/ sábado 17 de noviembre de 2018

En avión, Irineo Mujica, promotor de la caravana migrante, dejó el calvario en Chiapas

“Me voy a largar con la caravana, yo no la estoy organizando”, asegura el activista y principal promotor de la caravana migrante

Irineo Mujica salió con los ojos endemoniadamente infectados, rojizos, y con la presión arterial disparada. Apenas y podía hilar palabras, su lengua tropezaba y quería decir todo en medio de la nada. Olía a sudor y a “guardado”. Portaba una bermuda desgastada, playera con la leyenda “Tokio” y unas sandalias.

Las más de 48 horas en una cárcel de un juzgado penal desarmaron por completo al principal promotor de la caravana migrante. Lo dejaron sin nada. Perdió su billetera, su pasaporte y los pesos mexicanos que cargaba. No llevaba consigo más que una bolsa de plástico con una prenda de vestir, una pasta y un cepillo dentales.

Lee también: Migrante gay lleva la bandera del orgullo manchada de miedo y esperanza en la Caravana

Ascendió a un auto conducido por un periodista que aguardaba su salida del tribunal. La letanía comenzó. “¡Maldito gobierno servil de Trump!”, aseveraba mientras bajaba un poco el vidrio para escupir. “Necesito un doctor y comida”.

Había sido detenido en el parque central de Ciudad Hidalgo, cuando encabezaba a un contingente de migrantes y activistas que esperaba dar el recibimiento al éxodo de centroamericanos que mordía la frontera México–Guatemala. Lo acusaron de resistencia a la autoridad.

A Irineo lo olfatearon desde que arribó a la Ciudad de México en un vuelo con conexión a Tapachula. Venía de los Estados Unidos y apenas pisó suelo chiapaneco entendieron su cometido. Meses atrás, en marzo, el activista de Pueblo sin Fronteras había liderado otra caravana que superaba las mil personas. Estuvo en todos los noticiarios hablando de derechos humanos. Donald Trump reaccionó y pidió al gobierno mexicano detener cuanto antes a la mancha humana que avanzaba. Y así fue. En Oaxaca comenzó a dispersarse.

Aun así, Mujica marchó con un contingente a la frontera norte y logró que algunas familias ingresaran a la Unión Americana.

Mientras estaba en un cuarto casi a oscuras, el sol caía a quemarropa y millares de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños rompían la frontera y sitiaban el puente internacional Rodolfo Robles. Al éxodo no lo iba a detener la ausencia del “hombre caravana”. Con perfil bajo, en una casa al norte de Tapachula recibía atención médica.

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“Usted viene muy estresado, trae conjuntivitis que lo condiciona a demasiada sensibilidad a la luz y necesita tranquilizarse. Va a aplicarse Sophixin para menguar un poco esa infección”, le decía una doctora para luego soltar el chascarrillo que acabó un poco con el hielo en esa cocina: “Usted se esconde más que El Chapo”.

Rodrigo Abeja tomó el megáfono y comenzó a alentar a la caravana. “¡Es una detención arbitraria, quieren detener algo que está a luz del mundo, no dejemos que nos intimiden y vamos a luchar por los derechos de la comunidad internacional!

Abeja, de acento chilango y enérgico en su discurso, tomaba las riendas de la directriz de la caravana. Muchas veces se escuchó decir que la caravana no tenía líderes, pero los activistas de Pueblo sin Fronteras tomaron ese papel y los migrantes en tierra ajena necesitaban un rey nacido aquí.

Irineo hizo varias llamadas en un teléfono prestado, repetía una y otra vez entre lágrimas, por la impotencia o la infección, los abusos de los que decía había sido víctima.

El sábado 20 de octubre fue trasladado al centro de Tapachula, tomó mil 200 pesos de la mano de un reportero y se instaló en un hotel de cama dura y techo descascarado para tomar un baño y descansar.

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Los días posteriores no fueron menos desagradables. Los miles de migrantes abarrotaron la plaza central de Tapachula e Irineo apareció entre la multitud. Cargó con bolsas de bolillos, queso y crema y organizó la entrega de comida.

Pero rápido tuvo que abandonar el activismo, pues luego de una conferencia de prensa ante cientos de medios de comunicación nacionales e internacionales, frente al palacio municipal, el hombre de 47 años acusó una persecución. Al acudir a un cajero automático dos sujetos personas en tonos grises siguieron sus pasos. Luego, en Arriaga, fue carrereado por dos desconocidos que viajaban en un coche.

Su condición jurídica le restringía salir de Tapachula y moverse con la caravana. “Me vale madre, yo me voy a largar con la caravana. Yo no la estoy organizando”.

“Irineo, agáchate un poco que allí hay retén de la Policía Federal”, se le interrumpía a medio discurso. No quería ser detenido otra vez y, ahora sí, no alcanzar fianza.

En la vía Arriaga–Tapanatepec vio al contingente romper la valla de la Policía Federal que intentaba frenar el ingreso a Oaxaca. Se dio la vuelta y regresó a ocultarse en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. A la media noche dio una entrevista justo frente al Cristo en la cruz, después pidió una gorra de color azul prestada y tomó un vehículo que lo esperaba afuera para regresar a Tapachula.

