/ domingo 26 de mayo de 2019

La vida en los tacones de Mayra, 16 años dedicada al trabajo sexual

Sabe de los peligros que enfrenta cada noche, pero no abandona esa profesión porque no le han dejado otra opción

Mayra caminaba con tacones del 12 centímetros que le ayudan a alcanzar los dos metros de estatura, contoneaba sus caderas y hombros de forma espaciosa. Sólo cubría su cuerpo con ropa interior donde en la parte baja de la cintura poco quedaba a la imaginación.

Estaba parada entre Calzada Tlalpan y Romero, carcajeaba con sus compañeras de la población trans dedicadas al trabajo sexual. Consiguió cliente, mientras se dirigía al motel las luces de las sirenas de una patrulla se reflejaban en su cuerpo y con la mente fría sabe de los peligros que puede enfrentar.

A sus 30 años de edad le ha dedicado más de la mitad de su vida (16 años) a lo que califica como la profesión a la que se vio obligada ejercer. Mayra es una de las más de 500 personas que ofrece su cuerpo durante el día o noche sobre Tlalpan, que abarca dos alcaldías: Benito Juárez y Coyoacán.

Eran las 20:30 horas, Mayra arribaba a la zona bajo la noche y el ruido del sin número de vehículos privados y públicos que circulan diariamente por este corredor vial, uno de los más importantes de la Ciudad de México. A 30 pasos estaba el Metro de la Línea Azul.

Inició a quitarse la ropa, meneaba su cuerpo provocativamente, se acomodaba la cabellera lacia y negra. Ajustaba sus pechos postizos sobre el sostén cargado de piedras luminosas. Acomodó la tanga en la parte frontal y estaba lista para empezar su jornada laboral.

A los 10 años descubrió que estaba en un cuerpo equivocado, siempre recibió el apoyo de su familia. Empezó a vestirse como la niña que se sentía, en el colegio la discriminación era dura, no sólo de los estudiantes también de los docentes, fue la más fuerte y que la llevó a sólo finalizar la primaria.

A los 15 años empezó a vender su cuerpo, no había otra opción, sin estudios y por su apariencia física era mucho escándalo para la sociedad, la orillaron. Hace siete años tuvo que huir de Monterrey, Nuevo León, porque allá los policías la golpeaban, le cortaban el cabello, la encarcelaba hasta por siete días y ni de comer les daban, recordó.

Llegar a Calzada Tlalpan, una de las zonas más privilegiadas de trabajo sexual en la Ciudad de México le resultó fácil por su belleza, desde los 15 años se ha inyectado hormonas, hoy luce femenina, incluso su voz es suave.

Se hacen filas de autos con dirección al sur de la capital mexicana, los conductores agachan la cabeza para verlas mejor, incluso con la mano las llaman y preguntan: “¿cuánto?”, hay quienes están dispuestos a pagar 15 mil pesos por una noche con alguna de la población trans.

Una chica del grupo le grita “Mayra maniquí”, y nuestra entrevistada responde “por qué te tensas mamá, esta entrevista es para las guapas, no para las feas”, sueltan la carcajada entre más de 10 que estaban a la espera de clientes.

“La convivencia es lo más bonito, nos volvemos familia porque al final de cuenta la mayoría aquí está sola y venir aquí resulta alentador platicar entre todas”, dice.

Ha sido víctima de dos violaciones, la han golpeado, la humillan, le han robado sus pertenencias, pero no le han quitado las ganas de seguir en este mundo tan difícil y feo, como lo calificó.

No decidió alejarse del trabajo sexual porque son gajes del oficio: “Te expones a muchísimas cosas a eso (violación) y mucho más. Ya sabes a lo que te puedes encontrar, ya lo traes mucho en la mente, de que te pueden matar, ahorita, mañana… realmente lo sabes. Ya sabes el riesgo que tienes”, comentó de forma fría.

El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México sólo registra 139 quejas del 2013 a 2019 por distintos motivos de la población LGBTTTI, como que no les dan empleo por su preferencia sexual, forma de vestir, expresión, rol de género.

Bárbara Sofía, a sus 17 años de dedicarse a esta actividad, pidió a las autoridades así como a la población ponerse en sus tacones y sentir las críticas, no encontrar empleo. Así como escuchar distintas discriminaciones como “maricón”, “puta”…

Ya trabaja sobre Calzada Tlalpan, pero cuando lo hizo sobre avenida Puente Alvarado, un hombre se acercó con un termo y le roció acido que le quemó parte del cuello y el hombro, hasta la fecha no han detenido a su agresor.

