/ viernes 30 de abril de 2021

La maldición de Cruz Azul... Entre más cerca, más lejos

La Máquina acumula 23 años sin ser campeón; ante lo inexplicable, algunas leyendas rondan su desafortunada historia

Todas las historias de maldiciones comienzan con una leyenda. Es decir, aunque en su naturaleza son imposibles de comprobar, a menudo se aparecen con tanta fuerza que solemos creer que en realidad existen. La idea de Cruz Azul como un equipo “maldito” surgió de la necesidad de explicar lo inexplicable. Para que eso ocurriera, sin embargo, debieron pasar los años y las finales perdidas, quedarse primero cerca y después muy cerca, cruzar la delgada línea que divide al asombro de la incredulidad, hasta que un día los adjetivos no alcanzaron y las explicaciones ya no fueron suficientes, entonces no quedó de otra más que atribuir lo acontecido a fuerzas superiores.

Si Cruz Azul no queda campeón este torneo, el próximo 7 de diciembre la cuenta marcará 24 años desde su último campeonato. Es lo que tienen las maldiciones, ese poder de resignificar un día que en su momento fue de gloria, pero conforme pasan los años y esa alegría sigue siendo la última, algo en el recuerdo se desvanece.

La imagen de Cruz Azul, vestido de blanco, levantando la octava copa bajo el sol invernal de León, cada vez es más difusa. Lo cerca que ha estado después en cierto modo le juega en contra a ese recuerdo.

¿EL ORIGEN?

Es difícil precisar cuándo le cayó la maldición a La Máquina, ese equipo implacable de los años 60 y 70. Pero si acaso hay que ponerle un origen a la mala suerte, hay que ubicarse a finales de siglo. La historia transcurre en La Noria, en los campos de entrenamiento de Cruz Azul, y tiene tintes fantasmales.

Ahí, en el camino a San Pablo, rumbo a las tierras húmedas de Xochimilco, hay dos bardas que se juntan. Si uno va, por la izquierda se aparece una pared pintada de azul, y si uno vuelve, a la derecha se dibuja un muro descarapelado del que sobresalen las puntas grises de las bóvedas del panteón de Jilotepec. Adentro, en lo profundo, en la frontera de ambos terrenos, hay un muro verde y alto que separa el camposanto de las canchas inmaculadas donde se entrena el equipo. Es decir, es la división de dos mundos. Aunque nadie lo diga, sin embargo, la cercanía con la muerte siempre ha dado lugar a los malos augurios.

Foto: Cuartoscuro

Era octubre de 1990 cuando Cruz Azul dejó Acoxpa para mudarse a La Noria. Por aquel entonces, el panteón del al lado era apenas una anécdota, pero fue el paso del tiempo el encargado de darle su protagonismo. Se cuenta que, al cabo de los años, las instalaciones se fueron haciendo cada vez más grandes, cuando en una de las ampliaciones un error de cálculo invadió los lindes del panteón, y en el reacomodo, parte de la cancha terminó sobre las tumbas.

El alma de los muertos sin descanso deambula por las instalaciones celestes, y hay quien jura haber visto una niña vestida de blanco por los pasillos, o escondida en el camión del equipo, asomada por una de las ventanas. Esas son las cosas que se dicen, siempre con reserva, que La Máquina no levantará otro título hasta que las almas en pena encuentren su camino. Por supuesto, nadie puede comprobarlo, pero tampoco refutarlo, al menos por ahora.

UN CONJURO

Otra leyenda tiene su origen en León, la misma tarde en la que Cruz Azul levantó la copa por última vez. La secuencia final está marcada por la épica. Carlos Hermosillo y el marcador empatado, al minuto 103, a punto de cobrar el penalti decisivo, con la cara manchada de una sangre que aún brota de la piel recién abierta por el filo del taco del arquero esmeralda, Ángel David Comizzo, gobernado por la ira, soltando el pisotón artero dentro de su área, dando paso a la posibilidad desde el manchón. La grada hecha caldera y el gol posterior que pintó la tarde de celeste.

Pasados los años, a nadie se le había ocurrido pensar que el origen de la maldición tenía algo de cíclico, es decir, que todo comenzó cuando la felicidad era plena, hasta que el propio Comizzo, ya convertido en técnico, disfrazado de profeta, le dio por decir que Cruz Azul sólo sería campeón con él en el banquillo. Como si el futbol le debiera algo desde aquel día y ante la frustración, hubiera lanzado un conjuro poderoso.

Foto: Cortesía

El cinismo de sus palabras se fundamenta en esas cosas raras que tiene el destino, que le basta con unir nombres y momentos para significar algo. Ya lo decía el escritor Fernando del Paso, que la vida está llena de coincidencias asombrosas que pasan inadvertidas, salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Entonces, ¿quién puede decirle que no a Comizzo?

La maldición de Cruz Azul a menudo resulta paradójica. Por increíble que parezca, mientras más cerca esté de salir campeón, más lejos está. Es decir, que todo aquello que lo acerca al mismo tiempo lo aleja. La situación no deja de ser trágica. El hecho de que el equipo termine el Guard1anes 2021 como líder no es garantía, tampoco lo son sus victorias ni sus goles, mucho menos su buen momento ni las cosas buenas que le pasen, cuando le pasan. Al contrario, existe la sensación de que mientras más libre y despejado se vea el camino, más vertiginosa será la sacudida. Como si la felicidad encumbrada durante todo un torneo barruntara una nueva tragedia, siempre al final, cuando ya no queda tiempo para nada.


