/ viernes 1 de mayo de 2020

¡Niño, ya deja la pelota!

Cuando somos niños no sabemos que somos niños o qué significa eso de ser niño. Simple y sencillamente se es. Quizá apenas atisbamos que la vida es lo que se vive y lo que hay...

El chiste era estar con la pandilla; salir y jugar... “te chiflo y sales”, se decía. Y el mundo fuera del hogar era otra maravilla, la de la libertad sin la mirada de la familia cercana, la de lo vertiginoso, la de la tierra que era polvo como parte de los juegos a campo abierto; la de la enorme distancia aunque todo quedara en “no te vayas muy lejos porque si no, ya sabes cómo te va”... y sí. Pero podíamos ver a lo lejos.

A las niñas por su parte les daba por “Doña Blanca está cubierta con pilares de oro y plata...”; “a la víbora, víbora de la mar, de la mar...”, al “Avión”, a “la cuerda” y a platicar “sus cosas”. Eran ellas que jugaban y corrían y gritaban igual que los niños, aunque más recatadas-pudorosas-sencillas y coquetas... eso sí, desde el principio.

A los niños nos daba por el beisbol, el trompo, la pelota libre-el pelotazo, la lucha libre: “Máscara contra cabellera” en donde cada uno escogía a su héroe y ese era en aquel ring imaginario. Me gustaba ser “Santo, el enmascarado de plata”, el héroe que luchaba contra “Las mujeres vampiro”, “Los zombies”, “Las momias de Guanajuato”, “El cerebro del mal”... Era invencible y luchaba por la justicia. Había Blue Demon, Neutrón, El Médico asesino...

Luego venía lo mejor, la plática de aventuras, todos apilonados en la esquina platicando (¿de qué?), todos con nuestro “casquete corto” o “a la brush” (léase ‘pelón’) y comiendo naranjas con sal y chile piquín hasta que se escuchaba el sacrosanto grito de “¡Ya métete a la casa!”. Y así era: Con la cara sucia, el pantalón enlodado, los zapatos hechos un desastre y la mirada contrita.

Foto: Elizabeth Dorantes

Por supuesto todos teníamos obligaciones. La primera la escuela y sacar buenas calificaciones. (Si, cómo no, como si fuera moco de pavo). Para algunos era “un martirio sin cesar” y para otros era bueno o magnífico, depende, porque cada uno de nosotros sabía lo que traía en la mochila.

Y había buenos maestros. Para los primeros años eran maestras, a partir de cuarto año eran maestros. Ellas y ellos inolvidables. Cada uno a su modo y por su forma de enseñar y querer. Con ellos nos sentíamos enseñados, queridos, apapachados y, también, castigados: el reglazo, el borrador aéreo, el gis relampagueante, la patilla que nos hacía levantar del piso o el “tienes que barrer el patio” grrrrrr...

Cuando somos niños no sabemos que somos niños o qué significa eso de ser niño. Simple y sencillamente se es. Quizá apenas atisbamos que la vida es lo que se vive y lo que hay, que lo que pasa alrededor es así y que el mundo se resume en el amor materno, al abuelo, a los hermanos...

A la casa-hogar-nido, a la escuela, a los quehaceres, a los amigos y a jugar creando pelotas con lo que hubiera, y usando la imaginación para poder volar en papalotes que llegaban a mundos lejanos en donde había otros niños y niñas y otras formas de ser: y salíamos y aterrizábamos en el mismo lugar luego de un viaje inolvidable.

Por entonces no sabíamos que aquello era la felicidad la que, poco a poco, como sin pensarlo ni sentirlo, se nos va de los ojos, de las manos, del gusto, de los aromas, de los sonidos inolvidables; se va como agua dulce y se pierde, para luego conseguir otras felicidades, o congojas, de distinto color.

Foto: Elizabeth Dorantes

Muchos escritores han hecho obra sobre la etapa más feliz en la vida de todos, o de casi todos; porque se sabe de cierto que hay millones de niños en el mundo que no son felices, que sufren hambre, guerras, agresiones, vejaciones, violación, trabajo forzado: si, también los hay... Ana Frank y su “Diario”, por ejemplo, nos recuerda lo que no debe pasar una niña.

Como también hay libros que buscan recuperar el tiempo perdido, como la obra máxima de Marcel Proust que es eso: la búsqueda de aquella infancia y aquellos años ya perdidos y añorados, todo a partir de un recuerdo del aroma de una magdalena mojada en té.

