/ sábado 2 de mayo de 2020

Óscar Chávez, el hombre que cantó el pulso de América Latina

Óscar Chávez rescató la historia de la música popular, se le recuerda como un hombre serio y generoso

Su voz era parca, similar al sonido de un relámpago que cae sobre la tierra yerma. Y así, con la misma rapidez que el trueno asalta la oscuridad, la voz de Óscar Chávez se apagó en medio de la confusión pandémica que tiene sumida a la Ciudad de México en el más perturbador de los silencios.

Le decían El Caifán Mayor porque un caifán es el que todas puede cuando cae la noche. Óscar Chávez fue el trovador intrépido que cantó de todo y para todos sin mayor arma que su guitarra y su vocación por crear, rescatar, difundir y reinterpretar la canción de protesta. Tarea difícil para un país que, como solía decir él mismo, tiene mucho qué protestar, pero protesta poco.

“Perdimos a un maestro de la canción, pero sobre todo a un gran documentalista de la música popular mexicana y latinoamericana”, asegura en entrevista el cantautor Fernando Rivera Calderón. “Es un trovador fundamental para entender el México del último medio siglo. Un artista cuyo compromiso social y sentido político pesaron más que sus ganas de volverse una estrella del mainstream, porque no sólo nos regaló éxitos comerciales como Por Ti, sino enormes parodias políticas como La casita”.

Nacido en la colonia Portales en 1935 y criado en Santa María la Ribera, Chávez fue el hijo de la Revolución que jugó a ser el juglar de una urbe rendida a la bohemia, donde las noches de tragos se convertían en tertulias interminables de canciones y rancheras, pero también en agudas críticas contra la desigualdad que asedia a América Latina, recuerda en entrevista su amiga Tania Libertad, quien lo conoció en 1977, cuando ella llegó a México por primera vez.

“Óscar disfrutaba mucho de cantar acompañado de Chamín Correa, que era quien nos convocaba a todos. Recuerdo que íbamos a ver a El Pirulí y luego nos quedábamos echando bohemia, cantando hasta las 5 o 6 de la mañana y bebiendo ron, tequila o lo que hubiera. Óscar fue un hombre libre y poco dado a las llamadas telefónicas. Serio ante quien no lo conocía. Hasta sus últimos años se fumó sus cigarros y se echó sus tragos”, comparte la intérprete peruana.

Pocos pudieron definir tan certeramente el papel del compositor de Por ti en la cultura nacional como Carlos Monsiváis en su texto Óscar Chávez, el relajo liberador: “Cantante, compositor, folclorista, antólogo y luchador social, Óscar trabajó en una triple vertiente: rescate de la herencia lírica, presentación de nuevos materiales mexicanos y latinoamericanos, y manejo de las vetas satíricas de la canción. Él sí le dio igual importancia a lo viejo y lo nuevo, lo triste y lo divertido, lo épico y lo sensual”.

Y esto se debe, dice Rivera Calderón, a que era un artista enamorado de escenarios como la Feria de Mixquic del Día de Muertos, Las Islas de Ciudad Universitaria, las manifestaciones sociales y las verbenas populares. "Óscar buscaba a la gente, no a los reflectores".

ALMA DE CAIFÁN

La RAE define la palabra caifán como “un sujeto preeminente de barrio de ciudad”. Algo supo Óscar Chávez de los vaivenes callejeros cuando, después del Movimiento Estudiantil de 1968 —en el que participó activamente—, se sumergió en la vida nocturna de la capital para hacer cabaret político en el Café Colón al lado de quien fue uno de sus grandes amigos, el actor Ernesto Gómez Cruz, con quien compartió cámara en Los caifanes (1967).

Y es que esta cinta de Juan Ibáñez —considerada un parteaguas en el cine mexicano independiente— fue el trampolín que hizo saltar a Óscar Chávez a la piscina de la fama. Su papel de El estilos, un joven pobre y bohemio enamorado de una chica adinerada interpretada por Julissa, lo puso en el centro de los reflectores, de los que siempre prefirió mantenerse alejado.

“Óscar fue un hombre muy discreto, nunca llegamos a saber mucho de su vida privada. Poseedor de una grandeza de espíritu inigualable. Un hombre con los ideales bien puestos, culto y buen conversador”, recuerda Libertad.