Mayra caminaba con tacones del 12 centímetros que le ayudan a alcanzar los dos metros de estatura, contoneaba sus caderas y hombros de forma espaciosa. Sólo cubría su cuerpo con ropa interior donde en la parte baja de la cintura poco quedaba a la imaginación.

Estaba parada entre Calzada Tlalpan y Romero, carcajeaba con sus compañeras de la población trans dedicadas al trabajo sexual. Consiguió cliente, mientras se dirigía al motel las luces de las sirenas de una patrulla se reflejaban en su cuerpo y con la mente fría sabe de los peligros que puede enfrentar.

A sus 30 años de edad le ha dedicado más de la mitad de su vida (16 años) a lo que califica como la profesión a la que se vio obligada ejercer. Mayra es una de las más de 500 personas que ofrece su cuerpo durante el día o noche sobre Tlalpan, que abarca dos alcaldías: Benito Juárez y Coyoacán.

Eran las 20:30 horas, Mayra arribaba a la zona bajo la noche y el ruido del sin número de vehículos privados y públicos que circulan diariamente por este corredor vial, uno de los más importantes de la Ciudad de México. A 30 pasos estaba el Metro de la Línea Azul.

Inició a quitarse la ropa, meneaba su cuerpo provocativamente, se acomodaba la cabellera lacia y negra. Ajustaba sus pechos postizos sobre el sostén cargado de piedras luminosas. Acomodó la tanga en la parte frontal y estaba lista para empezar su jornada laboral.

A los 10 años descubrió que estaba en un cuerpo equivocado, siempre recibió el apoyo de su familia. Empezó a vestirse como la niña que se sentía, en el colegio la discriminación era dura, no sólo de los estudiantes también de los docentes, fue la más fuerte y que la llevó a sólo finalizar la primaria.

A los 15 años empezó a vender su cuerpo, no había otra opción, sin estudios y por su apariencia física era mucho escándalo para la sociedad, la orillaron. Hace siete años tuvo que huir de Monterrey, Nuevo León, porque allá los policías la golpeaban, le cortaban el cabello, la encarcelaba hasta por siete días y ni de comer les daban, recordó.

Llegar a Calzada Tlalpan, una de las zonas más privilegiadas de trabajo sexual en la Ciudad de México le resultó fácil por su belleza, desde los 15 años se ha inyectado hormonas, hoy luce femenina, incluso su voz es suave.

Se hacen filas de autos con dirección al sur de la capital mexicana, los conductores agachan la cabeza para verlas mejor, incluso con la mano las llaman y preguntan: “¿cuánto?”, hay quienes están dispuestos a pagar 15 mil pesos por una noche con alguna de la población trans.

Una chica del grupo le grita “Mayra maniquí”, y nuestra entrevistada responde “por qué te tensas mamá, esta entrevista es para las guapas, no para las feas”, sueltan la carcajada entre más de 10 que estaban a la espera de clientes.

“La convivencia es lo más bonito, nos volvemos familia porque al final de cuenta la mayoría aquí está sola y venir aquí resulta alentador platicar entre todas”, dice.

Ha sido víctima de dos violaciones, la han golpeado, la humillan, le han robado sus pertenencias, pero no le han quitado las ganas de seguir en este mundo tan difícil y feo, como lo calificó.

No decidió alejarse del trabajo sexual porque son gajes del oficio: “Te expones a muchísimas cosas a eso (violación) y mucho más. Ya sabes a lo que te puedes encontrar, ya lo traes mucho en la mente, de que te pueden matar, ahorita, mañana… realmente lo sabes. Ya sabes el riesgo que tienes”, comentó de forma fría.

El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México sólo registra 139 quejas del 2013 a 2019 por distintos motivos de la población LGBTTTI, como que no les dan empleo por su preferencia sexual, forma de vestir, expresión, rol de género.

Bárbara Sofía, a sus 17 años de dedicarse a esta actividad, pidió a las autoridades así como a la población ponerse en sus tacones y sentir las críticas, no encontrar empleo. Así como escuchar distintas discriminaciones como “maricón”, “puta”…

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