/ lunes 22 de mayo de 2017

[Video] Crece más la obesidad en el campo mexicano

A la hora de comer, en los hogares de la Montaña de Guerrero no puede faltar la “cocoliztli”, una palabra en náhuatl que significa enfermedad pero que la gente del lugar emplea en broma para referirse al envase de refresco de cola que justo al centro de la mesa acompaña sus alimentos todos los días.

Lo que sucede en esta región de la Sierra Mixteca representa la cotidianidad de varias zonas rurales de México. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016, las bebidas endulzadas son el producto que más consumen los adolescentes del campo y el segundo que más ingieren los niños y los adultos.

Botanas, dulces, postres y cereales azucarados también forman parte de la dieta regular de estas comunidades, aun por encima del huevo, la carne, las frutas y las verduras.

Como consecuencia, entre los años 2012 y 2016 la prevalencia de sobrepeso y obesidad creció de 26 a 29 por ciento en los niños (5 a 11 años), de 27 a 35 por ciento en los adolescentes (12 a 19 años) y de 66 a 72 por ciento en los adultos (mayores de 20 años) del campo. En tanto que en las ciudades el problema se contuvo.

Fiorella Espinosa, investigadora en salud alimentaria de El Poder del Consumidor, advierte que desde hace años se vive un desabasto en las zonas rurales de alimentos saludables que son sustituidos por lo que sí hay y en gran cantidad: la comida chatarra. Sobran alimentos… de baja calidad

Al norte de Chilpancingo se ubica Zitlala, un municipio con una población joven –más de la mitad tiene menos de 20 años– y mayoritariamente indígena. El 90 por ciento es pobre.

Zitlala es un municipio con una población mayoritariamente indígena y pobre

Hay que viajar siete minutos en auto desde la cabecera municipal para llegar a Las Trancas, una comunidad rural de casi 800 habitantes. Lo primero que salta a la vista son las mujeres del lugar tejiendo sin cesar largas cintas de palma que luego venderán a cuatro pesos los cinco metros. Aún cuando más miembros de la familia se suman a esta labor, los ingresos diarios no superan los 80 pesos, apenas el salario mínimo de un trabajador.

El tejido de palma es la principal actividad económica de la región

Hace tres años, la asociación Infancia y Senectud en Plenitud (Insepac) implementó en esta región de la Montaña un programa de crianza de traspatio de cabras lecheras y aves de corral para mejorar la alimentación de la gente.

Su presidente, Esaú Noe Cortés, explica que cuando llegaron les llamó la atención que en lugar de ver niños en extremo delgados por la falta de alimento, hubo quienes incluso mostraban sobrepeso. Fueron los estudios de sangre los que revelaron que en realidad estaban anémicos.

Al convivir con las comunidades no tardaron en entender el porqué de esta situación paradójica. Desde el desayuno (cuando había) no podía faltar en la mesa el refresco mientras las opciones saludables escaseaban. Y en las escuelas, el lunch consiste hasta la fecha en “dulces, chicharrones preparados y paletas de dos pesos”, según testimonios de tres madres de familia.

En lugar de niños delgados, INSEPAC se encontró con muchachos que incluso mostraban sobrepeso

El clima seco hace muy difícil la siembra de otro producto que no sea frijol, maíz o garbanzo, y esto solo cuando llega la temporada de lluvias.

“Aquí no hay una fuente donde la gente pueda cosechar las verduras, casi todo el tiempo es seco. Para poder conseguirlas hay que ir hasta Chilapa [a 20 minutos en auto] y el viaje implica otro gasto”, cuenta Jorge Quetzacuateco, oriundo del lugar y promotor de Insepac.

Y al costo del traslado se suma el miedo a salir por la violencia que azota a la región. El vecino municipio de Chilapa de Álvarez se ha convertido en el campo de una pugna sangrienta entre grupos delictivos por su estratégica localización que conecta Chilpancingo con la sierra y la costa chica de Guerrero. Entre 2012 y 2016, los homicidios en el municipio se triplicaron, pasando de 29 a 85.

La violencia ya alcanzó a Zitlala. El año pasado se cometieron 41 asesinatos cuando antes los muertos se contaban con los dedos de una mano, según cifras oficiales.

