/ sábado 21 de noviembre de 2020

El peligro y la fascinación del fuego

Este fotógrafo freelance, basado en San Francisco, narra como el fuego lo deja absorto, es algo que “me fascina, me apasiona y me conmueve”; por lo que ahora trata de hacer algo para ayudar a las víctimas de los incendios forestales

San Francisco, California.- Me paré a la vera del lago Oroville. Miré el puente. El cielo nocturno, anaranjado, iluminaba las copas de los árboles distantes. La ladera, salpicada de fuego, se reflejaba en el agua. Tomé una foto. El puente de Bidwell Bar parecía ir directamente al corazón de las llamas.

Mi pasión es la cobertura de desastres naturales. Incendios, tornados y volcanes. Me gusta poder mostrar lo que ocurre en este planeta. En 10 años de cobertura de incendios forestales en California, nunca vi nada parecido a lo que deparó este año. La nueva normalidad parece ser que cada temporada de incendios trae nuevas sorpresas.

Acabábamos de tener nuestra peor ola de calor. En mi ciudad, cerca de San Francisco, la temperatura alcanzó los 43 grados Celsius. Los Ángeles llegó a los 47.2. Una noche en San Francisco el termómetro no se movió de los 36.6.

Empezaron a soplar fuertes vientos en medio de la tremenda seca. Luego, un raro sistema de tormentas trajo una de las tempestades eléctricas más intensas jamás registradas en el área de la Bahía de San Francisco: 2 mil 500 rayos, sin lluvia. A este fenómeno le llaman relámpago seco, un evento climático extraordinario para el norte de California. En la Bahía se producen relámpagos tal vez una vez al año. Y un par de rayos cada dos. De repente, hubo incendios por todas partes.

Pero lo peor llegó en septiembre. Escribo esto tras un turno de 36 horas sin descanso. Primero cubrí el "Creek Fire", en el Parque Nacional de Sierra. Luego conduje durante cinco horas y media hacia el norte para interceptar el "Bear Fire", justo cuando ardía en la zona de Berry Creek. Tomé fotos durante toda la noche y todo el día siguiente. Había mucho más para registrar, pero en ese momento estaba exhausto, no confiaba en mi capacidad para tomar buenas decisiones, así que tuve que abandonar. Mientras, mis colegas también estaban trabajando duro para cubrir los incendios en los estados de Oregon y Washington, aunque allí el acceso es mucho más difícil.

El "Creek Fire", en las montañas de la Sierra Nevada, al sur de San Francisco, se comportó de una forma que ninguno de nosotros jamás había visto. En tiempos normales, allí se puede pescar o hacer esquí acuático. Hay una larga ristra de parques nacionales con bosques antiguos, cascadas y acantilados de granito. Hay secuoyas enormes, algunos de miles de años y decenas de metros de altura.

El día que fui a cubrirlo, ese incendio había consumido más de 2 mil hectáreas a las cinco de la tarde y, una hora después, la superficie arrasada superaba las 14 mil 500 hectáreas. ¿Cómo era eso posible? Para las 11:00 de la noche, el área consumida alcanzaba casi 40 mil 500 hectáreas, y nos preguntábamos incrédulos si no había algún error, porque ese nivel de propagación carecía de todo precedente.

Resultó que esa zona estaba llena de árboles gigantes muertos. Las llamas pueden duplicar la altura de estos árboles de más de 100 metros.

La pluma de ceniza del pyrocumulonimbus subió más de 15 mil metros, tan alto como las superceldas, esos enormes sistemas de tormenta que se forman en las llanuras de Estados Unidos y generan tornados.

Y aquí paso lo mismo: generó sus propios rayos, que provocaron nuevos focos y tornados de fuego, que a su vez desparramaron brasas causando aún más incendios. Parecía que había explotado una bomba atómica.

Vi llamas de decenas de metros de altura, como un muro de fuego. Era aterrador, especialmente porque había muy pocos bomberos en la zona, pues los equipos estaban muy reducidos debido a la cantidad de incendios y también por el Covid-19.

