/ sábado 30 de junio de 2018

Una conversación con La China Mendoza

Lo mío es ser reportera, escritora, cronista y novelista; estudié en la Universidad Femenina

“Era yo muy chamaca, tú. Tuve que trabajar muy chica. Y estaba en Zócalo cuando llegó Alfredo Kawage, hombrón impresionante que con vozarrón preguntó: ¿Quién leyó a Proust? ¡Yo, señor!, le respondí toda temblorosa, pero muy segura. “¡Venga para acá!”. Y me llevó a su oficina.


Formidable periodista aquel Kawage. Visión y talento. Audaz. ¿Cómo se le ocurrió rebautizar “rojotones” a los profesores que seguían al líder Othón Salazar? Le nacían los periodicos. Tabloide y La Capital . Una suerte de New Yorker. De humor muy cambiante. Elevaba y corría al mismo tiempo.


Con Enrique Ramírez y Ramírez me hice reportera, escritora, cronista y novelista. Era lo mío. Desde que estudié en la Universidad Femenina. La que fundó la señora Adela Formoso De Obregón Santacilia.


Mis viajes los propició el periodismo. Aunque tuve que ganar —el duro pan de los periodistas honrados y muy mal pagados— mi sustento en agencias de publicidad. De copy writer. ¡Uh! Muchos de mi generación pasaron por ese trance. Ahí está Fernando del Paso. El autor de José Trigo y Noticias del Imperio produjo anuncios de la fibra Crolan. Derivado del nailon. Del banlon. De la CelaneseMexicana.


Y no me hagas caso, pero dicen que Gabriel García Márquez entregó al mundo la frase: “Yo sin Kleenex no puedo vivir”. ¡Hummm! Gabriel. Gabo. Fue testigo de una de mis bodas. Como Carlos Fuentes. Entonces no éramos famosos. Todos nos teníamos admiración y aliento. Festejábamos los éxitos. Nos queríamos. Gabo.



¿Sabes que estuve en el lugar y en el momento en que García Márquez y Vargas Llosa se pelearon? Se dieron de cates. Se liaron a trompadas. Se fueron a los trancazos. Se traían. Se dieron con ganas. Uno se queda de “a seis”. Atolondrado, pasmado, cariacontecido, perplejo, como convidado de piedra. Y ahí estaba el muy golpeado Gabo. Y hubo que ir a comprar algo de carne cruda, un bistec, un trozo de carne de res para convertirla en cataplasma para curar el ojo de Gabo.


Tan asombrados estábamos que hubo quien aconsejó ir a una tienda de hamburguesas. ¡No abundaban como ahora! Alguien acertó. Más tarde rematamos en mi casa. Vivía en Sabino, en la Santa María. Con gatos. Y con la fachada de mi casa con ventanales. Ganaban la calle.


Me encantaba recibir a mis amigos. Carmen Parra —una gran pintora y amiga total—, René Avilés Fabila, gran hermano mío. ¡Cómo me procura! Tiene un gran corazón. Con José Agustín, con Gustavo Sáinz y con Parménides García Saldaña hice gran amistad.


Los de la Literatura de la Onda me respetan y quieren. Son “padrísimos”. Así los definió Salvador Novo. Y los vi llegar al Centro Mexicano de Escritores. Con Juan Rulfo. Y con Salvador Elizondo. ¡Durísimo crítico, Elizondo! Me hacía sufrir. Y a muchos más. Leías tu producción semanal y Elizondo —con su voz nasal y su mirada que traspasaba— la reducía a la nada. Como si se propusiera desalentar al narrador. Era muy exigente.


Me apapachaba, me consolaba, me estimulaba con palabras balsámicas mi inolvidable hermanito Héctor Azar. Tan lleno de afecto. Trabajador e imaginativo. Héctor Azar creó el “CADAC”. Que hubiera grandes actores, como Ignacio López Tarso. ¿Lo viste enMoctezuma II? ¿Nooo? Nacho tenía unas piernas poderosas, firmes, unas columnas armoniosas. Se adueñaba de la escena. Como en El Precio, de Arthur Miller. Actor vigoroso y versátil.


Héctor Azar. Si de la muerte de alguien se hablaba, Héctor solía resumir: “¡Todos estamos en la misma fila! ¡Todos! ¡Nomás no empujen! Héctor me hizo una gran fiesta en su Atlixco. Con adornos y luces muy pueblerinas. Que quieres. Yo soy una provinciana. Una mujer que nació en Guanajuato y guarda con solemnidad —como tesoros— escenas, calles, fachadas, perfiles, tiples, refranes, leyendas de mi terruño. Tengo tan presente las marchas, los pasos, los andares de los mineros. Hombres que parecian guardar su propia sombra. Ahí iban: oscuros y fijos, determinados y distantes. Con sus pesadas botas que producían pasos inapelables, con sus ropas de mezclilla, con sus cascos y sus lámparas de luz blanca. Imponían. Uno los respetaba.

