/ viernes 11 de junio de 2021

"A mí me gusta estar en la clandestinidad": Vicentico presenta El pozo brillante

El cantante asegura que el mainstream  ahora consiste en generar views y likes, él prefiere hacer discos

A mediados de los años ochenta, un joven llamado Gabriel Julio Fernández Capello iba y venía entre los juzgados de Buenos Aires con pilas inmensas de papeles entre los brazos. Eran los casos de cientos de presos que esperaban condena —justa o injusta— sobre los delitos que más se cometían en la Argentina de aquella época, que apenas comenzaba a probar las mieles de la democracia.

El mayor miedo de Gabi —como le decían de cariño sus amigos— era distraerse y no entregar en tiempo y forma la carpeta de alguna persona que en realidad era inocente, una jugada bastante común en la justicia latinoamericana.

“Me daban un libro con toda la causa judicial y, si me iba a pasear y no lo entregaba, la persona no salía de la cárcel. La justicia depende de cosas muy aleatorias. Eso es tremendo. Haber trabajado ahí me hizo pensar: ¡Dios mío, ojalá nunca caiga preso!”, dice en entrevista ese adolescente que hoy es mejor conocido como Vicentico, el hombre que solo o con Los Fabulosos Cadillacs imprime el sello de América Latina a todo lo que hace.

Si hubo una banda que marcó la vida de Vicentico fue The Clash. I fought the law and the law won (Luché contra la ley y la ley ganó), cantaba un iracundo Joe Strummer a los oídos de millones de jóvenes decididos a transgredir la autoridad. Vicentico, de algún modo, también combatió la ley. Y ganó. Su trabajo como asistente del juez y los fiscales duró poco: cuatro meses. Pronto encontró la forma de pasarse del mal bicho de la burocracia a la rebeldía Cadillac.

"Era ridículo trabajar ahí... sólo era joven y necesitaba plata", recuerda. "Tenía que pagar la renta del estudio para ensayar".

Su amor por The Clash quizás no es mayor que su amor por el San Lorenzo de Almagro, el club siempre disidente de las dictaduras impuestas por Boca Juniors y River Plate. Así es Vicentico: un hombre al margen de lo hegemónico. Un freak. Justo así, FREAK, se llama la canción con la que abre su más reciente álbum, El pozo brillante, en el que explora sonidos más vanguardistas, convirtiéndose en una especie de crooner tecno con raíces latinoamericanas.

“El disco lo grabé antes de la pandemia, entre grabaciones que se hicieron intermitentemente entre Nueva York y Buenos Aires. Son ambientes opuestos. Cuando acá en Buenos Aires era verano, caliente, rojo y lleno de colores, al otro día allá estábamos con nieve a 20 grados bajo cero. Eso hizo que el disco tenga diferentes climas. Me di la oportunidad de tener distintas vivencias mientras lo grababa”, comparte Vicentico.

Grabar un disco con toda la calma del mundo en un sello tan comercial como Sony Music no es algo muy común en estos tiempos, en los que las canciones se fabrican en serie, con fórmulas preconcebidas que en poco o nada obedecen a la creatividad artística. Su nuevo álbum se hizo casi en año y medio y la disquera tuvo que esperar a que pasara toda la pandemia para que fuera lanzado al público. Una situación totalmente freak en la industria…

No es la primera vez que Vicentico se siente fuera de juego en la vida. “Pero eso nunca me molestó, al contrario: siempre me sentí cómodo con quién soy y lo que quiero hacer”, asegura. “Es un poco freak (hacer un disco con detenimiento). El mainstream ahora es hacer canciones rápidas. No me quejo ni me disgusta, pero otra cosa es hacer un disco entero con la intención de que alguien lo escuche con calma. El mainstream se transformó en unos pibes de veintitantos que lo único que quieren es tener views y contar sus reproducciones en millones. No está mal, pero yo estoy en otro camino. La vanguardia, ahora, es hacer discos. Y a mí me gusta estar en la clandestinidad haciendo discos”.

Con su sudadera bien puesta del San Lorenzo, que presume en esta sesión de Zoom como si se tratase de una confesión pasional, Vicentico deja entrever que a su vida le faltaba un nuevo álbum tras más de siete años de no grabar uno solo. No reniega para nada de Los Fabulosos Cadillacs, pero cuando se le pregunta qué prefiere, si la juventud Cadillac o la Madurez Vicentico, sin titubear opta por la segunda.

Tampoco duda cuando declara su fidelidad a los Beatles por encima de los Rolling Stones. Ni cuando asegura que prefiere el romanticismo de Carlos Gardel a la vanguardia de Astor Piazolla. Donde la cosa se pone reñida es cuando hay que elegir entre el tango y el bolero: "¡Uf, qué difícil!... no puedo hacerlo: los dos".

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Sonríe nuevamente cuando recuerda su trabajo en el juzgado penal correccional, donde se percató de "lo corrupta" que es la impartición de justicia en Argentina. Hace mucho tiempo, en alguna entrevista con un medio local, dijo que su incredulidad hacia cualquier sistema proviene de cuando trabajó en el juzgado y vio cómo ahí mismo se vendía cocaína. Una historia de la que hoy prefiere no hablar, pero que tampoco niega.

