/ viernes 14 de mayo de 2021

Náhuatl, herencia de larga tradición

Tras 500 años de la caída de Tenochtitlán, el 15 por ciento de una conversación cotidiana entre dos mexicanos es de origen náhuatl.

Tras 500 años de la caída de Tenochtitlán, el 15 por ciento de una conversación cotidiana entre dos mexicanos es de origen náhuatl. Palabras tan familiares como chocolate, camote, chile, chicle, petate, molcajete, apapachar o cuate son nahuatlismos que dan cuenta de la herencia indígena aún presente en la sociedad mexicana del siglo XXI que sobrevive no sólo a la conquista de la lengua española sino a la globalización del idioma.

“Hay un arraigo profundo a la lengua, a la cultura y a las tradiciones indígenas, por eso todavía tenemos esos rasgos del náhuatl que incluso empujaron a los españoles que se quedaron en México a adaptarse a esa lengua. También creo que la tierra mexicana y la lengua náhuatl atrajeron tanto a los que venían que se dejaron seducir por ella y se mantuvieron vocablos indígenas como aguacate”, advierte Patrick Johansson, doctor en Historia de los pueblos indígenas.

Hoy, cinco siglos después de la llegada de Hernán Cortés, la lengua preserva la identidad mexica, pues incluso otras naciones también sometidas a conquistas como Colombia o Chile perdieron su idioma original para apropiarse por completo del castellano. En México lo que ocurrió, afirma el especialista, fue una fusión de lenguas para construir una sola: el mexicano.

“En el presente si un español escucha hablar a un mexicano, le entenderá muy poco aún cuando los dos hablen el castellano, y esto es por esas palabras de origen náhuatl que aún conservamos y usamos con cotidianidad”, añade en entrevista el coordinador del libro Variaciones del español en México, de la Academia Mexicana de la Lengua.

Expresiones como dar atole con el dedo, a darle que es mole de olla, moverse como chinicuil o buena pa’l petate, mala pa’l metate son locuciones construidas del español que presta la palabra más general y la lengua indígena que da el significado más especializado. Un mestizaje que refleja en gran medida el proceso de construcción del mexicano actual.

EXTRAÑEZA Y RECONOCIMIENTO

Sin embargo, el mestizaje lingüístico no se dio de manera espontánea ni amable, señala en entrevista Concepción Company, lingüista y filóloga. Fue un proceso que en términos estrictos se logró hasta el siglo XVIII, luego de varias generaciones y convivencia tras la caída de Tenochtitlán. Previo al mestizaje se vivió, señala la académica, un proceso de extrañeza y reconocimiento entre ambas culturas que las obligó a adaptarse a un contexto ajeno y desconocido, tanto para españoles como para indígenas.

“Yo diría que este proceso lingüístico, como en todo el ámbito de la conquista, fue un proceso de extrañeza. Extrañeza para los españoles que desconocían por completo el nopal o frutas como la guanábana y no sabían ni siquiera como nombrarla, y para los indígenas que veían con sorpresa a un caballo. Por eso no se puede hablar de un mestizaje en el sentido estricto desde el siglo XVI porque en realidad lo que hubo fue un proceso de reconocer y adaptarse a la nueva realidad, y ya en la documentación del siglo XVIII vemos entonces sí esa fusión de la lengua, antes no” explica Company.

Cómo hablar de mestizaje, se pregunta la también investigadora, si los primeros escritos de los conquistadores eran descripciones a manera de intentos por definir lo que veían, grandes glosas de objetos desconocidos. Por ejemplo, en lugar de nombrar una ceremonia con la palabra ritual lo que hacían era describir los bailes que no entendían por qué sucedían. O ante su incapacidad de dar nombre a una fruta nueva, preferían especificar su viscosidad y sabor.

