/ lunes 8 de marzo de 2021

Evolución | Mujeres del campo: en suelo disparejo

Sólo el 16 por ciento de las mujeres que viven y trabajan en el campo tienen voz y voto

Aunque el 43 por ciento de la mano de obra de la agricultura es representado por mujeres, sólo el 16 por ciento de ellas son encabezadas por una otra figura femenina con voz y voto en todas las decisiones.

En entrevista con El Sol de México, Liz Gómez Medina, gerente Comercial Zona Sur de Yara, empresa enfocada en la nutrición de cultivos, enfatizó que pese al avance en el tema de la paridad de género en la agricultura y otros sectores, “a veces se le da participación a la mujer, más por obligación que por derecho, por cumplir con una cuota, y se necesita tener voz y voto”.

De acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), en México, 15 por ciento del total de productores a nivel nacional son mujeres; cerca de 800 mil mujeres realizan actividades relacionadas con el campo y la pesca; y ellas representan 43 por ciento de la mano de obra agrícola.

En su análisis del comportamiento del empleo en el sector primario, el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) indica que de los 6.7 millones de trabajadores que se dedican a actividades del campo, sólo 12 por ciento son mujeres.

La experta de la empresa de fertilizantes Yara, reconocida dentro de las 10 compañías que cambian el mundo por la revista Fortune, señaló que estas no son las únicas limitaciones para la mujer rural, ya que también se ven afectadas en temas como el acceso a la tierra, a recursos y oportunidades, como créditos y nuevas tecnologías.

Liz Gómez, señaló que sólo 26 por ciento de todas las propiedades a nivel mundial están en manos de las mujeres y que México no es la excepción, donde la gran mayoría se ubican como avecindadas, es decir, con derecho sobre la tierra por habitarla o trabajarla cierto tiempo, que es la forma de posesión más limitada.

Datos de la Procuraduría Agraria indican que, aunque las mujeres representan más de la mitad de la población en el campo (50.4 por ciento), ellas sólo tienen una cuarta parte de los derechos sobre la propiedad social, que se traduce en ejidos y tierras comunales.

El Registro Agrario Nacional (RAN) indica que sólo 29 por ciento de los 32 mil 202 núcleos agrarios en el país son trabajados por mujeres, es decir, un millón 416 mil 206 ejidatarias, comuneras, posesionarias y avecindadas, donde sólo siete de cada 100 ocupa un cargo en el Comisariado Ejidal o de Bienes Comunales o en el Consejo de Vigilancia, ya sea como titular o como suplente.

El RAN estima que del total de ejidatarios, comuneros, posesionarios y avecindados, 21 por ciento son mujeres ejidatarias, 25 por ciento son comuneras, 27 por ciento posesionarias y 29 por ciento corresponde a mujeres avecindadas.

“¿Esto de qué manera afecta a las mujeres? Hay muchos programas; sin embargo, hay muchos programas que están destinados a personas que tienen algún título propiedad o algún derecho sobre la tierra, el simple hecho de no tenerlo las limita”, explicó Liz Gómez.

En 2019, durante la Comisión Intersecretarial para el Desarrollo Rural Sustentable, trascendió un acuerdo suscrito entre la Sader y la Procuraduría Agraria, para eliminar el requisito de la presentación del título de propiedad por parte de las mujeres que desean acceder a alguno de los programas sujetos a reglas de operación.

Imagen: Cortesía

IMPULSO FEMENINO

Durante 2020, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) lanzó el proyecto “Mujeres por el derecho a la tierra” de la mano de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), a fin de establecer mecanismos que permitan ejercer su derecho pleno y conocer las condiciones políticas, económicas, familiares y comunitarias de las mujeres rurales, que han impedido el ejercicio pleno de sus derechos a la propiedad y acceso a la tierra.

Según estimaciones del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) en México, si las agricultoras tuvieran los mismos derechos, oportunidades y condiciones laborales que los hombres, podría reducirse entre 100 y 150 millones el número de personas que sufren hambre en el mundo.

