/ lunes 1 de abril de 2019

Sin permiso del rey español, Hernán Cortés invadió México

En su testamento, manifestó que sus restos mortales fueran traídos a la Nueva España y se depositaron en la iglesia de Jesús de Nazareno

Las recientes declaraciones del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, reactivaron la polémica sobre la figura de Hernán Cortés, el hombre que conquistó México sin la autorización del rey don Fernando de Castilla.

A pesar de todo el odio que aún despierta su recuerdo entre los mexicanos, sus restos están en la iglesia de Jesús Nazareno, una calle de la Alcaldía de Tláhuac lleva su nombre, y un busto del extremeño está en el Hospital de Jesús.

En España sus últimos días fueron amargos, pues no prosperaron sus reclamos para que le fueran devueltas sus riquezas y se le reconociera la gloria de haber conquistado México.

Quizá, así el rey Carlos V intento castigó a quien, sin permiso de sus antecesores, se atrevió a llevar a cabo esa proeza.

Y es que el historiador, escritor y militar, don Vicente Riva Palacio, en su obra México a través de los siglos, señaló que la conquista de México se hizo sin autorización ni auxilio del rey.

En el capítulo XI del tomo 2 de dicha obra, explicó que todos los descubridores, conquistadores y pacificadores de las Indias, desde Cristóbal Colón, emprendían sus expediciones provistos de un título dado por el rey y que se denominaba capitulación.

Agregó que eran unas especies de contratos celebrados entre el gobierno español y el particular que acometía la empresa de explorar y conquistar nuevas tierras en América.

Se especificaban las condiciones de la concesión; compromisos que contraía el que la había obtenido; las autorizaciones que se le daban; y el premio prometido, si las cláusulas del contrato se cumplían fielmente por el particular.

Asimismo, se estipulaba la parte de las riquezas que le tocaban al rey y la que le correspondía al adelantado o capitán de la empresa y sus acompañantes.

Foto: Especial

Por ejemplo, las capitulaciones de Cristóbal Colón tienen fecha del 17 de abril de 1492.

Esta regulación quedo plasmada en una Cédula Real expedida en Granada, el 3 de septiembre de 1501, pero Hernán Cortés al llegar a tierras mexicanas no había celebrado esa capitulación y el viaje lo hizo por orden del gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, quien tampoco estaba autorizado para hacer esos descubrimientos y mucho menos conquistar.

Cortés zarpó de la isla el 23 de octubre de 1518, es más historiadores, como Lazlo Passuth, aseguran que prácticamente se fue a la brava.

Riva Palacio opinó que “la conquista de México fue obra exclusiva de un aventurero afortunado a quien el espíritu de vasallaje o el temor al poder de España obligó a reconocer al emperador y a entregar como una parte de la monarquía lo que él había adquirido infringiendo y olvidando todas las leyes de los monarcas españoles”.

SEPULCRO

Tras que el rey de España, Carlos V, no lo recibió en audiencia ni lo reconociera como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, Cortés le respondió “porque a dilatarse, dejarlo perder, y volverme he a mi casa, porque no tengo edad para andar por mesones, sino para recojerme y aclarar mis cuentas con Dios, pues. La tengo larga, y poca vida para dar los descargos, y será mejor dejar perder la hacienda que el ánima”, cita Riva Palacio.

Hernán Cortés murió en Castilleja de Cuesta, el 2 de diciembre de 1547, su cadáver fue enterrado inicialmente en el cementerio de los duques de Medina de Cedonia, en lo que se trasladaban su huesa a la Nueva España, como lo había dispuesto en su testamento y de lo cual se encargaron los apoderados de don Martín Cortés, en el último tercio del siglo XVI

Primero, sus restos fueron depositados en la iglesia de San Francisco en Texcoco, Estado de México, donde estuvieron hasta 1629, cuando se les coloco en el convento de San Francisco de la Ciudad de México.

Posteriormente, en 1764 llegaron a lo que sería su última morada, la Iglesia de Jesús, cuya construcción costeó de su bolsa, al igual que el hospital aledaño, con el mismo nombre.

Aquí, nace la duda sobre la autenticidad de que esos restos, que están a la diestra del Cristo crucificado, en el altar mayor de dicho templo, sean los del extremeño, porque don Vicente Riva Palacio aseguró que en 1823 fueron sacados de ahí y enviados a Italia, a la casa de los duques de Monteleón.

Luis González Obregón, en los anales del Museo Nacional, precisó que lo que se envió a ese país europeo fueron el busto y armas de bronce dorado que estaban en el sepulcro; agregó que en 1823 algunos mexicanos propusieron que dichas partes mortuorias fueran incineradas en el quemadero de San Lázaro.

Ante esto, la Provisión de la Mitra ordenó a la Capellanía Mayor del Hospital de Jesús los enterrase en lugar seguro, como lo verificó don Lucas Alamán.

El notario público, Manuel Andrade, certificó el 7 de junio de 1947, en el acta 30.679, lo que encontró en una caja de plomo, madera y cubierta de cristal, hallada en la rectoría de la Limpia Concepción y Jesús María.

Previamente, Alberto María Carreño, director del Hospital de Jesús, había acomodado los restos mortales del español, como huesos largos y pequeños envueltos en una sábana de lino con encajes blancos, y bordadas en negro las letras H.C.; y el cráneo en un pañuelo del mismo material, encajes e iniciales.

