/ martes 22 de septiembre de 2015

Nacieron y vivieron contra todo

por Alberto González / El Sol de México

Si un lugar representara literalmente la fusión entre vida ymuerte, ese es el Hospital Juárez, ubicado en la zona de LaMerced, pues mientras algunos morían, 17 recién nacidos seaferraron a su existencia y lograron sobrevivir al terremoto del 19de septiembre de 1985.

A un lado del montón de escombros del que alguna vez fue uno delos edificios del nosocomio, de 12 pisos, había una caseta quefungía como “cuarto de guerra” de los efectivos militares,donde había un pizarrón en el que los mandos anotabanminuciosamente el avance en el rescate de las personas que aúnestaban sepultadas.

Y es que, como otros inmuebles colapsados por el sismo, aquellono tenía ni pies ni cabeza y los grupos de salvamento en ocasionesno hallaban cómo penetrar entre el cascajo para buscar mássobrevivientes.

Visto desde ese “cuarto de guerra” improvisado, el edificioparecía que había sido el juguete de un gigante, quien en unarranque de furia primero lo había aplastado y luego le dio untorzón, sin importarle la vida de quienes estuvieran ahí. Una desobrevivencia

Sin embargo, Fortina Lima Ortega, una enfermera de dichonosocomio, ahora cuenta que aquel jueves 19 de septiembre de 1985,a las 07:19 de la mañana, recibía un material que le habíaencomendado su jefa en el área de electrocardiogramas en elHospital Juárez, estaba a punto de culminar su turno cuandocomenzó a sentir el movimiento cada vez más fuerte,inmediatamente después cayeron plafones, las puertas se movieronincesantemente junto con carritos de medicamentos de una lado aotro, los expedientes de los pacientes cayeron, pero su pesadillaapenas cobraba forma.

Ajena a la magnitud del peligro, ya que se trataba de unterremoto que alcanzó una magnitud de 8.1 grados en la escala deRichter, cuya duración aproximada fue de poco más de dos minutos,Lima, quien tenía entonces 34 años de edad, calmaba a lospacientes diciéndoles: “Cálmense no va a pasar nada,tranquilos”, nadie le contestó; de pronto sintió un golpe en elhombro, era parte del techo de concreto sobre ella, después, norecuerda si perdió el conocimiento.

Cuando por fin despertó, se vio enterrada en el segundo piso deese gran edificio de 12 pisos, solo un brazo podía mover, todo sucuerpo, incluso su cabeza estaban atascados entre escombros.

“Con mi único brazo libre intentaba tocar lo que tenía a mialcance”, narró ahora entre lágrimas. En tinieblas

Lima recuerda, 30 años después, con mucho dolor y miedo esaoscuridad total en la que no alcanzó a ver nada durante horas,después vino el silencio y la oscuridad aterradora. Entre susgritos que sentía que nadie escuchaba, estaba impresa su grandesesperación del por qué la habían abandonado. Gritó mucho, sedesesperó porque tampoco sabía qué tenía encima.

Otra compañera, de nombre Socorro, se aproximó como pudo aella y cruzaron una conversación para buscar respuestas de lo quehabía pasado. No entendían qué sucedía.

Trataron de salir. Las horas transcurrían entre el dolor de unpie y su abdomen aplastados por los pesados techos. Como pudo sequitó escombros de aquí y allá tratando de liberarse.

Sin zapatos y con el uniforme que se transformó de un blancoreluciente a una prenda sucia y rasgada, vino un ruido, sirenas deambulancias, patrullas, helicópteros, golpes, muchas voces de suscompañeras y pacientes llegaron a sus oídos.

“Cálmate, tenemos que salir, tranquila, no va a pasarnada”, era lo que de forma reiterada le decía su compañeraSocorro.

De pronto, Lima platica que se percibió una luz, creían queera un foco: “Esa luz nos dio el camino para salir de dondeestábamos, y al llegar arriba vimos la luz de afuera y varioshombres quienes nos preguntaron, quiénes y cuántas éramos.

