/ lunes 19 de abril de 2021

Evolución | Enfermeros mexicanos, más valorados en Alemania

Alemania tiene un déficit de personal sanitario que de no solventar puede poner en riesgo sus sistema de salud

BERLÍN, Alemania. El primer día de trabajo de Mariana Chávez Vázquez como enfermera del hospital universitario Charité, enBerlín, fue algo más que emocionante. Ese día su jefa se plantó frente a ella para darle las instrucciones de sus primeras tareas dentro de la estación de traumatología. La mujer comenzó a hablar y Mariana se quedó paralizada. Una risa nerviosa la delató. No había entendido nada.

Como arma de defensa, la tamaulipeca de 32 años tomó su celular e intentó traducir cuando menos una palabra que le permitiera entender el contexto de las instrucciones. Pero fue en vano.

“Me sentía como sorda. No entendía nada, ni una palabra”, recuerda a dos años de distancia.

La jefa de Mariana, desconcertada, pidió entonces ayuda a otra enfermera también mexicana que apenas un mes antes había llegado al hospital.

“La compañera la escuchó con atención y luego me miró y me dijo: Creo que lo que dijo fue… Ella estaba igual o peor que yo”, rememora al tiempo que suelta una carcajada.

A Herbert Otoniel Pérez Victoriano le pasó algo similar. A las dos semanas de haber llegado a la Charité le tocó entregar a un paciente durante el cambio de turno. Nervioso, intentó explicar el estado del hombre pero las palabras le faltaron. Tras un accidentado intento, el colega que recibía el servicio fue honesto con él: “Lo siento pero no te entiendo. No es para que te sientas mal, pero tienes que estudiar más, no hablas bien el alemán”.

El enfermero oaxaqueno de 29 años agradeció la franqueza y aunque intentó tomar la crítica de la mejor manera posible, muy dentro de sí se preguntó qué rayos hacía en un país tan lejano y con un idioma tan difícil pudiendo estar en México trabajando sin complicaciones en español que, por cierto, es su segundo idioma, ya que el chinanteco es su lengua materna. Esas primeras semanas, recuerda, fueron difíciles: tenía miedo de hablar, de cometer errores.

Aunque puedan parecer superficiales, ambas anécdotas ilustran apenas la azarosa decisión de este par de mexicanos de dejar atrás su país de origen y emigrar a un lugar geográfica y culturalmente tan lejano. Todo en aras de acceder a nuevas y mejores perspectivas de vida.

Como Mariana Chávez Vázquez y Herbert Otoniel Pérez Victoriano, otros 246 mexicanos han emigrado en los últimos tres años a Alemania para trabajar en el sector de la enfermería y el cuidado de ancianos. La decisión, sin duda, es una ganancia para el país que los recibe y plantea una realidad, no igual de positiva, para México: la pérdida de fuerza de trabajo de calidad necesaria hoy más que nunca.

Desde hace años Alemania enfrenta un déficit de personal en el ámbito de los cuidados y la enfermería. Por un lado, el desarrollo de la medicina y los avances médicos han prolongado la expectativa de vida de sus habitantes con lo que ello implica: más adultos mayores que, tarde o temprano, requieren atención permanente. Por el otro, los bajos salarios, aunados al arduo trabajo físico y mental que requiere la profesión, han desincentivado el interés entre los jóvenes, que prefieren dedicarse a otra cosa.

Para tener una idea del panorama: hasta 2020 existían en todo el país 15 mil 380 residencias para ancianos, según el portal de estadísticas alemán Statista. Pflegemarkt , por su parte, refiere que en este momento se encuentran 174 asilos en construcción y otros 263 en planeación.

Datos de la Oficina Federal de Estadística del gobierno alemán revelan, en tanto, que actualmente 4.1 millones de personas requieren de cuidados permanentes de enfermería en este país. Hace sólo tres años la cifra era de 3.4 millones, lo que refleja un crecimiento constante. A ese dato hay que agregar que durante los últimos 20 años el número de pacientes en los hospitales alemanes aumentó 25 por ciento, lo que se traduce en un promedio de 19.4 millones de casos al año.

Para atender toda esa demanda, el personal de enfermería y cuidado en Alemania ronda el millón 700 mil, según la estadística de la Agencia Federal de Trabajo alemana. Y aunque en los últimos años la autoridad ha buscado elevar el nivel salarial de este sector, hasta el momento sigue sin ser lo suficientemente atractiva para algunos.

