/ miércoles 10 de junio de 2020

Pau Donés: La historia del hombre que fue feliz hasta el final

Pau Donés vio la dicha desde el lado oscuro, supo entablar una conversación con ritmo e historias que son ahora su máximo legado, de La flaca a Depende, pasando por Humo, su epitafio

En tiempos en que la felicidad es casi un imperativo categórico, el vocalista de Jarabe de Palo se tomó la libertad de elegir la oscuridad de la que todo mundo huye.

“Yo no creo en Dios. Ni en el cáncer. Ni en el futuro. Ni en nada”, dijo en 2017 a este reportero con un acento catalán tan fuerte como sus piernas, que en aquel año ya sostenían a un cuerpo que comenzaba a ser magullado por la enfermedad. “He tenido un vidón, por eso no huyo: me quedo. Como escribí en mi libro: mi pasado me marca, pero no importa, yo tengo flores en el culo”, comentó pocos días antes de tocar en el Vive Latino.

Así era Donés: humano, demasiado humano. Bravío ante la muerte que ya le había sido anticipada. Y como buen jugador de ese partido nietzscheano que asume la muerte de Dios en el corazón de los hombres, El Flaco regateó en la oscuridad para encontrar la luz, no esa en que se cree, sino esa que se siente: el solo de una guitarra, el hallazgo de un acorde, el abrazo de su hija, el recuerdo de una mujer.

Los hedonistas buscan el placer instantáneo. Alguna vez Pau fue uno de ellos. Eran los 80, cuando España era un avispero. El dictador Franco había dejado una resaca doble: mojigatería y liberalismo. Y cuando la democracia asestó el golpe contra la colmena, las avispas más jóvenes salieron enfurecidas, con ganas de tragarse al mundo, algunas formando Mecano; otras, Parálisis Permanente; otras, Héroes del Silencio, y otras, Jarabe de Palo.

Pau nunca se consideró parte de La Movida, pero sí se asumió como fruto de ella. “La libertad, eso fue lo que me dejó”, decía. Y con eso le bastaba. Nunca fue un lector voraz ni un músico de academia. Su dislexia ni siquiera le permitía leer partituras. Menos libros. Todo fue oído. Sentimientos. Sensaciones. Así fue como en 1996 compuso La Flaca, aquel éxito que llevaría a Jarabe de Palo al clímax del éxito y a Donés a recordar que es un enamoradizo de lo peor, porque aquella canción no fue otra cosa que la consecuencia de un amor fugaz en La Habana, donde conoció, al calor de unos mojitos en La Tasca, a una “tremendísima mulata” ataviada en un vestido rojo.

La anécdota —recopilada en su autobiografía 50 palos y sigo soñando (2017)— dibuja bien al chico que conoció el amor en la cintura de una guitarra, que le fue regalada por su madre en 1976, un año después del fin del franquismo. Vaya símbolo de libertad. Su madre moriría poco después.

“Siempre fui hábil con todo lo que se pudiera tocar”, aseguraba. Quizás por eso los dedos eran su parte del cuerpo favorita. En su mano derecha, llevaba tatuada la palabra A-M-O-R. Una letra en cada dedo. Así le gustaba posar para las fotos. Con el puño cerrado hacia enfrente, como metiéndole un puñetazo a la vida.

Y es que las ganas de comerse al mundo nunca se le quitaron. Aprendió bien aquello de que siempre hay un momento en que las cosas triviales se vuelven fundamentales. Enseñanza que, decía, aprendió de sus amigos, los Héroes del Silencio. Por eso nunca claudicó de las giras, los discos ni el management. Ni siquiera cuando debía estar conectado a un suero por eso del desmayo cada vez más frecuente, cada vez más doloroso. Ahí estaba Pau Donés con su suero, él que en los 90 se había metido de todo.

“Empecé joven en ese sórdido mundo, de lo cual no me siento para nada orgulloso, sino arrepentido, porque quién me dice a mí que el haberle dado leña al cuerpo no haya tenido que ver con el cáncer que ahora sufro y que, por otro lado (veamos el lado bueno), ahora me mantiene alejado de las drogas”, confesaba en su autobiografía.