En voz de Luz Socorro Suárez, quien tenía en aquella fechaseñalada, 35 años, y la que acompañó en todo momento a Lima,contó que se encontraba en la Central de Enfermeras y al sentir elmovimiento telúrico reaccionó internándose debajo de unescritorio, tampoco recuerda cuánto tiempo perdió elconocimiento.

Las dos enfermeras coinciden en que pasaron alrededor de docehoras cuando fueron rescatadas, unas cuerdas aparecieron y lasjalaron para liberarlas.

“Nos hicieron estudios de exploración, solo presentamosheridas leves en cara y cuerpo”.

Señalaron que “cada que llega el mes de septiembre se percibeun airecito frío que se traduce en dolor”.

El fuerte temblor fue más traumático para Elia CerónVallarta, tenía 32 años aquel día. “En el hospital de Balbuenadesperté doce horas después con un fuerte herida en la cabeza,tuve una cirugía en la columna con ‘barras de Luque’”.

Ya habían pasado dos días del siniestro y despertó en aquelnosocomio, con algunas secuelas, pero viva.

Los testimonios anteriores fueron recopilados por El Sol deMéxico en entrevistas por separado. Destaca que muchos médicosresidentes murieron.

Se encontraban en la Torre Central, el saldo de las víctimasfue incuantificable. “Bebés Milagro”

Lucía Castillo, era una recién nacida cuando la recataron delárea de cuneros del Hospital Juárez, con un semblante destrozadopor ese recuerdo indicó a este reportero que “pasaron sietedías para que la sacaran de entre los escombros, me platican losdoctores con mucho asombro que lo único que podría explicar quesobreviví es que las funciones biológicas se mantuvieron almínimo para permanecer con vida todos esos días”,concluyó.

Debido a los daños del Hospital Juárez, éste fue ubicado alnorte, en la colonia Magdalena de la Salinas, atrás de la CentralCamionera del Norte.

Finalmente, al nuevo inmueble se le denominó Juárez Centro yes una unidad quirúrgica de corta estancia de dos niveles, fuereconstruido totalmente en el mismo sitio, en Plaza de San Pablo,número 13, colonia Centro.

por Alberto González / El Sol de México

Si un lugar representara literalmente la fusión entre vida ymuerte, ese es el Hospital Juárez, ubicado en la zona de LaMerced, pues mientras algunos morían, 17 recién nacidos seaferraron a su existencia y lograron sobrevivir al terremoto del 19de septiembre de 1985.

A un lado del montón de escombros del que alguna vez fue uno delos edificios del nosocomio, de 12 pisos, había una caseta quefungía como “cuarto de guerra” de los efectivos militares,donde había un pizarrón en el que los mandos anotabanminuciosamente el avance en el rescate de las personas que aúnestaban sepultadas.

Y es que, como otros inmuebles colapsados por el sismo, aquellono tenía ni pies ni cabeza y los grupos de salvamento en ocasionesno hallaban cómo penetrar entre el cascajo para buscar mássobrevivientes.

Visto desde ese “cuarto de guerra” improvisado, el edificioparecía que había sido el juguete de un gigante, quien en unarranque de furia primero lo había aplastado y luego le dio untorzón, sin importarle la vida de quienes estuvieran ahí. Una desobrevivencia

Sin embargo, Fortina Lima Ortega, una enfermera de dichonosocomio, ahora cuenta que aquel jueves 19 de septiembre de 1985,a las 07:19 de la mañana, recibía un material que le habíaencomendado su jefa en el área de electrocardiogramas en elHospital Juárez, estaba a punto de culminar su turno cuandocomenzó a sentir el movimiento cada vez más fuerte,inmediatamente después cayeron plafones, las puertas se movieronincesantemente junto con carritos de medicamentos de una lado aotro, los expedientes de los pacientes cayeron, pero su pesadillaapenas cobraba forma.