Si los índices crecen al ritmo de los últimos años, el Instituto de Economía Alemana de Colonia prevé que para 2035 podría haber un déficit de alrededor de 307 mil trabajadores sanitarios. Más aún, de no reducirse la brecha de la actual demanda, la falta de persona podría ascender al medio millón.

Así las cosas, resulta entendible que los alemanes hayan emprendido durante la última década una búsqueda, casi desesperada, de personal más allá de sus fronteras.

Desde el 2013 el Ministerio Federal de Economía y Energía puso en marcha el programa Triple Win (triple ganancia), cuyo objetivo es justamente traer de terceros países fuera de la Unión Europea profesionales para el sector sanitario y asistencial. Desde entonces ha llegado gente de Serbia, Bosnia-Herzegovina, Filipinas, Túnez, Vietnam y en los últimos años también México.

“Para la contratación de personal internacional sanitario nos guiamos por el Código de conducta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sólo reclutamos personal sanitario de países con un excedente de personal. Así evitamos que la migración de cuidadores a Alemania produzca una escasez de personal cualificado en los países socios”, se lee en la página oficial del programa, operado también por la Agencia Federal de Trabajo alemana.

La esencia del proyecto, como su nombre lo dice, se basa en la teoría de una triple ganancia: las instituciones de salud y cuidados alemanas se benefician con un personal capacitado técnica y lingüísticamente; los propios profesionales extranjeros ganan una nueva y mejor perspectiva profesional y personal; y —en teoría— los países de origen se benefician con una reducción de la carga de su mercado de trabajo.

Herbert Otoniel Pérez Victoriano es originario de Playa Limón, una pequeña comunidad al noreste de Oaxaca con apenas 439 habitantes, según el último conteo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Ahí creció hablando dos variantes de la lengua chinanteca y fue hasta su ingreso en la preparatoria que dominó el español.

Cuando apenas contaba con 5 años y debido a la precaria situación en Playa Limón y la falta de perspectivas, su padre emigró a Estados Unidos. Pocos años después el propio Herbert también dejaría su pueblo de origen para poder estudiar la secundaria, el bachillerato y la licenciatura en enfermería en Tuxtepec, Oaxaca.

Antes de graduarse cobró conciencia de la importancia de su profesión cuando decidió realizar su servicio social en el poblado del Refugio Viejo, en Cosolapa, Oaxaca.

“Aunque tuve la oportunidad de hacer mi servicio social en un hospital, preferí hacerlo en una comunidad. Yo venía de una muy pequeña y sabía las necesidades que hay en lugares así: el tema de la promoción, la vacunación a niños de casa en casa y los grandes problemas del sistema de salud en poblaciones así, en donde muchas veces se tiene que improvisar para salvar la vida de alguien”, explica en entrevista.

—¿Por qué decidiste probar suerte precisamente en Alemania, un país tan lejos de México y con un idioma que definitivamente no aprendes en un año?

—Originalmente tenía la idea de irme a Estados Unidos o Canadá. Siempre me vi fuera, y tiene que ver con la influencia de mi papá que estuvo de ilegal 10 años allá. Siempre nos enviaba fotos de lugares muy lindos y nevados y luego cuando él regresó a México hablaba inglés y eso me motivó mucho. Pero cuando me topé en Facebook con el anuncio para trabajar en Alemania me dije ¿Por qué no?

Sobre Alemania, Herbert —por cierto, un nombre alemán— conocía de futbol y sabía que es un país que casi siempre está entre las primeras posiciones en muchas cosas. Después, cuando la agencia que contactó en 2016 para comenzar los trámites le ofreció una cartera de empleadores se puso a investigar mucho más.

“Me gustó saber que de este país vienen un buen de científicos y que de este hospital —la Charité— salieron varios premios Nobel de medicina. Ser parte de eso me emocionó. Ser parte de un país que promueve la disciplina también me llamó mucho la atención. No es que yo sea malinchista, pero hay que reconocer que aunque México tiene muchas cosas buenas, lamentablemente la corrupción ha corroído masiado al sistema de salud”, acota.

