/ domingo 5 de agosto de 2018

Servidores públicos, ‘Vivir fuera del presupuesto…’

Son cientos. Son miles. Millones en toda la República Mexicana. Son los servidores públicos, los empleados de gobierno, los funcionarios: los burócratas; los que conocen nuestra intimidad pública –si la hay—; los que tienen en sus manos el ‘sí’ o el ‘no’ de tal o cual trámite; el “ahorita lo arreglo” o el “vuelva usted dentro de seis meses”, para este u otro asunto que hay que arreglar para que la vida de todos camine con los procedimientos de ley y dentro de la ley, o hasta para ponerse guapo si hay que pagar alguna infracción cometida o no.

En general, la imagen que se tiene de los trabajadores de gobierno es la más inmediata, la del hombre o mujer que están en la ventanilla o en el mostrador de atención al público, la de la cajera que nos cobra o la del señor que está metido en una oficina de cristal y que mira a todos los demás, mientras los seres humanos, de a pie, nos agolpamos ahí, a la espera de ser llamados para exponer nuestro caso, que en este caso, es el más importante de todos, porque es ‘nuestro caso’…

También está la imagen del burócrata que prefiere comer su torta y su atole matutinos, escondido detrás de la pila de expedientes y de espaldas a la multitud que espera angustiada que se siga su trámite o conocer en qué punto se encuentra éste…; o las que chismean sus ‘intimidades corrosivas’, o el capítulo de ayer de la telenovela o “¿Viste lo que hizo ese desgraciado de Luisito Rey a Luismi?”. Mientras que la multitud espera afuera de la barandilla, otra multitud adentro de la barandilla trabaja: “La mecanógrafa, la mecanógrafa, que cuando escribe, escribe a ritmo de cha-chá…”

Los hay también que temprano llegan y ocupan su lugar, acomodan sus cosas a un lado, cuelgan su saco o su abriguito si es ella, se frotan las manos, soplan un poco sobre ellas, se sientan, miran su escritorio y los papeles que hay en él e inician la chinga, a pie juntillas, con esmero, con entrega y con ganas de terminar pronto para salir pronto y llegar a casa pronto para comer o hacer la comida y estar toda la vida que dura una tarde, con los hijos…

Son estos los que atienden con amabilidad al público, al necio e insistente público que pregunta y pregunta y pregunta y se enoja si las cosas no son como quería y quien luego agradece porque recibió buena atención, de esa atención que se congratula porque uno paga y recibe la retribución a ese pago:

Son los servidores que piensan en uno como en seres humanos y no masa o estorbo; son los que no se sienten la ‘divina garza’, ni los que, con cara de hígado encebollado, regañan a quienes les molestan en su espacio de comodidad. Sí, son los que reciben con dignidad cada mes su sueldo depositado en su tarjeta de débito de la que saldrá la digna medianía necesaria para ser feliz y para hacer feliz a la familia: son los que merecen un “A la bío, a la bao, a la bim-bom-bam-el empleado-el empleado: ra-ra-rá".

Pues eso: ahí están todos los días de nuestra vida pasajera. Y están ahí porque la administración pública requiere fuerza de trabajo, inteligencia, un poco de gracia y otra cosita.

Pero no se crea que el funcionario público-el servidor público-el burócrata es nada más el que atiende nuestras necesidades urgentes; no, no y no: también los hay que ocupan oficinas cerradas al público en las que revisan, califican, desarrollan proyectos y propuestas y soluciones, escriben, analizan y trabajan para organizar la administración pública federal, la estatal o la municipal.

También los hay que trabajan en “dependencias autónomas” y que perciben, asimismo, salarios del erario público, o lo que es lo mismo: lo que pagamos con nuestros impuestos, con nuestras contribuciones, con nuestro sudor en la frente, con el dolor de espalda o con las manos callosas o con el arriesgue de inversión, el comercio, los servicios y con las articulaciones que piden auxilio y los pies hinchados metidos en una tinita con agua caliente por las noches: con todo eso, pues.

Hay funcionarios públicos-servidores públicos-burócratas, de todos los niveles, para todo y por todo. Los hay que trabajan en secretarías ‘cucas’; son los que usan loción de marca, traje de marca, corbata de marca, camisa o blusita de marca y todo de marca, porque hay de donde pagar eso y porque ahí ‘la presencia importa mucho’. Secretarías como, por ejemplo, la de Relaciones Exteriores, o la de Hacienda –en sus niveles de espuma-.