“¿Cuál cáncer?”, respondía cuando algún reportero le preguntaba sobre su enfermedad, que le había sido diagnosticada en 2015. “No sé de qué me hablas”, insistía, aunque los medios del mundo lo confirmaran: Pau Donés padece cáncer de colon.

“Siempre admiré su valentía. Decía que al cáncer sólo le dedicaba cinco minutos al día porque el resto del tiempo era para disfrutarse. Era un hombre entregado a la música. Un día hicimos promoción desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche y él estaba como si nada”, recuerda Iván Díaz, agente musical de la disquera Casete que trabajó con él desde 2015.

Donés definía a la música como su aliada, su compañera de duelo y su compañera de viaje. Los números en realidad nunca le dijeron mucho. Ni las 600 mil copias vendidas de La Flaca (1996) ni las 700 mil de Depende (1998), un álbum que grabó en los estudios Moody de Londres y que lo llevó a viajar con Jarabe de Palo por todo el globo (y de paso grabar una canción con Celia Cruz).

“Pese a toda la fama que lo rodeaba, era alguien bien sencillo”, recuerda Díaz. “Se bajaba él mismo al Oxxo para comprar, algo raro en el medio artístico, e incluso un día me dijo que quería visitar la Ciudadela para comprar recuerdos de la Ciudad de México. Ese día caminamos por todo el tianguis, chachareamos y nos comimos unas quesadillas en un puesto. Hasta subió una foto a sus redes y se volvió tendencia”.

Toda esa humildad era directamente proporcional a la fuerza con la que creía que el futuro era una ilusión. “Vivir es urgente”. Era su frase favorita. Plasmada incluso en su autobiografía por todas partes. Y resultado de ese cáncer que lo sumió sólo en estas últimas semanas. Porque todo lo demás, para él, en efecto, era urgente. Ya lo había cantado en Humo, su epitafio: Ahora que ya no me importa/ Que la vida se vista de negro/ Porque a nada le tengo miedo/ Porque a nada le tengo fe.

Así se fue Pau Donés. En la oscuridad elegida.


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En tiempos en que la felicidad es casi un imperativo categórico, el vocalista de Jarabe de Palo se tomó la libertad de elegir la oscuridad de la que todo mundo huye.

“Yo no creo en Dios. Ni en el cáncer. Ni en el futuro. Ni en nada”, dijo en 2017 a este reportero con un acento catalán tan fuerte como sus piernas, que en aquel año ya sostenían a un cuerpo que comenzaba a ser magullado por la enfermedad. “He tenido un vidón, por eso no huyo: me quedo. Como escribí en mi libro: mi pasado me marca, pero no importa, yo tengo flores en el culo”, comentó pocos días antes de tocar en el Vive Latino.

Así era Donés: humano, demasiado humano. Bravío ante la muerte que ya le había sido anticipada. Y como buen jugador de ese partido nietzscheano que asume la muerte de Dios en el corazón de los hombres, El Flaco regateó en la oscuridad para encontrar la luz, no esa en que se cree, sino esa que se siente: el solo de una guitarra, el hallazgo de un acorde, el abrazo de su hija, el recuerdo de una mujer.

Los hedonistas buscan el placer instantáneo. Alguna vez Pau fue uno de ellos. Eran los 80, cuando España era un avispero. El dictador Franco había dejado una resaca doble: mojigatería y liberalismo. Y cuando la democracia asestó el golpe contra la colmena, las avispas más jóvenes salieron enfurecidas, con ganas de tragarse al mundo, algunas formando Mecano; otras, Parálisis Permanente; otras, Héroes del Silencio, y otras, Jarabe de Palo.

