/ viernes 27 de noviembre de 2020

"No les pido que piensen, les pido que sientan"

“…nunca fue feliz. Su compañero diuturno se llamó siempre: DOLOR… y en los adagi, en los cantati, su dolor no es imprecación, sino coloquio sobrehumano entre la tierra y el cielo, entre un Grande mortal y Dios”.

Uberto Zanolli


“¡El arte! ¿Quién puede comprenderlo hasta el fondo? ¿Con quién pudiera uno departir sobre tan excelsa divinidad?”, le escribe Ludwig van Beethoven a Bettina von Arnim desde Viena.

Sí, sólo un hombre de su talla, de su genio, pero sobre todo de su sensibilidad pudo vislumbrar semejante aserto, pues ¿quién es capaz de poder comprender y aquilatar al verdadero arte sino sólo aquél a quien éste se le revela?

Ludwig van Beethoven, artista sublime, uno de los más grandes compositores de la historia de la humanidad, fue un hombre ejemplar y valeroso al enfrentar, paradójicamente, la mayor tragedia que podría aquejar a un músico: la sordera. Padecimiento del que se tuvo cabal conciencia cuando, casi treinta años después de su muerte, se pudo acceder al documento llamado el “Testamento de Heiligenstadt”, en el que declara a sus familiares más cercanos y ante los hombres: “debo vivir como un exiliado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta… qué humillación cuando alguien se paraba a mi lado y escuchaba una flauta a la distancia y yo no escuchaba nada, o alguien escuchaba cantar a un pastor y yo, otra vez, no escuchaba nada, estos incidentes me llevaron al borde de la desesperación, un poco más y hubiera puesto fin a mi vida…”. Éste fue su sino.

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Sin embargo, Beethoven podría no escuchar los sonidos del exterior, pero en su mente cada nota cobraba vida, cada acorde se enlazaba magistralmente al otro, cada frase se transfiguraba, cada instrumento de la partitura amalgamaba su timbre con el de los demás de manera asombrosa y, al final, la magia de su arte sublime explotaba: vívida, vibrante, palpitante, contrastante, llena de esa dulzura, calidez, energía y vigor propios del inconfundible genio beethoveniano. Pero lo hacía no sólo para quien podía escucharla. Antes, había podido ser vivida y revivida durante el proceso de su elaboración en la intimidad introsonora inigualable de su propio creador.

Una prueba de ello, es que en la medida en que se agudizaba su creciente incomunicación con el mundo circundante: Beethoven, lejos de rendirse y ser doblegado, decidió asumir el reto de modo valiente, ejemplar, y se volcó en pos de ese universo sonoro que vivía dentro de sí para ofrecer al mundo, junto a las más grandiosas y complejas armonías hasta entonces conocidas, las texturas más profundas que podían brotar de un alma como la suya, plena, rebosante y llena de una poderosa vida interna. Y es que si de algo estaba convencido, es de que no había nada mejor ni más bello que hacer felices a los demás y para ello acudía a la música. El arte del que se ha dicho consideraba una revelación más alta que cualquier sabiduría y cualquier filosofía.

Con semejantes premisas, la imagen largamente divulgada del Beethoven huraño, malhumorado, violento, se derrumba, haciéndose añicos, porque si lo aparentó, fue por la atroz lucha interna que enfrentaba y que no se resignaba a compartir con los demás. Era demasiado el dolor, demasiada la pena que cargaba en sí, como para confesarla al mundo: “los que piensan o dicen que soy malévolo, obstinado o misántropo, cuánto se equivocan acerca de mí…”.

¡¿Cómo no iba a enloquecer uno de los hombres de mayor talento creador, encarnación viva del arte euterpiano, si de modo permanente en su cerebro -debido al tinnitus que hoy sabemos, padecía - escuchaba cada vez con mayor intensidad un obstinado fa que lo taladraba? ¿Quién podría resistir semejante tortura?!