Todas las historias de maldiciones comienzan con una leyenda. Es decir, aunque en su naturaleza son imposibles de comprobar, a menudo se aparecen con tanta fuerza que solemos creer que en realidad existen. La idea de Cruz Azul como un equipo “maldito” surgió de la necesidad de explicar lo inexplicable. Para que eso ocurriera, sin embargo, debieron pasar los años y las finales perdidas, quedarse primero cerca y después muy cerca, cruzar la delgada línea que divide al asombro de la incredulidad, hasta que un día los adjetivos no alcanzaron y las explicaciones ya no fueron suficientes, entonces no quedó de otra más que atribuir lo acontecido a fuerzas superiores.

Si Cruz Azul no queda campeón este torneo, el próximo 7 de diciembre la cuenta marcará 24 años desde su último campeonato. Es lo que tienen las maldiciones, ese poder de resignificar un día que en su momento fue de gloria, pero conforme pasan los años y esa alegría sigue siendo la última, algo en el recuerdo se desvanece.

La imagen de Cruz Azul, vestido de blanco, levantando la octava copa bajo el sol invernal de León, cada vez es más difusa. Lo cerca que ha estado después en cierto modo le juega en contra a ese recuerdo.

¿EL ORIGEN?

Es difícil precisar cuándo le cayó la maldición a La Máquina, ese equipo implacable de los años 60 y 70. Pero si acaso hay que ponerle un origen a la mala suerte, hay que ubicarse a finales de siglo. La historia transcurre en La Noria, en los campos de entrenamiento de Cruz Azul, y tiene tintes fantasmales.

Ahí, en el camino a San Pablo, rumbo a las tierras húmedas de Xochimilco, hay dos bardas que se juntan. Si uno va, por la izquierda se aparece una pared pintada de azul, y si uno vuelve, a la derecha se dibuja un muro descarapelado del que sobresalen las puntas grises de las bóvedas del panteón de Jilotepec. Adentro, en lo profundo, en la frontera de ambos terrenos, hay un muro verde y alto que separa el camposanto de las canchas inmaculadas donde se entrena el equipo. Es decir, es la división de dos mundos. Aunque nadie lo diga, sin embargo, la cercanía con la muerte siempre ha dado lugar a los malos augurios.

Foto: Cuartoscuro

Era octubre de 1990 cuando Cruz Azul dejó Acoxpa para mudarse a La Noria. Por aquel entonces, el panteón del al lado era apenas una anécdota, pero fue el paso del tiempo el encargado de darle su protagonismo. Se cuenta que, al cabo de los años, las instalaciones se fueron haciendo cada vez más grandes, cuando en una de las ampliaciones un error de cálculo invadió los lindes del panteón, y en el reacomodo, parte de la cancha terminó sobre las tumbas.

El alma de los muertos sin descanso deambula por las instalaciones celestes, y hay quien jura haber visto una niña vestida de blanco por los pasillos, o escondida en el camión del equipo, asomada por una de las ventanas. Esas son las cosas que se dicen, siempre con reserva, que La Máquina no levantará otro título hasta que las almas en pena encuentren su camino. Por supuesto, nadie puede comprobarlo, pero tampoco refutarlo, al menos por ahora.

UN CONJURO

Otra leyenda tiene su origen en León, la misma tarde en la que Cruz Azul levantó la copa por última vez. La secuencia final está marcada por la épica. Carlos Hermosillo y el marcador empatado, al minuto 103, a punto de cobrar el penalti decisivo, con la cara manchada de una sangre que aún brota de la piel recién abierta por el filo del taco del arquero esmeralda, Ángel David Comizzo, gobernado por la ira, soltando el pisotón artero dentro de su área, dando paso a la posibilidad desde el manchón. La grada hecha caldera y el gol posterior que pintó la tarde de celeste.

Pasados los años, a nadie se le había ocurrido pensar que el origen de la maldición tenía algo de cíclico, es decir, que todo comenzó cuando la felicidad era plena, hasta que el propio Comizzo, ya convertido en técnico, disfrazado de profeta, le dio por decir que Cruz Azul sólo sería campeón con él en el banquillo. Como si el futbol le debiera algo desde aquel día y ante la frustración, hubiera lanzado un conjuro poderoso.

Foto: Cortesía

El cinismo de sus palabras se fundamenta en esas cosas raras que tiene el destino, que le basta con unir nombres y momentos para significar algo. Ya lo decía el escritor Fernando del Paso, que la vida está llena de coincidencias asombrosas que pasan inadvertidas, salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Entonces, ¿quién puede decirle que no a Comizzo?

La maldición de Cruz Azul a menudo resulta paradójica. Por increíble que parezca, mientras más cerca esté de salir campeón, más lejos está. Es decir, que todo aquello que lo acerca al mismo tiempo lo aleja. La situación no deja de ser trágica. El hecho de que el equipo termine el Guard1anes 2021 como líder no es garantía, tampoco lo son sus victorias ni sus goles, mucho menos su buen momento ni las cosas buenas que le pasen, cuando le pasan. Al contrario, existe la sensación de que mientras más libre y despejado se vea el camino, más vertiginosa será la sacudida. Como si la felicidad encumbrada durante todo un torneo barruntara una nueva tragedia, siempre al final, cuando ya no queda tiempo para nada.


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