiempo, la abuela y la nieta. Luego sobrevino la pregunta “¿por qué esta niña vive con su abuela y no con sus padres?” Y a partir de ahí sobrevino la historia.

Por lo que dices, veo con un poco más de claridad el porqué de la importancia de las imágenes en tu obra y no los temas específicos.

¡Eso es! Totalmente. ¡Así es!

¿El tema de la muerte, a partir de la relación con tu padre, que era un hombre de teatro, surgió para Tamangur de ese mundo teatral?

Tengo que aclarar que el tema de la muerte no proviene de mi padre sino del mundo del teatro. La muerte subyace en Tamangur porque uno tiene que intuirla. El hermano menor de la niña ha muerto y también su abuelo, el esposo de su abuela. Siguiendo la imagen del teatro, estas muertes son el telón de fondo que permanece constante durante toda la historia. La acción principal se lleva a cabo en el escenario, esa es la vida diaria, la vida en plenitud, la vida efervescente, mientras que lo que está detrás es el trauma.

Es esa muerte, ese lamento, esa culpa, ese duelo, toda la parte oscura y dolorosa de la novela. Pero lo que siempre está en el escenario, la historia verdadera, la protagonista principal es la vida, que es representada en todo momento por la abuela, que es un personaje exuberante, frondoso, vital, extremadamente fuerte.

La abuela acaba de perder a su compañero de vida, y a pesar de ese gran duelo, es tan poderosa y fuerte que ayuda a la niña a superar su propio dolor y a mantenerse en la vida, luego de haber perdido a su hermano, esa muerte por la que, además, la niña se culpa. Un dolor de la culpa, un dolor que ha destrozado a la madre, quien, sencillamente, se ha ido, razón por la cual ella vive con los abuelos.

Eso negro, eso oscuro es lo que subyace en el libro, pero la acción principal es la vida.

En México la muerte es un tema mencionado y analizado hasta la saciedad, inmortalizado y banalizado al mismo tiempo, tanto que, al leer esta obra suiza en español, quizás podría provocar suspicacia.

Claudia Cabrera (CC) Este libro tiene temas universales que pueden ser comprendidos por todos. En México existe esta relación muy fuerte con la muerte…


Aparentemente…

(CC) Y sí, es cierto, aparentemente. Porque en México se celebra a la muerte, y ahí tenemos a los mariachis en el panteón y la comida, el desfile en Reforma, pero al final sólo es también nuestra famosa máscara, pero la parte de adentro la vivimos todos igual. Nadie es capaz de lidiar con la muerte, por mucho que recurramos a nuestros ritos, la parte del dolor es igual de cabrona en todas partes. Al final, en México, aunque tengamos este lado festivo y hasta trivial en relación con la muerte, la parte profunda de un duelo es igual.

(LS) Ahora bien, en Suiza también tenemos nuestro lado festivo de la muerte. En ese sentido, no nos distanciamos mucho de la cultura mexicana tampoco. En funerales, nos reímos, tomamos cerveza, nos contamos y hacemos bromas… y al final, la vida sigue. ¡Como en Tamangur!

Suena a que Tamangur, con su historia principal, con la abuela, con la nieta, con la vida como eje, con la muerte como telón de fondo, con las pequeñas historias del gran bosque simbólico y de los animales, bien puede estar aconteciendo perfectamente en un Pátzcuaro suizo que definitivamente tenemos que conocer.

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