“Justo con esa extrañeza lo que hay por parte de los españoles es un intento muy rápido de apropiarse de la realidad, de nombrar lo que veían y lo hicieron con varias estrategias como meterle la letra e a las palabras para adaptarlas a su fonología como chocolate o mitote. Porque las palabras en náhuatl terminaban en una tl, que en el español nunca se tuvo ese final y le metieron esa letra para poder pronunciarlo y quedaron así petate, molcajete, tomate, coyote, entre otros cientos de vocablos”, apunta Company, académica de la UNAM

Por parte de los indígenas, su proceso de reconocimiento incluyó tomar palabras y objetos que les eran ajenos como el caballo o las carretas. Un ejemplo más preciso es la cocina, uno de los elementos más emblemáticos de la cultura, que también se modificó tanto en la lengua como en sus ingredientes.

“Por ejemplo, el pozole que hacían con carne humana de enemigos de otros pueblos, al encontrar el sabor amargo y duro de la carne de los hombres españoles, decidieron usar carne de animal, pero fue un cambio lento, que tuvieron que renombrar”, añade Company también miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y el Colegio Nacional, al insistir que el mestizaje de la lengua tomó varios años.

Este lento proceso de adaptación de las dos lenguas concluyó en la castellanización del náhuatl que ya tenía indicios en los textos de Hernán Cortes y Bernal Díaz del Castillo dirigidos a los reyes de España; por ejemplo al nombre de lugares como Cuernavaca o la propia ciudad mexica. “Afortunadamente la castellanización fue bastante fiel al idioma original y tenemos pocos cambios que hoy nos permite tener palabras como chipotle, chiquihuitle, itacate o molotitos”, añade Patrick Johansson.

CONSERVACIÓN DEL NÁHUATL

A pesar del arraigo lingüístico, es cierto que las palabras náhuatl comienzan a perderse y transformar su significado. Por ejemplo, para las generaciones jóvenes achichincle, que se conforma de las palabras en náhuatl “atl” (agua) y “chichinqui” (que chupa) y en realidad significa “quien chupa el agua”, la descompusieron para referirse a un hombre ordinario que acompaña a un jefe o superior.

Otro ejemplo es el vocablo mitote, de origen náhuatl que daba nombre a una danza ahora extinta; la palabra hoy refiere a un pleito o alboroto entre personas. Lo mismo sucede con titipuchal para referirse a cantidad o cuico que significa policía, y hoy son vocablos desconocidos por generaciones jóvenes.

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“Personas mayores de 50 años tal vez conozcan más nahuatlismos pero es cierto que los padres prefieren que sus hijos aprendan inglés que náhuatl, y es comprensible, pero también debería valorarse nuestros orígenes”, dice Johansson.



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Tras 500 años de la caída de Tenochtitlán, el 15 por ciento de una conversación cotidiana entre dos mexicanos es de origen náhuatl. Palabras tan familiares como chocolate, camote, chile, chicle, petate, molcajete, apapachar o cuate son nahuatlismos que dan cuenta de la herencia indígena aún presente en la sociedad mexicana del siglo XXI que sobrevive no sólo a la conquista de la lengua española sino a la globalización del idioma.

“Hay un arraigo profundo a la lengua, a la cultura y a las tradiciones indígenas, por eso todavía tenemos esos rasgos del náhuatl que incluso empujaron a los españoles que se quedaron en México a adaptarse a esa lengua. También creo que la tierra mexicana y la lengua náhuatl atrajeron tanto a los que venían que se dejaron seducir por ella y se mantuvieron vocablos indígenas como aguacate”, advierte Patrick Johansson, doctor en Historia de los pueblos indígenas.

Hoy, cinco siglos después de la llegada de Hernán Cortés, la lengua preserva la identidad mexica, pues incluso otras naciones también sometidas a conquistas como Colombia o Chile perdieron su idioma original para apropiarse por completo del castellano. En México lo que ocurrió, afirma el especialista, fue una fusión de lenguas para construir una sola: el mexicano.

“En el presente si un español escucha hablar a un mexicano, le entenderá muy poco aún cuando los dos hablen el castellano, y esto es por esas palabras de origen náhuatl que aún conservamos y usamos con cotidianidad”, añade en entrevista el coordinador del libro Variaciones del español en México, de la Academia Mexicana de la Lengua.

Expresiones como dar atole con el dedo, a darle que es mole de olla, moverse como chinicuil o buena pa’l petate, mala pa’l metate son locuciones construidas del español que presta la palabra más general y la lengua indígena que da el significado más especializado. Un mestizaje que refleja en gran medida el proceso de construcción del mexicano actual.

