/ viernes 25 de junio de 2021

Mi mamá y el sexo | Sexualidad también son emociones

No sé quién o quiénes la están asesorando desde la SEP, pero yo estoy cansada de que pidan que los niños dibujen sus emociones o las coloreen

Las tareas que mandan en la escuela me tienen agotada. Hablo de primero de primaria. No son asignaturas de maestría o doctorado. Son las clases que se supone deben atender los niños entre 6 y 7 años. Cada vez que reviso el material que envían las maestras y el trabajo que mandan para hacer en casa, me pregunto si realmente será efectivo para el aprendizaje de un menor.

¿Qué esta columna no es de sexualidad? ¿Cuándo van a escribir de la mejor posición sexual para llegar a los mejores orgasmos? Querido lector, repita como un mantra: “Sexualidad es más que sexo”. Esto significa que sexualidad también implica emociones.

Anotado esto, manifiesto mi preocupación por la clase de “educación socioemocional” en educación básica. No sé quién o quiénes la están asesorando desde la SEP, pero yo estoy cansada de que pidan que los niños dibujen sus emociones o las coloreen. Me he preguntado si eso les está sirviendo para algo o si ya se desgastó una buena idea que seguramente hace años tuvo algún pedagogo.

El último cuestionario que nos enviaron me dejó pensando varias horas, así que no sé si un niño de 7 años habrá podido resolverlo de manera correcta. Juzgue usted: “¿Qué estados de ánimo has vivido en el confinamiento y qué beneficios te han traído?”.

Me he sentido enojada, frustrada, triste, angustiada, harta. Supongo que el “beneficio” es tener la capacidad de sentirlos. También he sentido alegría, entusiasmo, ternura. Al menos, tener la posibilidad de poder nombrar nuestras emociones es quizá otra ventaja.

Pero está respondiendo una mujer que ya tiene algunas décadas de caminar por la tierra. Alguien que ha tomado varios cursos de psicología para aprender a identificar sus emociones y que incluso se ha entrenado para ayudar a otros a canalizar el enojo, una de las emociones más despreciadas, pero que no tiene nada de malo experimentar y saber gestionarla.

El enojo a veces se siente como si te corriera mucha sangre por la cabeza o como si quisieras apretar muy fuerte los puños o quizá como si te dieran una patada en el estómago. Una vez que identificas que eso es lo que experimenta tu cuerpo, eres capaz de controlarlo. Algo así como una sesión con Charles Xavier de X-Men que te enseña a controlar tus poderes mutantes.

La cosa es que las maestras no enseñan eso. Solamente les piden a los niños que dibujen caritas contentas o tristes. Como si la única manera de sentir la emoción en el cuerpo fuera con el rostro. Habrá quienes fruncen el ceño cuando estás echando humo del coraje y habrá otros que realmente pelen los dientes de felicidad, pero habrá muchos otros que no lo hagan.

Los niños han vivido casi 16 meses confinados por la pandemia. Son 480 días, en los que prácticamente 1 ó 2 veces por semana —de las 64 que llevan encerraditos—, alguna maestra ha pedido un dibujo sobre “estados de ánimo”. Es decir, más de 100 dibujitos que seguramente ya han terminado en la basura, con la esperanza de que hayan cumplido su objetivo: dar herramientas de control de las emociones a les niñez. Y si tiene más de un hijo, calcule arriba de 200.

Eso sin contar las otras muchas manualidades que piden, como hacer botellitas con aguas de colores (porque según el color es la emoción). Son obras que las mamás ya no saben si tirar o si las tienen que guardar hasta que les envíen la boleta con calificación aprobatoria.

Escuchaba una conferencia de la Unicef donde explicaban que “no habrá suficientes paido-psiquiatras” para atender los problemas de salud mental entre niños, niñas y adolescentes. ¿La psiquiatría infantil será la carrera de moda?

En el foro virtual “Niñez y adolescencia, el impacto de la pandemia de Covid-19 en la salud mental y bienestar psicosocial de niños y adolescentes”, convocado por Unicef México, los especialistas advirtieron que los efectos de esta pandemia van a afectar a esta generación por muchos años.

Hay muchos modelos de prevención para conducir un trayecto mentalmente sano en los niños, pero que está vinculado con que “los padres sean sanos ellos mismos” para ser cuidadores seguros y dotar a los niños de habilidades para la vida.