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Hoy, cuando el éxodo cruzó el país y está en la antesala del sueño, Mujica argumenta que el juez removió limitaciones para viajar. “Que podía salir hasta del país si quería. Me dijo: Vete a trabajar con tus migrantes. Haz lo que quieras”.

¿Cómo llegó a Tijuana?, se le pregunta en Baja California. “Volando, volando…”, responde.

Irineo Mujica salió con los ojos endemoniadamente infectados, rojizos, y con la presión arterial disparada. Apenas y podía hilar palabras, su lengua tropezaba y quería decir todo en medio de la nada. Olía a sudor y a “guardado”. Portaba una bermuda desgastada, playera con la leyenda “Tokio” y unas sandalias.

Las más de 48 horas en una cárcel de un juzgado penal desarmaron por completo al principal promotor de la caravana migrante. Lo dejaron sin nada. Perdió su billetera, su pasaporte y los pesos mexicanos que cargaba. No llevaba consigo más que una bolsa de plástico con una prenda de vestir, una pasta y un cepillo dentales.

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Ascendió a un auto conducido por un periodista que aguardaba su salida del tribunal. La letanía comenzó. “¡Maldito gobierno servil de Trump!”, aseveraba mientras bajaba un poco el vidrio para escupir. “Necesito un doctor y comida”.

Había sido detenido en el parque central de Ciudad Hidalgo, cuando encabezaba a un contingente de migrantes y activistas que esperaba dar el recibimiento al éxodo de centroamericanos que mordía la frontera México–Guatemala. Lo acusaron de resistencia a la autoridad.

A Irineo lo olfatearon desde que arribó a la Ciudad de México en un vuelo con conexión a Tapachula. Venía de los Estados Unidos y apenas pisó suelo chiapaneco entendieron su cometido. Meses atrás, en marzo, el activista de Pueblo sin Fronteras había liderado otra caravana que superaba las mil personas. Estuvo en todos los noticiarios hablando de derechos humanos. Donald Trump reaccionó y pidió al gobierno mexicano detener cuanto antes a la mancha humana que avanzaba. Y así fue. En Oaxaca comenzó a dispersarse.

Aun así, Mujica marchó con un contingente a la frontera norte y logró que algunas familias ingresaran a la Unión Americana.

Mientras estaba en un cuarto casi a oscuras, el sol caía a quemarropa y millares de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños rompían la frontera y sitiaban el puente internacional Rodolfo Robles. Al éxodo no lo iba a detener la ausencia del “hombre caravana”. Con perfil bajo, en una casa al norte de Tapachula recibía atención médica.

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“Usted viene muy estresado, trae conjuntivitis que lo condiciona a demasiada sensibilidad a la luz y necesita tranquilizarse. Va a aplicarse Sophixin para menguar un poco esa infección”, le decía una doctora para luego soltar el chascarrillo que acabó un poco con el hielo en esa cocina: “Usted se esconde más que El Chapo”.

Rodrigo Abeja tomó el megáfono y comenzó a alentar a la caravana. “¡Es una detención arbitraria, quieren detener algo que está a luz del mundo, no dejemos que nos intimiden y vamos a luchar por los derechos de la comunidad internacional!

Abeja, de acento chilango y enérgico en su discurso, tomaba las riendas de la directriz de la caravana. Muchas veces se escuchó decir que la caravana no tenía líderes, pero los activistas de Pueblo sin Fronteras tomaron ese papel y los migrantes en tierra ajena necesitaban un rey nacido aquí.

Irineo hizo varias llamadas en un teléfono prestado, repetía una y otra vez entre lágrimas, por la impotencia o la infección, los abusos de los que decía había sido víctima.

El sábado 20 de octubre fue trasladado al centro de Tapachula, tomó mil 200 pesos de la mano de un reportero y se instaló en un hotel de cama dura y techo descascarado para tomar un baño y descansar.

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Los días posteriores no fueron menos desagradables. Los miles de migrantes abarrotaron la plaza central de Tapachula e Irineo apareció entre la multitud. Cargó con bolsas de bolillos, queso y crema y organizó la entrega de comida.

Pero rápido tuvo que abandonar el activismo, pues luego de una conferencia de prensa ante cientos de medios de comunicación nacionales e internacionales, frente al palacio municipal, el hombre de 47 años acusó una persecución. Al acudir a un cajero automático dos sujetos personas en tonos grises siguieron sus pasos. Luego, en Arriaga, fue carrereado por dos desconocidos que viajaban en un coche.

Su condición jurídica le restringía salir de Tapachula y moverse con la caravana. “Me vale madre, yo me voy a largar con la caravana. Yo no la estoy organizando”.

“Irineo, agáchate un poco que allí hay retén de la Policía Federal”, se le interrumpía a medio discurso. No quería ser detenido otra vez y, ahora sí, no alcanzar fianza.

En la vía Arriaga–Tapanatepec vio al contingente romper la valla de la Policía Federal que intentaba frenar el ingreso a Oaxaca. Se dio la vuelta y regresó a ocultarse en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. A la media noche dio una entrevista justo frente al Cristo en la cruz, después pidió una gorra de color azul prestada y tomó un vehículo que lo esperaba afuera para regresar a Tapachula.

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