/ domingo 4 de julio de 2021

Desempleo las empuja a ser limpiaparabrisas

Erika fue despedida por la crisis de la pandemia y ahora es limpiaparabrisas junto a otras mujeres que han perdido sus empleos

“¿Te ayudo, flaca?”, pregunta la contadora Erika, antes de intentar ayudar a una de sus compañeras limpiaparabrisas. En conjunto con otras mujeres son en total 10 las que diariamente llegan al cruce de las avenidas Fray Servando Teresa de Mier y Congreso de la Unión.

Hay tres generaciones de familias que viven de limpiar los vidrios de los autos sobre estas vialidades. Ahí se la pasan María, Melissa, Yoselin, Elena, Erika y Angélica, cuatro de ellas están dedicadas a este oficio por el desempleo que provocó la Covid-19.

Érika tiene 37 años de edad y apenas suma dos días usando el limpiavidrios, agua con jabón y la franela. Con la cara muy maquillada, como si se tratara de ir a una fiesta y contrario a la forma de andar del resto de sus cuñadas y conocidas, intentaba ganar algo de dinero pidiendo permiso a los automovilistas para quitar el polvo.

La mayoría de las ocasiones no le daban acceso, su timidez y miedo a recibir una grosería o un golpe por los choferes la detenían, por lo que se juntaba con sus compañeras para enseñarse a limpiar rápido antes de que el semáforo cambiara a verde.

Érika tenía nueve años en su empresa, pero por el Covid-19 la despidieron, junto a otra contadora, y dejaron con empleo a su compañero. Ante la necesidad llegó al semáforo, además, su esposo junto a sus suegros son los encargados de esta zona.

“En la empresa nos dijeron que cuando termine lo del Covid que nos hablaban, pero pues no, hubo mucha gente que despidieron, de hecho en la empresa que trabaja éramos tres contadores, nada más se quedó uno, a las dos mujeres nos despidieron y dejaron al hombre”, platicó.

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Abigail Rodríguez Nava, profesora e investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana, informó que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) dio a conocer que hay 55 millones de personas en el país económicamente activas y cerca de 28 por ciento trabaja en el sector informal, es decir empleos que no tienen prestaciones de seguridad social.

La especialista en política económica expuso que por lo que pasa Érika es un ejemplo de que hay más valoración por el trabajo masculino que por el femenino y son cosas que no deberían ocurrir.

“Lo que necesitamos son políticas integrales que vayan en el sentido de reconocer una igualdad efectiva entre mujeres y hombres, tiene que ver precisamente en ese tema del empleo con el reconocimiento de que hay una división artificial, que se ha creado entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado, el preferir en los puestos a los hombres que a las mujeres pues no tendría ningún sentido si realmente estuviéramos aplicando la igualdad”, sostuvo.

SIN APOYO, SIN CENSO

Empieza a llover, como suele ser los días en la Ciudad de México durante verano, y Angélica junto al resto de sus compañeras huye de los semáforos para resguardarse debajo del Metro Fray Servando, ahí mientras unos fuman, otros juegan cargando a una de ellas o se reparten las ganancias.

Debería ver cómo caen los chorros entre estas paredes, parecen cascadascuenta ella.

Angelica perdió el empleo debido a la crisis que trajo consigo el Covid-19 y recién cumplió un año llevando dinero para sus hijos desde este semáforo. Fueron sus sobrinas quienes la invitaron a unirse al grupo de mujeres que están en este espacio. “Pues la verdad, es como que fuera algo fácil, porque no te piden papeles, estudios, experiencia, aquí mismo la vas obteniendo”.

En la cremería que trabajaba ganaba 900 pesos a la semana, y actualmente, cuando llueve de 150 a 200 pesos diarios, y lo máximo que se ha llevado son 400 pesos sin lluvia.

Melissa tiene 24 años de edad, hace poco menos de dos años intentó abandonar el aseo de los carros y se juntó con el papá de sus hijas. 15 años atrás su papá, quien toda su vida ha vivido de esto, le enseñó cómo se podía ganar dinero en un semáforo.

Pero después de tomar valor y separarse de su ahora expareja violenta, regresó a ganarse una moneda para sacar adelante a sus hijas. “Dije que por mi misma tengo salir adelante, entonces, lo dejo, y yo me pongo de checadora, pero lamentablemente de checadora nada más era de una cierta hora en la noche, pero había veces que llovía o hacía frío, tenía que llevarme a mis hijas, porque no tenía con quién dejarlas. Había veces que le pedía permiso al coordinador, porque mi hija se enfermaba mucho por los cambios de clima, pero me decían que no, entonces, opté por mejor venir a trabajar de limpiaparabrisas”.