Y es que antes de embarcarse en aventura para emigrar a Alemania, Herbert supo lo que era trabajar en los servicios públicos de salud de Oaxaca.

"Me salió un trabajo y durante seis meses trabajé en un hospital público en Ixtepec. En ese tiempo me di cuenta que lamentablemente los mexicanos estamos acostumbrados a ver la esclavitud como algo normal".

Y explica: “Como nuevo a veces hacía, no te miento, más de 48 horas de turno.

Los que tienen privilegios son los que ya tienen base y simplemente no van al trabajo porque se fueron de borrachos un antes y al día siguiente no quieren trabajar o no pueden. No me sentí bien, ni reconocido en mi trabajo ni en el salario. Me sentía como un peón que tenía que salvar turnos porque alguno no venía al trabajo”.

Así que no dudo cuando la agencia me diadora que contactó para emigrar a Alemania le explicó que tendría que mudarse un poco más de un año a Monterrey a aprender alemán. Contar con un nivel intermedio (B1) del idioma era y es requisito indispensable para aspirar a un puesto de trabajo en los servicios sanitarios alemanes.

Hasta Monterrey también llegó en ese diciembre de 2016 Mariana Chávez Vázquez, procedente de Altamira, Tamaulipas. Lo hizo de la mano de sus dos hijos, en ese entonces de tres y un año de edad.

Como Herbert, Mariana había tomado de común acuerdo con su esposo una de las decisiones más importantes de su vida al renunciar a su trabajo en un hospital público de su ciudad y probar suerte con la aventura alemana.

Ella tampoco quería resignarse a vivir de un salario más que modesto teniendo frente a ella la posibilidad de aspirar a algo mucho mejor.

“Cuando terminé la licenciatura en enfermería trabajé en un hospital particular por cuatro años. Entonces me ofrecieron un trabajo en uno público y lo tomé porque luego de trabajar cierto tiempo por contrato tienes la posibilidad de recibir una base y con ello cierta estabilidad, un mejor salario, prestaciones y la posibilidad de jubilarte”, explica.

Pero después de tres años de contrato, la base no llegó y Mariana trabajaba tiempo completo ganando cinco mil pesos mensuales. Antes, en el hospital privado no le iba mejor. Su salario no llegaba a los seis mil pesos mensuales.

“Cuando supe lo que ganaría yéndome a Alemania y las posibilidades que con ello podría ofrecerle a mis hijos no me fue difícil decidirme. Además nunca había dejado Altamira y era un sueño para mívivir en el extranjero”, abunda.

Y sí. Aunque el salario mensual bruto medio de un enfermero aquí (aproximadamente tres mil 500 euros) pueda ser incluso inferior al de un trabajador de la industria manufacturera (cuatro mil 200 euros), no se compara con un salario mexicano. Pero fácil no ha sido este proceso para Mariana. Todo lo contrario. Y no por el idioma, ni por el tiempo extremadamente frío durante casi la mitad del año, ni por la falta de comida mexicana, ni por las enormes diferencias culturales entre alemanes y mexicanos. Lo ha sido porque para venir a Alemania tuvo que dejar a sus hijos y esposo en México.

Para los enfermeros extranjeros que llegan a Alemania es posible traer consigo a sus familias pero no de forma inmediata.

Antes hay que andar un camino lleno de burocracia que con la pandemia se ha complicado considerablemente.

En febrero se cumplirán dos años de que Mariana llegó a Berlín y, si todo sale bien, será hasta abril o mayo de este año que pueda traer finalmente a su familia. En todo este tiempo, sólo la ha visto en tres ocasiones.

“El no estar con mis hijos es lo más difícil. Perderme tantas cosas (a su edad) que no van a regresar y que no las voy a vivir con ellos nunca … Cuando hacemos videollamadas, mi niño pequeño (ahora ya de cuatro años) abraza el teléfono y lo besa. Es muy difícil vivir con ello. Yo sabía que así sería y lo acepté cuando me vine, pero no deja de ser duro”, dice entre sollozos que no puede reprimir.

Herbert y Mariana corrieron con suerte. La empresa mediadora que llevaba su reclutamiento en México se declaró en quiebra y fue gracias a que ya habían tenido contacto directo con la Charité que no quedaron en el limbo.