Hay miles que salen a la calle a solucionar problemas a domicilio ‘oficial’, o los que enfrentan la seguridad o inseguridad del lugar, como son los policías o vigilantes de calle. Los hay que tienen que entrar en la noche y salir en la mañana, o los que trabajan fines de semana mientras los demás seres humanos se visten de domingo…

Es una multitud la que trabaja para la administración pública. A saber:

Según el Censo de Gobierno Federal 2017 hay 1 millón 100 mil trabajadores de gobierno en todas las dependencias del orden federal, con base o sindicalizados. Pero resulta que esta cifra es sólo federal. También hay servidores públicos en el orden estatal –en los distintos estados de la República-- y que serían 2, 233,749, así como también del orden municipal y que son 993,583. Esto haría 4,327,332 burócratas en todo el país.

Y esta multitud está, asimismo, estructurada en niveles, digámoslo en una forma básica, en los que hay una especie de división de clases (¡perdón-perdón Karl Marx!): Están los de la espuma, que son los jefazos de jefazos de jefazos. Son los supremos; la delicatesen, los responsables de lo que pase y lo que ocurra, aunque no siempre asumen errores. Es ‘la alta burocracia’.

Luego los segundos de a bordo, que también son jefes de jefes, luego los jefes, así nomás, y luego los aspirantes a jefe y, al final, pues, eso: la tropa de ataque.

Y en razón a esa escala, se pagan los sueldos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), los salarios del gobierno mexicano para la alta burocracia son más elevados que la de los estadounidenses, suizos, franceses, noruegos y casi todos los países de esta Organización. Las remuneraciones de esa alta burocracia mexicana es sólo superada por los colombianos (según datos de “Government at a glance 2017”.)

Y según este reporte, debajo de las remuneraciones de los altos funcionarios mexicanos en proporción al PIB per cápita del país, están las de los canadienses, franceses, suizos y estadounidenses. Los funcionarios menos pagados en relación con el PIB per cápita de sus países son los islandeses y noruegos. Por supuesto que estamos hablando de los jefes de jefes de jefes.

Luego vienen los jefes de segundo plano que también reciben piscachas sustantivas, y de ahí para abajo, hasta el humilde trabajador que recibe sueldos elementales.

Pero todos están ahí, expuestos a la virtud del vivir con el honorable sueldo que se recibe y salir con la cabeza digna por las calles y caminarlas ‘sin parar, de arriba-abajo-de arriba-abajo’. O los que estiran la mano para llevar caviar beluga a sus hogares, y que combinarán con sopes y Lulús de grosella.

Pero ya está digerida la jalea. Según el ‘virtual presidente electo’, Andrés Manuel López Obrador, en cuanto llegue a la presidencia el 1 de diciembre próximo, iniciará un proceso de reducción salarial a la ‘alta burocracia’. Esto es, que ninguno debe ganar más que el presidente del país y el presidente del país ganarán 108 mil pesos mensuales, en monedas del cuño corriente.

Y además que adelgazará la burocracia quitándole pelos a la sopa pues –asegura- hay gente que duplica funciones, o trabajadores que son eventuales y a los que se crearon puestos de trabajo o por honorarios. Esto son, según INEGI: 317 mil 879 trabajadores con plazas de confianza del gobierno federal, 117 mil 323 eventuales y además 15 mil 507 bajo el régimen de honorarios. Además de los que hay en el resto del país en la estructura administrativa de los gobiernos estatales o municipales.

Rebajar salarios a los ‘¡Rotos fufurufos!” de la burocracia será una tarea de titanes. De hecho ya algunos de ellos pegaron el brinco, en particular los Ministros de la Tremenda Corte, y los Consejeros del Instituto Nacional Electoral, que dicen que acatarán las leyes pero que…

Y siguiendo ‘los tres movimientos de FAB’, también promete descentralizar a las oficinas de gobierno a otros estados de la Republica, con lo que acaba de darle chirrín, ahora sí, efectivamente a lo que fue el Distrito Federal. Eso está en el tintero y lo veremos… Por ahora…

Es tiempo de amor y paz. Es tiempo de decir ‘sí’ a lo que se propone, como en los noviazgos bien avenidos, como cuando ‘comienza por un dedito y la mano agarró, se trepó por un bracito y…’. No importa. Si importa.

La burocracia mexicana está hecha de seres humanos. Hombres y mujeres de trabajo casi siempre. Y hay ahí gente de a pie, la que llega corriendo a checar, la que sabe ganarse el sueldo con el sudor de su frente, con la angustia cotidiana de navegar en aguas turbulentas, la que sabe que su trabajo es el de servicio –servidor público, pues—y que ese servicio merece la mejor atención. Los hay ahí, y muchos.

