/ viernes 24 de abril de 2020

Medicina y Arte | Indumentaria médica: Los guantes quirúrgicos

No todos los inventos se dieron después de una afanosa investigación, de hecho hubo algunos que fueron completamente circunstanciales, tal es el caso de los guantes quirúrgicos.

Durante el siglo XIX la invención de nuevo instrumental quirúrgico fue fundamental para el desarrollo de la ciencia médica como hoy la conocemos, fue el siglo en el cual los médicos en sus consultorios exploraban el funcionamiento del cuerpo y sus órganos, al tiempo que desarrollaban instrumentales que emularan funciones específicas, con ello descubrían que tendrían mayor control en las cirugías, en las transfusiones de sangre y en los procesos de auscultación del paciente. No obstante, no todos los inventos se dieron después de una afanosa investigación, de hecho hubo algunos que fueron completamente circunstanciales, tal es el caso de los guantes quirúrgicos. Si bien es cierto que se tiene registro de que se usaron guantes desde 1785 (producidos con intestinos de oveja), no fue sino hasta 1890 que se comenzaron a usar los guantes quirúrgicos, es decir esterilizados, la historia es más una historia de amor que de ciencia.

Pickover cuenta que la historia comenzó en 1890. El cirujano estadounidense William Halsted (1868-1940) fue el primero en utilizar guantes esterilizados a instancias de su ayudante, Caroline Hampton, a quien los repetidos lavados con ácido carbónico y otras sustancias fuertes habían causado una grave irritación dérmica. Halsted contactó con Goodrich Rubber Company, les pidió muestras de guantes de goma que se pudieran estilizar y se los dio a Hampton. La piel se curó poco a poco; tiempo después ella y Halsted se casaron.

De este modo, y eventualmente, los guantes quirúrgicos se fueron incorporando en la práctica médica, ya que con ellos se pudo reconocer un escudo para el paciente y para el doctor. Los guantes hoy por hoy son parte obligada de la ecuación médico-asepsia, incluso nos extraña el contacto directo de piel a piel en una visita a la clínica.

Pareciera un poco contradictorio pensar que la mano que sana es al tiempo la mano que nunca “siente”, esta relación entre el tacto, la cura y la protección, es tan interesante a nivel conceptual y fenomenológico, que diversos artistas la han representado. Encontramos, por ejemplo, la representación del momento de la cirugía en artistas como el francés Edouard Vuillard, quien en su cuadro La cirugía (1912), muestra el espacio del recién inventado quirófano, asimismo, hace un registro minucioso de la vestimenta del médico: bata, delantal, gorro, cubre bocas y guantes, son parte de la envestidura de la asepsia, son los elementos que evidencian un proceso “higiénico” y “seguro”. Es claro que Vuillard habla desde su momento histórico, momento que destacaba la posibilidad de tener un espacio que asegurara la vida, un momento en el cual, las cirugías no necesariamente significaran la muerte. Así, la mirada de Vuillard, se puede traducir como una visión histórica y triunfante de la práctica médica.

Pero, cómo surgió esta apoteótica mirada, en contraposición se construía una visión terrorífica, una visión que conectaba a la salud con la enfermedad: el quiebre del escudo, la ruptura del guante, el contacto con la enfermedad. De pronto la imagen de un guante roto, un guante perforado, se convirtió en sinónimo de muerte, de enfermedad, de desolación, y es justo esta relación corporal entre caricia y pánico la que la artista belga Oda Jaune (1978) pinta. Jaune, tiene como motivo constante el cuerpo humano, sus lienzos están colmados de órganos, de mutilación y de fluidos, y en ellos siempre está presente la relación de la clínica, del médico y del paciente.

Jaune explora de manera crítica, el papel del médico, que al tiempo es lejanía y proximidad, es conocimiento e incógnita, es virtud e infortunio, en esta figura se depositan las dudas y las esperanzas del porvenir de un sujeto y es por ello que deviene en una imagen inestable a nivel de representación. En su serie de dos cuadros Sin título (2012) y La Caricia (2012) destaca estas contradicciones, estas concepciones binarias. El médico, representado con una silueta que se dibuja por una enorme manta, abraza la desnudez de un cuerpo humano, lánguido y decrépito. El diálogo entre ambos cuadros esta justamente en la evidencia que se representa en los guantes quirúrgicos.

En una imagen los guantes están ensangrentados, la silueta negra de la figura médica pareciera asfixiar al cuerpo, la imagen hace alusión a la muerte, dolorosa e impostergable, incluso los cielos se manchan de tonos rojizos, en contraposición se encuentra la imagen sin manchas de fluidos mortales, la manta blanca cubre al cuerpo, una suerte de Piedad contemporánea. No obstante, ambas imágenes no son narrativas definitivas, ya que también se podrían comprender, la primera como la disputa de la vida y la muerte y la segunda como muerte misma. Lo que no queda duda es que ambas imágenes refieren a las prendas médicas, siendo los guantes, uno de los elementos más importantes de este performance de la higiene y aunque ambas producciones tienen distancia de 100 años, ambos refieren a una misma problemática.