Y es que para aplicar a un puesto de trabajo en el área de la salud en Alemania, además del programa estatal Triple Win es posible hacerlo a través de intermediarios internacionales que gestionan todos los trámites para los candidatos. Un trabajo del centro alemán de investigación sin fines de lucro CORRECTIV reveló a fines del año pasado que algunos de estos mediadores ofrecen contratos leoninos a los aspirantes, a quienes además dejan a la deriva en sus procesos de integración y dominio del idioma.

Pero el caso de los protagonistas de esta historia y sus 23 compañeros del mismo grupo que aplicó en ese momento para trabajar en Alemania es distinto. Tan pronto se supo que la empresa que llevaba sus casos desapareció, la propia Charité asumió la gestión de todo el proceso. Fue así que el 2 de noviembre de 2018 y el 8 de febrero de 2019 Herbert Otoniel Pérez Victoriano y Mariana Chávez Vázquez, respectivamente, aterrizaron en Berlín.

La Charité es el hospital-Universidad más grande de Europa. Fundado en 1710 en Berlín fue semillero de grandes científicos galardonados con el Premio Nobel de Medicina como Robert Koch, Emil von Behring y Paul Ehrlich. Colgado sobre una de las paredes de la oficina de Judith Heepe, directora de enfermería de la histórica institución, sobresale un gran sombrero mexicano. En la sala de juntas aledaña, otro de los mismos coloridos distintivos mexicanos también adorna una pared.

“Los enfermeros mexicanos que tenemos en la Charité son muy apreciados porque es gente sensible, con mucha empatía que asumen el cuidado de los pacientes con mucha calidez. Su formación también ayuda mucho porque llegan bien preparados y además están acostumbrados a trabajar duro. Sé que en México se llega a tener guardias de 12 horas, lo que definitivamente los colegas alemanes no soportarían”, refiere Heepe en entrevista con Underground.

Como el resto de los hospitales, clínicas y centros para ancianos, la Charité tuvo que recurrir desde hace poco más de tres años a la contratación de trabajadores extranjeros para cubrir su déficit de personal. Actualmente cuenta con aproximadamente 500 enfermeras y enfermeros de origen extranjero, 80 de los cuales son mexicanos.

De ellos, la mayoría está por debajo de los 30 años y un 40 por ciento son hombres y 60 por ciento mujeres. Heepe destaca que el porcentaje de varones mexicanos es mucho (normalmente representa el 20 por ciento) y lo atribuye al hecho de que dentro de este género hay más determinación al momento de decidir cambiar de país y cultura.

—¿Existe alguna debilidad entre los profesionistas mexicanos?, se le pregunta.

—Definitivamente el idioma, responde entre risas.

“Es divertido observarlo: los de Filipinas, por ejemplo, no les es tan complicado y creo que tiene que ver con que ellos están acostumbrados a hablar un segundo idioma, es decir, son bilingües. Y la verdad es que los mexicanos sí han tenido que luchar con el idioma. Pero puedo decir que la experiencia con ellos es muy, muy positiva y también estoy convencida de que muchos de ellos podrán hacer aquí carrera”, asegura.

Desde junio del 2013 y hasta junio pasado se registró un total de 351 ciudadanos mexicanos distribuidos en el área de enfermería de hospitales y residencias de ancianos del país, informó la Oficina Federal del Trabajo alemana a consulta expresa de Underground.

Pese a la pandemia, el reclutamiento de personal mexicano no se ha frenado. Desde luego, algo positivo para Alemania. No así para México, que a causa de esta pandemia ha perdido por fallecimiento —hasta agosto del año pasado y de acuerdo con cifras oficiales— mil 320 profesionales de la salud.

Hoy más que nunca los trabajadores de la salud son requeridos en sus países. Sobre todo cuando, según un análisis presentado por Amnistía Internacional, más de siete mil sanitarios han muerto en todo el mundo a causa del virus.

—¿Qué sensación tienes de saber que en México también hace falta gente preparada como tú?, se le pregunta a Herbert.

—Claro que pesa y es una sensación agridulce porque nos estamos yendo gente que podemos ayudar al sistema, pero el propio sistema tiene la culpa de que uno busque otros caminos.

“Amo a México, nací allá y lo represento en muchas cosas: mi color de piel y mi cultura indígena. Pero si me preguntas si quiero volver allá, es sólo para vacacionar. En México tienen que cambiar muchas cosas para evitar que la gente siga saliendo del país”, concluye.



