/ miércoles 5 de julio de 2017

Gina Lollobrigida cumple 90 años

La actriz Gina Lollobrigida, indiscutible musa en el “panteón de la cinematografía italiana”, cumplió ayer 90 años de una vida en la que se erigió como ícono de la belleza mediterránea, y marcada por el amor, el desamor y los pleitos.

Toda una figura nacional que por sus “tres veces treinta años”, como aseguran que dice haber cumplido, ha merecido la felicitación de las más altas institucones del Estado, como el presidente de la República, Sergio Mattarella, o el ministro de Cultura, Dario Franceschini.

Luigia Lollobrigida nació en Subiaco el 4 de julio de 1927 en el seno de una familia acomodada que perdió su patrimonio en la II Guerra Mundial y en 1947, con 20 años, se mudó a la cercana Roma, donde comenzó a estudiar bellas artes.

Según explica en la biografía de su web oficial, era la “privilegiada” ya que mientras se instruía en arte y lírica gracias a una beca, su familia de “refugiados” vivía en una única y pequeña habitación y “comía lo poco que lograba recoger”.

El trampolín al mundo del espectáculo se produjo a su llegada a la ciudad, cuando acabó en el escenario del certamen Miss Roma, en el que quedó segunda, y fue invitada a la final de Miss Italia, en la que finalmente triunfó Lucía Bosé.

Poco a poco la joven logró entrar en los estudios romanos de Cinecittá, interpretando pequeños papeles, y tres años más tarde recibió una oferta del millonario productor Howard Huges, por lo que tomó un avión para volar a aquel Hollywood efervescente.

Tardó poco en arrepentirse, al percatarse de que solo podría trabajar en producciones de su mecenas, y regresó a Roma para dar inicio a una carrera que la consagraría como una de las actrices más aplaudidas en Italia y Europa.

Sus primeros éxitos llegaron a las órdenes de Luigi Zampa, con cintas como Campane a martello (1949). En 1952 protagonizó junto al divo francés Gerard Philipe, Fanfán La tulipe, del realizador francés Christian-Jaque, una película premiada en Cannes y en Berlín, lo que le dio gran visibilidad en el continente. Todos los directores de los años 50 la querían pero fue Luigi Comencini quien la impulsó a su máximo esplendor en Pane, amore e fantasia (1953), con la que ganó su primer premio, el Nastro d’Argento, gracias a un recordado papel junto a Vittorio de Sica.

En aquella época trabajó en grandes producciones internacionales, como Beat the devil (1953), con Humphrey Bogart; Trapecio (1956), con Tony Curtis, o Notre-Dame de París (1956), junto a un Anthony Quinn como el jorobado.

Quizá uno de sus trabajos más emblemáticos sea la producción La donna piu bella del mondo (1956), junto a Vittorio Gassman, en la que incluso cantó fragmentos de la Tosca de Giacomo Puccini.

La actriz Gina Lollobrigida, indiscutible musa en el “panteón de la cinematografía italiana”, cumplió ayer 90 años de una vida en la que se erigió como ícono de la belleza mediterránea, y marcada por el amor, el desamor y los pleitos.

Toda una figura nacional que por sus “tres veces treinta años”, como aseguran que dice haber cumplido, ha merecido la felicitación de las más altas institucones del Estado, como el presidente de la República, Sergio Mattarella, o el ministro de Cultura, Dario Franceschini.

Luigia Lollobrigida nació en Subiaco el 4 de julio de 1927 en el seno de una familia acomodada que perdió su patrimonio en la II Guerra Mundial y en 1947, con 20 años, se mudó a la cercana Roma, donde comenzó a estudiar bellas artes.

Según explica en la biografía de su web oficial, era la “privilegiada” ya que mientras se instruía en arte y lírica gracias a una beca, su familia de “refugiados” vivía en una única y pequeña habitación y “comía lo poco que lograba recoger”.

El trampolín al mundo del espectáculo se produjo a su llegada a la ciudad, cuando acabó en el escenario del certamen Miss Roma, en el que quedó segunda, y fue invitada a la final de Miss Italia, en la que finalmente triunfó Lucía Bosé.

Poco a poco la joven logró entrar en los estudios romanos de Cinecittá, interpretando pequeños papeles, y tres años más tarde recibió una oferta del millonario productor Howard Huges, por lo que tomó un avión para volar a aquel Hollywood efervescente.

Tardó poco en arrepentirse, al percatarse de que solo podría trabajar en producciones de su mecenas, y regresó a Roma para dar inicio a una carrera que la consagraría como una de las actrices más aplaudidas en Italia y Europa.

Sus primeros éxitos llegaron a las órdenes de Luigi Zampa, con cintas como Campane a martello (1949). En 1952 protagonizó junto al divo francés Gerard Philipe, Fanfán La tulipe, del realizador francés Christian-Jaque, una película premiada en Cannes y en Berlín, lo que le dio gran visibilidad en el continente. Todos los directores de los años 50 la querían pero fue Luigi Comencini quien la impulsó a su máximo esplendor en Pane, amore e fantasia (1953), con la que ganó su primer premio, el Nastro d’Argento, gracias a un recordado papel junto a Vittorio de Sica.

En aquella época trabajó en grandes producciones internacionales, como Beat the devil (1953), con Humphrey Bogart; Trapecio (1956), con Tony Curtis, o Notre-Dame de París (1956), junto a un Anthony Quinn como el jorobado.

Quizá uno de sus trabajos más emblemáticos sea la producción La donna piu bella del mondo (1956), junto a Vittorio Gassman, en la que incluso cantó fragmentos de la Tosca de Giacomo Puccini.