Ajena a la magnitud del peligro, ya que se trataba de unterremoto que alcanzó una magnitud de 8.1 grados en la escala deRichter, cuya duración aproximada fue de poco más de dos minutos,Lima, quien tenía entonces 34 años de edad, calmaba a lospacientes diciéndoles: “Cálmense no va a pasar nada,tranquilos”, nadie le contestó; de pronto sintió un golpe en elhombro, era parte del techo de concreto sobre ella, después, norecuerda si perdió el conocimiento.

Cuando por fin despertó, se vio enterrada en el segundo piso deese gran edificio de 12 pisos, solo un brazo podía mover, todo sucuerpo, incluso su cabeza estaban atascados entre escombros.

“Con mi único brazo libre intentaba tocar lo que tenía a mialcance”, narró ahora entre lágrimas. En tinieblas

Lima recuerda, 30 años después, con mucho dolor y miedo esaoscuridad total en la que no alcanzó a ver nada durante horas,después vino el silencio y la oscuridad aterradora. Entre susgritos que sentía que nadie escuchaba, estaba impresa su grandesesperación del por qué la habían abandonado. Gritó mucho, sedesesperó porque tampoco sabía qué tenía encima.

Otra compañera, de nombre Socorro, se aproximó como pudo aella y cruzaron una conversación para buscar respuestas de lo quehabía pasado. No entendían qué sucedía.

Trataron de salir. Las horas transcurrían entre el dolor de unpie y su abdomen aplastados por los pesados techos. Como pudo sequitó escombros de aquí y allá tratando de liberarse.

Sin zapatos y con el uniforme que se transformó de un blancoreluciente a una prenda sucia y rasgada, vino un ruido, sirenas deambulancias, patrullas, helicópteros, golpes, muchas voces de suscompañeras y pacientes llegaron a sus oídos.

“Cálmate, tenemos que salir, tranquila, no va a pasarnada”, era lo que de forma reiterada le decía su compañeraSocorro.

De pronto, Lima platica que se percibió una luz, creían queera un foco: “Esa luz nos dio el camino para salir de dondeestábamos, y al llegar arriba vimos la luz de afuera y varioshombres quienes nos preguntaron, quiénes y cuántas éramos.

En voz de Luz Socorro Suárez, quien tenía en aquella fechaseñalada, 35 años, y la que acompañó en todo momento a Lima,contó que se encontraba en la Central de Enfermeras y al sentir elmovimiento telúrico reaccionó internándose debajo de unescritorio, tampoco recuerda cuánto tiempo perdió elconocimiento.

Las dos enfermeras coinciden en que pasaron alrededor de docehoras cuando fueron rescatadas, unas cuerdas aparecieron y lasjalaron para liberarlas.

“Nos hicieron estudios de exploración, solo presentamosheridas leves en cara y cuerpo”.

Señalaron que “cada que llega el mes de septiembre se percibeun airecito frío que se traduce en dolor”.

El fuerte temblor fue más traumático para Elia CerónVallarta, tenía 32 años aquel día. “En el hospital de Balbuenadesperté doce horas después con un fuerte herida en la cabeza,tuve una cirugía en la columna con ‘barras de Luque’”.

Ya habían pasado dos días del siniestro y despertó en aquelnosocomio, con algunas secuelas, pero viva.

Los testimonios anteriores fueron recopilados por El Sol deMéxico en entrevistas por separado. Destaca que muchos médicosresidentes murieron.

Se encontraban en la Torre Central, el saldo de las víctimasfue incuantificable. “Bebés Milagro”

Lucía Castillo, era una recién nacida cuando la recataron delárea de cuneros del Hospital Juárez, con un semblante destrozadopor ese recuerdo indicó a este reportero que “pasaron sietedías para que la sacaran de entre los escombros, me platican losdoctores con mucho asombro que lo único que podría explicar quesobreviví es que las funciones biológicas se mantuvieron almínimo para permanecer con vida todos esos días”,concluyó.

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