/ viernes 8 de enero de 2021

Manzanero y Yucatán en las venas 

Lo importante es recordar que un compositor no se hace sólo. Hay un entorno que favorece la creación con rumbo conocido: en este caso el romanticismo de Yucatán

En todo el mundo se cuecen habas en eso de las cositas del corazón; pero lo que es en México pasamos de lo brioso a lo apasionado; de lo intenso a lo profundo; de lo maledicente del “que la chancla que yo tiro, no la vuelvo a levantar” y de ahí, como en un abrir y cerrar de ojos, al “perdóname mi vida…”

Una de las particularidades con las que se etiqueta a los mexicanos en el exterior es la famosa aportación a lo Jorge Negrete: “… que de un hombre no se burla una mujer…” y de ahí en adelante. El concepto ‘machismo’ o ‘machista’ surge de ese espíritu echado para adelante en el que la mujer ‘obedece y calla’. O por lo menos eso decían las canciones más bravías de los bravíos cantantes mexicanos de los treinta a los cincuenta.

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Pero también está el otro modelo mexicano que tanto ha aportado al mundo: el de los sentimientos, en lo emotivo y en las ganas de decir “te quiero” o “te extraño…”, lo cual, a través de la música, también se ha vuelto universal.

Es el romanticismo de los boleros mexicanos que, sí, tienen su origen en el bolero cubano pero que acá adquieren aún más de intensidad romántica que de despecho; más de emociones pasionales que de abandonos; más melancolía que reproche.

El bolero como género musical es un recurso en el que todo mundo se encuentra, en el que todo mundo cabe porque se trata de expresar sentimientos que todos guardamos a lo largo de la vida; el amor puede ser sublime, pero también un abismo. Y se canta para que la ser amada nos ponga atención y sepa que ‘nos trae de un ala”.

Por tanto: El bolero mexicano es famoso en el mundo no sólo por sus letras, sino por su melodía y su cadencia, su ritmo y esa tanta gracia que hace que la gente no lo olvide y lo tararee y lo cante y lo grite a todo pulmón cuando el corazón estalla y suelta miel y bilis, al mismo tiempo… Incluso, en México se inventó el ‘bolero ranchero’: “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí…

Por ejemplo, el bolero supremo ha sido por muchos años “Bésame mucho” (1938-1941) de Consuelo Velázquez, el que, según se sabe fue una de las canciones que más cantaban las tropas aliadas en Asia y Europa a finales de la Segunda Guerra Mundial… y de ahí en adelante es una canción emblema de eso…, de esa petición casi ruego que es de todos, ahora.

Otros boleros hay de gran calado que están en los oídos de todo el mundo, los del oaxaqueño Álvaro Carrillo, que, por ejemplo, amenizan y tranquilizan a los pasajeros en el aeropuerto Heathrow de Londres: “Sabor a mí”.

[En una ocasión, por razones de trabajo, tenía que estar por algunos meses en aquella ciudad. Por supuesto con mi inglés chapurrado –o de legionario, si se quiere-, en el que apenas escapaban algunas palabras para comunicarme como niño de kínder con su maestra.

[Pues eso, después de meses y ya de regreso a México, solo, solitario, inmensamente abandonado en aquella inmensidad de puerto aéreo, de pronto se escucha en los altavoces la melodía: un bolero que pudo ser nada escuchado en otras circunstancias, pero que ahí era bálsamo, era medicina para el alma, era el vuelo de “La Paloma” de Concha Méndez hasta tierras mexicanas ya dispuestas al abrazo… por supuesto nadie más dio cuenta de mi emoción, pero eso era: emoción; y eso era: un bolero…]

Otros más se han puesto en la pechuga de todo el mundo. Son los boleros de una generación de compositores mexicanos que surgen de lo más profundo del ser nacional que no se conforma con las ‘bravatas’ sino que se ocupa de decirle a alguien algo así como: “Voy a apagar la luz, para pensar en ti” (Y no es alusión a la Comisión Federal de Electricidad, que quede claro).

Son los boleros emotivos y románticos de Armando Manzanero, como parte de una generación de compositores yucatecos que han aportado verdaderas obras de arte a la historia musical de México y claro, del mundo; aunque con frecuencia no saben que el origen de aquellas intensidades es mexicano: no importa.

