/ miércoles 8 de noviembre de 2017

Oficio por elección, joyero por convicción

Recibió y entregó joyas que pertenecieron a vendedores de palenques y ferias

Caballos, dijes, hebillas, gallos y cruces fueron sus figuras más trabajadas. Unas de plata otras de oro y algunas moldeadas por su propia mano. Recibió y entregó joyas que pertenecieron a vendedores de palenques y ferias, artistas como Lupita D’Alessio y Vicente Fernández o la esposa de algún presidente de la República.

Entre edificios virreinales y coloniales, Guillermo Miranda dedicó más de dos décadas a la joyería, el oficio que lo retó, lo enorgulleció y al final le hizo valer cada segundo invertido.

Comenzó a los 18 años como asistente de su padrastro, quien no le permitía trabajar las joyas, en un taller ubicado en el corredor peatonal Madero en el centro histórico de la Ciudad de México, pero su curiosidad lo llevó a preguntar en los talleres vecinos y a aprender viendo las técnicas de otros.

Tras la necesidad de mejorar su sueldo para solventar los gastos de su reciente matrimonio Guillermo tuvo su primer taller de joyería. Con tan solo 21 años comenzó a atraer clientes, compradores y vendedores del mercado joyero. Fue tanto su compromiso que hubo noches en que dormía en su local, se permitía sólo unos minutos para comer y unos días para volver a casa, “Le agarre un amor a la joyería que era como mi segunda novia. La ame tanto que cuando la dejé me dolió mucho”, dijo.

 

Hechuras, composturas, soldaduras, copias idénticas de piezas pérdidas, joyas de medidas milimétricas y otras de tamaños especiales, brillantes, diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes, piedras auténticas y otras de color fueron algunos de los trabajos y materiales que utilizó mientras fue artesano de joyería.

Se describe como una persona orgullosa a la que le gustan los retos, por eso los trabajos que más le apasionaron siempre fueron los pedidos de catálogo, por ser piezas que no pueden tocarse al momento, sólo verse en hojas de papel. Para crearlas hay que figurarse lo que está dentro y detrás y moldear los detalles desde la imaginación.

Pero no solo le gustaba la joyería, también le inquietaba mucho la tecnología. Para calmar su gusto innovador, él mismo perfeccionó sus herramientas para sustituir sus máquinas manuales “Me gustaba innovar, crear, inventar, hacer más fácil el trabajo y las cosas difíciles me apasionan”, contó.

Guillermo se declara como un joyero completo por tener todos los conocimientos que el oficio requiere y piensa que en la actualidad la joyería está segmentada, “un joyero completo hace la pieza, le pone piedras, graba nombres, vacía el sistema de cera perdida, pule, dora, platina. Tenía un taller completísimo y todo lo aprendí preguntando y viendo”, dijo. Aunque Madero, Gante, Palma y Motolinia siguen siendo las calles del centro histórico más representativas de la joyería, ahora sólo hay un taller para cada uno de esos trabajos.

Lo que comenzó como un reto por orgullo para Guillermo Miranda se convirtió poco a poco en una de las más grandes pasiones que ha tenido en su vida.

Caballos, dijes, hebillas, gallos y cruces fueron sus figuras más trabajadas. Unas de plata otras de oro y algunas moldeadas por su propia mano. Recibió y entregó joyas que pertenecieron a vendedores de palenques y ferias, artistas como Lupita D’Alessio y Vicente Fernández o la esposa de algún presidente de la República.

Entre edificios virreinales y coloniales, Guillermo Miranda dedicó más de dos décadas a la joyería, el oficio que lo retó, lo enorgulleció y al final le hizo valer cada segundo invertido.

Comenzó a los 18 años como asistente de su padrastro, quien no le permitía trabajar las joyas, en un taller ubicado en el corredor peatonal Madero en el centro histórico de la Ciudad de México, pero su curiosidad lo llevó a preguntar en los talleres vecinos y a aprender viendo las técnicas de otros.

Tras la necesidad de mejorar su sueldo para solventar los gastos de su reciente matrimonio Guillermo tuvo su primer taller de joyería. Con tan solo 21 años comenzó a atraer clientes, compradores y vendedores del mercado joyero. Fue tanto su compromiso que hubo noches en que dormía en su local, se permitía sólo unos minutos para comer y unos días para volver a casa, “Le agarre un amor a la joyería que era como mi segunda novia. La ame tanto que cuando la dejé me dolió mucho”, dijo.

 

Hechuras, composturas, soldaduras, copias idénticas de piezas pérdidas, joyas de medidas milimétricas y otras de tamaños especiales, brillantes, diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes, piedras auténticas y otras de color fueron algunos de los trabajos y materiales que utilizó mientras fue artesano de joyería.

Se describe como una persona orgullosa a la que le gustan los retos, por eso los trabajos que más le apasionaron siempre fueron los pedidos de catálogo, por ser piezas que no pueden tocarse al momento, sólo verse en hojas de papel. Para crearlas hay que figurarse lo que está dentro y detrás y moldear los detalles desde la imaginación.

Pero no solo le gustaba la joyería, también le inquietaba mucho la tecnología. Para calmar su gusto innovador, él mismo perfeccionó sus herramientas para sustituir sus máquinas manuales “Me gustaba innovar, crear, inventar, hacer más fácil el trabajo y las cosas difíciles me apasionan”, contó.

Guillermo se declara como un joyero completo por tener todos los conocimientos que el oficio requiere y piensa que en la actualidad la joyería está segmentada, “un joyero completo hace la pieza, le pone piedras, graba nombres, vacía el sistema de cera perdida, pule, dora, platina. Tenía un taller completísimo y todo lo aprendí preguntando y viendo”, dijo. Aunque Madero, Gante, Palma y Motolinia siguen siendo las calles del centro histórico más representativas de la joyería, ahora sólo hay un taller para cada uno de esos trabajos.

Lo que comenzó como un reto por orgullo para Guillermo Miranda se convirtió poco a poco en una de las más grandes pasiones que ha tenido en su vida.

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