/ sábado 19 de febrero de 2022

Mägo de Oz cumple 35 años siguiendo sus propias reglas

A punto de cumplir 35 años de carrera, el grupo de folk metal originario de Madrid ofrecerá un concierto hoy en la Arena Ciudad de México

Ozzy Osbourne solía decir que quizá no haya público más fiel que al que le gusta el heavy metal. Los 40 años de carrera de Metallica lo confirman. También el medio siglo de Judas Priest. En el mundo hispano —donde el rock and roll enfrentó dos o tres veces más complicaciones que en los países anglosajones— ese olimpo de longevidad pertenece a Mägo de Oz.

No es fácil mantenerse 35 años de pie en la industria musical. Lo que durante algún tiempo mereció un disco de platino hoy puede representar apenas unas cuantas reproducciones en Spotify. El mercado de la música es tan volátil como el financiero: los gustos fluctúan entre especulaciones por ver quién se lleva el cacho más grande del pastel.

Por eso Mägo de Oz sabe que las únicas reglas que deben seguirse son las propias. La autenticidad como estrategia para la permanencia. Aunque ello no signifique ignorar que la evolución es una condición natural: cambiar para no morir. Tarea complicada para un grupo de heavy metal que ha cimentado su carrera en la devoción de sus fans.

“No podemos tocar Fiesta pagana toda la vida”, reconoce en entrevista Carlos Prieto, el hombre encargado del violín y también uno de los dos miembros originales de Mägo de Oz junto con Txus di Fellatio. El resto de la alineación es sangre nueva.

Mejor conocido entre sus seguidores como Mohammed, Prieto responde el teléfono desde la habitación de un lujoso hotel de la Ciudad de México. Atrás han quedado aquellos años en los que él y sus compañeros contaban las pesetas.

“¡Uf! Los inicios de Mägo de Oz fueron muy locos. Los primeros discos los pagamos nosotros mismos. Fuimos al banco a pedir un crédito y así financiamos nuestra música. Nadie creía en nosotros”, recuerda este músico de conservatorio y futbolista frustrado. El destino a veces es caprichoso. Mägo de Oz pudo haberse quedado sin violín si Mohammed hubiese sido aceptado en las filas del Real Madrid.

Cuando rememora los años ochenta —en los que el heavy metal y el hard rock dictaban el pulso de la juventud—, no puede evitar sentir algo de nostalgia. Incluso en otros géneros, dice, todo era variopinto: había soul, blues, pop, rock. “Ahora todo es trap: siempre es lo mismo y siempre es la misma canción”.

Coronan la carrera de la banda 13 discos de oro, ocho de platino y uno de diamante. Mägo de Oz ha sabido hacer del heavy metal el domicilio de otros mundos: el de la música celta y el de la música clásica. Porque aunque en sus más recientes álbumes su innovación roza en lo inesperado —como algunos sonidos electrónicos—, la esencia de la banda no se extingue: sus discos siguen sonando a una Europa muy antigua cuyas tragedias, comedias y dramas se repiten en el presente.

“Hubo una ilusión muy grande (cuando comenzaban su carrera). Tocábamos con la esperanza de llenar, sin saber si íbamos a lograrlo. De repente a la gente empezó a gustarle nuestra música, fue un boom muy grande e hicimos muchos más conciertos. Giramos por España, luego por América. Éramos muy jóvenes, muy locos y muy salvajes”, cuenta Mohammed.

Sin embargo, admite que, después del álbum Gaia (2003), el grupo dejó de ser una jungla de fieras. “Ya bebemos después de los conciertos”, dice. De hecho, el vocalista más famoso de la banda, José Andrëa, abandonó el barco porque, según él, Mägo de Oz se había convertido en una empresa, en una marca alejada de sus principios fundacionales de rebeldía y rock and roll. Txus di Fellatio negó la acusación y contraatacó. Dijo que Andrëa se había ido por problemas de alcoholismo.

“En cuanto a vida nocturna, el ritmo del grupo sí se ha calmado bastante. Y es que hay un momento en que te das cuenta que tienes una responsabilidad, que la gente que te sigue quiere ver un buen show y ha pagado mucho dinero por una entrada. Cuando el público desea ver un espectáculo de calidad, hay que tomarlo muy en serio”, afirma Mohammed.

A punto de cumplir 35 años, Mägo de Oz pisa el acelerador en una carretera donde no se cobra peaje. Van por la libre, donde el camino es sinuoso y casi nunca recto. Al menos eso aún cree Mohammed, quien suelta una sentencia: “El rock es rebeldía, lo llevamos dentro y no lo podemos evitar”.