Y por supuesto no puede faltar la obra de Antoine de Saint-Exupéry: “El Principito”, aquel pequeño niño-príncipe que viaje de mundo en mundo y encuentra distintas formas de ver y entender la vida aunque él lo único que quiere es regresar a su planeta para estar con su rosa, la única; aun entre miles de rosas la de él es única porque es su rosa.

“Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez es una obra para niños, pero también para adultos; para los que creen en la ternura, en la inocencia y en la redención. Es una obra casi religiosa y por lo mismo de tono humanista en la que, a pesar de los pesares, siempre hay un resurgimiento. Un burrito blanco, casi de algodón del que un narrador –el autor- relata las vicisitudes que tocan fibras sensibles de sus lectores.

En México tenemos a nuestro “Periquillo sarniento” de Lizardi, aquel pícaro-niño del siglo XIX... y muchos años después, sin solución de continuidad “Las Batallas en el Desierto” de José Emilio Pacheco trata de aquella infancia que está a punto de descubrir ‘lo que es la vida’ que es decir, el amor, el sexo, lo irrenunciable. Es un niño a punto de ser un hombre antes de tiempo, pero sin remordimientos ni escamas: simple y sencillamente encuentra el camino. ¿Y qué tal su “El principio del placer”? otro caso.

Leon Tolstoi, quien nos heredó obras máximas como “Guerra y paz”, “Ana Karenina”… también nos dejó una profunda reflexión sobre su “Infancia, adolescencia, juventud” en la que reflexiona sobre los engranajes de un niño –él- que crece entre el amor a su madre, los pleitos entre los hermanos, las humillaciones entre niños, el comportamiento vanidoso del adolescente, la imaginación de triunfos futuros, el inicio de amistades juveniles y la visión de un padre irresponsable.

¿Y qué tal “Mi infancia” de Máximo Gorki? Uno de los representantes del ‘realismo soviético’ que escribe fuera de ese círculo sus recuerdos y su lucha por entenderse en la infancia y entender lo que pasa alrededor durante su propio cambio: pobreza, aislamiento, expectativas y sueños.

En música hay obras de compositores que entendieron el alma niña, la de ellos: Franz Joseph Haydn, por ejemplo, compuso aquella “Sinfonía de los juguetes”, tan risueña y alegre en la que la orquesta sinfónica es convertida asimismo en niños felices; o “El cascanueces” indispensable de Tchaikowsky que relata la historia del regalo que le dan a la niña María y que durante la noche cobra vida...

En el cine tanto y tanto: películas de niños felices o infelices pero, en casi todas, la infancia resulta en una etapa de felicidad consumada o perdida: “Cinema Paradiso”, de Renato Salvatore, por ejemplo, es la historia de un niño y su pasión por el cine al que mete en su vida gracias a la amistad que tiene con el proyeccionista Alfredo, su amigo.

O películas crueles mexicanas en donde la infancia es un puro sufrimiento: “El papelerito” de 1951 en un grupo de niños en pobreza extrema lucha por sobrevivir vendiendo periódicos en las calles, ayudados por la muy noble y leal abuelita del cine mexicano, ni más ni menos Sara García... Y a llorar... o el mejor “Santa Claus” de todos: José Elías Moreno

O “Los olvidados” de Luis Buñuel, de 1950 en aquella hermosa historia terrible de infancia, pobreza, violencia, sueños irresueltos. Pero también podemos recordar a “La Tucita” en “Los tres huastecos” (1948) con aquello de “Vooooy... si ya sabes cómo soy pa qué me trajiste...”

Tantas obras enormes en las artes han querido mostrar a la niñez, la propia y la soñada, la vista o la imaginada, pero la infancia es la urgente necesidad de eso, de ‘recuperar el tiempo perdido’ o la felicidad perdida.

Pero ya... Ha sido el “Día del niño” un año más, aunque diferente porque las cosas no están como para hacer fiestas aunque sí para el recuerdo de lo que hemos sido, de lo que somos y queremos seguir siendo: ese niño que todavía vive en nosotros y que recorre nuestros recuerdos y no se sale de ahí, por fortuna.

Porque nada hay como la infancia para poder decir que un día fuimos inocentes, justos, claros, maloras, latosos, rezongones, comedidos, pero también llenos de ilusiones y de sueños con ojos abiertos.

