/ domingo 9 de julio de 2017

Resurgen las ruinas del templo de Batuc

Por Ulises Gutiérrez

El viaje lo iniciamos por la mañana del miércoles, desde la ciudad de Hermosillo. El objetivo: Llegar a las ruinas virreinales del templo de San Francisco Javier de Batuc, que por unos pocos días sale a “la luz”, pues pasa la mayor parte del tiempo bajo el agua, a veces por años.

La aventura fue larga y extenuante, pues para poder llegar en la época precisa, tuvimos que viajar en pleno verano, con una temperatura cercana a los 50 grados durante la mayor parte del trayecto.

Para quien nunca he enfrentado una temperatura de 50 grados, sería imposible narrarle lo que es, muchos simplemente mueren de golpe de calor, pero el vivir en el desierto te crea cierta resistencia, pero aun así no te debes confiar, debes consumir litros y litros de agua, suero, y usar sombrero y bloqueador solar, además de constantemente estar encontrando sombras para recuperarte.

El trayecto, más allá del calor, fue agradable. Hasta que pasando el pueblo Mazatán, en la zona central de Sonora, una vaca brincó sobre la rúa justo en el momento en que pasábamos en nuestro jeep, tuve que esquivarla con el movimiento de volante más veloz que pude hacer; ya hace unos años había vivido algo similar en la carretera de Hermosillo a Guaymas, en donde el rostro del animal quedó a centímetros de la ventana del copiloto, sin duda nuestros ángeles de la guarda estaban con nosotros en esta aventura.

Llegamos a San Pedro de la Cueva, el pueblo desde donde pensábamos tomar una lancha hasta el “islote” que se forma en temporada de sequía en la presa “El Novillo”, con los restos del pueblo de Batuc, pero nos dijeron en el muelle que no había ninguna disponible.

Nos comentaron ahí que nos convenía irnos por terracería hasta el nuevo Batuc y desde ahí caminar hacia el antiguo Batuc, el que quedó bajo el agua de la presa El Novillo en el año 1964.

Nos dijeron “el camino está bueno”… La verdad es que para mi gusto estaba malísimo, pero bueno, cada quien mide respecto a los parámetros que tiene en su experiencia de movilidad y para ellos es muy común andar entre cañadas y rúas llenas de hoyos, en la terracería.

Tardamos cerca de una hora desde el muelle de San Pedro hasta el Batuc nuevo, estacionamos el carro y caminamos algunos kilómetros rumbo a las ruinas que se veían desde mucho antes.

Mientras caminábamos en la arena desértica, no podía evitar pensar que eso era muy similar a estar en el Desierto de Atacama, en Perú, o en las llanuras del Tíbet por la que caminábamos era una gran llanura, el fino café de la tierra por todos lados, y grandes montañas de fondo.

Luego de algunos minutos llegamos primero al viejo panteón de Batuc, en donde aún están algunas lápidas y cuerpos, y luego tras caminar algunos minutos más, a las ruinas del templo.

La sequía hizo que la presa El Novillo descendiera cerca del 60% de su capacidad, y así los restos del viejo pueblo de Batuc emergieron.

No son unas ruinas cualesquiera, se trata del único templo de cantera construido en aquella época de la conquista religiosa virreinal, en el territorio de Sonora.

Al estar ahí, uno siente como si se encontrara en las ruinas de algún antiguo castillo medieval.

El nombre de Alejandro Rapicani, nacido en 1702 en Bremen, Alemania, va muy ligado a este templo.

El religioso alemán con orígenes sueco-italianos, fue el padre jesuita que inició la construcción del que fue un templo monumental, que fue todo un suceso para su época y localización.

Rapicani formó parte de la Compañía de Jesús y a diferencia de lo que ocurría en las iglesias que eran construidas de adobe por aquella época en Sonora, él hizo que canteros venidos del sur del país trabajaran en la edificación de esa obra de arte.

Las ruinas, aún hoy, nos demuestran que la cantera fue finamente trabajada.

Cuando se construyó la presa “El Novillo” a finales de los años 50 e inicios de los 60, del siglo pasado, el frontispicio del templo fue trasladado a Hermosillo, en donde hasta hoy se encuentra en la Plaza de los Tres Pueblos, en Villa de Seris.

Otra pequeña parte del conjunto de piedra, fue llevado a Caborca, en donde fue colocada frente al templo del Pueblo Viejo.