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BERLÍN, Alemania. El primer día de trabajo de Mariana Chávez Vázquez como enfermera del hospital universitario Charité, enBerlín, fue algo más que emocionante. Ese día su jefa se plantó frente a ella para darle las instrucciones de sus primeras tareas dentro de la estación de traumatología. La mujer comenzó a hablar y Mariana se quedó paralizada. Una risa nerviosa la delató. No había entendido nada.

Como arma de defensa, la tamaulipeca de 32 años tomó su celular e intentó traducir cuando menos una palabra que le permitiera entender el contexto de las instrucciones. Pero fue en vano.

“Me sentía como sorda. No entendía nada, ni una palabra”, recuerda a dos años de distancia.

La jefa de Mariana, desconcertada, pidió entonces ayuda a otra enfermera también mexicana que apenas un mes antes había llegado al hospital.

“La compañera la escuchó con atención y luego me miró y me dijo: Creo que lo que dijo fue… Ella estaba igual o peor que yo”, rememora al tiempo que suelta una carcajada.

A Herbert Otoniel Pérez Victoriano le pasó algo similar. A las dos semanas de haber llegado a la Charité le tocó entregar a un paciente durante el cambio de turno. Nervioso, intentó explicar el estado del hombre pero las palabras le faltaron. Tras un accidentado intento, el colega que recibía el servicio fue honesto con él: “Lo siento pero no te entiendo. No es para que te sientas mal, pero tienes que estudiar más, no hablas bien el alemán”.

El enfermero oaxaqueno de 29 años agradeció la franqueza y aunque intentó tomar la crítica de la mejor manera posible, muy dentro de sí se preguntó qué rayos hacía en un país tan lejano y con un idioma tan difícil pudiendo estar en México trabajando sin complicaciones en español que, por cierto, es su segundo idioma, ya que el chinanteco es su lengua materna. Esas primeras semanas, recuerda, fueron difíciles: tenía miedo de hablar, de cometer errores.

Aunque puedan parecer superficiales, ambas anécdotas ilustran apenas la azarosa decisión de este par de mexicanos de dejar atrás su país de origen y emigrar a un lugar geográfica y culturalmente tan lejano. Todo en aras de acceder a nuevas y mejores perspectivas de vida.

Como Mariana Chávez Vázquez y Herbert Otoniel Pérez Victoriano, otros 246 mexicanos han emigrado en los últimos tres años a Alemania para trabajar en el sector de la enfermería y el cuidado de ancianos. La decisión, sin duda, es una ganancia para el país que los recibe y plantea una realidad, no igual de positiva, para México: la pérdida de fuerza de trabajo de calidad necesaria hoy más que nunca.

Desde hace años Alemania enfrenta un déficit de personal en el ámbito de los cuidados y la enfermería. Por un lado, el desarrollo de la medicina y los avances médicos han prolongado la expectativa de vida de sus habitantes con lo que ello implica: más adultos mayores que, tarde o temprano, requieren atención permanente. Por el otro, los bajos salarios, aunados al arduo trabajo físico y mental que requiere la profesión, han desincentivado el interés entre los jóvenes, que prefieren dedicarse a otra cosa.

Para tener una idea del panorama: hasta 2020 existían en todo el país 15 mil 380 residencias para ancianos, según el portal de estadísticas alemán Statista. Pflegemarkt , por su parte, refiere que en este momento se encuentran 174 asilos en construcción y otros 263 en planeación.

Datos de la Oficina Federal de Estadística del gobierno alemán revelan, en tanto, que actualmente 4.1 millones de personas requieren de cuidados permanentes de enfermería en este país. Hace sólo tres años la cifra era de 3.4 millones, lo que refleja un crecimiento constante. A ese dato hay que agregar que durante los últimos 20 años el número de pacientes en los hospitales alemanes aumentó 25 por ciento, lo que se traduce en un promedio de 19.4 millones de casos al año.

Para atender toda esa demanda, el personal de enfermería y cuidado en Alemania ronda el millón 700 mil, según la estadística de la Agencia Federal de Trabajo alemana. Y aunque en los últimos años la autoridad ha buscado elevar el nivel salarial de este sector, hasta el momento sigue sin ser lo suficientemente atractiva para algunos.