Están., por ejemplo Wello Rivas (1913-1990); Víctor Esquivel Ancona (1925-2005); Vicente Uvalle (1905-1996); Sergio Esquivel (1946); Pastor Cervera (1915- 2001); María Eugenia Escobedo (1941); Luis Demetrio (1931- 2007); Guadalupe Trigo (José Alfonso Ontiveros Carrillo 1941-1982); Juan Acereto (1930–1991) … y tantos más que constituyen una generación próxima a Manzanero y que nutrieron lo que puede llamarse “el romanticismo yucateco”, luego de la famosa Trova Yucateca de Palmerín y Guty Cárdenas.

Es histórico cómo desde Yucatán han surgido todos estos grandes compositores, y muchos más antes, y serán después. Siempre con la misma intensidad y espíritu dispuesto a lo amoroso, a lo íntimo, a la luz tenue o de plano a sin luz: “para pensar en ti”. Hay una muy firme vena romántica ahí. Por supuesto la hay en todo México; la tiene cada estado de la República a su manera, pero es en el sur en donde probablemente se exprese con mayor ímpetu.

La mayor parte de estos boleros han calado fuerte en el ánimo nacional e internacional. Ya hemos comentado cómo las melodías mexicanas pueblan distintos ámbitos en el mundo… Y se renuevan de forma permanente, con versiones nuevas, con voces nuevas, con estrellas, estrellitas y asteroides de la música en el mundo, hoy. Todos cantan boleros, por su propio gusto y porque quien los escucha los conoce y quiere mecerse en esa emoción humana.

A Manzanero le vino el gusto por la música por origen y herencia. Sus padres vinculados con lo musical; su entorno era así. De hecho, su papá, Santiago Manzanero, fue uno de los fundadores de la orquesta típica “Yucalpetén”. Así que desde pequeño –más aun--, dio muestras de querer dedicarse a la música: por gusto y vocación. En esa parte, dijo alguna vez, no tuvo ninguna duda.

Nació en Mérida en diciembre de 1934, cuando ya era presidente de México don Lázaro Cárdenas; cuando el país se metía a fondo en el Sistema Revolucionario –que más tarde haría tanto daño--; cuando el mejor gobierno que tuvo el PNR–luego PRM y luego PRI- planeó su estructura administrativa, financiera y política para favorecer a los desfavorecidos, etcétera. Y era el momento en el que México creía iniciar un proceso de paz luego del término de la Revolución Mexicana armada y aún con los humos de la muerte de Álvaro Obregón en 1928.

Es el mismo año que en el cine se estrena una película emblemática: “La mujer del puerto” dirigida por Arcady Boytler y protagonizada por Andrea Palma y en base a la novela “Le Port” de Guy de Maupassant. La música ahí era del tipo de lo que ya expresaba el ánimo romántico de los mexicanos: "Vende placer a los hombres que vienen del mar". Es una película devastadora, pero al mismo tiempo musical.

Cuando Manzanero nació habían transcurrido casi dos años de la muerte de Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, conocido como Guty Cárdenas, el mayor representante de la trova yucateca y que inspiró a generaciones posteriores en su ánimo lo mismo bravío como romántico: “Yo sé que nunca besaré tu boca, tu boca de púrpura encendida”, y así el estilo.

Foto Hemeroteca Mario Vázquez Raña

O Ricardo Palmerín, autor de la música de “Peregrina”, con letra del poeta Luis Rosado Vega y que escribieron en 1922 a petición del entonces gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, para obsequiar a la periodista estadounidense Alma Reed, por la que andaba arrastrando la cobija.

Es natural que en ese ambiente trovador y bohemio surgiera una casta de compositores de la misma vena. Aunque, por supuesto, también los hay para la fiesta y la jarana. Y de ese espacio, lo mismo laborioso como cargado de energía y luminoso, saldría Manzanero, el mismo que en sus inicios -1962- habría de componer “Edy Edy” para Angélica María.

De su biografía ya se ha dicho tanto a su muerte el 28 de diciembre de 2020. Lo importante es recordar que un compositor no se hace sólo. Hay un entorno que favorece la creación con rumbo conocido: en este caso el romanticismo de Yucatán está impreso en la obra del autor de “Somos novios”, “Esta tarde vi llover”, “Te extraño”.

Y por eso es bueno reconocer a toda esa generación de románticos que convivió con él aun a distancia y que forma parte de ese romanticismo yucateco que hoy está en boca de todo el mundo: Como alivio. Como medicina del alma. Como bálsamo. Reconfortante en días aciagos.