Pero ese ser que explotaba en sus actitudes sociales no era el auténtico Beethoven. El verdadero, era el que afloraba a través de su obra musical y sus escritos, pletóricos de sensibilidad, de intensidad y de amor por la vida, por la humanidad y por el Supremo Creador al que escribía: “Divino Creador, tú que puedes mirar en lo más profundo de mi alma, sabes que allí vive el amor hacia el hombre y el deseo de hacer el bien”. Y lo sabemos de sobra: nadie que piense en hacer el bien es malo por naturaleza, y tan preocupado estaba él por hacerlo, que reiteradamente su evocación aflora en sus escritos: “el único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.

Y es que sin duda, Beethoven fue heredero de una larga tradición secular, inculcada entre otros, por sus profesores Christian G. Neefe y Antonio Salieri. Tradición que en su obra, no sólo llega a la cúspide de la perfección -para prueba sus incomparables fugas, como la de la penúltima sonata para piano-: su genio le conduce a alcanzar dimensiones colosales de explosión creadora, nunca antes soñada y mucho menos imaginada, y con ello inaugura al romanticismo musical, al que él mismo abre la puerta y es el primero en ingresar. Pero si le corresponde ese rol, es porque además de su profundo conocimiento de la composición musical, de la armonía, del contrapunto, de las formas y de los estilos, estuvo dotado de una poderosa sensibilidad que lo hizo ir más allá de la estructura musical y adentrarse en la esencia misma del mensaje estético, anticipándose a su tiempo histórico. Por eso comulgó con las causas revolucionarias, por eso abrevó de las ideas de filiación masónica, por eso se entusiasmó con la obra libertaria napoleónica, por eso se inspiró en el actuar heróico de un Egmont, pero también por eso opuso frente a la racionalidad ancestral abrevada, la intensa pasión y la enorme emoción que brotaban, desbordantes, de un corazón anhelante de amar y de ser amado.

Al final de su vida, Beethoven nunca encontró otra forma de convivir con los demás que no fuera a través de su música. Esperaba que a través de sus allegri, scherzi y finales, el público pudiera apreciar su espíritu y de sus adagi, su alma. Por algo recomendaba: “cuando escuchen mi música, no les pido que ‘piensen’, les pido que ‘sientan’. Si no la sienten es que, o yo soy un farsante, o ustedes son unos individuos de pocos alcances”. Lapidario, sin duda, pero ése era su credo. Por ello mismo, si aún su obra musical no nos hubiera bastado para conocerlo, nos dejó innumerables cartas y textos de una profundidad de pensamiento tan grande, que su discurso por sí mismo nos comprueba que el músico no sólo sabía lo que estaba componiendo, también tenía la conciencia de que estaba revolucionando la música de su momento, aunque poco haya aludido a ello. Le importaba más plasmar en sus escritos, aún y cuando fuesen epístolas, sus tribulaciones íntimas, sus anhelos, sus aspiraciones, sus convicciones. No perdía la fe de que un día, post mortem, la humanidad no sólo lo escucharía; al leerlo, también le entendería y comprendería.

Ante ello, su vida y su obra estuvieron marcadas por el estoicismo, como lo evidencian sus propios postulados: el genio sólo ayuda en un dos por ciento y la perserverancia en un 98 por ciento; ninguna barrera es infranqueable; toda dificultad es un peldaño para alcanzar una vida mejor; el hombre debe actuar en vez de suplicar y sacrificarse sin esperar gloria ni recompensa alguna y si espera conocer un milagro, él mismo debe lograrlo para cumplir su propio destino. Pero también lo evidencia su propio legado: Beethoven se convirtió en numen inspirador no sólo para su época sino para la posteridad, convirtiéndose en un ícono, un paradigma universalmente evocado a partir de entonces por los más grandes pensadores y artistas.