Si los índices crecen al ritmo de los últimos años, el Instituto de Economía Alemana de Colonia prevé que para 2035 podría haber un déficit de alrededor de 307 mil trabajadores sanitarios. Más aún, de no reducirse la brecha de la actual demanda, la falta de persona podría ascender al medio millón.

Así las cosas, resulta entendible que los alemanes hayan emprendido durante la última década una búsqueda, casi desesperada, de personal más allá de sus fronteras.

Desde el 2013 el Ministerio Federal de Economía y Energía puso en marcha el programa Triple Win (triple ganancia), cuyo objetivo es justamente traer de terceros países fuera de la Unión Europea profesionales para el sector sanitario y asistencial. Desde entonces ha llegado gente de Serbia, Bosnia-Herzegovina, Filipinas, Túnez, Vietnam y en los últimos años también México.

“Para la contratación de personal internacional sanitario nos guiamos por el Código de conducta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sólo reclutamos personal sanitario de países con un excedente de personal. Así evitamos que la migración de cuidadores a Alemania produzca una escasez de personal cualificado en los países socios”, se lee en la página oficial del programa, operado también por la Agencia Federal de Trabajo alemana.

La esencia del proyecto, como su nombre lo dice, se basa en la teoría de una triple ganancia: las instituciones de salud y cuidados alemanas se benefician con un personal capacitado técnica y lingüísticamente; los propios profesionales extranjeros ganan una nueva y mejor perspectiva profesional y personal; y —en teoría— los países de origen se benefician con una reducción de la carga de su mercado de trabajo.

Herbert Otoniel Pérez Victoriano es originario de Playa Limón, una pequeña comunidad al noreste de Oaxaca con apenas 439 habitantes, según el último conteo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Ahí creció hablando dos variantes de la lengua chinanteca y fue hasta su ingreso en la preparatoria que dominó el español.

Cuando apenas contaba con 5 años y debido a la precaria situación en Playa Limón y la falta de perspectivas, su padre emigró a Estados Unidos. Pocos años después el propio Herbert también dejaría su pueblo de origen para poder estudiar la secundaria, el bachillerato y la licenciatura en enfermería en Tuxtepec, Oaxaca.

Antes de graduarse cobró conciencia de la importancia de su profesión cuando decidió realizar su servicio social en el poblado del Refugio Viejo, en Cosolapa, Oaxaca.

“Aunque tuve la oportunidad de hacer mi servicio social en un hospital, preferí hacerlo en una comunidad. Yo venía de una muy pequeña y sabía las necesidades que hay en lugares así: el tema de la promoción, la vacunación a niños de casa en casa y los grandes problemas del sistema de salud en poblaciones así, en donde muchas veces se tiene que improvisar para salvar la vida de alguien”, explica en entrevista.

—¿Por qué decidiste probar suerte precisamente en Alemania, un país tan lejos de México y con un idioma que definitivamente no aprendes en un año?

—Originalmente tenía la idea de irme a Estados Unidos o Canadá. Siempre me vi fuera, y tiene que ver con la influencia de mi papá que estuvo de ilegal 10 años allá. Siempre nos enviaba fotos de lugares muy lindos y nevados y luego cuando él regresó a México hablaba inglés y eso me motivó mucho. Pero cuando me topé en Facebook con el anuncio para trabajar en Alemania me dije ¿Por qué no?

Sobre Alemania, Herbert —por cierto, un nombre alemán— conocía de futbol y sabía que es un país que casi siempre está entre las primeras posiciones en muchas cosas. Después, cuando la agencia que contactó en 2016 para comenzar los trámites le ofreció una cartera de empleadores se puso a investigar mucho más.

“Me gustó saber que de este país vienen un buen de científicos y que de este hospital —la Charité— salieron varios premios Nobel de medicina. Ser parte de eso me emocionó. Ser parte de un país que promueve la disciplina también me llamó mucho la atención. No es que yo sea malinchista, pero hay que reconocer que aunque México tiene muchas cosas buenas, lamentablemente la corrupción ha corroído masiado al sistema de salud”, acota.

Y es que antes de embarcarse en aventura para emigrar a Alemania, Herbert supo lo que era trabajar en los servicios públicos de salud de Oaxaca.

