/ domingo 6 de noviembre de 2016

Ama vender palomitas de maíz desde hace más de 30 años

Desde hace 30 años Joao Silva tiene la misma rutina de trabajo: saca su carrito de aluminio, lo empuja hasta el número 365 de la calle Visconde de Pirajá, en el barrio carioca de Ipanema, pone aceite a calentar y vende sus crujientes y calientes palomitas.

“Hace más de tres décadas que hago este trabajo. Cuando uno ama lo que hace puede trabajar toda la vida”, explica este hombre, de 67 años, mientras hace girar el mecanismo de la cazuela que revuelve los granos de maíz en el aceite hirviendo.

Como cientos de otros en todo Brasil, Joao es un “pipoqueiro” (“palomitero”, en una traducción libre al español), un vendedor profesional de palomitas que a cambio de un impuesto anual de 590 reales (unos 190 dólares) puede ejercer en la ciudad como vendedor ambulante de palomitas.

En Río de Janeiro son cientos los “pipoqueiros” que, desde hace años, venden por la calle sus palomitas no solo frente a las entradas de los cines y los centros comerciales, sino también en lugares estratégicos del centro de la ciudad, donde abogados, economistas y funcionarios compran a diario al salir del trabajo.

Desde hace 30 años Joao Silva tiene la misma rutina de trabajo: saca su carrito de aluminio, lo empuja hasta el número 365 de la calle Visconde de Pirajá, en el barrio carioca de Ipanema, pone aceite a calentar y vende sus crujientes y calientes palomitas.

“Hace más de tres décadas que hago este trabajo. Cuando uno ama lo que hace puede trabajar toda la vida”, explica este hombre, de 67 años, mientras hace girar el mecanismo de la cazuela que revuelve los granos de maíz en el aceite hirviendo.

Como cientos de otros en todo Brasil, Joao es un “pipoqueiro” (“palomitero”, en una traducción libre al español), un vendedor profesional de palomitas que a cambio de un impuesto anual de 590 reales (unos 190 dólares) puede ejercer en la ciudad como vendedor ambulante de palomitas.

En Río de Janeiro son cientos los “pipoqueiros” que, desde hace años, venden por la calle sus palomitas no solo frente a las entradas de los cines y los centros comerciales, sino también en lugares estratégicos del centro de la ciudad, donde abogados, economistas y funcionarios compran a diario al salir del trabajo.