El clima seco impide el cultivo de verduras

La dificultad para adquirir alimentos saludables contrasta con las tiendas del lugar repletas de frituras y refrescos. “La tentación está cerca”, dice sonriendo una mujer de la comunidad mientras teje la palma con sus manos.

Si conseguir vegetales es complicado, comer alimentos de origen animal era casi un milagro hasta antes de que Insepac llegara al lugar. Los animales disponibles se restringían a algunas gallinas y unas cuantas cabras que daban poca leche. La  carne era un disfrute que se saboreaba, en el mejor de los casos, cada mes.

Un campo ¡sin frutas ni verduras!

Lo que se vive en la Montaña de Guerrero no es un problema que solo aqueja a esta región ni tampoco es nuevo. Desde hace diez años, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ya alertaba que en la quinta parte de las localidades rurales no se expendían frutas de manera regular, en 13 por ciento no había verduras y en 10 por ciento tampoco se vendían productos lácteos o carne.

En cambio, en todas se podían conseguir con facilidad productos altos en grasas y azúcares. Esta combinación entre carencia de alimentos saludables y una alta disponibilidad de productos chatarra llevó a los habitantes del campo a transitar de la desnutrición al sobrepeso.

Fiorella Espinosa lo explica así: “durante mucho tiempo hubo desnutrición por una deficiencia en la cantidad y la calidad de los alimentos… luego empezaron a entrar estos productos [chatarra] y la gente empezó a tener suficiente cantidad en cuanto a energía, incluso superando sus requerimientos calóricos, pero no con la calidad deseada”.

La nutrióloga Fabiola Cortés, coordinadora de programas de salud de Insepac, coincide en el diagnóstico al observar lo que está sucediendo en las comunidades de la Montaña de Guerrero.

“En las tienditas más recónditas llegan las empresas que venden frituras… y en todas las escuelas vamos a ver a los niños con sus papitas, sus pastelillos y sus jugos industrializados”, indica.

Equilibrar la oferta

México lidera la lista de países con mayor obesidad en el mundo. Para combatir este problema en las zonas rurales, Espinosa opina que hay que mejorar el acceso a alimentos saludables.

“Quizá es difícil regular la disponibilidad de los productos chatarra pero si equilibras la oferta, si las personas tienen esa posibilidad de elegir entre algo saludable y no saludable, pues es una opción”.

La experiencia de Insepac es en este caso un ejemplo de lo que se puede hacer sin necesidad de esperar a que los grandes consorcios de alimentos procesados sean regulados.

Las cuatro comunidades donde la organización trabaja -Las Trancas, Ayotzinapa, Coyoacán y Huixcomulco- tenían en común la ausencia de proteína de origen animal. A falta de leche, las familias bebían refresco desde el desayuno; y a falta de carne o huevo, comían frituras.

En poco tiempo, los beneficiarios incorporaron a su dieta diaria la leche y el huevo; luego produjeron más alimento del que necesitaban y empezaron a venderlo. Ahora elaboran distintos tipos de queso, y en algunos hogares incluso yogur, para autoconsumo y venta, lo que también ayuda a su economía. Los animales que terminan su periodo productivo sirven para comer.

No fue la primera iniciativa de este tipo en la región. Antes, otra organización había llevado vacas a otras localidades aledañas, pero casi todo el ganado se les murió.

A diferencia de aquél intento frustrado, el programa de Insepac tiene dos elementos que lo hacen distinto: el empleo de cabras de razas adaptables a distintos climas y resistentes a enfermedades y una constante capacitación por un médico veterinario de la región para que la gente aprenda a cuidar, vacunar y reproducir a sus animales.

Fabiola Cortés explica que junto con la mayor oferta de alimentos saludables, la información también ha sido fundamental para el proyecto. “Nosotros enseñamos a la gente cómo mezclar, cómo aprovechar y cómo se pueden nutrir mejor con los recursos que ellos ya tenían”, explica.

Fiorella Espinosa indica que estas acciones deben de ir acompañadas de otras como el apoyo al campo, hacer más entendible el etiquetado frontal de los alimentos, la creación de huertos escolares y comunitarios y la organización social.