Inmujeres señala que la participación económica de ellas en México representa 43.7 por ciento del total, mientras que para mujeres rurales la proporción se ubica 34.2 por ciento.

El organismo identifica que las mujeres indígenas destinan 6.3 horas semanales a desgranar el maíz, a cocer o moler el nixtamal o a hacer tortillas de maíz o trigo para sus hogares, tres veces más del tiempo que destinan los hombres a estas actividades.

Sobre la limitación de las mujeres a la tecnología, el IICA destacó en su más reciente estudio Desigualdad Digital de Género en América Latina, que las mujeres con un bajo nivel educativo que viven en áreas rurales constituyen el grupo menos conectado, “lo que se destaca como un área importante para intervenir mediante políticas”.

“Por lo tanto, abordar estas desigualdades es una oportunidad para mejorar el acceso de las mujeres rurales a este recurso y promover su empoderamiento económico y político”, señala.

Gómez Medina agregó que la falta de visibilidad también afecta a las mujeres de manera considerable, ya que no se les reconoce el gran aporte que brindan en la producción de alimentos, mientras que se ven “desproporcionadamente afectadas por la pobreza, por la exclusión, los aspectos de cambio climático y de medio ambiente”, por mencionar algunas.

"Sabemos que las mujeres cultivan, procesan, transportan, distribuyen comida que se consume, no sólo en las familias sino en la sociedad en general. Además, se ocupan de la crianza, de la compra y preparación de alimentos y se ve desproporcionadamente afectada", resaltó.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) apunta que las mujeres rurales representan 29 por ciento de la fuerza laboral en América Latina, por lo que son las responsables de más de 50 por ciento de la producción de alimentos.

En México, el Programa Nacional para la Igualdad entre Mujeres y Hombres (Proigualdad 2020-2024) considera acciones para facilitar el acceso de las mujeres rurales a la propiedad de activos productivos; fomentar su participación en empresas y cooperativas; generar mecanismos que promuevan sus derechos de propiedad y titularidad de tierras; impulsar su participación en las organizaciones agrarias para promover el desarrollo territorial sustentable y equitativo; así como establecer medidas para promover su acceso a los recursos hídricos.

La gerente Comercial de Yara añadió que en el campo las mujeres profesionistas también se ven afectadas por la desigualdad de género, independientemente de sus estudios o grados, donde no se habla de limitar a los hombres, sino de alcanzar esa paridad de género que le corresponde a la mujer.

Señaló que dentro de los principales sesgos destaca el rechazo que se hace a la mujer profesionista en el sector agroalimentario para atender solicitudes o necesidades propias del sector y donde se prefiere se atienda por un hombre por la creencia de que el género femenino no posee los mismos conocimientos

“A veces lo identificamos en algunos superiores y algunos mismos productores, desde llegar a decirte ‘¿no tendrás otro agrónomo que me atienda?’, por ejemplo, hasta que uno puede mostrar el trabajo y eso se cambia luego por ‘¿no tendrás una ingeniera que me atienda?’, eso hemos logrado”, abundó.

Dijo que otra barrera para las profesionistas es la maternidad, incluso por limitaciones que las propias mujeres se imponen debido a la cultura o educación que forjan un estereotipo, en el que se sostiene que “si eres buena madre seguramente vas a ser una profesionista mediocre o si eres muy brillante en tu profesión seguramente que en tu casa eres pésima”.

“Y no, nada que ver, porque la maternidad es una decisión y la mujer es totalmente responsable de si quiere ser mamá o no, si lo quiere tener soltera, en pareja, es entender que ese un derecho más de la mujer”, enfatizó.

Una tercera barrera para las profesionistas en este sector, dijo, es la brecha salarial aunque las mujeres realicen las mismas actividades o tengan el mismo trabajo.

Foto: Reuters

EMPODERAMIENTO REAL

Para contrarrestar la desigualdad de las mujeres en el campo, Liz Gómez consideró necesario ofrecer oportunidades reales que lleven a las mujeres a un empoderamiento económico, social y que impacte en todos los ámbitos del día a día.

