/ sábado 16 de abril de 2022

Rosario Ibarra: la mujer que encaró presidentes y murió sin encontrar a su hijo

La opinión pública supo de doña Rosario cuando le entregaba una carta y una denuncia sobre la desaparición de su hijo al presidente Echeverría

Los primeros días de mayo de 1975, durante un homenaje a Alfonso Reyes en la tercera sección del Bosque de Chapultepec, presidida por el presidente de la República, Luis Echeverría, una mujer menudita se le acercó, decidida, y a pesar de las negativas del Estado Mayor Presidencial: era doña Rosario Ibarra de Piedra, entonces de 48 años de edad, quien le entregaba una carta y una denuncia de hechos sobre la desaparición de su hijo a manos de agentes investigadores del Estado mexicano.

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Esa fue la primera vez que la opinión pública supo de María del Rosario Ibarra de la Garza, esposa del doctor regiomontano Jesús Piedra Rosales, nacida en Saltillo, Coahuila, el 24 de febrero de 1927.

El joven Jesús Piedra Ibarra, de 21 años, estudiante de Medicina de la UANL, había sido detenido por supuesto secuestro y asesinato de un empresario. / Foto: Cuartoscuro

Su hijo, también de nombre Jesús, había sido detenido apenas el 18 de abril de ese mismo año por agentes de la Dirección Federal de Seguridad, comandada por Miguel Nazar Haro, como parte de la guerra emprendida contra los grupos guerrilleros que se extendían por el país.

El joven Piedra Ibarra, de 21 años, estudiante de Medicina de la UANL, había sido detenido junto con un grupo de muchachos integrantes de la incipiente Liga Comunista 23 de Septiembre, acusados de haber tomado parte en el secuestro y asesinato del empresario Eugenio Garza Sada ,el 17 de septiembre de 1973. Se sabía que, después de haber sido torturado, fue trasladado a la oficinas de la DFS en la Ciudad de México, pero a partir de ahí se perdió su rastro, sin que ninguna autoridad asumiera responsabilidad alguna en su desaparición.

Años antes, la familia Piedra Ibarra ya había sido investigada y agredida por agentes de investigación que buscaban a Jesús hijo, quien ya se encontraba en la clandestinidad. En 1973, tras el asesinato de Garza Sada, allanaron su casa y en 1974 volvieron a catearla, ahora con una agresión al doctor, al que le rompieron la columna vertebral.

 

 

El día de ese homenaje a Alfonso Reyes, el presidente Echeverría mandó a doña Rosario con el procurador Pedro Ojeda Paullada, sin que éste le resolviera absolutamente nada, y comenzó un peregrinar de décadas que incluyó a todos los presidentes de México de la era moderna sin que hasta el día de hoy, doña Rosario supiera qué fue de Jesús Piedra Ibarra.

Dispuesta a no callar y a seguir buscando a su hijo y a otros jóvenes guerrilleros, fundó en 1977 el Comité Pro-Defensa de Presos Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México, mejor conocido como Eureka. Comenzaron una labor de búsqueda y difusión pública, hasta donde se podía en ese entonces, de las fotografía de sus hijos, acosaban funcionarios de procuración de justicia, gobernadores, y nada.

Desde su creación el Comité ha logrado encontrar a más de 148 personas desaparecidas con vida. Una de las frases que se le atribuye a dicho comité es “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Comenzó una labor de búsqueda y difusión pública, hasta donde se podía en ese entonces, con fotografía de sus hijos. / Foto: Cuartoscuro

Lee también: ¿Quién es Giordano Bruno?, personaje que recordó AMLO tras fallecimiento de Rosario Ibarra

Doña Rosario tomaba información de presos políticos o de testimonios de sus familiares que le daban pistas encontradas sobre el paradero de su hijo dentro del Campo Militar Número Uno, o dentro del penal de Santa Martha Acatitla, lugares a donde acudía presurosa para intentar corroborar esos rumores, sin que nunca se le permitiera acceder a esas instituciones.

El 28 de agosto de 1978 comenzaron una huelga de hambre en las puertas de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Ellas querían llevarla a cabo dentro del templo, pero las autoridades eclesiales de la época no lo permitieron, por lo que su plantón quedó expuesto hacia la plaza del Zócalo.

Con la Ley de Amnistía del presidente José López Portillo, ese mismo año de 1978 fueron puestos en libertad mil 500 presos políticos, permitiendo el regreso de 57 exiliados al país y el desistimiento de más de dos mil órdenes de aprehensión. Mucho de ello debido a la presión de doña Rosario, quien, sin embargo, seguía sin encontrar a su hijo.

Nada pudo contener su búsqueda. Un año después de la huelga de hambre, el 28 de agosto de 1979, el comité Eureka logra reunir en la iglesia de San Hipólito de la ciudad de México a madres de desaparecidos de Jalisco, Sinaloa, Nuevo León, Guerrero, Puebla y la Ciudad de México, con gran cobertura mediática para la época.