 ⬇ -----------VERSIÓN IMPRESA ---------⬇

A la hora de comer, en los hogares de la Montaña de Guerrero no puede faltar la “cocoliztli”, una palabra en náhuatl que significa enfermedad pero que la gente del lugar emplea en broma para referirse al envase de refresco de cola que justo al centro de la mesa acompaña sus alimentos todos los días.

Lo que sucede en esta región de la Sierra Mixteca representa la cotidianidad de varias zonas rurales de México. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016, las bebidas endulzadas son el producto que más consumen los adolescentes del campo y el segundo que más ingieren los niños y los adultos.

Botanas, dulces, postres y cereales azucarados también forman parte de la dieta regular de estas comunidades, aun por encima del huevo, la carne, las frutas y las verduras.

Como consecuencia, entre los años 2012 y 2016 la prevalencia de sobrepeso y obesidad creció de 26 a 29 por ciento en los niños (5 a 11 años), de 27 a 35 por ciento en los adolescentes (12 a 19 años) y de 66 a 72 por ciento en los adultos (mayores de 20 años) del campo. En tanto que en las ciudades el problema se contuvo.

Fiorella Espinosa, investigadora en salud alimentaria de El Poder del Consumidor, advierte que desde hace años se vive un desabasto en las zonas rurales de alimentos saludables que son sustituidos por lo que sí hay y en gran cantidad: la comida chatarra. Sobran alimentos… de baja calidad

Al norte de Chilpancingo se ubica Zitlala, un municipio con una población joven –más de la mitad tiene menos de 20 años– y mayoritariamente indígena. El 90 por ciento es pobre.

Zitlala es un municipio con una población mayoritariamente indígena y pobre

Hay que viajar siete minutos en auto desde la cabecera municipal para llegar a Las Trancas, una comunidad rural de casi 800 habitantes. Lo primero que salta a la vista son las mujeres del lugar tejiendo sin cesar largas cintas de palma que luego venderán a cuatro pesos los cinco metros. Aún cuando más miembros de la familia se suman a esta labor, los ingresos diarios no superan los 80 pesos, apenas el salario mínimo de un trabajador.

El tejido de palma es la principal actividad económica de la región

Hace tres años, la asociación Infancia y Senectud en Plenitud (Insepac) implementó en esta región de la Montaña un programa de crianza de traspatio de cabras lecheras y aves de corral para mejorar la alimentación de la gente.

Su presidente, Esaú Noe Cortés, explica que cuando llegaron les llamó la atención que en lugar de ver niños en extremo delgados por la falta de alimento, hubo quienes incluso mostraban sobrepeso. Fueron los estudios de sangre los que revelaron que en realidad estaban anémicos.

Al convivir con las comunidades no tardaron en entender el porqué de esta situación paradójica. Desde el desayuno (cuando había) no podía faltar en la mesa el refresco mientras las opciones saludables escaseaban. Y en las escuelas, el lunch consiste hasta la fecha en “dulces, chicharrones preparados y paletas de dos pesos”, según testimonios de tres madres de familia.

En lugar de niños delgados, INSEPAC se encontró con muchachos que incluso mostraban sobrepeso

El clima seco hace muy difícil la siembra de otro producto que no sea frijol, maíz o garbanzo, y esto solo cuando llega la temporada de lluvias.

“Aquí no hay una fuente donde la gente pueda cosechar las verduras, casi todo el tiempo es seco. Para poder conseguirlas hay que ir hasta Chilapa [a 20 minutos en auto] y el viaje implica otro gasto”, cuenta Jorge Quetzacuateco, oriundo del lugar y promotor de Insepac.

Y al costo del traslado se suma el miedo a salir por la violencia que azota a la región. El vecino municipio de Chilapa de Álvarez se ha convertido en el campo de una pugna sangrienta entre grupos delictivos por su estratégica localización que conecta Chilpancingo con la sierra y la costa chica de Guerrero. Entre 2012 y 2016, los homicidios en el municipio se triplicaron, pasando de 29 a 85.

La violencia ya alcanzó a Zitlala. El año pasado se cometieron 41 asesinatos cuando antes los muertos se contaban con los dedos de una mano, según cifras oficiales.