"Me salió un trabajo y durante seis meses trabajé en un hospital público en Ixtepec. En ese tiempo me di cuenta que lamentablemente los mexicanos estamos acostumbrados a ver la esclavitud como algo normal".

Y explica: “Como nuevo a veces hacía, no te miento, más de 48 horas de turno.

Los que tienen privilegios son los que ya tienen base y simplemente no van al trabajo porque se fueron de borrachos un antes y al día siguiente no quieren trabajar o no pueden. No me sentí bien, ni reconocido en mi trabajo ni en el salario. Me sentía como un peón que tenía que salvar turnos porque alguno no venía al trabajo”.

Así que no dudo cuando la agencia me diadora que contactó para emigrar a Alemania le explicó que tendría que mudarse un poco más de un año a Monterrey a aprender alemán. Contar con un nivel intermedio (B1) del idioma era y es requisito indispensable para aspirar a un puesto de trabajo en los servicios sanitarios alemanes.

Hasta Monterrey también llegó en ese diciembre de 2016 Mariana Chávez Vázquez, procedente de Altamira, Tamaulipas. Lo hizo de la mano de sus dos hijos, en ese entonces de tres y un año de edad.

Como Herbert, Mariana había tomado de común acuerdo con su esposo una de las decisiones más importantes de su vida al renunciar a su trabajo en un hospital público de su ciudad y probar suerte con la aventura alemana.

Ella tampoco quería resignarse a vivir de un salario más que modesto teniendo frente a ella la posibilidad de aspirar a algo mucho mejor.

“Cuando terminé la licenciatura en enfermería trabajé en un hospital particular por cuatro años. Entonces me ofrecieron un trabajo en uno público y lo tomé porque luego de trabajar cierto tiempo por contrato tienes la posibilidad de recibir una base y con ello cierta estabilidad, un mejor salario, prestaciones y la posibilidad de jubilarte”, explica.

Pero después de tres años de contrato, la base no llegó y Mariana trabajaba tiempo completo ganando cinco mil pesos mensuales. Antes, en el hospital privado no le iba mejor. Su salario no llegaba a los seis mil pesos mensuales.

“Cuando supe lo que ganaría yéndome a Alemania y las posibilidades que con ello podría ofrecerle a mis hijos no me fue difícil decidirme. Además nunca había dejado Altamira y era un sueño para mívivir en el extranjero”, abunda.

Y sí. Aunque el salario mensual bruto medio de un enfermero aquí (aproximadamente tres mil 500 euros) pueda ser incluso inferior al de un trabajador de la industria manufacturera (cuatro mil 200 euros), no se compara con un salario mexicano. Pero fácil no ha sido este proceso para Mariana. Todo lo contrario. Y no por el idioma, ni por el tiempo extremadamente frío durante casi la mitad del año, ni por la falta de comida mexicana, ni por las enormes diferencias culturales entre alemanes y mexicanos. Lo ha sido porque para venir a Alemania tuvo que dejar a sus hijos y esposo en México.

Para los enfermeros extranjeros que llegan a Alemania es posible traer consigo a sus familias pero no de forma inmediata.

Antes hay que andar un camino lleno de burocracia que con la pandemia se ha complicado considerablemente.

En febrero se cumplirán dos años de que Mariana llegó a Berlín y, si todo sale bien, será hasta abril o mayo de este año que pueda traer finalmente a su familia. En todo este tiempo, sólo la ha visto en tres ocasiones.

“El no estar con mis hijos es lo más difícil. Perderme tantas cosas (a su edad) que no van a regresar y que no las voy a vivir con ellos nunca … Cuando hacemos videollamadas, mi niño pequeño (ahora ya de cuatro años) abraza el teléfono y lo besa. Es muy difícil vivir con ello. Yo sabía que así sería y lo acepté cuando me vine, pero no deja de ser duro”, dice entre sollozos que no puede reprimir.

Herbert y Mariana corrieron con suerte. La empresa mediadora que llevaba su reclutamiento en México se declaró en quiebra y fue gracias a que ya habían tenido contacto directo con la Charité que no quedaron en el limbo.