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Durante el siglo XIX la invención de nuevo instrumental quirúrgico fue fundamental para el desarrollo de la ciencia médica como hoy la conocemos, fue el siglo en el cual los médicos en sus consultorios exploraban el funcionamiento del cuerpo y sus órganos, al tiempo que desarrollaban instrumentales que emularan funciones específicas, con ello descubrían que tendrían mayor control en las cirugías, en las transfusiones de sangre y en los procesos de auscultación del paciente. No obstante, no todos los inventos se dieron después de una afanosa investigación, de hecho hubo algunos que fueron completamente circunstanciales, tal es el caso de los guantes quirúrgicos. Si bien es cierto que se tiene registro de que se usaron guantes desde 1785 (producidos con intestinos de oveja), no fue sino hasta 1890 que se comenzaron a usar los guantes quirúrgicos, es decir esterilizados, la historia es más una historia de amor que de ciencia.

Pickover cuenta que la historia comenzó en 1890. El cirujano estadounidense William Halsted (1868-1940) fue el primero en utilizar guantes esterilizados a instancias de su ayudante, Caroline Hampton, a quien los repetidos lavados con ácido carbónico y otras sustancias fuertes habían causado una grave irritación dérmica. Halsted contactó con Goodrich Rubber Company, les pidió muestras de guantes de goma que se pudieran estilizar y se los dio a Hampton. La piel se curó poco a poco; tiempo después ella y Halsted se casaron.

De este modo, y eventualmente, los guantes quirúrgicos se fueron incorporando en la práctica médica, ya que con ellos se pudo reconocer un escudo para el paciente y para el doctor. Los guantes hoy por hoy son parte obligada de la ecuación médico-asepsia, incluso nos extraña el contacto directo de piel a piel en una visita a la clínica.

Pareciera un poco contradictorio pensar que la mano que sana es al tiempo la mano que nunca “siente”, esta relación entre el tacto, la cura y la protección, es tan interesante a nivel conceptual y fenomenológico, que diversos artistas la han representado. Encontramos, por ejemplo, la representación del momento de la cirugía en artistas como el francés Edouard Vuillard, quien en su cuadro La cirugía (1912), muestra el espacio del recién inventado quirófano, asimismo, hace un registro minucioso de la vestimenta del médico: bata, delantal, gorro, cubre bocas y guantes, son parte de la envestidura de la asepsia, son los elementos que evidencian un proceso “higiénico” y “seguro”. Es claro que Vuillard habla desde su momento histórico, momento que destacaba la posibilidad de tener un espacio que asegurara la vida, un momento en el cual, las cirugías no necesariamente significaran la muerte. Así, la mirada de Vuillard, se puede traducir como una visión histórica y triunfante de la práctica médica.

Pero, cómo surgió esta apoteótica mirada, en contraposición se construía una visión terrorífica, una visión que conectaba a la salud con la enfermedad: el quiebre del escudo, la ruptura del guante, el contacto con la enfermedad. De pronto la imagen de un guante roto, un guante perforado, se convirtió en sinónimo de muerte, de enfermedad, de desolación, y es justo esta relación corporal entre caricia y pánico la que la artista belga Oda Jaune (1978) pinta. Jaune, tiene como motivo constante el cuerpo humano, sus lienzos están colmados de órganos, de mutilación y de fluidos, y en ellos siempre está presente la relación de la clínica, del médico y del paciente.

Jaune explora de manera crítica, el papel del médico, que al tiempo es lejanía y proximidad, es conocimiento e incógnita, es virtud e infortunio, en esta figura se depositan las dudas y las esperanzas del porvenir de un sujeto y es por ello que deviene en una imagen inestable a nivel de representación. En su serie de dos cuadros Sin título (2012) y La Caricia (2012) destaca estas contradicciones, estas concepciones binarias. El médico, representado con una silueta que se dibuja por una enorme manta, abraza la desnudez de un cuerpo humano, lánguido y decrépito. El diálogo entre ambos cuadros esta justamente en la evidencia que se representa en los guantes quirúrgicos.

En una imagen los guantes están ensangrentados, la silueta negra de la figura médica pareciera asfixiar al cuerpo, la imagen hace alusión a la muerte, dolorosa e impostergable, incluso los cielos se manchan de tonos rojizos, en contraposición se encuentra la imagen sin manchas de fluidos mortales, la manta blanca cubre al cuerpo, una suerte de Piedad contemporánea. No obstante, ambas imágenes no son narrativas definitivas, ya que también se podrían comprender, la primera como la disputa de la vida y la muerte y la segunda como muerte misma. Lo que no queda duda es que ambas imágenes refieren a las prendas médicas, siendo los guantes, uno de los elementos más importantes de este performance de la higiene y aunque ambas producciones tienen distancia de 100 años, ambos refieren a una misma problemática.

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