“El tema del empoderamiento femenindo suena mucho, pero ese empoderamiento lo tenemos que entender desde el punto de vista de ofrecerle oportunidades reales para lograr también el empoderamiento económico y no nada más en una agenda de palabras bonitas”, comentó.

Dijo que se tiene que “pasar de la indignación a la acción”, en el entendido de eliminar todas aquellas barreras que no les permiten tener mayor representatividad y por el contrario, buscar “los cómo sí llegar y seguir siendo productora, incluso pensando en un relevo generacional”

Comentó que se requieren iniciativas que ayuden a la mujer a dar el salto entre plataformas para que el producto de una mujer impacte de la mejor manera en toda la cadena de valor, es decir, desde su cosecha en el campo, hasta una tienda, o bien, la mesa de los hogares mexicanos.

Una alternativa, apuntó, es el programa Yara Champion Coffee, que este año cierra su convocatoria el 2 de abril, y que ofrece oportunidades reales a las productoras de café, aunque no se limita a mujeres.

Señaló que el programa reconoce el valor del grano que cosechan a través de reconocidos certificadores, les otorga una calificación y las acercan a la cadena de valor para abrirles una puerta gigantesca hacia un mercado que conoce, sabe y está dispuesto a pagar por esa calidad de producto.

Abundó que un ejemplo de éxito de este programa es el de Leticia Sosa, una cafeticultora de Puebla, quien es la última ganadora de este proyecto de Yara, llevándose también el reconocimiento de la taza de excelencia, lo que hoy le permite llevar la calidad de su cosecha al mercado en Arabia y Corea.

“Leticia era una productora que, como las demás, trabajaba de sol a sol buscando producir su café, pero al final su café se perdía entre el volumen total que el mercado le compraba y al precio que el mercado estipulaba. El cambio que ella ha tenido es, primero, conoció y pudo catar la calidad de su café, después la acercamos a la cadena de valor, y en este momento está exportando su café a Corea y Arabia”, detalló.

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Aunque el 43 por ciento de la mano de obra de la agricultura es representado por mujeres, sólo el 16 por ciento de ellas son encabezadas por una otra figura femenina con voz y voto en todas las decisiones.

En entrevista con El Sol de México, Liz Gómez Medina, gerente Comercial Zona Sur de Yara, empresa enfocada en la nutrición de cultivos, enfatizó que pese al avance en el tema de la paridad de género en la agricultura y otros sectores, “a veces se le da participación a la mujer, más por obligación que por derecho, por cumplir con una cuota, y se necesita tener voz y voto”.

De acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), en México, 15 por ciento del total de productores a nivel nacional son mujeres; cerca de 800 mil mujeres realizan actividades relacionadas con el campo y la pesca; y ellas representan 43 por ciento de la mano de obra agrícola.

En su análisis del comportamiento del empleo en el sector primario, el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) indica que de los 6.7 millones de trabajadores que se dedican a actividades del campo, sólo 12 por ciento son mujeres.

La experta de la empresa de fertilizantes Yara, reconocida dentro de las 10 compañías que cambian el mundo por la revista Fortune, señaló que estas no son las únicas limitaciones para la mujer rural, ya que también se ven afectadas en temas como el acceso a la tierra, a recursos y oportunidades, como créditos y nuevas tecnologías.

Liz Gómez, señaló que sólo 26 por ciento de todas las propiedades a nivel mundial están en manos de las mujeres y que México no es la excepción, donde la gran mayoría se ubican como avecindadas, es decir, con derecho sobre la tierra por habitarla o trabajarla cierto tiempo, que es la forma de posesión más limitada.

Datos de la Procuraduría Agraria indican que, aunque las mujeres representan más de la mitad de la población en el campo (50.4 por ciento), ellas sólo tienen una cuarta parte de los derechos sobre la propiedad social, que se traduce en ejidos y tierras comunales.