Férreo defensor del bolero, del corrido y de cualquier manifestación de la música folclórica latinoamericana, Chávez se dejó permear por las grandes plumas de América Latina, desde los sonetos combativos de Sor Juana Inés De la Cruz hasta la musicalidad romántica de Amado Nervo, pasando por el idealismo trágico de José Martí y el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

Aunque fue influenciado por el movimiento de la Nueva Canción Chilena y por la Revolución Cubana, como buen caifán, Óscar siempre se fue por la libre: durante toda su carrera nunca abandonó el ideal de cantar el corazón de Hispanoamérica desde el pulso popular, y no desde los maniqueísmos políticos, sostiene Rivera Calderón.

En su producción discográfica, que consta de más de 30 álbumes, destacan, entre muchas otras cosas, el rescate de viejas canciones de la Guerra Civil Española, corridos de la Revolución Mexicana, boleros cubanos y parodias políticas que no pierden vigencia.

Al Caifán Mayor le tocó vivir su juventud en una Ciudad de México donde cualquier acto que oliera a rebeldía era aplastado por los viejos regentes capitalinos: Ernesto P. Uruchurtu y Alfonso Corona del Rosal. Era el México de los 70, un país hundido en la Guerra sucia y la paranoia de la conspiración comunista, donde los jóvenes trasnochaban entre el frenesí tropical de Celia Cruz en el Teatro Blanquita y las farras interminables de los hoyos fonqui en la Zona Rosa. En estos laberintos, Chávez halló su vocación de trovador popular, oficio al que llegó después de haber tomado clases de teatro en Bellas Artes con Seki Sano, Salvador Novo y Emilio Carballido a principios de los 60.

Sus últimos años transcurrieron en la discreción propia de los hombres que ofrendan su alma al trabajo diario. Durante más de dos décadas, cumplió religiosamente sus presentaciones preotoñales en el Auditorio Nacional. En 2016 todavía celebró medio siglo de trayectoria en el Zócalo y, hace un año, se subió al escenario principal del Vive Latino para ser reconocido como el Caifán Mayor al lado de esos otros Caifanes que juran ser herederos del espíritu libertario de Don Óscar.

Hoy que el virus arrebata a América Latina a uno de sus cantores más queridos, el dolor se pone en cuarentena y no encuentra salida. “Porque quizás lo más triste es que no podamos despedir a Óscar Chávez como se merece”, lamenta Tania Libertad.


Su voz era parca, similar al sonido de un relámpago que cae sobre la tierra yerma. Y así, con la misma rapidez que el trueno asalta la oscuridad, la voz de Óscar Chávez se apagó en medio de la confusión pandémica que tiene sumida a la Ciudad de México en el más perturbador de los silencios.

Le decían El Caifán Mayor porque un caifán es el que todas puede cuando cae la noche. Óscar Chávez fue el trovador intrépido que cantó de todo y para todos sin mayor arma que su guitarra y su vocación por crear, rescatar, difundir y reinterpretar la canción de protesta. Tarea difícil para un país que, como solía decir él mismo, tiene mucho qué protestar, pero protesta poco.

“Perdimos a un maestro de la canción, pero sobre todo a un gran documentalista de la música popular mexicana y latinoamericana”, asegura en entrevista el cantautor Fernando Rivera Calderón. “Es un trovador fundamental para entender el México del último medio siglo. Un artista cuyo compromiso social y sentido político pesaron más que sus ganas de volverse una estrella del mainstream, porque no sólo nos regaló éxitos comerciales como Por Ti, sino enormes parodias políticas como La casita”.

Nacido en la colonia Portales en 1935 y criado en Santa María la Ribera, Chávez fue el hijo de la Revolución que jugó a ser el juglar de una urbe rendida a la bohemia, donde las noches de tragos se convertían en tertulias interminables de canciones y rancheras, pero también en agudas críticas contra la desigualdad que asedia a América Latina, recuerda en entrevista su amiga Tania Libertad, quien lo conoció en 1977, cuando ella llegó a México por primera vez.

“Óscar disfrutaba mucho de cantar acompañado de Chamín Correa, que era quien nos convocaba a todos. Recuerdo que íbamos a ver a El Pirulí y luego nos quedábamos echando bohemia, cantando hasta las 5 o 6 de la mañana y bebiendo ron, tequila o lo que hubiera. Óscar fue un hombre libre y poco dado a las llamadas telefónicas. Serio ante quien no lo conocía. Hasta sus últimos años se fumó sus cigarros y se echó sus tragos”, comparte la intérprete peruana.