Pau nunca se consideró parte de La Movida, pero sí se asumió como fruto de ella. “La libertad, eso fue lo que me dejó”, decía. Y con eso le bastaba. Nunca fue un lector voraz ni un músico de academia. Su dislexia ni siquiera le permitía leer partituras. Menos libros. Todo fue oído. Sentimientos. Sensaciones. Así fue como en 1996 compuso La Flaca, aquel éxito que llevaría a Jarabe de Palo al clímax del éxito y a Donés a recordar que es un enamoradizo de lo peor, porque aquella canción no fue otra cosa que la consecuencia de un amor fugaz en La Habana, donde conoció, al calor de unos mojitos en La Tasca, a una “tremendísima mulata” ataviada en un vestido rojo.

La anécdota —recopilada en su autobiografía 50 palos y sigo soñando (2017)— dibuja bien al chico que conoció el amor en la cintura de una guitarra, que le fue regalada por su madre en 1976, un año después del fin del franquismo. Vaya símbolo de libertad. Su madre moriría poco después.

“Siempre fui hábil con todo lo que se pudiera tocar”, aseguraba. Quizás por eso los dedos eran su parte del cuerpo favorita. En su mano derecha, llevaba tatuada la palabra A-M-O-R. Una letra en cada dedo. Así le gustaba posar para las fotos. Con el puño cerrado hacia enfrente, como metiéndole un puñetazo a la vida.

Y es que las ganas de comerse al mundo nunca se le quitaron. Aprendió bien aquello de que siempre hay un momento en que las cosas triviales se vuelven fundamentales. Enseñanza que, decía, aprendió de sus amigos, los Héroes del Silencio. Por eso nunca claudicó de las giras, los discos ni el management. Ni siquiera cuando debía estar conectado a un suero por eso del desmayo cada vez más frecuente, cada vez más doloroso. Ahí estaba Pau Donés con su suero, él que en los 90 se había metido de todo.

“Empecé joven en ese sórdido mundo, de lo cual no me siento para nada orgulloso, sino arrepentido, porque quién me dice a mí que el haberle dado leña al cuerpo no haya tenido que ver con el cáncer que ahora sufro y que, por otro lado (veamos el lado bueno), ahora me mantiene alejado de las drogas”, confesaba en su autobiografía.

“¿Cuál cáncer?”, respondía cuando algún reportero le preguntaba sobre su enfermedad, que le había sido diagnosticada en 2015. “No sé de qué me hablas”, insistía, aunque los medios del mundo lo confirmaran: Pau Donés padece cáncer de colon.

“Siempre admiré su valentía. Decía que al cáncer sólo le dedicaba cinco minutos al día porque el resto del tiempo era para disfrutarse. Era un hombre entregado a la música. Un día hicimos promoción desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche y él estaba como si nada”, recuerda Iván Díaz, agente musical de la disquera Casete que trabajó con él desde 2015.

Donés definía a la música como su aliada, su compañera de duelo y su compañera de viaje. Los números en realidad nunca le dijeron mucho. Ni las 600 mil copias vendidas de La Flaca (1996) ni las 700 mil de Depende (1998), un álbum que grabó en los estudios Moody de Londres y que lo llevó a viajar con Jarabe de Palo por todo el globo (y de paso grabar una canción con Celia Cruz).

“Pese a toda la fama que lo rodeaba, era alguien bien sencillo”, recuerda Díaz. “Se bajaba él mismo al Oxxo para comprar, algo raro en el medio artístico, e incluso un día me dijo que quería visitar la Ciudadela para comprar recuerdos de la Ciudad de México. Ese día caminamos por todo el tianguis, chachareamos y nos comimos unas quesadillas en un puesto. Hasta subió una foto a sus redes y se volvió tendencia”.

Toda esa humildad era directamente proporcional a la fuerza con la que creía que el futuro era una ilusión. “Vivir es urgente”. Era su frase favorita. Plasmada incluso en su autobiografía por todas partes. Y resultado de ese cáncer que lo sumió sólo en estas últimas semanas. Porque todo lo demás, para él, en efecto, era urgente. Ya lo había cantado en Humo, su epitafio: Ahora que ya no me importa/ Que la vida se vista de negro/ Porque a nada le tengo miedo/ Porque a nada le tengo fe.

Así se fue Pau Donés. En la oscuridad elegida.


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