El 10 de diciembre de ese mismo año organizan una marcha que reúne a más de 20 mil personas, lo que para la época era meritorio. De su original y nunca subordinado propósito de encontrar a sus hijos e hijas desaparecidos, logran ahora conformar el Frente Nacional contra la Represión por las Libertades Democráticas y la Solidaridad, que es el antecedente de las organizaciones de derechos humanos de la sociedad civil.

Cinco días después, de manera aleatoria y aparentemente sin un criterio claro, comenzaron a ser liberados detenidos en la guerra sucia, algunos de los cuales sus familiares daban ya por muertos al no tener noticia de su paradero.

Para 1982 su comité reportaba 525 personas desaparecidas, de ellas 33 eran mujeres, de las cuales tres estaban embarazadas al momento de desaparecer.

Todos sus reconocimientos, decía, no valían para ella tanto como la vida de su hijo. / Foto: Cuartoscuro

Ese año doña Rosario fue la primera mujer candidata a la Presidencia de México. Fue arropada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores, de filiación trotskista. Lo hizo, decía, más con un propósito de visibilización de su movimiento que por tener posibilidades reales de ganar. Fue diputada por ese partido y en 1988 nuevamente alcanzó la candidatura a la Presidencia de la República. Fue nominada al Premio Nobel de la Paz en cuatro ocasiones: 1986, 1987, 1989 y 2006.

En 21 de abril de 2003, la Fiscalía para investigar los hechos de la guerra sucia consigna a dos símbolos de las fuerzas policiacas que combatieron a las guerrillas en las décadas de los 70 y 80: Miguel Nazar Haro y Luis de la Barreda Moreno, ambos por la desaparición de Jesús Piedra Ibarra. Tras apelaciones legales, la Suprema Corte confirmó en noviembre de ese año que este tipo de delitos no prescriben y se procedió a su detención. Doña Rosario, sin embargo, no quedó conforme, quería saber de su hijo.

Impulsado por el Comité ¡Eureka! y el colectivo Hijos México, el Museo Casa de la Memoria Indómita abrió sus puertas el 19 de junio del 2012 para reivindicar a las personas víctimas de desaparición forzada (desaparecidas por motivos políticos).

El 23 de octubre de 2019, a 44 años de la desaparición de su hijo y cuando doña Rosario Ibarra tenía 92 años, el Pleno del Senado de la República aprobó otorgarle la Medalla de Honor Belisario Domínguez, pero siempre dijo que todos esos merecimientos no valían para ella tanto como la vida de su hijo jamás encontrado.


Los primeros días de mayo de 1975, durante un homenaje a Alfonso Reyes en la tercera sección del Bosque de Chapultepec, presidida por el presidente de la República, Luis Echeverría, una mujer menudita se le acercó, decidida, y a pesar de las negativas del Estado Mayor Presidencial: era doña Rosario Ibarra de Piedra, entonces de 48 años de edad, quien le entregaba una carta y una denuncia de hechos sobre la desaparición de su hijo a manos de agentes investigadores del Estado mexicano.

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Esa fue la primera vez que la opinión pública supo de María del Rosario Ibarra de la Garza, esposa del doctor regiomontano Jesús Piedra Rosales, nacida en Saltillo, Coahuila, el 24 de febrero de 1927.

El joven Jesús Piedra Ibarra, de 21 años, estudiante de Medicina de la UANL, había sido detenido por supuesto secuestro y asesinato de un empresario. / Foto: Cuartoscuro

Su hijo, también de nombre Jesús, había sido detenido apenas el 18 de abril de ese mismo año por agentes de la Dirección Federal de Seguridad, comandada por Miguel Nazar Haro, como parte de la guerra emprendida contra los grupos guerrilleros que se extendían por el país.

El joven Piedra Ibarra, de 21 años, estudiante de Medicina de la UANL, había sido detenido junto con un grupo de muchachos integrantes de la incipiente Liga Comunista 23 de Septiembre, acusados de haber tomado parte en el secuestro y asesinato del empresario Eugenio Garza Sada ,el 17 de septiembre de 1973. Se sabía que, después de haber sido torturado, fue trasladado a la oficinas de la DFS en la Ciudad de México, pero a partir de ahí se perdió su rastro, sin que ninguna autoridad asumiera responsabilidad alguna en su desaparición.

Años antes, la familia Piedra Ibarra ya había sido investigada y agredida por agentes de investigación que buscaban a Jesús hijo, quien ya se encontraba en la clandestinidad. En 1973, tras el asesinato de Garza Sada, allanaron su casa y en 1974 volvieron a catearla, ahora con una agresión al doctor, al que le rompieron la columna vertebral.