"Sí, es verdad... lo que pasa es que son declaraciones un poco exageradas. Fue un poco así, ¿pero para qué meterme en eso? ".

A mediados de los años ochenta, un joven llamado Gabriel Julio Fernández Capello iba y venía entre los juzgados de Buenos Aires con pilas inmensas de papeles entre los brazos. Eran los casos de cientos de presos que esperaban condena —justa o injusta— sobre los delitos que más se cometían en la Argentina de aquella época, que apenas comenzaba a probar las mieles de la democracia.

El mayor miedo de Gabi —como le decían de cariño sus amigos— era distraerse y no entregar en tiempo y forma la carpeta de alguna persona que en realidad era inocente, una jugada bastante común en la justicia latinoamericana.

“Me daban un libro con toda la causa judicial y, si me iba a pasear y no lo entregaba, la persona no salía de la cárcel. La justicia depende de cosas muy aleatorias. Eso es tremendo. Haber trabajado ahí me hizo pensar: ¡Dios mío, ojalá nunca caiga preso!”, dice en entrevista ese adolescente que hoy es mejor conocido como Vicentico, el hombre que solo o con Los Fabulosos Cadillacs imprime el sello de América Latina a todo lo que hace.

Si hubo una banda que marcó la vida de Vicentico fue The Clash. I fought the law and the law won (Luché contra la ley y la ley ganó), cantaba un iracundo Joe Strummer a los oídos de millones de jóvenes decididos a transgredir la autoridad. Vicentico, de algún modo, también combatió la ley. Y ganó. Su trabajo como asistente del juez y los fiscales duró poco: cuatro meses. Pronto encontró la forma de pasarse del mal bicho de la burocracia a la rebeldía Cadillac.

"Era ridículo trabajar ahí... sólo era joven y necesitaba plata", recuerda. "Tenía que pagar la renta del estudio para ensayar".

Su amor por The Clash quizás no es mayor que su amor por el San Lorenzo de Almagro, el club siempre disidente de las dictaduras impuestas por Boca Juniors y River Plate. Así es Vicentico: un hombre al margen de lo hegemónico. Un freak. Justo así, FREAK, se llama la canción con la que abre su más reciente álbum, El pozo brillante, en el que explora sonidos más vanguardistas, convirtiéndose en una especie de crooner tecno con raíces latinoamericanas.

“El disco lo grabé antes de la pandemia, entre grabaciones que se hicieron intermitentemente entre Nueva York y Buenos Aires. Son ambientes opuestos. Cuando acá en Buenos Aires era verano, caliente, rojo y lleno de colores, al otro día allá estábamos con nieve a 20 grados bajo cero. Eso hizo que el disco tenga diferentes climas. Me di la oportunidad de tener distintas vivencias mientras lo grababa”, comparte Vicentico.

Grabar un disco con toda la calma del mundo en un sello tan comercial como Sony Music no es algo muy común en estos tiempos, en los que las canciones se fabrican en serie, con fórmulas preconcebidas que en poco o nada obedecen a la creatividad artística. Su nuevo álbum se hizo casi en año y medio y la disquera tuvo que esperar a que pasara toda la pandemia para que fuera lanzado al público. Una situación totalmente freak en la industria…

No es la primera vez que Vicentico se siente fuera de juego en la vida. “Pero eso nunca me molestó, al contrario: siempre me sentí cómodo con quién soy y lo que quiero hacer”, asegura. “Es un poco freak (hacer un disco con detenimiento). El mainstream ahora es hacer canciones rápidas. No me quejo ni me disgusta, pero otra cosa es hacer un disco entero con la intención de que alguien lo escuche con calma. El mainstream se transformó en unos pibes de veintitantos que lo único que quieren es tener views y contar sus reproducciones en millones. No está mal, pero yo estoy en otro camino. La vanguardia, ahora, es hacer discos. Y a mí me gusta estar en la clandestinidad haciendo discos”.

Con su sudadera bien puesta del San Lorenzo, que presume en esta sesión de Zoom como si se tratase de una confesión pasional, Vicentico deja entrever que a su vida le faltaba un nuevo álbum tras más de siete años de no grabar uno solo. No reniega para nada de Los Fabulosos Cadillacs, pero cuando se le pregunta qué prefiere, si la juventud Cadillac o la Madurez Vicentico, sin titubear opta por la segunda.

Tampoco duda cuando declara su fidelidad a los Beatles por encima de los Rolling Stones. Ni cuando asegura que prefiere el romanticismo de Carlos Gardel a la vanguardia de Astor Piazolla. Donde la cosa se pone reñida es cuando hay que elegir entre el tango y el bolero: "¡Uf, qué difícil!... no puedo hacerlo: los dos".

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Sonríe nuevamente cuando recuerda su trabajo en el juzgado penal correccional, donde se percató de "lo corrupta" que es la impartición de justicia en Argentina. Hace mucho tiempo, en alguna entrevista con un medio local, dijo que su incredulidad hacia cualquier sistema proviene de cuando trabajó en el juzgado y vio cómo ahí mismo se vendía cocaína. Una historia de la que hoy prefiere no hablar, pero que tampoco niega.

"Sí, es verdad... lo que pasa es que son declaraciones un poco exageradas. Fue un poco así, ¿pero para qué meterme en eso? ".

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