Finalmente, una simple placa de color rojo, con su nombre, Hernán Cortés, año de nacimiento y muerte, indica dónde están partes del cuerpo del aventurero afortunado que conquistó México, sin permiso del rey de España.

Las recientes declaraciones del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, reactivaron la polémica sobre la figura de Hernán Cortés, el hombre que conquistó México sin la autorización del rey don Fernando de Castilla.

A pesar de todo el odio que aún despierta su recuerdo entre los mexicanos, sus restos están en la iglesia de Jesús Nazareno, una calle de la Alcaldía de Tláhuac lleva su nombre, y un busto del extremeño está en el Hospital de Jesús.

En España sus últimos días fueron amargos, pues no prosperaron sus reclamos para que le fueran devueltas sus riquezas y se le reconociera la gloria de haber conquistado México.

Quizá, así el rey Carlos V intento castigó a quien, sin permiso de sus antecesores, se atrevió a llevar a cabo esa proeza.

Y es que el historiador, escritor y militar, don Vicente Riva Palacio, en su obra México a través de los siglos, señaló que la conquista de México se hizo sin autorización ni auxilio del rey.

En el capítulo XI del tomo 2 de dicha obra, explicó que todos los descubridores, conquistadores y pacificadores de las Indias, desde Cristóbal Colón, emprendían sus expediciones provistos de un título dado por el rey y que se denominaba capitulación.

Agregó que eran unas especies de contratos celebrados entre el gobierno español y el particular que acometía la empresa de explorar y conquistar nuevas tierras en América.

Se especificaban las condiciones de la concesión; compromisos que contraía el que la había obtenido; las autorizaciones que se le daban; y el premio prometido, si las cláusulas del contrato se cumplían fielmente por el particular.

Asimismo, se estipulaba la parte de las riquezas que le tocaban al rey y la que le correspondía al adelantado o capitán de la empresa y sus acompañantes.

Foto: Especial

Por ejemplo, las capitulaciones de Cristóbal Colón tienen fecha del 17 de abril de 1492.

Esta regulación quedo plasmada en una Cédula Real expedida en Granada, el 3 de septiembre de 1501, pero Hernán Cortés al llegar a tierras mexicanas no había celebrado esa capitulación y el viaje lo hizo por orden del gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, quien tampoco estaba autorizado para hacer esos descubrimientos y mucho menos conquistar.

Cortés zarpó de la isla el 23 de octubre de 1518, es más historiadores, como Lazlo Passuth, aseguran que prácticamente se fue a la brava.

Riva Palacio opinó que “la conquista de México fue obra exclusiva de un aventurero afortunado a quien el espíritu de vasallaje o el temor al poder de España obligó a reconocer al emperador y a entregar como una parte de la monarquía lo que él había adquirido infringiendo y olvidando todas las leyes de los monarcas españoles”.

SEPULCRO

Tras que el rey de España, Carlos V, no lo recibió en audiencia ni lo reconociera como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, Cortés le respondió “porque a dilatarse, dejarlo perder, y volverme he a mi casa, porque no tengo edad para andar por mesones, sino para recojerme y aclarar mis cuentas con Dios, pues. La tengo larga, y poca vida para dar los descargos, y será mejor dejar perder la hacienda que el ánima”, cita Riva Palacio.

Hernán Cortés murió en Castilleja de Cuesta, el 2 de diciembre de 1547, su cadáver fue enterrado inicialmente en el cementerio de los duques de Medina de Cedonia, en lo que se trasladaban su huesa a la Nueva España, como lo había dispuesto en su testamento y de lo cual se encargaron los apoderados de don Martín Cortés, en el último tercio del siglo XVI

Primero, sus restos fueron depositados en la iglesia de San Francisco en Texcoco, Estado de México, donde estuvieron hasta 1629, cuando se les coloco en el convento de San Francisco de la Ciudad de México.

Posteriormente, en 1764 llegaron a lo que sería su última morada, la Iglesia de Jesús, cuya construcción costeó de su bolsa, al igual que el hospital aledaño, con el mismo nombre.

Aquí, nace la duda sobre la autenticidad de que esos restos, que están a la diestra del Cristo crucificado, en el altar mayor de dicho templo, sean los del extremeño, porque don Vicente Riva Palacio aseguró que en 1823 fueron sacados de ahí y enviados a Italia, a la casa de los duques de Monteleón.

Luis González Obregón, en los anales del Museo Nacional, precisó que lo que se envió a ese país europeo fueron el busto y armas de bronce dorado que estaban en el sepulcro; agregó que en 1823 algunos mexicanos propusieron que dichas partes mortuorias fueran incineradas en el quemadero de San Lázaro.

Ante esto, la Provisión de la Mitra ordenó a la Capellanía Mayor del Hospital de Jesús los enterrase en lugar seguro, como lo verificó don Lucas Alamán.

El notario público, Manuel Andrade, certificó el 7 de junio de 1947, en el acta 30.679, lo que encontró en una caja de plomo, madera y cubierta de cristal, hallada en la rectoría de la Limpia Concepción y Jesús María.

Previamente, Alberto María Carreño, director del Hospital de Jesús, había acomodado los restos mortales del español, como huesos largos y pequeños envueltos en una sábana de lino con encajes blancos, y bordadas en negro las letras H.C.; y el cráneo en un pañuelo del mismo material, encajes e iniciales.

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