No sé tú. Pero yo...No dejo de pensar. Ni un minuto me puedo despojar. De tus besos, tus abrazos. De lo bien que la pasamos la otra vez…


En todo el mundo se cuecen habas en eso de las cositas del corazón; pero lo que es en México pasamos de lo brioso a lo apasionado; de lo intenso a lo profundo; de lo maledicente del “que la chancla que yo tiro, no la vuelvo a levantar” y de ahí, como en un abrir y cerrar de ojos, al “perdóname mi vida…”

Una de las particularidades con las que se etiqueta a los mexicanos en el exterior es la famosa aportación a lo Jorge Negrete: “… que de un hombre no se burla una mujer…” y de ahí en adelante. El concepto ‘machismo’ o ‘machista’ surge de ese espíritu echado para adelante en el que la mujer ‘obedece y calla’. O por lo menos eso decían las canciones más bravías de los bravíos cantantes mexicanos de los treinta a los cincuenta.

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Pero también está el otro modelo mexicano que tanto ha aportado al mundo: el de los sentimientos, en lo emotivo y en las ganas de decir “te quiero” o “te extraño…”, lo cual, a través de la música, también se ha vuelto universal.

Es el romanticismo de los boleros mexicanos que, sí, tienen su origen en el bolero cubano pero que acá adquieren aún más de intensidad romántica que de despecho; más de emociones pasionales que de abandonos; más melancolía que reproche.

El bolero como género musical es un recurso en el que todo mundo se encuentra, en el que todo mundo cabe porque se trata de expresar sentimientos que todos guardamos a lo largo de la vida; el amor puede ser sublime, pero también un abismo. Y se canta para que la ser amada nos ponga atención y sepa que ‘nos trae de un ala”.

Por tanto: El bolero mexicano es famoso en el mundo no sólo por sus letras, sino por su melodía y su cadencia, su ritmo y esa tanta gracia que hace que la gente no lo olvide y lo tararee y lo cante y lo grite a todo pulmón cuando el corazón estalla y suelta miel y bilis, al mismo tiempo… Incluso, en México se inventó el ‘bolero ranchero’: “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí…

Por ejemplo, el bolero supremo ha sido por muchos años “Bésame mucho” (1938-1941) de Consuelo Velázquez, el que, según se sabe fue una de las canciones que más cantaban las tropas aliadas en Asia y Europa a finales de la Segunda Guerra Mundial… y de ahí en adelante es una canción emblema de eso…, de esa petición casi ruego que es de todos, ahora.

Otros boleros hay de gran calado que están en los oídos de todo el mundo, los del oaxaqueño Álvaro Carrillo, que, por ejemplo, amenizan y tranquilizan a los pasajeros en el aeropuerto Heathrow de Londres: “Sabor a mí”.

[En una ocasión, por razones de trabajo, tenía que estar por algunos meses en aquella ciudad. Por supuesto con mi inglés chapurrado –o de legionario, si se quiere-, en el que apenas escapaban algunas palabras para comunicarme como niño de kínder con su maestra.

[Pues eso, después de meses y ya de regreso a México, solo, solitario, inmensamente abandonado en aquella inmensidad de puerto aéreo, de pronto se escucha en los altavoces la melodía: un bolero que pudo ser nada escuchado en otras circunstancias, pero que ahí era bálsamo, era medicina para el alma, era el vuelo de “La Paloma” de Concha Méndez hasta tierras mexicanas ya dispuestas al abrazo… por supuesto nadie más dio cuenta de mi emoción, pero eso era: emoción; y eso era: un bolero…]

Otros más se han puesto en la pechuga de todo el mundo. Son los boleros de una generación de compositores mexicanos que surgen de lo más profundo del ser nacional que no se conforma con las ‘bravatas’ sino que se ocupa de decirle a alguien algo así como: “Voy a apagar la luz, para pensar en ti” (Y no es alusión a la Comisión Federal de Electricidad, que quede claro).

Son los boleros emotivos y románticos de Armando Manzanero, como parte de una generación de compositores yucatecos que han aportado verdaderas obras de arte a la historia musical de México y claro, del mundo; aunque con frecuencia no saben que el origen de aquellas intensidades es mexicano: no importa.

