/ jueves 12 de noviembre de 2015

Cuba, sumida en 60 años de soledad: Aguilar Camín

Miguel Reyes Razo / El Sol de México

Primera de Tres partes

Ciudad de México.- La mirada penetrante que sondea implacableel pasado. La expresión facial mordaz, divertida casi. Y la vozque martillea, deja honda huella, contundente: “¡Uf! Loshermanitos Castro. Suyo es el peor saldo de un Gobierno de AméricaLatina. ¡Y empeora más conforme avanza el tiempo! ¡Uf! Total,aceleran su acercamiento con Estados Unidos. ¡Argh! ¿Después de60 años de opresión, de dictadura? ¡Décadas de necedadeconómica! ¿Para acabar en esto? El destino de Cuba es elturismo. Convertirse en el Singapur de El Caribe. Tal era -es- suhorizonte. Lo que le esperaba. ¡Hasta que se le cruzaron losCastro! ¡Qué parejita! ¡Una calamidad!”.

Así empezó Héctor Aguilar Camín estaconversación-entrevista con EL SOL DE MÉXICO. Historiador querevive experiencias y deja que la emoción le salte a los ojos. Losagrande o empequeñezca. A las manos que abarcan, modelan,describen instantes, personajes, ambientes, desenlaces. Hizo que suintendencia prepara un escenario simple: una cómoda mesarectangular cubierta con un mantel blanco y un par de sillas cuyaspatas se hundían en el profundo césped del bello jardín de sucasa. Invitó “lo que quieran” a los dos reporteros que loobservarían durante hora y media. “Agua y café”, lesolicitaron. Mientras el leal José atendía, elreportero-escritor-editor compartió con su naturaldesenvoltura:

“Varias veces tuve oportunidad de estar en Cuba y de escuchara Fidel. Estuve en La Habana con Ángeles –su mujer- en lostiempos en que Rodolfo Echeverría Ruíz fue nuestro embajador.Caminé por la ciudad. Platiqué con Carlos Rafael Rodríguez–vicepresidente de Cuba-. También con Omar Fundura–responsable de Orientación Revolucionaria-. Era ya unavergüenza aquella ciudad. Con sus escaparates atestados deejemplares de “El Libro Verde” de Khadafi. Ni siquiera teníanla belleza de los impresos por Casa de las Américas. Hermosasjóvenes transformadas en “jineteras”. Bellas orilladas a laprostitución. Mendigos por doquier. Prueba del desastreeconómico, monetario. Estábamos ante “la antiutopía Cubana”.Recuerdo que confié a Ángeles:

“En esta utopía revolucionaria de Cuba tú y yo notendríamos nada que hacer. Estaríamos en la cárcel. Noestaríamos libres ni una semana. Aquí, imposible la actividad quedesarrollamos en México. Esta es una utopía clausurada. Ya nuncamás…”

“Volví como invitado del presidente Miguel de la Madrid a unagira que incluyó también a Uruguay y Brasil. Era canciller deMéxico Bernardo Sepúlveda. Don Emilio M. González, aquelpolítico nayarita al que por su edad y cierta proclividad arepentinas siestas, algunos llamaban “don Dormilio”, eraintegrante de aquella comitiva. Entonces vi a Fidel Castro. Lo miracon toda atención. Seguí su palabra, sus gestos, susimperceptibles ademanes. Los efectos de su oratoria. Los recursosque empleaba para seducir auditorios, capturarlos. Echó entoncesmano de un tono de voz muy quedo, muy bajo. Fraseo deliberadamente,imperceptible, que obligaba a dedicarle los cinco sentidos paraescucharlo; no perderse ni una sílaba. “…Y ¡pácatelas! quele descubro los trucos a Fidel Castro: un Tartufo. Y también untirano de talento increíble: Aguilar Camín

“Con ese hilo de voz –que aumentaba progresivamente- FidelCastro comenzó a adular a México, al presidente De la Madrid. Lotenía a su lado. Describía su exilio mexicano. Amistades ysobresaltos. El afecto de don Fernando Gutiérrez Barrios. Exaltabala gratitud de la Revolución Cubana hacia México. Nuestro paíssimiente de la epopeya de los libertadores de la isla. Discursoamoroso por México. Dominaba al auditorio. Lo manteníahipnotizado. Pegado, aferrado a sus frases. A su juego detonalidades, énfasis, pausas…

“¡Entonces lo sorprendí! Yo estaba a la caza de sus trucos.Lo atrapé en el momento que le apareció en la mirada un brillofugaz que indagaba el ánimo de su principal interlocutor. Ya eradueño del ánimo de Miguel de la Madrid. Casi lo arrullaba;conmovía… Instantáneamente me dije: “éste es un Tartufo. Unactor. ¡Un formidable actor! Domina su arte. Poderosa cabeza lasuya. Poco a poco le dicta qué hacer. “Es un Tartufo”, merepetí regocijado por mi descubrimiento. Un monstruo de políticoes Fidel.