Pocos pudieron definir tan certeramente el papel del compositor de Por ti en la cultura nacional como Carlos Monsiváis en su texto Óscar Chávez, el relajo liberador: “Cantante, compositor, folclorista, antólogo y luchador social, Óscar trabajó en una triple vertiente: rescate de la herencia lírica, presentación de nuevos materiales mexicanos y latinoamericanos, y manejo de las vetas satíricas de la canción. Él sí le dio igual importancia a lo viejo y lo nuevo, lo triste y lo divertido, lo épico y lo sensual”.

Y esto se debe, dice Rivera Calderón, a que era un artista enamorado de escenarios como la Feria de Mixquic del Día de Muertos, Las Islas de Ciudad Universitaria, las manifestaciones sociales y las verbenas populares. "Óscar buscaba a la gente, no a los reflectores".

ALMA DE CAIFÁN

La RAE define la palabra caifán como “un sujeto preeminente de barrio de ciudad”. Algo supo Óscar Chávez de los vaivenes callejeros cuando, después del Movimiento Estudiantil de 1968 —en el que participó activamente—, se sumergió en la vida nocturna de la capital para hacer cabaret político en el Café Colón al lado de quien fue uno de sus grandes amigos, el actor Ernesto Gómez Cruz, con quien compartió cámara en Los caifanes (1967).

Y es que esta cinta de Juan Ibáñez —considerada un parteaguas en el cine mexicano independiente— fue el trampolín que hizo saltar a Óscar Chávez a la piscina de la fama. Su papel de El estilos, un joven pobre y bohemio enamorado de una chica adinerada interpretada por Julissa, lo puso en el centro de los reflectores, de los que siempre prefirió mantenerse alejado.

“Óscar fue un hombre muy discreto, nunca llegamos a saber mucho de su vida privada. Poseedor de una grandeza de espíritu inigualable. Un hombre con los ideales bien puestos, culto y buen conversador”, recuerda Libertad.

Férreo defensor del bolero, del corrido y de cualquier manifestación de la música folclórica latinoamericana, Chávez se dejó permear por las grandes plumas de América Latina, desde los sonetos combativos de Sor Juana Inés De la Cruz hasta la musicalidad romántica de Amado Nervo, pasando por el idealismo trágico de José Martí y el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

Aunque fue influenciado por el movimiento de la Nueva Canción Chilena y por la Revolución Cubana, como buen caifán, Óscar siempre se fue por la libre: durante toda su carrera nunca abandonó el ideal de cantar el corazón de Hispanoamérica desde el pulso popular, y no desde los maniqueísmos políticos, sostiene Rivera Calderón.

En su producción discográfica, que consta de más de 30 álbumes, destacan, entre muchas otras cosas, el rescate de viejas canciones de la Guerra Civil Española, corridos de la Revolución Mexicana, boleros cubanos y parodias políticas que no pierden vigencia.

Al Caifán Mayor le tocó vivir su juventud en una Ciudad de México donde cualquier acto que oliera a rebeldía era aplastado por los viejos regentes capitalinos: Ernesto P. Uruchurtu y Alfonso Corona del Rosal. Era el México de los 70, un país hundido en la Guerra sucia y la paranoia de la conspiración comunista, donde los jóvenes trasnochaban entre el frenesí tropical de Celia Cruz en el Teatro Blanquita y las farras interminables de los hoyos fonqui en la Zona Rosa. En estos laberintos, Chávez halló su vocación de trovador popular, oficio al que llegó después de haber tomado clases de teatro en Bellas Artes con Seki Sano, Salvador Novo y Emilio Carballido a principios de los 60.

Sus últimos años transcurrieron en la discreción propia de los hombres que ofrendan su alma al trabajo diario. Durante más de dos décadas, cumplió religiosamente sus presentaciones preotoñales en el Auditorio Nacional. En 2016 todavía celebró medio siglo de trayectoria en el Zócalo y, hace un año, se subió al escenario principal del Vive Latino para ser reconocido como el Caifán Mayor al lado de esos otros Caifanes que juran ser herederos del espíritu libertario de Don Óscar.

Hoy que el virus arrebata a América Latina a uno de sus cantores más queridos, el dolor se pone en cuarentena y no encuentra salida. “Porque quizás lo más triste es que no podamos despedir a Óscar Chávez como se merece”, lamenta Tania Libertad.


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