/ viernes 4 de diciembre de 2020

Dos hijos en la escuela y un solo celular

Estudiar a distancia no ha sido sencillo para los hijos de la familia Rosas

Ciudad de México.- Las clases a distancia por videollamada se interrumpen durante las mañanas en la cocina. La lección con la profesora de cuarto año de la primaria Carmen Serdán debe suspenderse una hora antes de finalizar. Enseguida el teléfono celular, recargado en un recipiente de vidrio sobre el mantel colocado en la mesa de madera, se ocupa para otra videollamada y continuar con las asignaturas de los maestros de la secundaria número 222 Tláloc.

Minutos antes de las ocho, los platos y tazas del desayuno se retiran para comenzar a tomar apuntes. Miranda, de 10 años de edad, toma su pluma para realizar los ejercicios en sus cuadernos y hojas impresas. A las 10 de la mañana cuelga de manera abrupta para que su hermano Óscar, de 14 años, se conecte con sus profesores hasta cerca de las dos de la tarde.

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Esta historia se repite todos los miércoles y viernes desde que inició el ciclo escolar. En su casa, ubicada en el pueblo de San Bartolo Ameyalco, alcaldía Álvaro Obregón, al poniente de la Ciudad de México, no tienen computadora o una tableta para conectarse por separado. El celular que comparten, sus padres lo adquirieron con muchos esfuerzos a un precio de 700 pesos en un tianguis. Fue para lo que alcanzó el dinero que obtuvieron de la venta de chácharas de su puesto callejero.

A pesar de que remataron ropa, trastes y otras cosas, no salió para uno nuevo y de buena marca. Fue “patito”. Endeudarse con un crédito en alguna tienda de electrónicos ni pensarlo, porque terminarían pagando más del doble de lo que cuesta un equipo.

Estudiar a distancia no ha sido sencillo para los hijos de la familia Rosas. No sólo por tener nada más un teléfono y que los horarios de clases se crucen. La economía también se ha complicado. Carolina, madre de los pequeños, se quedó sin los ingresos que percibía del puesto de dulces que atendía afuera de la primaria Carmen Serdán ubicada en el mismo pueblo, y que dese marzo cerró por la pandemia.

Su esposo Cecilio, de oficio albañil, también se las ve duras. Le rebajaron el sueldo a dos mil pesos quincenales, pero a veces no hay “chamba” y los gastos para el hogar no paran.

En un inicio las clases también se interrumpían al agotar los datos del equipo, y Carolina debía correr a la tienda o farmacia por una recarga. Luego con su vecino, que también tiene hijos estudiando, se puso de acuerdo y contrataron el servicio de internet por 400 pesos mensuales y dividieron el pago.

Apoyar a sus hijos en las tareas ha sido complicado. Carolina y Cecilio apenas terminaron la secundaria. Ella intenta ayudarlos en algunas cuestiones de lectura, ejercicios de español, cosas aparentemente básicas, pero lo complicado es cuando a Óscar le dejan ecuaciones y otros ejercicios de matemáticas. Con Miranda a veces pasa hasta altas horas de la noche intentando explicarle las divisiones, fracciones y más.

“Ella paga el plato, le estás enseñando y luego uno no sabe cómo explicarle. Acabo gritándole y a veces estás con los lagrimones. Se estresan a veces, pierden el interés, y me dicen ‘mamá ya no quiero ir a la escuela’”, platica agobiada.

Los Rosas viven en una zona catalogada de alto riesgo de contagios. No sólo eso. San Bartolo Ameyalco es un poblado acechado por la delincuencia, el narcomenudeo y las ejecuciones. Los delitos están a la orden del día, pero a las patrullas y policías rara vez se les ve en el lugar.

La falta de agua es una problemática constante. Al abrir las llaves, abunda la escasez del líquido en las tomas. “Te dicen lávate las manos y no tienes ni agua para tomar”.

Los maestros de Omar también se han ausentado porque varios se han contagiado de coronavirus, lo mismo que familiares de sus compañeros y también de Miranda.

A pesar de las dificultades para sobrellevar los estudios de sus hijos, Carolina prefiere que el regreso a clases sea cuando la pandemia esté contenida o llegue la vacuna. No arriesgaría la vida de sus pequeños al mandarlos a clases presenciales. “La escuela es un foco de infección, lo vi desde el kínder, a un chamaco le daba gripa y luego medio salón se contagió”.

