/ sábado 1 de abril de 2017

La próxima guerra mundial no será nuclear... se librará en el terreno fiscal

  • Temor de que concrete la amenaza de Donald Trump de una reforma histórica

PARIS, Francia. (OEM-Informex).– La próxima guerra mundial no será una confrontación nuclear, ni siquiera convencional de duración limitada, como profetizan algunos estrategas. El nuevo conflicto —que se librará con armas tan poderosas como el átomo— se librará en el terreno fiscal y, a largo plazo, puede tener consecuencias tan devastadoras como una crisis militar.

El enfrentamiento, que está en ciernes desde hace unos años, podría estallar a corto plazo si el imprevisible presidente estadunidense Donald Trump concreta la amenaza de emprender una “reforma fiscal histórica”, que prometió en su primer discurso al Congreso, el 28 de febrero último. Gracias a una reducción impositiva sin precedentes, afirmó, las empresas estadunidenses “podrán competir contra cualquier rival y prosperar en cualquier parte del mundo”.

El arma secreta consiste en desfiscalizar los ingresos por exportaciones y, en sentido inverso, aumentar los impuestos a las importaciones. Esa forma de proteccionismo fiscal, teorizada desde años por el profesor de Economía de la Universidad de Berkeley, Alan Auerbach, fue hábilmente recuperada por varios dirigentes republicanos —entre ellos el ambiguo presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan— para colocarla al servicio de la estrategia trumpista de America First.

Como era previsible, los CEO de los colosos industriales que realizan la mayor parte de sus beneficios en el exterior se apresuraron a escribir a los congresistas republicanos para incitarlos a adoptar esa medida cuanto antes. El gravamen final a las empresas, según el escenario imaginado por Auerbach, bajaría de 40 por ciento en la actualidad a menos de 15 por ciento en 2023.

Se trata de una bomba “que puede convertir a Estados Unidos en el mayor paraíso fiscal del planeta”, admite con inquietud Gabriel Zucman, otro profesor de Berkeley.

Peor aún. “Una desgravación masiva será una declaración de guerra a Europa, China y Japón”, asegura el francés Sébastien Jean, director del Centro de Estudios, Prospectivas e Informaciones Internacionales (CEPII). “¿Qué puede hacer Airbus si Boeing deja de pagar impuestos por todas las ventas que realiza en el exterior?”, se alarma.

Ese proyecto no es la única amenaza que pesa sobre el comercio y la economía mundial. Una vez liberada de sus compromisos exteriores a partir de 2019, cuando se concrete el Brexit, es decir la salida británica de la Unión Europea (UE), la primera ministra Theresa May proyecta reducir el gravamen a las empresas de 20 por ciento en la actualidad a 17 por ciento en 2020 y luego a 15 por ciento.

La UE, mientras tanto, prepara en secreto una lista de 95 países que pueden ser considerados como paraísos fiscales. La desenfrenada carrera por la competitividad emprendida por las grandes potencias comienza a minar incluso los cimientos del continente. Entre septiembre de 2015 y enero de este año, 10 grandes países redujeron los impuestos a las empresas, entre ellos Gran Bretaña, Italia y Noruega (que no es miembro de la UE), así como China, Australia, Japón, Israel y sobre todo Hungría, que desde 2016 aplica la tasa fiscal más baja de Europa (nueve por ciento).

Pero, como una desgracia nunca llega sola, las reducciones impositivas constituyen apenas la parte visible del iceberg. Debajo de la superficie, la imaginación de los fiscalistas concibió otro abanico de incentivos capaces de contener las deslocalizaciones y estimular la radicación de inversiones extranjeras. Más importante que el diferencial del costo de mano de obra o la tasa de productividad, son las incitaciones fiscales a las inversiones y a la codiciada R&D (investigación y desarrollo), las bajas específicas de impuestos para las pymes y la creación de zonas económicas especiales totalmente exentas de impuestos.

Esa guerra fiscal generalizada no será inocua. Cada medida de optimización fiscal determina los recursos que necesitan los Estados para proporcionar salud, educación, seguridad y bienestar a los pueblos, pone en juego el empleo e incide —en definitiva— sobre la vida y la muerte de millones de seres humanos.