María Guadalupe tiene 48 años de edad, es la segunda generación. Sus suegros formaron la primera generación pues llegaron a esta área de la alcaldía Venustiano Carranza a vender cinturones de seguridad, después chocolates y ahora María y su esposo están al cargo de esta zona. Ahí trabajan sus dos hijas y nueras, incluso amigas cercanas. “Apenas tengo 10 años aquí, mi esposo tiene 45 años”.

Comentó que no le pagan nada al gobierno de la Ciudad por ocupar el espacio, pero que antes si los detenían y los llevaban al Torito, como le llaman coloquialmente al Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social.

“Pero metíamos demandas porque se llevaban a los menores de edad, nos golpeaban y nos quitaban la mercancía, antes nos pedían una cuota de mil pesos diarios y cuando se llevaban a los muchachos pedían mil 200, pero ya no sucede”, recordó.

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Melissa, dijo sentir feo cuando los conductores le dicen que no les limpie el automóvil “uno viene a ganarse la moneda aquí y que me digan que no, es una impotencia, perdón por llorar, pero es una impotencia porque tengo a una hija de seis años que tiene un soplo en su corazón y ellos no saben qué es lo que se padece aquí, que gracias a esa moneda que nos van a dar vamos nosotros a comer, por ejemplo, en mi caso a llevarle algo a mis hijas o a cooperar para su medicamento”.

Sólo por el hecho de ser mujeres, también son acosadas, y algunos conductores aprovechan cuando les estiran el brazo para recibir la moneda. Así lo cuenta Elena de 22 años de edad, no es la más chica en este oficio, sino su hermana de 20. “Muchos te dicen bonita, o te dicen súbete te llevo a tal lado”.

Su empleo, aunque es una alternativa a la crisis, no está regulado en la Ley de Personas No Asalariadas, que incluya a franeleros y boleros, por ejemplo.

La Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo de la Ciudad de México, informó vía transparencia que tiene un registro de 8 mil 714 franeleros a lo largo de la ciudad, de los cuales 122 son mujeres, pero en este censo no están las limpiaparabrisas.

En 2019 se presentaron dos iniciativas al Congreso local, el único facultado para poder integrar este trabajo a la Ley, pero no fueron apoyadas por los distintos partidos políticos, detalló el diputado local, Nazario Norberto.

Agregó que de haberse aprobado estas mujeres habrían tenido derecho a formar parte de un censo, y con ello a recibir apoyo económico cuando el trabajo sufriera afectación como lo sucedido durante la pandemia por Covid-19.

Mientras, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, aseguró a este diario que la reactivación económica será la clave para seguir generando mayor empleo formal.



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“¿Te ayudo, flaca?”, pregunta la contadora Erika, antes de intentar ayudar a una de sus compañeras limpiaparabrisas. En conjunto con otras mujeres son en total 10 las que diariamente llegan al cruce de las avenidas Fray Servando Teresa de Mier y Congreso de la Unión.

Hay tres generaciones de familias que viven de limpiar los vidrios de los autos sobre estas vialidades. Ahí se la pasan María, Melissa, Yoselin, Elena, Erika y Angélica, cuatro de ellas están dedicadas a este oficio por el desempleo que provocó la Covid-19.

Érika tiene 37 años de edad y apenas suma dos días usando el limpiavidrios, agua con jabón y la franela. Con la cara muy maquillada, como si se tratara de ir a una fiesta y contrario a la forma de andar del resto de sus cuñadas y conocidas, intentaba ganar algo de dinero pidiendo permiso a los automovilistas para quitar el polvo.

La mayoría de las ocasiones no le daban acceso, su timidez y miedo a recibir una grosería o un golpe por los choferes la detenían, por lo que se juntaba con sus compañeras para enseñarse a limpiar rápido antes de que el semáforo cambiara a verde.

Érika tenía nueve años en su empresa, pero por el Covid-19 la despidieron, junto a otra contadora, y dejaron con empleo a su compañero. Ante la necesidad llegó al semáforo, además, su esposo junto a sus suegros son los encargados de esta zona.

“En la empresa nos dijeron que cuando termine lo del Covid que nos hablaban, pero pues no, hubo mucha gente que despidieron, de hecho en la empresa que trabaja éramos tres contadores, nada más se quedó uno, a las dos mujeres nos despidieron y dejaron al hombre”, platicó.

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Abigail Rodríguez Nava, profesora e investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana, informó que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) dio a conocer que hay 55 millones de personas en el país económicamente activas y cerca de 28 por ciento trabaja en el sector informal, es decir empleos que no tienen prestaciones de seguridad social.

La especialista en política económica expuso que por lo que pasa Érika es un ejemplo de que hay más valoración por el trabajo masculino que por el femenino y son cosas que no deberían ocurrir.