Y muchos que saben que conseguir trabajo cuesta trabajo y que no hay que esmerarse en perderlo… aun aquellos que nos miran de lado o que nos hablan sin mirarnos porque somos, los solicitantes del servicio, la cruz de sus todos los días, aun para ellos y para sus jefes y para los jefes de los jefes y para el jefe de jefes: para todos hay subida al cielo…

“¡El jefe es el jefe, y aunque no tenga la razón, el jefe es el jefe!”


jhsantiago@prodigy.net.mx

Son cientos. Son miles. Millones en toda la República Mexicana. Son los servidores públicos, los empleados de gobierno, los funcionarios: los burócratas; los que conocen nuestra intimidad pública –si la hay—; los que tienen en sus manos el ‘sí’ o el ‘no’ de tal o cual trámite; el “ahorita lo arreglo” o el “vuelva usted dentro de seis meses”, para este u otro asunto que hay que arreglar para que la vida de todos camine con los procedimientos de ley y dentro de la ley, o hasta para ponerse guapo si hay que pagar alguna infracción cometida o no.

En general, la imagen que se tiene de los trabajadores de gobierno es la más inmediata, la del hombre o mujer que están en la ventanilla o en el mostrador de atención al público, la de la cajera que nos cobra o la del señor que está metido en una oficina de cristal y que mira a todos los demás, mientras los seres humanos, de a pie, nos agolpamos ahí, a la espera de ser llamados para exponer nuestro caso, que en este caso, es el más importante de todos, porque es ‘nuestro caso’…

También está la imagen del burócrata que prefiere comer su torta y su atole matutinos, escondido detrás de la pila de expedientes y de espaldas a la multitud que espera angustiada que se siga su trámite o conocer en qué punto se encuentra éste…; o las que chismean sus ‘intimidades corrosivas’, o el capítulo de ayer de la telenovela o “¿Viste lo que hizo ese desgraciado de Luisito Rey a Luismi?”. Mientras que la multitud espera afuera de la barandilla, otra multitud adentro de la barandilla trabaja: “La mecanógrafa, la mecanógrafa, que cuando escribe, escribe a ritmo de cha-chá…”

Los hay también que temprano llegan y ocupan su lugar, acomodan sus cosas a un lado, cuelgan su saco o su abriguito si es ella, se frotan las manos, soplan un poco sobre ellas, se sientan, miran su escritorio y los papeles que hay en él e inician la chinga, a pie juntillas, con esmero, con entrega y con ganas de terminar pronto para salir pronto y llegar a casa pronto para comer o hacer la comida y estar toda la vida que dura una tarde, con los hijos…

Son estos los que atienden con amabilidad al público, al necio e insistente público que pregunta y pregunta y pregunta y se enoja si las cosas no son como quería y quien luego agradece porque recibió buena atención, de esa atención que se congratula porque uno paga y recibe la retribución a ese pago:

Son los servidores que piensan en uno como en seres humanos y no masa o estorbo; son los que no se sienten la ‘divina garza’, ni los que, con cara de hígado encebollado, regañan a quienes les molestan en su espacio de comodidad. Sí, son los que reciben con dignidad cada mes su sueldo depositado en su tarjeta de débito de la que saldrá la digna medianía necesaria para ser feliz y para hacer feliz a la familia: son los que merecen un “A la bío, a la bao, a la bim-bom-bam-el empleado-el empleado: ra-ra-rá".

Pues eso: ahí están todos los días de nuestra vida pasajera. Y están ahí porque la administración pública requiere fuerza de trabajo, inteligencia, un poco de gracia y otra cosita.

Pero no se crea que el funcionario público-el servidor público-el burócrata es nada más el que atiende nuestras necesidades urgentes; no, no y no: también los hay que ocupan oficinas cerradas al público en las que revisan, califican, desarrollan proyectos y propuestas y soluciones, escriben, analizan y trabajan para organizar la administración pública federal, la estatal o la municipal.

También los hay que trabajan en “dependencias autónomas” y que perciben, asimismo, salarios del erario público, o lo que es lo mismo: lo que pagamos con nuestros impuestos, con nuestras contribuciones, con nuestro sudor en la frente, con el dolor de espalda o con las manos callosas o con el arriesgue de inversión, el comercio, los servicios y con las articulaciones que piden auxilio y los pies hinchados metidos en una tinita con agua caliente por las noches: con todo eso, pues.

Hay funcionarios públicos-servidores públicos-burócratas, de todos los niveles, para todo y por todo. Los hay que trabajan en secretarías ‘cucas’; son los que usan loción de marca, traje de marca, corbata de marca, camisa o blusita de marca y todo de marca, porque hay de donde pagar eso y porque ahí ‘la presencia importa mucho’. Secretarías como, por ejemplo, la de Relaciones Exteriores, o la de Hacienda –en sus niveles de espuma-.

Hay miles que salen a la calle a solucionar problemas a domicilio ‘oficial’, o los que enfrentan la seguridad o inseguridad del lugar, como son los policías o vigilantes de calle. Los hay que tienen que entrar en la noche y salir en la mañana, o los que trabajan fines de semana mientras los demás seres humanos se visten de domingo…

Es una multitud la que trabaja para la administración pública. A saber:

Según el Censo de Gobierno Federal 2017 hay 1 millón 100 mil trabajadores de gobierno en todas las dependencias del orden federal, con base o sindicalizados. Pero resulta que esta cifra es sólo federal. También hay servidores públicos en el orden estatal –en los distintos estados de la República-- y que serían 2, 233,749, así como también del orden municipal y que son 993,583. Esto haría 4,327,332 burócratas en todo el país.