Ozzy Osbourne solía decir que quizá no haya público más fiel que al que le gusta el heavy metal. Los 40 años de carrera de Metallica lo confirman. También el medio siglo de Judas Priest. En el mundo hispano —donde el rock and roll enfrentó dos o tres veces más complicaciones que en los países anglosajones— ese olimpo de longevidad pertenece a Mägo de Oz.

No es fácil mantenerse 35 años de pie en la industria musical. Lo que durante algún tiempo mereció un disco de platino hoy puede representar apenas unas cuantas reproducciones en Spotify. El mercado de la música es tan volátil como el financiero: los gustos fluctúan entre especulaciones por ver quién se lleva el cacho más grande del pastel.

Por eso Mägo de Oz sabe que las únicas reglas que deben seguirse son las propias. La autenticidad como estrategia para la permanencia. Aunque ello no signifique ignorar que la evolución es una condición natural: cambiar para no morir. Tarea complicada para un grupo de heavy metal que ha cimentado su carrera en la devoción de sus fans.

“No podemos tocar Fiesta pagana toda la vida”, reconoce en entrevista Carlos Prieto, el hombre encargado del violín y también uno de los dos miembros originales de Mägo de Oz junto con Txus di Fellatio. El resto de la alineación es sangre nueva.

Mejor conocido entre sus seguidores como Mohammed, Prieto responde el teléfono desde la habitación de un lujoso hotel de la Ciudad de México. Atrás han quedado aquellos años en los que él y sus compañeros contaban las pesetas.

“¡Uf! Los inicios de Mägo de Oz fueron muy locos. Los primeros discos los pagamos nosotros mismos. Fuimos al banco a pedir un crédito y así financiamos nuestra música. Nadie creía en nosotros”, recuerda este músico de conservatorio y futbolista frustrado. El destino a veces es caprichoso. Mägo de Oz pudo haberse quedado sin violín si Mohammed hubiese sido aceptado en las filas del Real Madrid.

Cuando rememora los años ochenta —en los que el heavy metal y el hard rock dictaban el pulso de la juventud—, no puede evitar sentir algo de nostalgia. Incluso en otros géneros, dice, todo era variopinto: había soul, blues, pop, rock. “Ahora todo es trap: siempre es lo mismo y siempre es la misma canción”.

Coronan la carrera de la banda 13 discos de oro, ocho de platino y uno de diamante. Mägo de Oz ha sabido hacer del heavy metal el domicilio de otros mundos: el de la música celta y el de la música clásica. Porque aunque en sus más recientes álbumes su innovación roza en lo inesperado —como algunos sonidos electrónicos—, la esencia de la banda no se extingue: sus discos siguen sonando a una Europa muy antigua cuyas tragedias, comedias y dramas se repiten en el presente.

“Hubo una ilusión muy grande (cuando comenzaban su carrera). Tocábamos con la esperanza de llenar, sin saber si íbamos a lograrlo. De repente a la gente empezó a gustarle nuestra música, fue un boom muy grande e hicimos muchos más conciertos. Giramos por España, luego por América. Éramos muy jóvenes, muy locos y muy salvajes”, cuenta Mohammed.

Sin embargo, admite que, después del álbum Gaia (2003), el grupo dejó de ser una jungla de fieras. “Ya bebemos después de los conciertos”, dice. De hecho, el vocalista más famoso de la banda, José Andrëa, abandonó el barco porque, según él, Mägo de Oz se había convertido en una empresa, en una marca alejada de sus principios fundacionales de rebeldía y rock and roll. Txus di Fellatio negó la acusación y contraatacó. Dijo que Andrëa se había ido por problemas de alcoholismo.

“En cuanto a vida nocturna, el ritmo del grupo sí se ha calmado bastante. Y es que hay un momento en que te das cuenta que tienes una responsabilidad, que la gente que te sigue quiere ver un buen show y ha pagado mucho dinero por una entrada. Cuando el público desea ver un espectáculo de calidad, hay que tomarlo muy en serio”, afirma Mohammed.

A punto de cumplir 35 años, Mägo de Oz pisa el acelerador en una carretera donde no se cobra peaje. Van por la libre, donde el camino es sinuoso y casi nunca recto. Al menos eso aún cree Mohammed, quien suelta una sentencia: “El rock es rebeldía, lo llevamos dentro y no lo podemos evitar”.

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