/ jueves 2 de abril de 2020

Tristeza

La tristeza nos hace reflexionar profundo. La alegría no. La alegría nos hace vivir profundo y contentos, entregados a la misma alegría que se desborda de nuestro cuerpo

¿Ha sentido usted una especie de opresión en el ánimo? ¿Ha sentido que le aprieta el pecho ese algo que parece como si quisiera llorar o incluso apartarse un poco para sentirse usted mismo? ¿Ha sentido desasosiego, incertidumbre, dolor del alma y ganas de que lo entiendan, aunque nadie lo entiende según uno mismo? ... y ‘cuando quiere llorar no llora, y a veces llora sin querer’.

Para los antiguos griegos la tristeza estaba asociada al exceso de “bilis negra” en el cuerpo humano. Según Hipócrates esto provocaba un comportamiento “abatido, apático y un manifiesto sentimiento de tristeza”. Así, bilis negra pasó a convertirse en sinónimo de tristeza. Esto lo escribió muy bien Federico Campbell en su maravilloso libro: “Post scriptum triste”. Así que la tristeza es tan antigua como el mismo ser humano y como su propia felicidad “que para en melancolía”.

La tristeza nos hace reflexionar profundo. La alegría no. La alegría nos hace vivir profundo y contentos, entregados a la misma alegría que se desborda de nuestro cuerpo para ser tan expansiva como fuegos artificiales de mil colores, como un castillo de feria, como una canción ranchera tan estrepitosa como impulsiva y contaminante.

La tristeza se mete al cuerpo sin darnos cuenta; entra al alma por los ojos, por los oídos, por el sabor, olor, tacto. La tristeza nos sumerge en nosotros para ser parte de nuestro íntimo decoro. Y nos deja cada día exhaustos porque nuestro yo interno está enfrentado a sí mismo y, por tanto, agobiado y sin aparente solución.

Mujer melancólica de Pablo Picasso

Cuando nuestro estado de ánimo ‘anda volando bajo’ buscamos espejos que alimenten nuestro pesar. Así, escuchamos canciones tristes... “Por eso mis canciones son muy tristes, tú siempre me lo dices sin cesar...”; “¿Por qué te fuiste, aquella noche... por qué te fuiste sin regresar...?”. Canciones que enmarcan nuestro silencio para ser estas melodías las que hablen por nosotros.

Ahí está la obra de Tchaikowsky, ese modelo de tristeza inmensa que fue él mismo y quien nos heredó, por ejemplo, su Sinfonía número 6, Patética; o su Andante cantábile de la 5ª Sinfonía o hasta su canción: “Nada como el corazón solitario”... Si de tristezas hablamos ahí está el summum de esa “grave agonía”, como también lo es la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler.

O qué tal cuando escuchamos a Simon and Garfunkel y sus “Sounds of silence”... ‘Hello darkness my old friend...’ o Tears in heaven, de Eric Clapton.

De pronto vemos a algún amigo o amiga que anda “tristón”, que no es el mismo de siempre, que se le ve apesadumbrado, lejano, distante, ensimismado, evasivo y que da respuestas sin ton ni son, nada más para salir del paso: ese amigo está así: “tristón”como cariñosamente decimos en México ‘estar triste’... ‘piqui-bajo’ como los polluelos que buscan su propio calor... achicopalado’... meditabundo... cabizbajo... Y si... Es tristeza.

La misma tristeza que Freud decía que era causada por un luto consciente ‘debido a la pérdida del objeto del amor o del deseo o por una circunstancia adversa...’ aunque también hay otras opiniones como la del escritor francés Victor Hugo que asumió “la alegría de estar tristes” o para Charles Baudelaire que entendía a la tristeza como ‘objeto de creatividad’.

En el cine hay miles de ejemplos de tristeza, como aquellas películas que nos enternecen y que nos dicen cosas que no advertíamos antes. Como las mexicanas de interminable lagrimeo y de las que –eso- hay ejemplos a raudales, porque los productores de estas historias sabían por dónde llegar al estado íntimo de los mexicanos y las mexicanas que al mismo tiempo son de grito y jaleo, como de lágrima fácil: “Nosotros los pobres”; “Ustedes los ricos”; “Ansiedad”.