Y es que para aplicar a un puesto de trabajo en el área de la salud en Alemania, además del programa estatal Triple Win es posible hacerlo a través de intermediarios internacionales que gestionan todos los trámites para los candidatos. Un trabajo del centro alemán de investigación sin fines de lucro CORRECTIV reveló a fines del año pasado que algunos de estos mediadores ofrecen contratos leoninos a los aspirantes, a quienes además dejan a la deriva en sus procesos de integración y dominio del idioma.

Pero el caso de los protagonistas de esta historia y sus 23 compañeros del mismo grupo que aplicó en ese momento para trabajar en Alemania es distinto. Tan pronto se supo que la empresa que llevaba sus casos desapareció, la propia Charité asumió la gestión de todo el proceso. Fue así que el 2 de noviembre de 2018 y el 8 de febrero de 2019 Herbert Otoniel Pérez Victoriano y Mariana Chávez Vázquez, respectivamente, aterrizaron en Berlín.

La Charité es el hospital-Universidad más grande de Europa. Fundado en 1710 en Berlín fue semillero de grandes científicos galardonados con el Premio Nobel de Medicina como Robert Koch, Emil von Behring y Paul Ehrlich. Colgado sobre una de las paredes de la oficina de Judith Heepe, directora de enfermería de la histórica institución, sobresale un gran sombrero mexicano. En la sala de juntas aledaña, otro de los mismos coloridos distintivos mexicanos también adorna una pared.

“Los enfermeros mexicanos que tenemos en la Charité son muy apreciados porque es gente sensible, con mucha empatía que asumen el cuidado de los pacientes con mucha calidez. Su formación también ayuda mucho porque llegan bien preparados y además están acostumbrados a trabajar duro. Sé que en México se llega a tener guardias de 12 horas, lo que definitivamente los colegas alemanes no soportarían”, refiere Heepe en entrevista con Underground.

Como el resto de los hospitales, clínicas y centros para ancianos, la Charité tuvo que recurrir desde hace poco más de tres años a la contratación de trabajadores extranjeros para cubrir su déficit de personal. Actualmente cuenta con aproximadamente 500 enfermeras y enfermeros de origen extranjero, 80 de los cuales son mexicanos.

De ellos, la mayoría está por debajo de los 30 años y un 40 por ciento son hombres y 60 por ciento mujeres. Heepe destaca que el porcentaje de varones mexicanos es mucho (normalmente representa el 20 por ciento) y lo atribuye al hecho de que dentro de este género hay más determinación al momento de decidir cambiar de país y cultura.

—¿Existe alguna debilidad entre los profesionistas mexicanos?, se le pregunta.

—Definitivamente el idioma, responde entre risas.

“Es divertido observarlo: los de Filipinas, por ejemplo, no les es tan complicado y creo que tiene que ver con que ellos están acostumbrados a hablar un segundo idioma, es decir, son bilingües. Y la verdad es que los mexicanos sí han tenido que luchar con el idioma. Pero puedo decir que la experiencia con ellos es muy, muy positiva y también estoy convencida de que muchos de ellos podrán hacer aquí carrera”, asegura.

Desde junio del 2013 y hasta junio pasado se registró un total de 351 ciudadanos mexicanos distribuidos en el área de enfermería de hospitales y residencias de ancianos del país, informó la Oficina Federal del Trabajo alemana a consulta expresa de Underground.

Pese a la pandemia, el reclutamiento de personal mexicano no se ha frenado. Desde luego, algo positivo para Alemania. No así para México, que a causa de esta pandemia ha perdido por fallecimiento —hasta agosto del año pasado y de acuerdo con cifras oficiales— mil 320 profesionales de la salud.

Hoy más que nunca los trabajadores de la salud son requeridos en sus países. Sobre todo cuando, según un análisis presentado por Amnistía Internacional, más de siete mil sanitarios han muerto en todo el mundo a causa del virus.

—¿Qué sensación tienes de saber que en México también hace falta gente preparada como tú?, se le pregunta a Herbert.

—Claro que pesa y es una sensación agridulce porque nos estamos yendo gente que podemos ayudar al sistema, pero el propio sistema tiene la culpa de que uno busque otros caminos.

“Amo a México, nací allá y lo represento en muchas cosas: mi color de piel y mi cultura indígena. Pero si me preguntas si quiero volver allá, es sólo para vacacionar. En México tienen que cambiar muchas cosas para evitar que la gente siga saliendo del país”, concluye.



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