Ciudad de México.- Las clases a distancia por videollamada se interrumpen durante las mañanas en la cocina. La lección con la profesora de cuarto año de la primaria Carmen Serdán debe suspenderse una hora antes de finalizar. Enseguida el teléfono celular, recargado en un recipiente de vidrio sobre el mantel colocado en la mesa de madera, se ocupa para otra videollamada y continuar con las asignaturas de los maestros de la secundaria número 222 Tláloc.

Minutos antes de las ocho, los platos y tazas del desayuno se retiran para comenzar a tomar apuntes. Miranda, de 10 años de edad, toma su pluma para realizar los ejercicios en sus cuadernos y hojas impresas. A las 10 de la mañana cuelga de manera abrupta para que su hermano Óscar, de 14 años, se conecte con sus profesores hasta cerca de las dos de la tarde.

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Esta historia se repite todos los miércoles y viernes desde que inició el ciclo escolar. En su casa, ubicada en el pueblo de San Bartolo Ameyalco, alcaldía Álvaro Obregón, al poniente de la Ciudad de México, no tienen computadora o una tableta para conectarse por separado. El celular que comparten, sus padres lo adquirieron con muchos esfuerzos a un precio de 700 pesos en un tianguis. Fue para lo que alcanzó el dinero que obtuvieron de la venta de chácharas de su puesto callejero.

A pesar de que remataron ropa, trastes y otras cosas, no salió para uno nuevo y de buena marca. Fue “patito”. Endeudarse con un crédito en alguna tienda de electrónicos ni pensarlo, porque terminarían pagando más del doble de lo que cuesta un equipo.

Estudiar a distancia no ha sido sencillo para los hijos de la familia Rosas. No sólo por tener nada más un teléfono y que los horarios de clases se crucen. La economía también se ha complicado. Carolina, madre de los pequeños, se quedó sin los ingresos que percibía del puesto de dulces que atendía afuera de la primaria Carmen Serdán ubicada en el mismo pueblo, y que dese marzo cerró por la pandemia.

Su esposo Cecilio, de oficio albañil, también se las ve duras. Le rebajaron el sueldo a dos mil pesos quincenales, pero a veces no hay “chamba” y los gastos para el hogar no paran.

En un inicio las clases también se interrumpían al agotar los datos del equipo, y Carolina debía correr a la tienda o farmacia por una recarga. Luego con su vecino, que también tiene hijos estudiando, se puso de acuerdo y contrataron el servicio de internet por 400 pesos mensuales y dividieron el pago.

Apoyar a sus hijos en las tareas ha sido complicado. Carolina y Cecilio apenas terminaron la secundaria. Ella intenta ayudarlos en algunas cuestiones de lectura, ejercicios de español, cosas aparentemente básicas, pero lo complicado es cuando a Óscar le dejan ecuaciones y otros ejercicios de matemáticas. Con Miranda a veces pasa hasta altas horas de la noche intentando explicarle las divisiones, fracciones y más.

“Ella paga el plato, le estás enseñando y luego uno no sabe cómo explicarle. Acabo gritándole y a veces estás con los lagrimones. Se estresan a veces, pierden el interés, y me dicen ‘mamá ya no quiero ir a la escuela’”, platica agobiada.

Los Rosas viven en una zona catalogada de alto riesgo de contagios. No sólo eso. San Bartolo Ameyalco es un poblado acechado por la delincuencia, el narcomenudeo y las ejecuciones. Los delitos están a la orden del día, pero a las patrullas y policías rara vez se les ve en el lugar.

La falta de agua es una problemática constante. Al abrir las llaves, abunda la escasez del líquido en las tomas. “Te dicen lávate las manos y no tienes ni agua para tomar”.

Los maestros de Omar también se han ausentado porque varios se han contagiado de coronavirus, lo mismo que familiares de sus compañeros y también de Miranda.

A pesar de las dificultades para sobrellevar los estudios de sus hijos, Carolina prefiere que el regreso a clases sea cuando la pandemia esté contenida o llegue la vacuna. No arriesgaría la vida de sus pequeños al mandarlos a clases presenciales. “La escuela es un foco de infección, lo vi desde el kínder, a un chamaco le daba gripa y luego medio salón se contagió”.

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