Liszt, tan sólo, declaró que su nombre era sagrado en el arte. Para Schindler, él se había posesionado del espíritu de la naturaleza. De acuerdo con su enorme biógrafo Romain Rolland, él era “antes que el primero de los músicos, la fuerza más heroica del arte moderno: el más grande y el mejor amigo de los que luchan y de los que sufren”. Eugenio D’Ors destacó: “En Beethoven la Inteligencia tiene un trono dignísimo que domina la obra entera de Beethoven. La Inteligencia tiene un tono, y el tono se llama Claridad”. Schopenhauer, para quien Beethoven era la cumbre de la música, encontraba en su obra una forma sin materia, pues en sus sinfonías, si bien hacían acto de presencia todas las pasiones y emociones humanas, ninguna privaba sobre otra, todas se entremezclan, confunden e integran.

De él, Segfried declarará: “la rectitud de los principios, la elevada moral, la propiedad de los sentimientos y la religión natural eran sus carcterísticas. Estas virtudes anidaron en él y las exigía a otros”. Por su parte, Ígor Stravinski reconocerá que mientras un Schiller buscó “destruir tiranos en el escenario teatral con la ayuda de espadas de cartón”, Beethoven tuvo el arrojo, aún siendo de cuna plebeya, de despreciar a emperadores, príncipes y magnates, convirtiéndose en “el Beethoven que nosotros amamos: por su optimismo inquebrantable, su tristeza viril, por la inspirada pasión de su lucha y por su voluntad de hierro que le permitió agarrar al destino por la garganta”.

Sin embargo, quien mejor que nadie advirtió lo que Beethoven guardaba a la humanidad, fue Wolfgang Amadeus Mozart, otro genio de la música, al profetizar: “Recuerden su nombre; este joven hará hablar al mundo”.

Y no se equivocó. El mundo desde entonces habla de él, no sólo por cuanto a la historia de la música, la historia de la cultura occidental no habría sido la que fue y es, si aquel niño nacido el 16 de diciembre de 1770 en Bonn en la casa de los van Beethoven, bautizado Ludwig, no hubiera tenido el arrojo de enfrentarse a la vida y a su trágico destino, hasta hacer realidad su milagro, al encontrar en el arte musical su salvación.


bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli


“…nunca fue feliz. Su compañero diuturno se llamó siempre: DOLOR… y en los adagi, en los cantati, su dolor no es imprecación, sino coloquio sobrehumano entre la tierra y el cielo, entre un Grande mortal y Dios”.

Uberto Zanolli


“¡El arte! ¿Quién puede comprenderlo hasta el fondo? ¿Con quién pudiera uno departir sobre tan excelsa divinidad?”, le escribe Ludwig van Beethoven a Bettina von Arnim desde Viena.

Sí, sólo un hombre de su talla, de su genio, pero sobre todo de su sensibilidad pudo vislumbrar semejante aserto, pues ¿quién es capaz de poder comprender y aquilatar al verdadero arte sino sólo aquél a quien éste se le revela?

Ludwig van Beethoven, artista sublime, uno de los más grandes compositores de la historia de la humanidad, fue un hombre ejemplar y valeroso al enfrentar, paradójicamente, la mayor tragedia que podría aquejar a un músico: la sordera. Padecimiento del que se tuvo cabal conciencia cuando, casi treinta años después de su muerte, se pudo acceder al documento llamado el “Testamento de Heiligenstadt”, en el que declara a sus familiares más cercanos y ante los hombres: “debo vivir como un exiliado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta… qué humillación cuando alguien se paraba a mi lado y escuchaba una flauta a la distancia y yo no escuchaba nada, o alguien escuchaba cantar a un pastor y yo, otra vez, no escuchaba nada, estos incidentes me llevaron al borde de la desesperación, un poco más y hubiera puesto fin a mi vida…”. Éste fue su sino.