En ese foro, se advirtió que los trastornos de conducta son los que más afectarán a los niños. Léase: los berrinches, el ya no quiero hacer la tarea, el ya no levanto mis juguetes, el no me quito la pijama y no me como el desayuno. Y si tenemos a padres sin habilidades de crianza para atender esto, convencidos del adultocentrismo, seguramente han resuelto el “trastorno de conducta” con cachetadas y nalgadas, por decir lo menos.

Aunque desde enero de 2021, entró en vigor la reforma que prohíbe a los padres y tutores el “castigo corporal y humillante” como método correctivo o disciplinario de niños, niñas y adolescentes —incluidos pellizcos, mordidas, quemaduras o ridiculizarlos–, es un ordenamiento que seguramente se conoce poco.

Quizá eso sí deberían mandar de tarea las maestras y los maestros. Planas y planas para los padres sobre el decreto que modifica la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y el Código Civil Federal, insistiendo en que a les niñez no se les educa a golpes. Erradicar eso de que “una nalgada a tiempo”. Aclarar que eso es violencia.

La responsabilidad no es toda de los maestros. Somos los cuidadores quienes tenemos el mayor peso de proteger la salud mental de los niños, pero cómo le hacemos si la nuestra propia ha sido retada por la pandemia. Somos pocos los que tenemos las herramientas para decir: “Este cansancio ya no es normal. Necesito apoyo de un psicólogo”. Aunque las autoridades y las mismas escuelas han puesto a disposición líneas de ayuda, habrá quienes no sepan que viven cuadros de depresión y ansiedad.

Les maestres también la han visto complicada. No es sencillo llevar a distancia el monitoreo de sus estudiantes y la nueva presencialidad será un reto mayúsculo. En mi caso, no me han compartido actividades que promuevan el autoconocimiento, la autorregulación, el autocuidado y la autoestima como marca el programa de las autoridades educativas.

Promovamos y procuremos entre todos la salud mental. Privilegiemos el juego simbólico. Inculquemos conductas prosociales y de cooperación. Ayudemos al niñe a identificar cuál es la conexión entre lo que siente y sus conductas. Y —¡por favor! — no nos pidan ni un dibujo más de caritas felices y enojadas.


*Divulgadora en Educación Sexual

@mimamayelsekso


Las tareas que mandan en la escuela me tienen agotada. Hablo de primero de primaria. No son asignaturas de maestría o doctorado. Son las clases que se supone deben atender los niños entre 6 y 7 años. Cada vez que reviso el material que envían las maestras y el trabajo que mandan para hacer en casa, me pregunto si realmente será efectivo para el aprendizaje de un menor.

¿Qué esta columna no es de sexualidad? ¿Cuándo van a escribir de la mejor posición sexual para llegar a los mejores orgasmos? Querido lector, repita como un mantra: “Sexualidad es más que sexo”. Esto significa que sexualidad también implica emociones.

Anotado esto, manifiesto mi preocupación por la clase de “educación socioemocional” en educación básica. No sé quién o quiénes la están asesorando desde la SEP, pero yo estoy cansada de que pidan que los niños dibujen sus emociones o las coloreen. Me he preguntado si eso les está sirviendo para algo o si ya se desgastó una buena idea que seguramente hace años tuvo algún pedagogo.

El último cuestionario que nos enviaron me dejó pensando varias horas, así que no sé si un niño de 7 años habrá podido resolverlo de manera correcta. Juzgue usted: “¿Qué estados de ánimo has vivido en el confinamiento y qué beneficios te han traído?”.

Me he sentido enojada, frustrada, triste, angustiada, harta. Supongo que el “beneficio” es tener la capacidad de sentirlos. También he sentido alegría, entusiasmo, ternura. Al menos, tener la posibilidad de poder nombrar nuestras emociones es quizá otra ventaja.

Pero está respondiendo una mujer que ya tiene algunas décadas de caminar por la tierra. Alguien que ha tomado varios cursos de psicología para aprender a identificar sus emociones y que incluso se ha entrenado para ayudar a otros a canalizar el enojo, una de las emociones más despreciadas, pero que no tiene nada de malo experimentar y saber gestionarla.