El clima seco impide el cultivo de verduras

La dificultad para adquirir alimentos saludables contrasta con las tiendas del lugar repletas de frituras y refrescos. “La tentación está cerca”, dice sonriendo una mujer de la comunidad mientras teje la palma con sus manos.

Si conseguir vegetales es complicado, comer alimentos de origen animal era casi un milagro hasta antes de que Insepac llegara al lugar. Los animales disponibles se restringían a algunas gallinas y unas cuantas cabras que daban poca leche. La  carne era un disfrute que se saboreaba, en el mejor de los casos, cada mes.

Un campo ¡sin frutas ni verduras!

Lo que se vive en la Montaña de Guerrero no es un problema que solo aqueja a esta región ni tampoco es nuevo. Desde hace diez años, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ya alertaba que en la quinta parte de las localidades rurales no se expendían frutas de manera regular, en 13 por ciento no había verduras y en 10 por ciento tampoco se vendían productos lácteos o carne.

En cambio, en todas se podían conseguir con facilidad productos altos en grasas y azúcares. Esta combinación entre carencia de alimentos saludables y una alta disponibilidad de productos chatarra llevó a los habitantes del campo a transitar de la desnutrición al sobrepeso.

Fiorella Espinosa lo explica así: “durante mucho tiempo hubo desnutrición por una deficiencia en la cantidad y la calidad de los alimentos… luego empezaron a entrar estos productos [chatarra] y la gente empezó a tener suficiente cantidad en cuanto a energía, incluso superando sus requerimientos calóricos, pero no con la calidad deseada”.

La nutrióloga Fabiola Cortés, coordinadora de programas de salud de Insepac, coincide en el diagnóstico al observar lo que está sucediendo en las comunidades de la Montaña de Guerrero.

“En las tienditas más recónditas llegan las empresas que venden frituras… y en todas las escuelas vamos a ver a los niños con sus papitas, sus pastelillos y sus jugos industrializados”, indica.

Equilibrar la oferta

México lidera la lista de países con mayor obesidad en el mundo. Para combatir este problema en las zonas rurales, Espinosa opina que hay que mejorar el acceso a alimentos saludables.

“Quizá es difícil regular la disponibilidad de los productos chatarra pero si equilibras la oferta, si las personas tienen esa posibilidad de elegir entre algo saludable y no saludable, pues es una opción”.

La experiencia de Insepac es en este caso un ejemplo de lo que se puede hacer sin necesidad de esperar a que los grandes consorcios de alimentos procesados sean regulados.

Las cuatro comunidades donde la organización trabaja -Las Trancas, Ayotzinapa, Coyoacán y Huixcomulco- tenían en común la ausencia de proteína de origen animal. A falta de leche, las familias bebían refresco desde el desayuno; y a falta de carne o huevo, comían frituras.

En poco tiempo, los beneficiarios incorporaron a su dieta diaria la leche y el huevo; luego produjeron más alimento del que necesitaban y empezaron a venderlo. Ahora elaboran distintos tipos de queso, y en algunos hogares incluso yogur, para autoconsumo y venta, lo que también ayuda a su economía. Los animales que terminan su periodo productivo sirven para comer.

No fue la primera iniciativa de este tipo en la región. Antes, otra organización había llevado vacas a otras localidades aledañas, pero casi todo el ganado se les murió.

A diferencia de aquél intento frustrado, el programa de Insepac tiene dos elementos que lo hacen distinto: el empleo de cabras de razas adaptables a distintos climas y resistentes a enfermedades y una constante capacitación por un médico veterinario de la región para que la gente aprenda a cuidar, vacunar y reproducir a sus animales.

Fabiola Cortés explica que junto con la mayor oferta de alimentos saludables, la información también ha sido fundamental para el proyecto. “Nosotros enseñamos a la gente cómo mezclar, cómo aprovechar y cómo se pueden nutrir mejor con los recursos que ellos ya tenían”, explica.

Fiorella Espinosa indica que estas acciones deben de ir acompañadas de otras como el apoyo al campo, hacer más entendible el etiquetado frontal de los alimentos, la creación de huertos escolares y comunitarios y la organización social.

 ⬇ -----------VERSIÓN IMPRESA ---------⬇