Pero también fuera las hay muy tristes: “Dersu Uzala” de Akira Kurosawa no puede ser más triste ante la pérdida de un amigo. O aquella en la que salíamos del cine sin ganas de tacos ‘para después de la película’ como fue “Goodbye Mr. Chips” de Herbert Ross o hasta “Doctor Zhivago”de David Lean... Y así tantas de tanta tristeza en México como allá, afuera.

En la literatura, según este que suscribe, no hay relato más inmensamente triste que el que escribió Anton Chejov y que se llama así: “Tristeza” en el que relata la enorme congoja de un viejo cochero, la insensibilidad de otros y la necesidad urgente de que alguien-algo nos escuche:

“La capital aparece envuelta en el crepúsculo vespertino. La nieve cae en gruesos copos, revolotea perezosamente junto a los faroles encendidos, se extiende en fina capa sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombres, sobre los sombreros.

“El cochero Yona está todo blanco, como un fantasma. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado hasta donde puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni toda la nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud. Su caballo está también blanco e inmóvil...”

Desesperación de Edvard Munch

O en la pintura no hay ejemplo más sublime de tristeza como es la obra de Edward Hopper, en su expresionismo abstracto posterior a la Segunda Guerra Mundial y quien nos entrega a sus personajes siempre solos, mujeres enfrentadas a sí mismas; parejas calladas frente a un café en un restaurante solitario y triste; colores ensimismados y dolorosos... Es la obra de Hopper, quizá el ejemplo en la plástica del tristísimo humano.

Y tanto más es el camino que el hombre y la mujer han recorrido para expresar su intimidad más dolorosa y que, pasado el tiempo puede convertirse en depresión, según los sabios de la mente humana. La tristeza aparece y desaparece... Depende de la recuperación individual o cambio de circunstancias; es cosa de cada uno, también. Esto es así porque “ni todas las personas se ponen tristes ante una misma situación, ni todas ellas reaccionan con la misma intensidad ante estas situaciones”.

Los científicos de la psique dicen que la tristeza es una especie de neurosis, ‘la que va asociada a una baja autoestima, una gran facilidad para sentirse culpable y un alto grado de exigencia consigo mismo’:

‘En cuanto a los esquemas cognitivos, conviene saber que cuando una persona se ve expuesta a varios acontecimientos que generan tristeza, como pueden ser los fracasos o ausencia del ogros, o una circunstancia adversa, llega un momento en el que se ve paralizado por el miedo, y la tristeza extrema es lo que se conoce como indefensión aprendida...” (Lo dicen los libros).

Nighthawks de Edward Hopper

‘El término tristeza es sinónimo de desconsuelo, melancolía, pesimismo, nostalgia, desconsuelo, abatimiento... Pero también tiene su antagónico: la alegría’, las ganas de vivir, de superar, de controlarse uno mismo; la necesidad urgente de saber que sigue la vida, y que la tristeza queda atrás porque no es eterna.

Y todo esto viene a cuento porque estamos en momentos difíciles para todos en el mundo. Son días de agobio, de intranquilidad, de miedo y temor por la incertidumbre. Pero nada. La fortaleza está ahí mismo, en nuestra trascendencia y en nuestra fortaleza como seres humanos.

No son los momentos para saltar de alegría ni para salir corriendo y descubrir el nuevo sol y los nuevos aires frescos de la mañana. No. Pero sí estamos juntos todos. Y una gran tristeza nos abate por todos lados. En México tan dados al pesimismo y a la tristeza, hoy lo estamos.

Pero también está el momento crucial para nuestra transformación humana; para saber que cuando pase todo esto, estaremos juntos otra vez y podremos hablar, platicar, comer juntos, reír y saltar y ser felices juntos porque eso es también el factor humano.

El Beso de Gustav Klimt

Después de las grandes guerras ocurrieron también las grandes obras humanas. El despegue para nuevos descubrimientos y nuevas formas de vida.