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Sin embargo, Beethoven podría no escuchar los sonidos del exterior, pero en su mente cada nota cobraba vida, cada acorde se enlazaba magistralmente al otro, cada frase se transfiguraba, cada instrumento de la partitura amalgamaba su timbre con el de los demás de manera asombrosa y, al final, la magia de su arte sublime explotaba: vívida, vibrante, palpitante, contrastante, llena de esa dulzura, calidez, energía y vigor propios del inconfundible genio beethoveniano. Pero lo hacía no sólo para quien podía escucharla. Antes, había podido ser vivida y revivida durante el proceso de su elaboración en la intimidad introsonora inigualable de su propio creador.

Una prueba de ello, es que en la medida en que se agudizaba su creciente incomunicación con el mundo circundante: Beethoven, lejos de rendirse y ser doblegado, decidió asumir el reto de modo valiente, ejemplar, y se volcó en pos de ese universo sonoro que vivía dentro de sí para ofrecer al mundo, junto a las más grandiosas y complejas armonías hasta entonces conocidas, las texturas más profundas que podían brotar de un alma como la suya, plena, rebosante y llena de una poderosa vida interna. Y es que si de algo estaba convencido, es de que no había nada mejor ni más bello que hacer felices a los demás y para ello acudía a la música. El arte del que se ha dicho consideraba una revelación más alta que cualquier sabiduría y cualquier filosofía.

Con semejantes premisas, la imagen largamente divulgada del Beethoven huraño, malhumorado, violento, se derrumba, haciéndose añicos, porque si lo aparentó, fue por la atroz lucha interna que enfrentaba y que no se resignaba a compartir con los demás. Era demasiado el dolor, demasiada la pena que cargaba en sí, como para confesarla al mundo: “los que piensan o dicen que soy malévolo, obstinado o misántropo, cuánto se equivocan acerca de mí…”.

¡¿Cómo no iba a enloquecer uno de los hombres de mayor talento creador, encarnación viva del arte euterpiano, si de modo permanente en su cerebro -debido al tinnitus que hoy sabemos, padecía - escuchaba cada vez con mayor intensidad un obstinado fa que lo taladraba? ¿Quién podría resistir semejante tortura?!

Pero ese ser que explotaba en sus actitudes sociales no era el auténtico Beethoven. El verdadero, era el que afloraba a través de su obra musical y sus escritos, pletóricos de sensibilidad, de intensidad y de amor por la vida, por la humanidad y por el Supremo Creador al que escribía: “Divino Creador, tú que puedes mirar en lo más profundo de mi alma, sabes que allí vive el amor hacia el hombre y el deseo de hacer el bien”. Y lo sabemos de sobra: nadie que piense en hacer el bien es malo por naturaleza, y tan preocupado estaba él por hacerlo, que reiteradamente su evocación aflora en sus escritos: “el único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.

Y es que sin duda, Beethoven fue heredero de una larga tradición secular, inculcada entre otros, por sus profesores Christian G. Neefe y Antonio Salieri. Tradición que en su obra, no sólo llega a la cúspide de la perfección -para prueba sus incomparables fugas, como la de la penúltima sonata para piano-: su genio le conduce a alcanzar dimensiones colosales de explosión creadora, nunca antes soñada y mucho menos imaginada, y con ello inaugura al romanticismo musical, al que él mismo abre la puerta y es el primero en ingresar. Pero si le corresponde ese rol, es porque además de su profundo conocimiento de la composición musical, de la armonía, del contrapunto, de las formas y de los estilos, estuvo dotado de una poderosa sensibilidad que lo hizo ir más allá de la estructura musical y adentrarse en la esencia misma del mensaje estético, anticipándose a su tiempo histórico. Por eso comulgó con las causas revolucionarias, por eso abrevó de las ideas de filiación masónica, por eso se entusiasmó con la obra libertaria napoleónica, por eso se inspiró en el actuar heróico de un Egmont, pero también por eso opuso frente a la racionalidad ancestral abrevada, la intensa pasión y la enorme emoción que brotaban, desbordantes, de un corazón anhelante de amar y de ser amado.