El enojo a veces se siente como si te corriera mucha sangre por la cabeza o como si quisieras apretar muy fuerte los puños o quizá como si te dieran una patada en el estómago. Una vez que identificas que eso es lo que experimenta tu cuerpo, eres capaz de controlarlo. Algo así como una sesión con Charles Xavier de X-Men que te enseña a controlar tus poderes mutantes.

La cosa es que las maestras no enseñan eso. Solamente les piden a los niños que dibujen caritas contentas o tristes. Como si la única manera de sentir la emoción en el cuerpo fuera con el rostro. Habrá quienes fruncen el ceño cuando estás echando humo del coraje y habrá otros que realmente pelen los dientes de felicidad, pero habrá muchos otros que no lo hagan.

Los niños han vivido casi 16 meses confinados por la pandemia. Son 480 días, en los que prácticamente 1 ó 2 veces por semana —de las 64 que llevan encerraditos—, alguna maestra ha pedido un dibujo sobre “estados de ánimo”. Es decir, más de 100 dibujitos que seguramente ya han terminado en la basura, con la esperanza de que hayan cumplido su objetivo: dar herramientas de control de las emociones a les niñez. Y si tiene más de un hijo, calcule arriba de 200.

Eso sin contar las otras muchas manualidades que piden, como hacer botellitas con aguas de colores (porque según el color es la emoción). Son obras que las mamás ya no saben si tirar o si las tienen que guardar hasta que les envíen la boleta con calificación aprobatoria.

Escuchaba una conferencia de la Unicef donde explicaban que “no habrá suficientes paido-psiquiatras” para atender los problemas de salud mental entre niños, niñas y adolescentes. ¿La psiquiatría infantil será la carrera de moda?

En el foro virtual “Niñez y adolescencia, el impacto de la pandemia de Covid-19 en la salud mental y bienestar psicosocial de niños y adolescentes”, convocado por Unicef México, los especialistas advirtieron que los efectos de esta pandemia van a afectar a esta generación por muchos años.

Hay muchos modelos de prevención para conducir un trayecto mentalmente sano en los niños, pero que está vinculado con que “los padres sean sanos ellos mismos” para ser cuidadores seguros y dotar a los niños de habilidades para la vida.

En ese foro, se advirtió que los trastornos de conducta son los que más afectarán a los niños. Léase: los berrinches, el ya no quiero hacer la tarea, el ya no levanto mis juguetes, el no me quito la pijama y no me como el desayuno. Y si tenemos a padres sin habilidades de crianza para atender esto, convencidos del adultocentrismo, seguramente han resuelto el “trastorno de conducta” con cachetadas y nalgadas, por decir lo menos.

Aunque desde enero de 2021, entró en vigor la reforma que prohíbe a los padres y tutores el “castigo corporal y humillante” como método correctivo o disciplinario de niños, niñas y adolescentes —incluidos pellizcos, mordidas, quemaduras o ridiculizarlos–, es un ordenamiento que seguramente se conoce poco.

Quizá eso sí deberían mandar de tarea las maestras y los maestros. Planas y planas para los padres sobre el decreto que modifica la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y el Código Civil Federal, insistiendo en que a les niñez no se les educa a golpes. Erradicar eso de que “una nalgada a tiempo”. Aclarar que eso es violencia.

La responsabilidad no es toda de los maestros. Somos los cuidadores quienes tenemos el mayor peso de proteger la salud mental de los niños, pero cómo le hacemos si la nuestra propia ha sido retada por la pandemia. Somos pocos los que tenemos las herramientas para decir: “Este cansancio ya no es normal. Necesito apoyo de un psicólogo”. Aunque las autoridades y las mismas escuelas han puesto a disposición líneas de ayuda, habrá quienes no sepan que viven cuadros de depresión y ansiedad.

Les maestres también la han visto complicada. No es sencillo llevar a distancia el monitoreo de sus estudiantes y la nueva presencialidad será un reto mayúsculo. En mi caso, no me han compartido actividades que promuevan el autoconocimiento, la autorregulación, el autocuidado y la autoestima como marca el programa de las autoridades educativas.

Promovamos y procuremos entre todos la salud mental. Privilegiemos el juego simbólico. Inculquemos conductas prosociales y de cooperación. Ayudemos al niñe a identificar cuál es la conexión entre lo que siente y sus conductas. Y —¡por favor! — no nos pidan ni un dibujo más de caritas felices y enojadas.


*Divulgadora en Educación Sexual

@mimamayelsekso


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