En la zona de Berry Creek, al norte del lago Oroville, un incendio fue bautizado "Bear Fire". Vi como sus llamas saltaban de la copa de un árbol de cuarenta metros a otra.

Berry Creek solía ser una hermosa ciudad rural. Fue completamente destruida, incluyendo varios colegios, tiendas, la estación de bomberos y centenares de hogares.

Mi esposa me obliga a prometerle, antes de salir a cubrir un incendio, que sólo asuma riesgos calculados. Antes de entrar, necesito asegurarme de que tengo una ruta de salida. Si veo llamas, antes de comenzar a tomar fotografías, debo estar seguro de que tengo previsto un espacio defensivo de manera de poder resguardarme.


Puede ser muy tentador ver las enormes llamaradas y correr a tomar las fotos sin pensar, pero es muy fácil quedar atrapado pues el fuego avanza con mayor velocidad que tu capacidad de correr. Y sí, cada vez es más peligroso, pero también más fascinante.

El poder de estos eventos me deja absorto, me fascina, me apasiona y me conmueve y estoy muy motivado para seguir contando lo que sucede dentro de la línea de fuego.

Centenares de miles de personas debieron abandonar sus hogares en la región. Y dicen que un millón de hectáreas resultaron arrasadas. Esa es la superficie del estado de Nueva Jersey, al otro lado de Estados Unidos, en la costa este.

Piensas que sabes cómo se comporta el fuego, al menos en California, pero al año siguiente te das cuenta de que nunca antes viste algo parecido. Cada vez los bomberos dicen: "Esto no tiene precedentes". Esa frase parece ser la nueva normalidad.

Algunas de mis fotografías se viralizaron en las redes. The New York Times compartió una y también lo hizo Hillary Clinton. Incluso el presidente Donald Trump compartió una de ellas. Y yo pensaba: ¿Cómo puedo aprovechar esto? Con mi esposa iniciamos una tormenta de ideas. Tal vez podamos vender una impresión y que el 100% de las ganancias se destinen a las víctimas de los incendios forestales y a los fondos de los bomberos.

Me apasiona cubrir este tipo de acontecimientos con el fin de informar, pero si además pudiera lograr que mis fotografías hagan una diferencia positiva, eso colmaría mis motivaciones.


San Francisco, California.- Me paré a la vera del lago Oroville. Miré el puente. El cielo nocturno, anaranjado, iluminaba las copas de los árboles distantes. La ladera, salpicada de fuego, se reflejaba en el agua. Tomé una foto. El puente de Bidwell Bar parecía ir directamente al corazón de las llamas.

Mi pasión es la cobertura de desastres naturales. Incendios, tornados y volcanes. Me gusta poder mostrar lo que ocurre en este planeta. En 10 años de cobertura de incendios forestales en California, nunca vi nada parecido a lo que deparó este año. La nueva normalidad parece ser que cada temporada de incendios trae nuevas sorpresas.

Acabábamos de tener nuestra peor ola de calor. En mi ciudad, cerca de San Francisco, la temperatura alcanzó los 43 grados Celsius. Los Ángeles llegó a los 47.2. Una noche en San Francisco el termómetro no se movió de los 36.6.

Empezaron a soplar fuertes vientos en medio de la tremenda seca. Luego, un raro sistema de tormentas trajo una de las tempestades eléctricas más intensas jamás registradas en el área de la Bahía de San Francisco: 2 mil 500 rayos, sin lluvia. A este fenómeno le llaman relámpago seco, un evento climático extraordinario para el norte de California. En la Bahía se producen relámpagos tal vez una vez al año. Y un par de rayos cada dos. De repente, hubo incendios por todas partes.

Pero lo peor llegó en septiembre. Escribo esto tras un turno de 36 horas sin descanso. Primero cubrí el "Creek Fire", en el Parque Nacional de Sierra. Luego conduje durante cinco horas y media hacia el norte para interceptar el "Bear Fire", justo cuando ardía en la zona de Berry Creek. Tomé fotos durante toda la noche y todo el día siguiente. Había mucho más para registrar, pero en ese momento estaba exhausto, no confiaba en mi capacidad para tomar buenas decisiones, así que tuve que abandonar. Mientras, mis colegas también estaban trabajando duro para cubrir los incendios en los estados de Oregon y Washington, aunque allí el acceso es mucho más difícil.