El Registro Agrario Nacional (RAN) indica que sólo 29 por ciento de los 32 mil 202 núcleos agrarios en el país son trabajados por mujeres, es decir, un millón 416 mil 206 ejidatarias, comuneras, posesionarias y avecindadas, donde sólo siete de cada 100 ocupa un cargo en el Comisariado Ejidal o de Bienes Comunales o en el Consejo de Vigilancia, ya sea como titular o como suplente.

El RAN estima que del total de ejidatarios, comuneros, posesionarios y avecindados, 21 por ciento son mujeres ejidatarias, 25 por ciento son comuneras, 27 por ciento posesionarias y 29 por ciento corresponde a mujeres avecindadas.

“¿Esto de qué manera afecta a las mujeres? Hay muchos programas; sin embargo, hay muchos programas que están destinados a personas que tienen algún título propiedad o algún derecho sobre la tierra, el simple hecho de no tenerlo las limita”, explicó Liz Gómez.

En 2019, durante la Comisión Intersecretarial para el Desarrollo Rural Sustentable, trascendió un acuerdo suscrito entre la Sader y la Procuraduría Agraria, para eliminar el requisito de la presentación del título de propiedad por parte de las mujeres que desean acceder a alguno de los programas sujetos a reglas de operación.

Imagen: Cortesía

IMPULSO FEMENINO

Durante 2020, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) lanzó el proyecto “Mujeres por el derecho a la tierra” de la mano de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), a fin de establecer mecanismos que permitan ejercer su derecho pleno y conocer las condiciones políticas, económicas, familiares y comunitarias de las mujeres rurales, que han impedido el ejercicio pleno de sus derechos a la propiedad y acceso a la tierra.

Según estimaciones del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) en México, si las agricultoras tuvieran los mismos derechos, oportunidades y condiciones laborales que los hombres, podría reducirse entre 100 y 150 millones el número de personas que sufren hambre en el mundo.

Inmujeres señala que la participación económica de ellas en México representa 43.7 por ciento del total, mientras que para mujeres rurales la proporción se ubica 34.2 por ciento.

El organismo identifica que las mujeres indígenas destinan 6.3 horas semanales a desgranar el maíz, a cocer o moler el nixtamal o a hacer tortillas de maíz o trigo para sus hogares, tres veces más del tiempo que destinan los hombres a estas actividades.

Sobre la limitación de las mujeres a la tecnología, el IICA destacó en su más reciente estudio Desigualdad Digital de Género en América Latina, que las mujeres con un bajo nivel educativo que viven en áreas rurales constituyen el grupo menos conectado, “lo que se destaca como un área importante para intervenir mediante políticas”.

“Por lo tanto, abordar estas desigualdades es una oportunidad para mejorar el acceso de las mujeres rurales a este recurso y promover su empoderamiento económico y político”, señala.

Gómez Medina agregó que la falta de visibilidad también afecta a las mujeres de manera considerable, ya que no se les reconoce el gran aporte que brindan en la producción de alimentos, mientras que se ven “desproporcionadamente afectadas por la pobreza, por la exclusión, los aspectos de cambio climático y de medio ambiente”, por mencionar algunas.

"Sabemos que las mujeres cultivan, procesan, transportan, distribuyen comida que se consume, no sólo en las familias sino en la sociedad en general. Además, se ocupan de la crianza, de la compra y preparación de alimentos y se ve desproporcionadamente afectada", resaltó.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) apunta que las mujeres rurales representan 29 por ciento de la fuerza laboral en América Latina, por lo que son las responsables de más de 50 por ciento de la producción de alimentos.

En México, el Programa Nacional para la Igualdad entre Mujeres y Hombres (Proigualdad 2020-2024) considera acciones para facilitar el acceso de las mujeres rurales a la propiedad de activos productivos; fomentar su participación en empresas y cooperativas; generar mecanismos que promuevan sus derechos de propiedad y titularidad de tierras; impulsar su participación en las organizaciones agrarias para promover el desarrollo territorial sustentable y equitativo; así como establecer medidas para promover su acceso a los recursos hídricos.