EXTRAÑEZA Y RECONOCIMIENTO

Sin embargo, el mestizaje lingüístico no se dio de manera espontánea ni amable, señala en entrevista Concepción Company, lingüista y filóloga. Fue un proceso que en términos estrictos se logró hasta el siglo XVIII, luego de varias generaciones y convivencia tras la caída de Tenochtitlán. Previo al mestizaje se vivió, señala la académica, un proceso de extrañeza y reconocimiento entre ambas culturas que las obligó a adaptarse a un contexto ajeno y desconocido, tanto para españoles como para indígenas.

“Yo diría que este proceso lingüístico, como en todo el ámbito de la conquista, fue un proceso de extrañeza. Extrañeza para los españoles que desconocían por completo el nopal o frutas como la guanábana y no sabían ni siquiera como nombrarla, y para los indígenas que veían con sorpresa a un caballo. Por eso no se puede hablar de un mestizaje en el sentido estricto desde el siglo XVI porque en realidad lo que hubo fue un proceso de reconocer y adaptarse a la nueva realidad, y ya en la documentación del siglo XVIII vemos entonces sí esa fusión de la lengua, antes no” explica Company.

Cómo hablar de mestizaje, se pregunta la también investigadora, si los primeros escritos de los conquistadores eran descripciones a manera de intentos por definir lo que veían, grandes glosas de objetos desconocidos. Por ejemplo, en lugar de nombrar una ceremonia con la palabra ritual lo que hacían era describir los bailes que no entendían por qué sucedían. O ante su incapacidad de dar nombre a una fruta nueva, preferían especificar su viscosidad y sabor.

“Justo con esa extrañeza lo que hay por parte de los españoles es un intento muy rápido de apropiarse de la realidad, de nombrar lo que veían y lo hicieron con varias estrategias como meterle la letra e a las palabras para adaptarlas a su fonología como chocolate o mitote. Porque las palabras en náhuatl terminaban en una tl, que en el español nunca se tuvo ese final y le metieron esa letra para poder pronunciarlo y quedaron así petate, molcajete, tomate, coyote, entre otros cientos de vocablos”, apunta Company, académica de la UNAM

Por parte de los indígenas, su proceso de reconocimiento incluyó tomar palabras y objetos que les eran ajenos como el caballo o las carretas. Un ejemplo más preciso es la cocina, uno de los elementos más emblemáticos de la cultura, que también se modificó tanto en la lengua como en sus ingredientes.

“Por ejemplo, el pozole que hacían con carne humana de enemigos de otros pueblos, al encontrar el sabor amargo y duro de la carne de los hombres españoles, decidieron usar carne de animal, pero fue un cambio lento, que tuvieron que renombrar”, añade Company también miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y el Colegio Nacional, al insistir que el mestizaje de la lengua tomó varios años.

Este lento proceso de adaptación de las dos lenguas concluyó en la castellanización del náhuatl que ya tenía indicios en los textos de Hernán Cortes y Bernal Díaz del Castillo dirigidos a los reyes de España; por ejemplo al nombre de lugares como Cuernavaca o la propia ciudad mexica. “Afortunadamente la castellanización fue bastante fiel al idioma original y tenemos pocos cambios que hoy nos permite tener palabras como chipotle, chiquihuitle, itacate o molotitos”, añade Patrick Johansson.

CONSERVACIÓN DEL NÁHUATL

A pesar del arraigo lingüístico, es cierto que las palabras náhuatl comienzan a perderse y transformar su significado. Por ejemplo, para las generaciones jóvenes achichincle, que se conforma de las palabras en náhuatl “atl” (agua) y “chichinqui” (que chupa) y en realidad significa “quien chupa el agua”, la descompusieron para referirse a un hombre ordinario que acompaña a un jefe o superior.

Otro ejemplo es el vocablo mitote, de origen náhuatl que daba nombre a una danza ahora extinta; la palabra hoy refiere a un pleito o alboroto entre personas. Lo mismo sucede con titipuchal para referirse a cantidad o cuico que significa policía, y hoy son vocablos desconocidos por generaciones jóvenes.

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