Por Ulises Gutiérrez

El viaje lo iniciamos por la mañana del miércoles, desde la ciudad de Hermosillo. El objetivo: Llegar a las ruinas virreinales del templo de San Francisco Javier de Batuc, que por unos pocos días sale a “la luz”, pues pasa la mayor parte del tiempo bajo el agua, a veces por años.

La aventura fue larga y extenuante, pues para poder llegar en la época precisa, tuvimos que viajar en pleno verano, con una temperatura cercana a los 50 grados durante la mayor parte del trayecto.

Para quien nunca he enfrentado una temperatura de 50 grados, sería imposible narrarle lo que es, muchos simplemente mueren de golpe de calor, pero el vivir en el desierto te crea cierta resistencia, pero aun así no te debes confiar, debes consumir litros y litros de agua, suero, y usar sombrero y bloqueador solar, además de constantemente estar encontrando sombras para recuperarte.

El trayecto, más allá del calor, fue agradable. Hasta que pasando el pueblo Mazatán, en la zona central de Sonora, una vaca brincó sobre la rúa justo en el momento en que pasábamos en nuestro jeep, tuve que esquivarla con el movimiento de volante más veloz que pude hacer; ya hace unos años había vivido algo similar en la carretera de Hermosillo a Guaymas, en donde el rostro del animal quedó a centímetros de la ventana del copiloto, sin duda nuestros ángeles de la guarda estaban con nosotros en esta aventura.

Llegamos a San Pedro de la Cueva, el pueblo desde donde pensábamos tomar una lancha hasta el “islote” que se forma en temporada de sequía en la presa “El Novillo”, con los restos del pueblo de Batuc, pero nos dijeron en el muelle que no había ninguna disponible.

Nos comentaron ahí que nos convenía irnos por terracería hasta el nuevo Batuc y desde ahí caminar hacia el antiguo Batuc, el que quedó bajo el agua de la presa El Novillo en el año 1964.

Nos dijeron “el camino está bueno”… La verdad es que para mi gusto estaba malísimo, pero bueno, cada quien mide respecto a los parámetros que tiene en su experiencia de movilidad y para ellos es muy común andar entre cañadas y rúas llenas de hoyos, en la terracería.

Tardamos cerca de una hora desde el muelle de San Pedro hasta el Batuc nuevo, estacionamos el carro y caminamos algunos kilómetros rumbo a las ruinas que se veían desde mucho antes.

Mientras caminábamos en la arena desértica, no podía evitar pensar que eso era muy similar a estar en el Desierto de Atacama, en Perú, o en las llanuras del Tíbet por la que caminábamos era una gran llanura, el fino café de la tierra por todos lados, y grandes montañas de fondo.

Luego de algunos minutos llegamos primero al viejo panteón de Batuc, en donde aún están algunas lápidas y cuerpos, y luego tras caminar algunos minutos más, a las ruinas del templo.

La sequía hizo que la presa El Novillo descendiera cerca del 60% de su capacidad, y así los restos del viejo pueblo de Batuc emergieron.

No son unas ruinas cualesquiera, se trata del único templo de cantera construido en aquella época de la conquista religiosa virreinal, en el territorio de Sonora.

Al estar ahí, uno siente como si se encontrara en las ruinas de algún antiguo castillo medieval.

El nombre de Alejandro Rapicani, nacido en 1702 en Bremen, Alemania, va muy ligado a este templo.

El religioso alemán con orígenes sueco-italianos, fue el padre jesuita que inició la construcción del que fue un templo monumental, que fue todo un suceso para su época y localización.

Rapicani formó parte de la Compañía de Jesús y a diferencia de lo que ocurría en las iglesias que eran construidas de adobe por aquella época en Sonora, él hizo que canteros venidos del sur del país trabajaran en la edificación de esa obra de arte.

Las ruinas, aún hoy, nos demuestran que la cantera fue finamente trabajada.

Cuando se construyó la presa “El Novillo” a finales de los años 50 e inicios de los 60, del siglo pasado, el frontispicio del templo fue trasladado a Hermosillo, en donde hasta hoy se encuentra en la Plaza de los Tres Pueblos, en Villa de Seris.

Otra pequeña parte del conjunto de piedra, fue llevado a Caborca, en donde fue colocada frente al templo del Pueblo Viejo.

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