Y está también esa gana inmensa de reencontrarnos con los seres queridos, con los grandes amigos, con la mejor gente que hay en el mundo, que es la gente misma y para decirles a todos:

“Te quiero mucho” sin vergüenza alguna, porque es cierto; sin temores; sin recato: “Te quiero mucho” a la familia toda, al amigo, al colega, al maestro... porque es eso, son esas dos palabras mágicas que habrán de terminar con nuestra tristeza cuando todo esto haya pasado:

Te quiero mucho. Te quiero mucho. Te quiero mucho.

joelhsantiago@gmail.com


¿Ha sentido usted una especie de opresión en el ánimo? ¿Ha sentido que le aprieta el pecho ese algo que parece como si quisiera llorar o incluso apartarse un poco para sentirse usted mismo? ¿Ha sentido desasosiego, incertidumbre, dolor del alma y ganas de que lo entiendan, aunque nadie lo entiende según uno mismo? ... y ‘cuando quiere llorar no llora, y a veces llora sin querer’.

Para los antiguos griegos la tristeza estaba asociada al exceso de “bilis negra” en el cuerpo humano. Según Hipócrates esto provocaba un comportamiento “abatido, apático y un manifiesto sentimiento de tristeza”. Así, bilis negra pasó a convertirse en sinónimo de tristeza. Esto lo escribió muy bien Federico Campbell en su maravilloso libro: “Post scriptum triste”. Así que la tristeza es tan antigua como el mismo ser humano y como su propia felicidad “que para en melancolía”.

La tristeza nos hace reflexionar profundo. La alegría no. La alegría nos hace vivir profundo y contentos, entregados a la misma alegría que se desborda de nuestro cuerpo para ser tan expansiva como fuegos artificiales de mil colores, como un castillo de feria, como una canción ranchera tan estrepitosa como impulsiva y contaminante.

La tristeza se mete al cuerpo sin darnos cuenta; entra al alma por los ojos, por los oídos, por el sabor, olor, tacto. La tristeza nos sumerge en nosotros para ser parte de nuestro íntimo decoro. Y nos deja cada día exhaustos porque nuestro yo interno está enfrentado a sí mismo y, por tanto, agobiado y sin aparente solución.

Mujer melancólica de Pablo Picasso

Cuando nuestro estado de ánimo ‘anda volando bajo’ buscamos espejos que alimenten nuestro pesar. Así, escuchamos canciones tristes... “Por eso mis canciones son muy tristes, tú siempre me lo dices sin cesar...”; “¿Por qué te fuiste, aquella noche... por qué te fuiste sin regresar...?”. Canciones que enmarcan nuestro silencio para ser estas melodías las que hablen por nosotros.

Ahí está la obra de Tchaikowsky, ese modelo de tristeza inmensa que fue él mismo y quien nos heredó, por ejemplo, su Sinfonía número 6, Patética; o su Andante cantábile de la 5ª Sinfonía o hasta su canción: “Nada como el corazón solitario”... Si de tristezas hablamos ahí está el summum de esa “grave agonía”, como también lo es la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler.

O qué tal cuando escuchamos a Simon and Garfunkel y sus “Sounds of silence”... ‘Hello darkness my old friend...’ o Tears in heaven, de Eric Clapton.

De pronto vemos a algún amigo o amiga que anda “tristón”, que no es el mismo de siempre, que se le ve apesadumbrado, lejano, distante, ensimismado, evasivo y que da respuestas sin ton ni son, nada más para salir del paso: ese amigo está así: “tristón”como cariñosamente decimos en México ‘estar triste’... ‘piqui-bajo’ como los polluelos que buscan su propio calor... achicopalado’... meditabundo... cabizbajo... Y si... Es tristeza.

La misma tristeza que Freud decía que era causada por un luto consciente ‘debido a la pérdida del objeto del amor o del deseo o por una circunstancia adversa...’ aunque también hay otras opiniones como la del escritor francés Victor Hugo que asumió “la alegría de estar tristes” o para Charles Baudelaire que entendía a la tristeza como ‘objeto de creatividad’.

En el cine hay miles de ejemplos de tristeza, como aquellas películas que nos enternecen y que nos dicen cosas que no advertíamos antes. Como las mexicanas de interminable lagrimeo y de las que –eso- hay ejemplos a raudales, porque los productores de estas historias sabían por dónde llegar al estado íntimo de los mexicanos y las mexicanas que al mismo tiempo son de grito y jaleo, como de lágrima fácil: “Nosotros los pobres”; “Ustedes los ricos”; “Ansiedad”.