El "Creek Fire", en las montañas de la Sierra Nevada, al sur de San Francisco, se comportó de una forma que ninguno de nosotros jamás había visto. En tiempos normales, allí se puede pescar o hacer esquí acuático. Hay una larga ristra de parques nacionales con bosques antiguos, cascadas y acantilados de granito. Hay secuoyas enormes, algunos de miles de años y decenas de metros de altura.

El día que fui a cubrirlo, ese incendio había consumido más de 2 mil hectáreas a las cinco de la tarde y, una hora después, la superficie arrasada superaba las 14 mil 500 hectáreas. ¿Cómo era eso posible? Para las 11:00 de la noche, el área consumida alcanzaba casi 40 mil 500 hectáreas, y nos preguntábamos incrédulos si no había algún error, porque ese nivel de propagación carecía de todo precedente.

Resultó que esa zona estaba llena de árboles gigantes muertos. Las llamas pueden duplicar la altura de estos árboles de más de 100 metros.

La pluma de ceniza del pyrocumulonimbus subió más de 15 mil metros, tan alto como las superceldas, esos enormes sistemas de tormenta que se forman en las llanuras de Estados Unidos y generan tornados.

Y aquí paso lo mismo: generó sus propios rayos, que provocaron nuevos focos y tornados de fuego, que a su vez desparramaron brasas causando aún más incendios. Parecía que había explotado una bomba atómica.

Vi llamas de decenas de metros de altura, como un muro de fuego. Era aterrador, especialmente porque había muy pocos bomberos en la zona, pues los equipos estaban muy reducidos debido a la cantidad de incendios y también por el Covid-19.

En la zona de Berry Creek, al norte del lago Oroville, un incendio fue bautizado "Bear Fire". Vi como sus llamas saltaban de la copa de un árbol de cuarenta metros a otra.

Berry Creek solía ser una hermosa ciudad rural. Fue completamente destruida, incluyendo varios colegios, tiendas, la estación de bomberos y centenares de hogares.

Mi esposa me obliga a prometerle, antes de salir a cubrir un incendio, que sólo asuma riesgos calculados. Antes de entrar, necesito asegurarme de que tengo una ruta de salida. Si veo llamas, antes de comenzar a tomar fotografías, debo estar seguro de que tengo previsto un espacio defensivo de manera de poder resguardarme.


Puede ser muy tentador ver las enormes llamaradas y correr a tomar las fotos sin pensar, pero es muy fácil quedar atrapado pues el fuego avanza con mayor velocidad que tu capacidad de correr. Y sí, cada vez es más peligroso, pero también más fascinante.

El poder de estos eventos me deja absorto, me fascina, me apasiona y me conmueve y estoy muy motivado para seguir contando lo que sucede dentro de la línea de fuego.

Centenares de miles de personas debieron abandonar sus hogares en la región. Y dicen que un millón de hectáreas resultaron arrasadas. Esa es la superficie del estado de Nueva Jersey, al otro lado de Estados Unidos, en la costa este.

Piensas que sabes cómo se comporta el fuego, al menos en California, pero al año siguiente te das cuenta de que nunca antes viste algo parecido. Cada vez los bomberos dicen: "Esto no tiene precedentes". Esa frase parece ser la nueva normalidad.

Algunas de mis fotografías se viralizaron en las redes. The New York Times compartió una y también lo hizo Hillary Clinton. Incluso el presidente Donald Trump compartió una de ellas. Y yo pensaba: ¿Cómo puedo aprovechar esto? Con mi esposa iniciamos una tormenta de ideas. Tal vez podamos vender una impresión y que el 100% de las ganancias se destinen a las víctimas de los incendios forestales y a los fondos de los bomberos.

Me apasiona cubrir este tipo de acontecimientos con el fin de informar, pero si además pudiera lograr que mis fotografías hagan una diferencia positiva, eso colmaría mis motivaciones.


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