  • Temor de que concrete la amenaza de Donald Trump de una reforma histórica

PARIS, Francia. (OEM-Informex).– La próxima guerra mundial no será una confrontación nuclear, ni siquiera convencional de duración limitada, como profetizan algunos estrategas. El nuevo conflicto —que se librará con armas tan poderosas como el átomo— se librará en el terreno fiscal y, a largo plazo, puede tener consecuencias tan devastadoras como una crisis militar.

El enfrentamiento, que está en ciernes desde hace unos años, podría estallar a corto plazo si el imprevisible presidente estadunidense Donald Trump concreta la amenaza de emprender una “reforma fiscal histórica”, que prometió en su primer discurso al Congreso, el 28 de febrero último. Gracias a una reducción impositiva sin precedentes, afirmó, las empresas estadunidenses “podrán competir contra cualquier rival y prosperar en cualquier parte del mundo”.

El arma secreta consiste en desfiscalizar los ingresos por exportaciones y, en sentido inverso, aumentar los impuestos a las importaciones. Esa forma de proteccionismo fiscal, teorizada desde años por el profesor de Economía de la Universidad de Berkeley, Alan Auerbach, fue hábilmente recuperada por varios dirigentes republicanos —entre ellos el ambiguo presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan— para colocarla al servicio de la estrategia trumpista de America First.

Como era previsible, los CEO de los colosos industriales que realizan la mayor parte de sus beneficios en el exterior se apresuraron a escribir a los congresistas republicanos para incitarlos a adoptar esa medida cuanto antes. El gravamen final a las empresas, según el escenario imaginado por Auerbach, bajaría de 40 por ciento en la actualidad a menos de 15 por ciento en 2023.

Se trata de una bomba “que puede convertir a Estados Unidos en el mayor paraíso fiscal del planeta”, admite con inquietud Gabriel Zucman, otro profesor de Berkeley.

Peor aún. “Una desgravación masiva será una declaración de guerra a Europa, China y Japón”, asegura el francés Sébastien Jean, director del Centro de Estudios, Prospectivas e Informaciones Internacionales (CEPII). “¿Qué puede hacer Airbus si Boeing deja de pagar impuestos por todas las ventas que realiza en el exterior?”, se alarma.

Ese proyecto no es la única amenaza que pesa sobre el comercio y la economía mundial. Una vez liberada de sus compromisos exteriores a partir de 2019, cuando se concrete el Brexit, es decir la salida británica de la Unión Europea (UE), la primera ministra Theresa May proyecta reducir el gravamen a las empresas de 20 por ciento en la actualidad a 17 por ciento en 2020 y luego a 15 por ciento.

La UE, mientras tanto, prepara en secreto una lista de 95 países que pueden ser considerados como paraísos fiscales. La desenfrenada carrera por la competitividad emprendida por las grandes potencias comienza a minar incluso los cimientos del continente. Entre septiembre de 2015 y enero de este año, 10 grandes países redujeron los impuestos a las empresas, entre ellos Gran Bretaña, Italia y Noruega (que no es miembro de la UE), así como China, Australia, Japón, Israel y sobre todo Hungría, que desde 2016 aplica la tasa fiscal más baja de Europa (nueve por ciento).

Pero, como una desgracia nunca llega sola, las reducciones impositivas constituyen apenas la parte visible del iceberg. Debajo de la superficie, la imaginación de los fiscalistas concibió otro abanico de incentivos capaces de contener las deslocalizaciones y estimular la radicación de inversiones extranjeras. Más importante que el diferencial del costo de mano de obra o la tasa de productividad, son las incitaciones fiscales a las inversiones y a la codiciada R&D (investigación y desarrollo), las bajas específicas de impuestos para las pymes y la creación de zonas económicas especiales totalmente exentas de impuestos.

Esa guerra fiscal generalizada no será inocua. Cada medida de optimización fiscal determina los recursos que necesitan los Estados para proporcionar salud, educación, seguridad y bienestar a los pueblos, pone en juego el empleo e incide —en definitiva— sobre la vida y la muerte de millones de seres humanos.