Están., por ejemplo Wello Rivas (1913-1990); Víctor Esquivel Ancona (1925-2005); Vicente Uvalle (1905-1996); Sergio Esquivel (1946); Pastor Cervera (1915- 2001); María Eugenia Escobedo (1941); Luis Demetrio (1931- 2007); Guadalupe Trigo (José Alfonso Ontiveros Carrillo 1941-1982); Juan Acereto (1930–1991) … y tantos más que constituyen una generación próxima a Manzanero y que nutrieron lo que puede llamarse “el romanticismo yucateco”, luego de la famosa Trova Yucateca de Palmerín y Guty Cárdenas.

Es histórico cómo desde Yucatán han surgido todos estos grandes compositores, y muchos más antes, y serán después. Siempre con la misma intensidad y espíritu dispuesto a lo amoroso, a lo íntimo, a la luz tenue o de plano a sin luz: “para pensar en ti”. Hay una muy firme vena romántica ahí. Por supuesto la hay en todo México; la tiene cada estado de la República a su manera, pero es en el sur en donde probablemente se exprese con mayor ímpetu.

La mayor parte de estos boleros han calado fuerte en el ánimo nacional e internacional. Ya hemos comentado cómo las melodías mexicanas pueblan distintos ámbitos en el mundo… Y se renuevan de forma permanente, con versiones nuevas, con voces nuevas, con estrellas, estrellitas y asteroides de la música en el mundo, hoy. Todos cantan boleros, por su propio gusto y porque quien los escucha los conoce y quiere mecerse en esa emoción humana.

A Manzanero le vino el gusto por la música por origen y herencia. Sus padres vinculados con lo musical; su entorno era así. De hecho, su papá, Santiago Manzanero, fue uno de los fundadores de la orquesta típica “Yucalpetén”. Así que desde pequeño –más aun--, dio muestras de querer dedicarse a la música: por gusto y vocación. En esa parte, dijo alguna vez, no tuvo ninguna duda.

Nació en Mérida en diciembre de 1934, cuando ya era presidente de México don Lázaro Cárdenas; cuando el país se metía a fondo en el Sistema Revolucionario –que más tarde haría tanto daño--; cuando el mejor gobierno que tuvo el PNR–luego PRM y luego PRI- planeó su estructura administrativa, financiera y política para favorecer a los desfavorecidos, etcétera. Y era el momento en el que México creía iniciar un proceso de paz luego del término de la Revolución Mexicana armada y aún con los humos de la muerte de Álvaro Obregón en 1928.

Es el mismo año que en el cine se estrena una película emblemática: “La mujer del puerto” dirigida por Arcady Boytler y protagonizada por Andrea Palma y en base a la novela “Le Port” de Guy de Maupassant. La música ahí era del tipo de lo que ya expresaba el ánimo romántico de los mexicanos: "Vende placer a los hombres que vienen del mar". Es una película devastadora, pero al mismo tiempo musical.

Cuando Manzanero nació habían transcurrido casi dos años de la muerte de Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, conocido como Guty Cárdenas, el mayor representante de la trova yucateca y que inspiró a generaciones posteriores en su ánimo lo mismo bravío como romántico: “Yo sé que nunca besaré tu boca, tu boca de púrpura encendida”, y así el estilo.

Foto Hemeroteca Mario Vázquez Raña

O Ricardo Palmerín, autor de la música de “Peregrina”, con letra del poeta Luis Rosado Vega y que escribieron en 1922 a petición del entonces gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, para obsequiar a la periodista estadounidense Alma Reed, por la que andaba arrastrando la cobija.

Es natural que en ese ambiente trovador y bohemio surgiera una casta de compositores de la misma vena. Aunque, por supuesto, también los hay para la fiesta y la jarana. Y de ese espacio, lo mismo laborioso como cargado de energía y luminoso, saldría Manzanero, el mismo que en sus inicios -1962- habría de componer “Edy Edy” para Angélica María.

De su biografía ya se ha dicho tanto a su muerte el 28 de diciembre de 2020. Lo importante es recordar que un compositor no se hace sólo. Hay un entorno que favorece la creación con rumbo conocido: en este caso el romanticismo de Yucatán está impreso en la obra del autor de “Somos novios”, “Esta tarde vi llover”, “Te extraño”.

Y por eso es bueno reconocer a toda esa generación de románticos que convivió con él aun a distancia y que forma parte de ese romanticismo yucateco que hoy está en boca de todo el mundo: Como alivio. Como medicina del alma. Como bálsamo. Reconfortante en días aciagos.

No sé tú. Pero yo...No dejo de pensar. Ni un minuto me puedo despojar. De tus besos, tus abrazos. De lo bien que la pasamos la otra vez…


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