Era cuando podíamos mirar a lo lejos. Y hoy que muchos ya estamos en ese lejos queremos regresar, aunque sea un ratito, aunque sea un abrir y cerrar de ojos, aunque sea un suspiro... o lo que dura el amor. “¡Niño... ya deja la pelota!”

joelhsantiago@gmail.com


El chiste era estar con la pandilla; salir y jugar... “te chiflo y sales”, se decía. Y el mundo fuera del hogar era otra maravilla, la de la libertad sin la mirada de la familia cercana, la de lo vertiginoso, la de la tierra que era polvo como parte de los juegos a campo abierto; la de la enorme distancia aunque todo quedara en “no te vayas muy lejos porque si no, ya sabes cómo te va”... y sí. Pero podíamos ver a lo lejos.

A las niñas por su parte les daba por “Doña Blanca está cubierta con pilares de oro y plata...”; “a la víbora, víbora de la mar, de la mar...”, al “Avión”, a “la cuerda” y a platicar “sus cosas”. Eran ellas que jugaban y corrían y gritaban igual que los niños, aunque más recatadas-pudorosas-sencillas y coquetas... eso sí, desde el principio.

A los niños nos daba por el beisbol, el trompo, la pelota libre-el pelotazo, la lucha libre: “Máscara contra cabellera” en donde cada uno escogía a su héroe y ese era en aquel ring imaginario. Me gustaba ser “Santo, el enmascarado de plata”, el héroe que luchaba contra “Las mujeres vampiro”, “Los zombies”, “Las momias de Guanajuato”, “El cerebro del mal”... Era invencible y luchaba por la justicia. Había Blue Demon, Neutrón, El Médico asesino...

Luego venía lo mejor, la plática de aventuras, todos apilonados en la esquina platicando (¿de qué?), todos con nuestro “casquete corto” o “a la brush” (léase ‘pelón’) y comiendo naranjas con sal y chile piquín hasta que se escuchaba el sacrosanto grito de “¡Ya métete a la casa!”. Y así era: Con la cara sucia, el pantalón enlodado, los zapatos hechos un desastre y la mirada contrita.

Foto: Elizabeth Dorantes

Por supuesto todos teníamos obligaciones. La primera la escuela y sacar buenas calificaciones. (Si, cómo no, como si fuera moco de pavo). Para algunos era “un martirio sin cesar” y para otros era bueno o magnífico, depende, porque cada uno de nosotros sabía lo que traía en la mochila.

Y había buenos maestros. Para los primeros años eran maestras, a partir de cuarto año eran maestros. Ellas y ellos inolvidables. Cada uno a su modo y por su forma de enseñar y querer. Con ellos nos sentíamos enseñados, queridos, apapachados y, también, castigados: el reglazo, el borrador aéreo, el gis relampagueante, la patilla que nos hacía levantar del piso o el “tienes que barrer el patio” grrrrrr...

Cuando somos niños no sabemos que somos niños o qué significa eso de ser niño. Simple y sencillamente se es. Quizá apenas atisbamos que la vida es lo que se vive y lo que hay, que lo que pasa alrededor es así y que el mundo se resume en el amor materno, al abuelo, a los hermanos...

A la casa-hogar-nido, a la escuela, a los quehaceres, a los amigos y a jugar creando pelotas con lo que hubiera, y usando la imaginación para poder volar en papalotes que llegaban a mundos lejanos en donde había otros niños y niñas y otras formas de ser: y salíamos y aterrizábamos en el mismo lugar luego de un viaje inolvidable.

Por entonces no sabíamos que aquello era la felicidad la que, poco a poco, como sin pensarlo ni sentirlo, se nos va de los ojos, de las manos, del gusto, de los aromas, de los sonidos inolvidables; se va como agua dulce y se pierde, para luego conseguir otras felicidades, o congojas, de distinto color.

Foto: Elizabeth Dorantes

Muchos escritores han hecho obra sobre la etapa más feliz en la vida de todos, o de casi todos; porque se sabe de cierto que hay millones de niños en el mundo que no son felices, que sufren hambre, guerras, agresiones, vejaciones, violación, trabajo forzado: si, también los hay... Ana Frank y su “Diario”, por ejemplo, nos recuerda lo que no debe pasar una niña.

Como también hay libros que buscan recuperar el tiempo perdido, como la obra máxima de Marcel Proust que es eso: la búsqueda de aquella infancia y aquellos años ya perdidos y añorados, todo a partir de un recuerdo del aroma de una magdalena mojada en té.