Al final de su vida, Beethoven nunca encontró otra forma de convivir con los demás que no fuera a través de su música. Esperaba que a través de sus allegri, scherzi y finales, el público pudiera apreciar su espíritu y de sus adagi, su alma. Por algo recomendaba: “cuando escuchen mi música, no les pido que ‘piensen’, les pido que ‘sientan’. Si no la sienten es que, o yo soy un farsante, o ustedes son unos individuos de pocos alcances”. Lapidario, sin duda, pero ése era su credo. Por ello mismo, si aún su obra musical no nos hubiera bastado para conocerlo, nos dejó innumerables cartas y textos de una profundidad de pensamiento tan grande, que su discurso por sí mismo nos comprueba que el músico no sólo sabía lo que estaba componiendo, también tenía la conciencia de que estaba revolucionando la música de su momento, aunque poco haya aludido a ello. Le importaba más plasmar en sus escritos, aún y cuando fuesen epístolas, sus tribulaciones íntimas, sus anhelos, sus aspiraciones, sus convicciones. No perdía la fe de que un día, post mortem, la humanidad no sólo lo escucharía; al leerlo, también le entendería y comprendería.

Ante ello, su vida y su obra estuvieron marcadas por el estoicismo, como lo evidencian sus propios postulados: el genio sólo ayuda en un dos por ciento y la perserverancia en un 98 por ciento; ninguna barrera es infranqueable; toda dificultad es un peldaño para alcanzar una vida mejor; el hombre debe actuar en vez de suplicar y sacrificarse sin esperar gloria ni recompensa alguna y si espera conocer un milagro, él mismo debe lograrlo para cumplir su propio destino. Pero también lo evidencia su propio legado: Beethoven se convirtió en numen inspirador no sólo para su época sino para la posteridad, convirtiéndose en un ícono, un paradigma universalmente evocado a partir de entonces por los más grandes pensadores y artistas.

Liszt, tan sólo, declaró que su nombre era sagrado en el arte. Para Schindler, él se había posesionado del espíritu de la naturaleza. De acuerdo con su enorme biógrafo Romain Rolland, él era “antes que el primero de los músicos, la fuerza más heroica del arte moderno: el más grande y el mejor amigo de los que luchan y de los que sufren”. Eugenio D’Ors destacó: “En Beethoven la Inteligencia tiene un trono dignísimo que domina la obra entera de Beethoven. La Inteligencia tiene un tono, y el tono se llama Claridad”. Schopenhauer, para quien Beethoven era la cumbre de la música, encontraba en su obra una forma sin materia, pues en sus sinfonías, si bien hacían acto de presencia todas las pasiones y emociones humanas, ninguna privaba sobre otra, todas se entremezclan, confunden e integran.

De él, Segfried declarará: “la rectitud de los principios, la elevada moral, la propiedad de los sentimientos y la religión natural eran sus carcterísticas. Estas virtudes anidaron en él y las exigía a otros”. Por su parte, Ígor Stravinski reconocerá que mientras un Schiller buscó “destruir tiranos en el escenario teatral con la ayuda de espadas de cartón”, Beethoven tuvo el arrojo, aún siendo de cuna plebeya, de despreciar a emperadores, príncipes y magnates, convirtiéndose en “el Beethoven que nosotros amamos: por su optimismo inquebrantable, su tristeza viril, por la inspirada pasión de su lucha y por su voluntad de hierro que le permitió agarrar al destino por la garganta”.

Sin embargo, quien mejor que nadie advirtió lo que Beethoven guardaba a la humanidad, fue Wolfgang Amadeus Mozart, otro genio de la música, al profetizar: “Recuerden su nombre; este joven hará hablar al mundo”.

Y no se equivocó. El mundo desde entonces habla de él, no sólo por cuanto a la historia de la música, la historia de la cultura occidental no habría sido la que fue y es, si aquel niño nacido el 16 de diciembre de 1770 en Bonn en la casa de los van Beethoven, bautizado Ludwig, no hubiera tenido el arrojo de enfrentarse a la vida y a su trágico destino, hasta hacer realidad su milagro, al encontrar en el arte musical su salvación.


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