 

 

El día de ese homenaje a Alfonso Reyes, el presidente Echeverría mandó a doña Rosario con el procurador Pedro Ojeda Paullada, sin que éste le resolviera absolutamente nada, y comenzó un peregrinar de décadas que incluyó a todos los presidentes de México de la era moderna sin que hasta el día de hoy, doña Rosario supiera qué fue de Jesús Piedra Ibarra.

Dispuesta a no callar y a seguir buscando a su hijo y a otros jóvenes guerrilleros, fundó en 1977 el Comité Pro-Defensa de Presos Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México, mejor conocido como Eureka. Comenzaron una labor de búsqueda y difusión pública, hasta donde se podía en ese entonces, de las fotografía de sus hijos, acosaban funcionarios de procuración de justicia, gobernadores, y nada.

Desde su creación el Comité ha logrado encontrar a más de 148 personas desaparecidas con vida. Una de las frases que se le atribuye a dicho comité es “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Comenzó una labor de búsqueda y difusión pública, hasta donde se podía en ese entonces, con fotografía de sus hijos. / Foto: Cuartoscuro

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Doña Rosario tomaba información de presos políticos o de testimonios de sus familiares que le daban pistas encontradas sobre el paradero de su hijo dentro del Campo Militar Número Uno, o dentro del penal de Santa Martha Acatitla, lugares a donde acudía presurosa para intentar corroborar esos rumores, sin que nunca se le permitiera acceder a esas instituciones.

El 28 de agosto de 1978 comenzaron una huelga de hambre en las puertas de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Ellas querían llevarla a cabo dentro del templo, pero las autoridades eclesiales de la época no lo permitieron, por lo que su plantón quedó expuesto hacia la plaza del Zócalo.

Con la Ley de Amnistía del presidente José López Portillo, ese mismo año de 1978 fueron puestos en libertad mil 500 presos políticos, permitiendo el regreso de 57 exiliados al país y el desistimiento de más de dos mil órdenes de aprehensión. Mucho de ello debido a la presión de doña Rosario, quien, sin embargo, seguía sin encontrar a su hijo.

Nada pudo contener su búsqueda. Un año después de la huelga de hambre, el 28 de agosto de 1979, el comité Eureka logra reunir en la iglesia de San Hipólito de la ciudad de México a madres de desaparecidos de Jalisco, Sinaloa, Nuevo León, Guerrero, Puebla y la Ciudad de México, con gran cobertura mediática para la época.

El 10 de diciembre de ese mismo año organizan una marcha que reúne a más de 20 mil personas, lo que para la época era meritorio. De su original y nunca subordinado propósito de encontrar a sus hijos e hijas desaparecidos, logran ahora conformar el Frente Nacional contra la Represión por las Libertades Democráticas y la Solidaridad, que es el antecedente de las organizaciones de derechos humanos de la sociedad civil.

Cinco días después, de manera aleatoria y aparentemente sin un criterio claro, comenzaron a ser liberados detenidos en la guerra sucia, algunos de los cuales sus familiares daban ya por muertos al no tener noticia de su paradero.

Para 1982 su comité reportaba 525 personas desaparecidas, de ellas 33 eran mujeres, de las cuales tres estaban embarazadas al momento de desaparecer.

Todos sus reconocimientos, decía, no valían para ella tanto como la vida de su hijo. / Foto: Cuartoscuro

Ese año doña Rosario fue la primera mujer candidata a la Presidencia de México. Fue arropada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores, de filiación trotskista. Lo hizo, decía, más con un propósito de visibilización de su movimiento que por tener posibilidades reales de ganar. Fue diputada por ese partido y en 1988 nuevamente alcanzó la candidatura a la Presidencia de la República. Fue nominada al Premio Nobel de la Paz en cuatro ocasiones: 1986, 1987, 1989 y 2006.

En 21 de abril de 2003, la Fiscalía para investigar los hechos de la guerra sucia consigna a dos símbolos de las fuerzas policiacas que combatieron a las guerrillas en las décadas de los 70 y 80: Miguel Nazar Haro y Luis de la Barreda Moreno, ambos por la desaparición de Jesús Piedra Ibarra. Tras apelaciones legales, la Suprema Corte confirmó en noviembre de ese año que este tipo de delitos no prescriben y se procedió a su detención. Doña Rosario, sin embargo, no quedó conforme, quería saber de su hijo.

Impulsado por el Comité ¡Eureka! y el colectivo Hijos México, el Museo Casa de la Memoria Indómita abrió sus puertas el 19 de junio del 2012 para reivindicar a las personas víctimas de desaparición forzada (desaparecidas por motivos políticos).

El 23 de octubre de 2019, a 44 años de la desaparición de su hijo y cuando doña Rosario Ibarra tenía 92 años, el Pleno del Senado de la República aprobó otorgarle la Medalla de Honor Belisario Domínguez, pero siempre dijo que todos esos merecimientos no valían para ella tanto como la vida de su hijo jamás encontrado.


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