Pero también fuera las hay muy tristes: “Dersu Uzala” de Akira Kurosawa no puede ser más triste ante la pérdida de un amigo. O aquella en la que salíamos del cine sin ganas de tacos ‘para después de la película’ como fue “Goodbye Mr. Chips” de Herbert Ross o hasta “Doctor Zhivago”de David Lean... Y así tantas de tanta tristeza en México como allá, afuera.

En la literatura, según este que suscribe, no hay relato más inmensamente triste que el que escribió Anton Chejov y que se llama así: “Tristeza” en el que relata la enorme congoja de un viejo cochero, la insensibilidad de otros y la necesidad urgente de que alguien-algo nos escuche:

“La capital aparece envuelta en el crepúsculo vespertino. La nieve cae en gruesos copos, revolotea perezosamente junto a los faroles encendidos, se extiende en fina capa sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombres, sobre los sombreros.

“El cochero Yona está todo blanco, como un fantasma. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado hasta donde puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni toda la nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud. Su caballo está también blanco e inmóvil...”

Desesperación de Edvard Munch

O en la pintura no hay ejemplo más sublime de tristeza como es la obra de Edward Hopper, en su expresionismo abstracto posterior a la Segunda Guerra Mundial y quien nos entrega a sus personajes siempre solos, mujeres enfrentadas a sí mismas; parejas calladas frente a un café en un restaurante solitario y triste; colores ensimismados y dolorosos... Es la obra de Hopper, quizá el ejemplo en la plástica del tristísimo humano.

Y tanto más es el camino que el hombre y la mujer han recorrido para expresar su intimidad más dolorosa y que, pasado el tiempo puede convertirse en depresión, según los sabios de la mente humana. La tristeza aparece y desaparece... Depende de la recuperación individual o cambio de circunstancias; es cosa de cada uno, también. Esto es así porque “ni todas las personas se ponen tristes ante una misma situación, ni todas ellas reaccionan con la misma intensidad ante estas situaciones”.

Los científicos de la psique dicen que la tristeza es una especie de neurosis, ‘la que va asociada a una baja autoestima, una gran facilidad para sentirse culpable y un alto grado de exigencia consigo mismo’:

‘En cuanto a los esquemas cognitivos, conviene saber que cuando una persona se ve expuesta a varios acontecimientos que generan tristeza, como pueden ser los fracasos o ausencia del ogros, o una circunstancia adversa, llega un momento en el que se ve paralizado por el miedo, y la tristeza extrema es lo que se conoce como indefensión aprendida...” (Lo dicen los libros).

Nighthawks de Edward Hopper

‘El término tristeza es sinónimo de desconsuelo, melancolía, pesimismo, nostalgia, desconsuelo, abatimiento... Pero también tiene su antagónico: la alegría’, las ganas de vivir, de superar, de controlarse uno mismo; la necesidad urgente de saber que sigue la vida, y que la tristeza queda atrás porque no es eterna.

Y todo esto viene a cuento porque estamos en momentos difíciles para todos en el mundo. Son días de agobio, de intranquilidad, de miedo y temor por la incertidumbre. Pero nada. La fortaleza está ahí mismo, en nuestra trascendencia y en nuestra fortaleza como seres humanos.

No son los momentos para saltar de alegría ni para salir corriendo y descubrir el nuevo sol y los nuevos aires frescos de la mañana. No. Pero sí estamos juntos todos. Y una gran tristeza nos abate por todos lados. En México tan dados al pesimismo y a la tristeza, hoy lo estamos.

Pero también está el momento crucial para nuestra transformación humana; para saber que cuando pase todo esto, estaremos juntos otra vez y podremos hablar, platicar, comer juntos, reír y saltar y ser felices juntos porque eso es también el factor humano.

El Beso de Gustav Klimt

Después de las grandes guerras ocurrieron también las grandes obras humanas. El despegue para nuevos descubrimientos y nuevas formas de vida.

Y está también esa gana inmensa de reencontrarnos con los seres queridos, con los grandes amigos, con la mejor gente que hay en el mundo, que es la gente misma y para decirles a todos:

“Te quiero mucho” sin vergüenza alguna, porque es cierto; sin temores; sin recato: “Te quiero mucho” a la familia toda, al amigo, al colega, al maestro... porque es eso, son esas dos palabras mágicas que habrán de terminar con nuestra tristeza cuando todo esto haya pasado:

Te quiero mucho. Te quiero mucho. Te quiero mucho.

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