Y por supuesto no puede faltar la obra de Antoine de Saint-Exupéry: “El Principito”, aquel pequeño niño-príncipe que viaje de mundo en mundo y encuentra distintas formas de ver y entender la vida aunque él lo único que quiere es regresar a su planeta para estar con su rosa, la única; aun entre miles de rosas la de él es única porque es su rosa.

“Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez es una obra para niños, pero también para adultos; para los que creen en la ternura, en la inocencia y en la redención. Es una obra casi religiosa y por lo mismo de tono humanista en la que, a pesar de los pesares, siempre hay un resurgimiento. Un burrito blanco, casi de algodón del que un narrador –el autor- relata las vicisitudes que tocan fibras sensibles de sus lectores.

En México tenemos a nuestro “Periquillo sarniento” de Lizardi, aquel pícaro-niño del siglo XIX... y muchos años después, sin solución de continuidad “Las Batallas en el Desierto” de José Emilio Pacheco trata de aquella infancia que está a punto de descubrir ‘lo que es la vida’ que es decir, el amor, el sexo, lo irrenunciable. Es un niño a punto de ser un hombre antes de tiempo, pero sin remordimientos ni escamas: simple y sencillamente encuentra el camino. ¿Y qué tal su “El principio del placer”? otro caso.

Leon Tolstoi, quien nos heredó obras máximas como “Guerra y paz”, “Ana Karenina”… también nos dejó una profunda reflexión sobre su “Infancia, adolescencia, juventud” en la que reflexiona sobre los engranajes de un niño –él- que crece entre el amor a su madre, los pleitos entre los hermanos, las humillaciones entre niños, el comportamiento vanidoso del adolescente, la imaginación de triunfos futuros, el inicio de amistades juveniles y la visión de un padre irresponsable.

¿Y qué tal “Mi infancia” de Máximo Gorki? Uno de los representantes del ‘realismo soviético’ que escribe fuera de ese círculo sus recuerdos y su lucha por entenderse en la infancia y entender lo que pasa alrededor durante su propio cambio: pobreza, aislamiento, expectativas y sueños.

En música hay obras de compositores que entendieron el alma niña, la de ellos: Franz Joseph Haydn, por ejemplo, compuso aquella “Sinfonía de los juguetes”, tan risueña y alegre en la que la orquesta sinfónica es convertida asimismo en niños felices; o “El cascanueces” indispensable de Tchaikowsky que relata la historia del regalo que le dan a la niña María y que durante la noche cobra vida...

En el cine tanto y tanto: películas de niños felices o infelices pero, en casi todas, la infancia resulta en una etapa de felicidad consumada o perdida: “Cinema Paradiso”, de Renato Salvatore, por ejemplo, es la historia de un niño y su pasión por el cine al que mete en su vida gracias a la amistad que tiene con el proyeccionista Alfredo, su amigo.

O películas crueles mexicanas en donde la infancia es un puro sufrimiento: “El papelerito” de 1951 en un grupo de niños en pobreza extrema lucha por sobrevivir vendiendo periódicos en las calles, ayudados por la muy noble y leal abuelita del cine mexicano, ni más ni menos Sara García... Y a llorar... o el mejor “Santa Claus” de todos: José Elías Moreno

O “Los olvidados” de Luis Buñuel, de 1950 en aquella hermosa historia terrible de infancia, pobreza, violencia, sueños irresueltos. Pero también podemos recordar a “La Tucita” en “Los tres huastecos” (1948) con aquello de “Vooooy... si ya sabes cómo soy pa qué me trajiste...”

Tantas obras enormes en las artes han querido mostrar a la niñez, la propia y la soñada, la vista o la imaginada, pero la infancia es la urgente necesidad de eso, de ‘recuperar el tiempo perdido’ o la felicidad perdida.

Pero ya... Ha sido el “Día del niño” un año más, aunque diferente porque las cosas no están como para hacer fiestas aunque sí para el recuerdo de lo que hemos sido, de lo que somos y queremos seguir siendo: ese niño que todavía vive en nosotros y que recorre nuestros recuerdos y no se sale de ahí, por fortuna.

Porque nada hay como la infancia para poder decir que un día fuimos inocentes, justos, claros, maloras, latosos, rezongones, comedidos, pero también llenos de ilusiones y de sueños con ojos abiertos.

Era cuando podíamos mirar a lo lejos. Y hoy que muchos ya estamos en ese lejos queremos regresar, aunque sea un ratito, aunque sea un abrir y cerrar de ojos, aunque sea un suspiro... o lo que dura el amor. “¡Niño... ya deja la pelota!”

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