La gerente Comercial de Yara añadió que en el campo las mujeres profesionistas también se ven afectadas por la desigualdad de género, independientemente de sus estudios o grados, donde no se habla de limitar a los hombres, sino de alcanzar esa paridad de género que le corresponde a la mujer.

Señaló que dentro de los principales sesgos destaca el rechazo que se hace a la mujer profesionista en el sector agroalimentario para atender solicitudes o necesidades propias del sector y donde se prefiere se atienda por un hombre por la creencia de que el género femenino no posee los mismos conocimientos

“A veces lo identificamos en algunos superiores y algunos mismos productores, desde llegar a decirte ‘¿no tendrás otro agrónomo que me atienda?’, por ejemplo, hasta que uno puede mostrar el trabajo y eso se cambia luego por ‘¿no tendrás una ingeniera que me atienda?’, eso hemos logrado”, abundó.

Dijo que otra barrera para las profesionistas es la maternidad, incluso por limitaciones que las propias mujeres se imponen debido a la cultura o educación que forjan un estereotipo, en el que se sostiene que “si eres buena madre seguramente vas a ser una profesionista mediocre o si eres muy brillante en tu profesión seguramente que en tu casa eres pésima”.

“Y no, nada que ver, porque la maternidad es una decisión y la mujer es totalmente responsable de si quiere ser mamá o no, si lo quiere tener soltera, en pareja, es entender que ese un derecho más de la mujer”, enfatizó.

Una tercera barrera para las profesionistas en este sector, dijo, es la brecha salarial aunque las mujeres realicen las mismas actividades o tengan el mismo trabajo.

Foto: Reuters

EMPODERAMIENTO REAL

Para contrarrestar la desigualdad de las mujeres en el campo, Liz Gómez consideró necesario ofrecer oportunidades reales que lleven a las mujeres a un empoderamiento económico, social y que impacte en todos los ámbitos del día a día.

“El tema del empoderamiento femenindo suena mucho, pero ese empoderamiento lo tenemos que entender desde el punto de vista de ofrecerle oportunidades reales para lograr también el empoderamiento económico y no nada más en una agenda de palabras bonitas”, comentó.

Dijo que se tiene que “pasar de la indignación a la acción”, en el entendido de eliminar todas aquellas barreras que no les permiten tener mayor representatividad y por el contrario, buscar “los cómo sí llegar y seguir siendo productora, incluso pensando en un relevo generacional”

Comentó que se requieren iniciativas que ayuden a la mujer a dar el salto entre plataformas para que el producto de una mujer impacte de la mejor manera en toda la cadena de valor, es decir, desde su cosecha en el campo, hasta una tienda, o bien, la mesa de los hogares mexicanos.

Una alternativa, apuntó, es el programa Yara Champion Coffee, que este año cierra su convocatoria el 2 de abril, y que ofrece oportunidades reales a las productoras de café, aunque no se limita a mujeres.

Señaló que el programa reconoce el valor del grano que cosechan a través de reconocidos certificadores, les otorga una calificación y las acercan a la cadena de valor para abrirles una puerta gigantesca hacia un mercado que conoce, sabe y está dispuesto a pagar por esa calidad de producto.

Abundó que un ejemplo de éxito de este programa es el de Leticia Sosa, una cafeticultora de Puebla, quien es la última ganadora de este proyecto de Yara, llevándose también el reconocimiento de la taza de excelencia, lo que hoy le permite llevar la calidad de su cosecha al mercado en Arabia y Corea.

“Leticia era una productora que, como las demás, trabajaba de sol a sol buscando producir su café, pero al final su café se perdía entre el volumen total que el mercado le compraba y al precio que el mercado estipulaba. El cambio que ella ha tenido es, primero, conoció y pudo catar la calidad de su café, después la acercamos a la cadena de valor, y en este momento está exportando su café a Corea y Arabia”, detalló.

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