“Lo que necesitamos son políticas integrales que vayan en el sentido de reconocer una igualdad efectiva entre mujeres y hombres, tiene que ver precisamente en ese tema del empleo con el reconocimiento de que hay una división artificial, que se ha creado entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado, el preferir en los puestos a los hombres que a las mujeres pues no tendría ningún sentido si realmente estuviéramos aplicando la igualdad”, sostuvo.

SIN APOYO, SIN CENSO

Empieza a llover, como suele ser los días en la Ciudad de México durante verano, y Angélica junto al resto de sus compañeras huye de los semáforos para resguardarse debajo del Metro Fray Servando, ahí mientras unos fuman, otros juegan cargando a una de ellas o se reparten las ganancias.

Debería ver cómo caen los chorros entre estas paredes, parecen cascadascuenta ella.

Angelica perdió el empleo debido a la crisis que trajo consigo el Covid-19 y recién cumplió un año llevando dinero para sus hijos desde este semáforo. Fueron sus sobrinas quienes la invitaron a unirse al grupo de mujeres que están en este espacio. “Pues la verdad, es como que fuera algo fácil, porque no te piden papeles, estudios, experiencia, aquí mismo la vas obteniendo”.

En la cremería que trabajaba ganaba 900 pesos a la semana, y actualmente, cuando llueve de 150 a 200 pesos diarios, y lo máximo que se ha llevado son 400 pesos sin lluvia.

Melissa tiene 24 años de edad, hace poco menos de dos años intentó abandonar el aseo de los carros y se juntó con el papá de sus hijas. 15 años atrás su papá, quien toda su vida ha vivido de esto, le enseñó cómo se podía ganar dinero en un semáforo.

Pero después de tomar valor y separarse de su ahora expareja violenta, regresó a ganarse una moneda para sacar adelante a sus hijas. “Dije que por mi misma tengo salir adelante, entonces, lo dejo, y yo me pongo de checadora, pero lamentablemente de checadora nada más era de una cierta hora en la noche, pero había veces que llovía o hacía frío, tenía que llevarme a mis hijas, porque no tenía con quién dejarlas. Había veces que le pedía permiso al coordinador, porque mi hija se enfermaba mucho por los cambios de clima, pero me decían que no, entonces, opté por mejor venir a trabajar de limpiaparabrisas”.

María Guadalupe tiene 48 años de edad, es la segunda generación. Sus suegros formaron la primera generación pues llegaron a esta área de la alcaldía Venustiano Carranza a vender cinturones de seguridad, después chocolates y ahora María y su esposo están al cargo de esta zona. Ahí trabajan sus dos hijas y nueras, incluso amigas cercanas. “Apenas tengo 10 años aquí, mi esposo tiene 45 años”.

Comentó que no le pagan nada al gobierno de la Ciudad por ocupar el espacio, pero que antes si los detenían y los llevaban al Torito, como le llaman coloquialmente al Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social.

“Pero metíamos demandas porque se llevaban a los menores de edad, nos golpeaban y nos quitaban la mercancía, antes nos pedían una cuota de mil pesos diarios y cuando se llevaban a los muchachos pedían mil 200, pero ya no sucede”, recordó.

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Melissa, dijo sentir feo cuando los conductores le dicen que no les limpie el automóvil “uno viene a ganarse la moneda aquí y que me digan que no, es una impotencia, perdón por llorar, pero es una impotencia porque tengo a una hija de seis años que tiene un soplo en su corazón y ellos no saben qué es lo que se padece aquí, que gracias a esa moneda que nos van a dar vamos nosotros a comer, por ejemplo, en mi caso a llevarle algo a mis hijas o a cooperar para su medicamento”.

Sólo por el hecho de ser mujeres, también son acosadas, y algunos conductores aprovechan cuando les estiran el brazo para recibir la moneda. Así lo cuenta Elena de 22 años de edad, no es la más chica en este oficio, sino su hermana de 20. “Muchos te dicen bonita, o te dicen súbete te llevo a tal lado”.

Su empleo, aunque es una alternativa a la crisis, no está regulado en la Ley de Personas No Asalariadas, que incluya a franeleros y boleros, por ejemplo.

La Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo de la Ciudad de México, informó vía transparencia que tiene un registro de 8 mil 714 franeleros a lo largo de la ciudad, de los cuales 122 son mujeres, pero en este censo no están las limpiaparabrisas.

En 2019 se presentaron dos iniciativas al Congreso local, el único facultado para poder integrar este trabajo a la Ley, pero no fueron apoyadas por los distintos partidos políticos, detalló el diputado local, Nazario Norberto.

Agregó que de haberse aprobado estas mujeres habrían tenido derecho a formar parte de un censo, y con ello a recibir apoyo económico cuando el trabajo sufriera afectación como lo sucedido durante la pandemia por Covid-19.

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