Y esta multitud está, asimismo, estructurada en niveles, digámoslo en una forma básica, en los que hay una especie de división de clases (¡perdón-perdón Karl Marx!): Están los de la espuma, que son los jefazos de jefazos de jefazos. Son los supremos; la delicatesen, los responsables de lo que pase y lo que ocurra, aunque no siempre asumen errores. Es ‘la alta burocracia’.

Luego los segundos de a bordo, que también son jefes de jefes, luego los jefes, así nomás, y luego los aspirantes a jefe y, al final, pues, eso: la tropa de ataque.

Y en razón a esa escala, se pagan los sueldos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), los salarios del gobierno mexicano para la alta burocracia son más elevados que la de los estadounidenses, suizos, franceses, noruegos y casi todos los países de esta Organización. Las remuneraciones de esa alta burocracia mexicana es sólo superada por los colombianos (según datos de “Government at a glance 2017”.)

Y según este reporte, debajo de las remuneraciones de los altos funcionarios mexicanos en proporción al PIB per cápita del país, están las de los canadienses, franceses, suizos y estadounidenses. Los funcionarios menos pagados en relación con el PIB per cápita de sus países son los islandeses y noruegos. Por supuesto que estamos hablando de los jefes de jefes de jefes.

Luego vienen los jefes de segundo plano que también reciben piscachas sustantivas, y de ahí para abajo, hasta el humilde trabajador que recibe sueldos elementales.

Pero todos están ahí, expuestos a la virtud del vivir con el honorable sueldo que se recibe y salir con la cabeza digna por las calles y caminarlas ‘sin parar, de arriba-abajo-de arriba-abajo’. O los que estiran la mano para llevar caviar beluga a sus hogares, y que combinarán con sopes y Lulús de grosella.

Pero ya está digerida la jalea. Según el ‘virtual presidente electo’, Andrés Manuel López Obrador, en cuanto llegue a la presidencia el 1 de diciembre próximo, iniciará un proceso de reducción salarial a la ‘alta burocracia’. Esto es, que ninguno debe ganar más que el presidente del país y el presidente del país ganarán 108 mil pesos mensuales, en monedas del cuño corriente.

Y además que adelgazará la burocracia quitándole pelos a la sopa pues –asegura- hay gente que duplica funciones, o trabajadores que son eventuales y a los que se crearon puestos de trabajo o por honorarios. Esto son, según INEGI: 317 mil 879 trabajadores con plazas de confianza del gobierno federal, 117 mil 323 eventuales y además 15 mil 507 bajo el régimen de honorarios. Además de los que hay en el resto del país en la estructura administrativa de los gobiernos estatales o municipales.

Rebajar salarios a los ‘¡Rotos fufurufos!” de la burocracia será una tarea de titanes. De hecho ya algunos de ellos pegaron el brinco, en particular los Ministros de la Tremenda Corte, y los Consejeros del Instituto Nacional Electoral, que dicen que acatarán las leyes pero que…

Y siguiendo ‘los tres movimientos de FAB’, también promete descentralizar a las oficinas de gobierno a otros estados de la Republica, con lo que acaba de darle chirrín, ahora sí, efectivamente a lo que fue el Distrito Federal. Eso está en el tintero y lo veremos… Por ahora…

Es tiempo de amor y paz. Es tiempo de decir ‘sí’ a lo que se propone, como en los noviazgos bien avenidos, como cuando ‘comienza por un dedito y la mano agarró, se trepó por un bracito y…’. No importa. Si importa.

La burocracia mexicana está hecha de seres humanos. Hombres y mujeres de trabajo casi siempre. Y hay ahí gente de a pie, la que llega corriendo a checar, la que sabe ganarse el sueldo con el sudor de su frente, con la angustia cotidiana de navegar en aguas turbulentas, la que sabe que su trabajo es el de servicio –servidor público, pues—y que ese servicio merece la mejor atención. Los hay ahí, y muchos.

Y muchos que saben que conseguir trabajo cuesta trabajo y que no hay que esmerarse en perderlo… aun aquellos que nos miran de lado o que nos hablan sin mirarnos porque somos, los solicitantes del servicio, la cruz de sus todos los días, aun para ellos y para sus jefes y para los jefes de los jefes y para el jefe de jefes: para todos hay subida al cielo…

“¡El jefe es el jefe, y aunque no tenga la razón, el jefe es el jefe!”


jhsantiago@prodigy.net.mx

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