Don José nos trajo café y un gran -bonito- vaso con frescaagua. El narrador Héctor Aguilar Camín revivía su asombro.Tornaba a festejar ese instante. Se daba tiempo para reexperimentarel estremecimiento que sintió ante el legendario líder delMovimiento 26 de Julio que era capaz de hablar durante horas yhoras sin fatigarse ni aburrir a grandes masas. Conversadorestimulante y bienhumorado, el novelista adornó:

“Otra ocasión, volví a observar a Fidel Castro que en esehilo de voz refería hazañas. Tenía a mi lado a Gabriel GarcíaMárquez, quien lo conocía muy bien. ¿Cuánto crees que dure,Gabo?, le pregunté. ‘Cuarenta y cinco minutos’, me respondió.¡Duró 46! Gabo lo tenía muy bien medido. Bien podría haberescrito el célebre colombiano “60 Años de Soledad…deCuba”…Estábamos en Cuba. En la casa que tenía -y pagabapuntualmente- Gabriel García Márquez con Jaime García Terrés.Algunos otros escritores. Y estaba Manuel Becerra Acosta –a quiensiempre quise mucho- con quien había reñido y roto en el 83 y alque me dio mucho gusto volver a ver. Tengo para mí que ambospadecíamos la misma enfermedad. La del padre de cada uno”.Anticlimático recibir ahora a Raúl Castro…quizá el INE puedaasesorar en la transición del pueblo cubano

“Pues ahí estábamos muy a gusto cuando se presentó FidelCastro. Se puso a hablar sobre la deuda externa de América Latina.‘Deuda eterna. Deuda impagable’, la llamó. Y criticó a Miguelde la Madrid por no sumarse a su iniciativa que convocaba nopagarla. ¡Y que él, Fidel sí pagaba! Censuró a De la Madrid.Por renegociar. Aconsejaba no hacerlo. Ya entonces Fidel Castrollevaba en el poder más años que nuestro Porfirio Díaz. Hacerlover me costó severas fricciones con reporteros. La deuda externaera enorme, pero se pagaba. Intereses onerosos. Y el principal nodisminuía. Castro lo veía gravísimo.

“Intervine. Opiné. Provoqué su interés. ¿Tu, quién eres?¿Cómo te llamas?” Le di detalles. Mi origen medio cubano.Finalizaba el sexenio del presidente De la Madrid. Fidel y yo nonos pusimos de acuerdo. Semanas más tarde vino a México a la tomade posesión de Carlos Salinas de Gortari. Acudió a una reuniónocurrida en una residencia de Las Lomas de Chapultepec. Apenasentré y crucé el umbral de la sala donde se hallaba, exclamó:Camín, Camín, tengo algo que decirte. Me tomó por sorpresa. Ahíestaba con su poderosa memoria…

“Fidel Castro -murmuró ahora Héctor Aguilar Camín-. Untirano muy especial. De talento increíble. Invencible.Desesperante”.

Autor de la formidable novela “Adiós a los Padres” y otros20 volúmenes de ficción, ensayo e historia, Héctor AguilarCamín ejerce cotidianamente su tarea de columnista, editor de larevista “Nexos” y se da tiempo para cumplir su vocación deescritor. Sesentón que reconoce en el periodismo y en el génerode la crónica fuente de información y observación de exclusivosescenarios, dirá en el curso de esta charla: “vivo muchas vidas.Me las ingenio para darles tiempo y satisfacción”.

Agota el tema:

“Juzgo anticlimático recibir a Raúl Castro. Después de todolo pasado. Y los problemas que no ha creado.

“Sí. Hay que acompañar al pueblo cubano. A Cuba. Ayudar a latransición de ese pueblo. ¿Ayudar México a Cuba? ¿Cómo? Quizáel Instituto Nacional Electoral pueda auxiliarlo. Quizá loscubanos puedan aprender de nuestras tonteríasdemocráticas”.

Se puso en pie. “Aquí se acabó la entrevista”, decidió yrió.

“Tenemos todavía mucho que hablar, estimado Héctor”, ledevolvió el reportero.

Accedió. “Apúrate. Para irnos a comer al Arturo’s…Ya notarda en llegar Ángeles…”.

Continuará…

Miguel Reyes Razo / El Sol de México

Primera de Tres partes

Ciudad de México.- La mirada penetrante que sondea implacableel pasado. La expresión facial mordaz, divertida casi. Y la vozque martillea, deja honda huella, contundente: “¡Uf! Loshermanitos Castro. Suyo es el peor saldo de un Gobierno de AméricaLatina. ¡Y empeora más conforme avanza el tiempo! ¡Uf! Total,aceleran su acercamiento con Estados Unidos. ¡Argh! ¿Después de60 años de opresión, de dictadura? ¡Décadas de necedadeconómica! ¿Para acabar en esto? El destino de Cuba es elturismo. Convertirse en el Singapur de El Caribe. Tal era -es- suhorizonte. Lo que le esperaba. ¡Hasta que se le cruzaron losCastro! ¡Qué parejita! ¡Una calamidad!”.

Así empezó Héctor Aguilar Camín estaconversación-entrevista con EL SOL DE MÉXICO. Historiador querevive experiencias y deja que la emoción le salte a los ojos. Losagrande o empequeñezca. A las manos que abarcan, modelan,describen instantes, personajes, ambientes, desenlaces. Hizo que suintendencia prepara un escenario simple: una cómoda mesarectangular cubierta con un mantel blanco y un par de sillas cuyaspatas se hundían en el profundo césped del bello jardín de sucasa. Invitó “lo que quieran” a los dos reporteros que loobservarían durante hora y media. “Agua y café”, lesolicitaron. Mientras el leal José atendía, elreportero-escritor-editor compartió con su naturaldesenvoltura:

“Varias veces tuve oportunidad de estar en Cuba y de escuchara Fidel. Estuve en La Habana con Ángeles –su mujer- en lostiempos en que Rodolfo Echeverría Ruíz fue nuestro embajador.Caminé por la ciudad. Platiqué con Carlos Rafael Rodríguez–vicepresidente de Cuba-. También con Omar Fundura–responsable de Orientación Revolucionaria-. Era ya unavergüenza aquella ciudad. Con sus escaparates atestados deejemplares de “El Libro Verde” de Khadafi. Ni siquiera teníanla belleza de los impresos por Casa de las Américas. Hermosasjóvenes transformadas en “jineteras”. Bellas orilladas a laprostitución. Mendigos por doquier. Prueba del desastreeconómico, monetario. Estábamos ante “la antiutopía Cubana”.Recuerdo que confié a Ángeles:

“En esta utopía revolucionaria de Cuba tú y yo notendríamos nada que hacer. Estaríamos en la cárcel. Noestaríamos libres ni una semana. Aquí, imposible la actividad quedesarrollamos en México. Esta es una utopía clausurada. Ya nuncamás…”

“Volví como invitado del presidente Miguel de la Madrid a unagira que incluyó también a Uruguay y Brasil. Era canciller deMéxico Bernardo Sepúlveda. Don Emilio M. González, aquelpolítico nayarita al que por su edad y cierta proclividad arepentinas siestas, algunos llamaban “don Dormilio”, eraintegrante de aquella comitiva. Entonces vi a Fidel Castro. Lo miracon toda atención. Seguí su palabra, sus gestos, susimperceptibles ademanes. Los efectos de su oratoria. Los recursosque empleaba para seducir auditorios, capturarlos. Echó entoncesmano de un tono de voz muy quedo, muy bajo. Fraseo deliberadamente,imperceptible, que obligaba a dedicarle los cinco sentidos paraescucharlo; no perderse ni una sílaba. “…Y ¡pácatelas! quele descubro los trucos a Fidel Castro: un Tartufo. Y también untirano de talento increíble: Aguilar Camín

“Con ese hilo de voz –que aumentaba progresivamente- FidelCastro comenzó a adular a México, al presidente De la Madrid. Lotenía a su lado. Describía su exilio mexicano. Amistades ysobresaltos. El afecto de don Fernando Gutiérrez Barrios. Exaltabala gratitud de la Revolución Cubana hacia México. Nuestro paíssimiente de la epopeya de los libertadores de la isla. Discursoamoroso por México. Dominaba al auditorio. Lo manteníahipnotizado. Pegado, aferrado a sus frases. A su juego detonalidades, énfasis, pausas…

“¡Entonces lo sorprendí! Yo estaba a la caza de sus trucos.Lo atrapé en el momento que le apareció en la mirada un brillofugaz que indagaba el ánimo de su principal interlocutor. Ya eradueño del ánimo de Miguel de la Madrid. Casi lo arrullaba;conmovía… Instantáneamente me dije: “éste es un Tartufo. Unactor. ¡Un formidable actor! Domina su arte. Poderosa cabeza lasuya. Poco a poco le dicta qué hacer. “Es un Tartufo”, merepetí regocijado por mi descubrimiento. Un monstruo de políticoes Fidel.

Don José nos trajo café y un gran -bonito- vaso con frescaagua. El narrador Héctor Aguilar Camín revivía su asombro.Tornaba a festejar ese instante. Se daba tiempo para reexperimentarel estremecimiento que sintió ante el legendario líder delMovimiento 26 de Julio que era capaz de hablar durante horas yhoras sin fatigarse ni aburrir a grandes masas. Conversadorestimulante y bienhumorado, el novelista adornó:

“Otra ocasión, volví a observar a Fidel Castro que en esehilo de voz refería hazañas. Tenía a mi lado a Gabriel GarcíaMárquez, quien lo conocía muy bien. ¿Cuánto crees que dure,Gabo?, le pregunté. ‘Cuarenta y cinco minutos’, me respondió.¡Duró 46! Gabo lo tenía muy bien medido. Bien podría haberescrito el célebre colombiano “60 Años de Soledad…deCuba”…Estábamos en Cuba. En la casa que tenía -y pagabapuntualmente- Gabriel García Márquez con Jaime García Terrés.Algunos otros escritores. Y estaba Manuel Becerra Acosta –a quiensiempre quise mucho- con quien había reñido y roto en el 83 y alque me dio mucho gusto volver a ver. Tengo para mí que ambospadecíamos la misma enfermedad. La del padre de cada uno”.Anticlimático recibir ahora a Raúl Castro…quizá el INE puedaasesorar en la transición del pueblo cubano

“Pues ahí estábamos muy a gusto cuando se presentó FidelCastro. Se puso a hablar sobre la deuda externa de América Latina.‘Deuda eterna. Deuda impagable’, la llamó. Y criticó a Miguelde la Madrid por no sumarse a su iniciativa que convocaba nopagarla. ¡Y que él, Fidel sí pagaba! Censuró a De la Madrid.Por renegociar. Aconsejaba no hacerlo. Ya entonces Fidel Castrollevaba en el poder más años que nuestro Porfirio Díaz. Hacerlover me costó severas fricciones con reporteros. La deuda externaera enorme, pero se pagaba. Intereses onerosos. Y el principal nodisminuía. Castro lo veía gravísimo.

“Intervine. Opiné. Provoqué su interés. ¿Tu, quién eres?¿Cómo te llamas?” Le di detalles. Mi origen medio cubano.Finalizaba el sexenio del presidente De la Madrid. Fidel y yo nonos pusimos de acuerdo. Semanas más tarde vino a México a la tomade posesión de Carlos Salinas de Gortari. Acudió a una reuniónocurrida en una residencia de Las Lomas de Chapultepec. Apenasentré y crucé el umbral de la sala donde se hallaba, exclamó:Camín, Camín, tengo algo que decirte. Me tomó por sorpresa. Ahíestaba con su poderosa memoria…

“Fidel Castro -murmuró ahora Héctor Aguilar Camín-. Untirano muy especial. De talento increíble. Invencible.Desesperante”.

Autor de la formidable novela “Adiós a los Padres” y otros20 volúmenes de ficción, ensayo e historia, Héctor AguilarCamín ejerce cotidianamente su tarea de columnista, editor de larevista “Nexos” y se da tiempo para cumplir su vocación deescritor. Sesentón que reconoce en el periodismo y en el génerode la crónica fuente de información y observación de exclusivosescenarios, dirá en el curso de esta charla: “vivo muchas vidas.Me las ingenio para darles tiempo y satisfacción”.

Agota el tema:

“Juzgo anticlimático recibir a Raúl Castro. Después de todolo pasado. Y los problemas que no ha creado.

“Sí. Hay que acompañar al pueblo cubano. A Cuba. Ayudar a latransición de ese pueblo. ¿Ayudar México a Cuba? ¿Cómo? Quizáel Instituto Nacional Electoral pueda auxiliarlo. Quizá loscubanos puedan aprender de nuestras tonteríasdemocráticas”.

Se puso en pie. “Aquí se acabó la entrevista”, decidió yrió.

“Tenemos todavía mucho que hablar, estimado Héctor”, ledevolvió el reportero.

Accedió. “Apúrate. Para irnos a comer al Arturo’s…Ya notarda en llegar Ángeles…”.

Continuará…

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