En Guanajuato todos nos respetábamos. Mi buen padre, tan trabajador, t

an honrado. Mi madre, tan meticulosa. “¡Lávate muy bien las arcas!”, recomendaba. Arcas llamaba a las axilas. En la casa todo tenía un nombre. La familia se reunía. Se trataban los primos. Se alentaban estudios y vocaciones. Las tradiciones. Misas, bautizos, muertes. En familia se aprendía a llorar por los difuntos. A respetar a los grandes.


¿Te acuerdas del día que ya yo diputada federal me puse a defender a don Blas Chumacero? Ya estaba muy viejito. ¿Era mayor que don Fidel Velázquez? Ya ni me acuerdo. Pero clarito vi que todos los reporteros iban a llevarse por delante a don Blas. Que les grito. Los contuve. Y me puse frente a su curul. Esa legislatura, la LIII, fue histórica. Con Luis Donaldo Colosio, Fernando Ortiz Arana, Eliseo Mendoza Berrueto y Elba Esther Gordillo. ¡Yo fui muy feliz en mi calidad de diputada federal! Gané tras tocar puerta por puerta en Guanajuato. Ejercí mi trabajo en las comisiones.


Luego dirigí el Zoológico de Chapultepec. Adoré ese cargo. Yo amo a los animales. Curo, sano, alimento perros callejeros. Curo su sarna. Vigilo sus llagas. Los quiero. Algunos me han mordido, ya no digas la mano, la cara. Mírame bien, tengo cicatrices. Pero aquí están. Se trepan a mi cama, asaltan mi mesa, se me echan encima. Los aguanto. Quiero mucho a estos perros. No los saco a pasear. Ya no puedo caminar. La pierna, tú. Se me quebró. Ya no quede bien. Camino torcida, de lado, con dificultad. Camino “como chencha”. Hubo una guaracha que decía así: “camina como chencha”. No te creas, no me rindo.


Yo no me quiero morir. A cada rato veo al doctor Ibarra, director del Instituto Nacional de Rehabilitación. Lo veo en su consultorio de la colonia Roma. Un ángel, eso es el doctor Ibarra. Dirige ese centro desde que el doctor Jesús Kumate lo fundó. Hace unos días vio mis apuros económicos y me sugirió sibilinamente: “¿Qué tal si nos buscamos un maridito, China?” Me dio un ataque de risa. ¿Un maridito a estas alturas? Con lo poco que gano pago a mis médicos y compro lo que me recetan.


Pero, ¡qué mal nos pagan a los periodistas! Y mi mundo de escritora, de creadora monopolizado. Becas, premios, viajes, aplausos y homenajes para unos cuantos. ¡Siempre los mismos! Oye, no se vale, no es justo. Uno ha hecho, uno hace. Traté a Ricardo Garibay. ¡Qué bien escribía Ricardo! Y se gastaba cada puntada...


Yo quiero mucho a mi país. Admiro su buen cine. En el pasado lo defendí. Me emocionó saludar el otro día al Presidente de la República. En Antropología. Se detuvo muy amable para saludarme. Con Echeverría pude quedarme unos días en Chile. “Observen el trabajo del presidente Salvador Allende”, nos recomendó. Y nos quedamos.


En esos días hubo una gran inundación en Guanajuato. Y llegó la esposa del Presidente a barrer las calles de mi pueblo. Doña María Esther Zuno era única, cariñosa, generosa y enérgica. Mujer jalisciense, de provincia. Cultivadora y protectora de lo nuestro.


Platico contigo y me llegan como en alud, como apresurados, como muy urgidos, muchos recuerdos. Días de mi vida. Memorias con rostro. Como Jorge Díaz Serrano, que era un caballero, hombre muy fino. Con él y con su esposa hice algunos viajes. Y lo visité en la cárcel. Hasta que él me lo prohibió. ¿Qué cosas, verdad? Otro día seguiremos la plática. Adiós.




“Era yo muy chamaca, tú. Tuve que trabajar muy chica. Y estaba en Zócalo cuando llegó Alfredo Kawage, hombrón impresionante que con vozarrón preguntó: ¿Quién leyó a Proust? ¡Yo, señor!, le respondí toda temblorosa, pero muy segura. “¡Venga para acá!”. Y me llevó a su oficina.


Formidable periodista aquel Kawage. Visión y talento. Audaz. ¿Cómo se le ocurrió rebautizar “rojotones” a los profesores que seguían al líder Othón Salazar? Le nacían los periodicos. Tabloide y La Capital . Una suerte de New Yorker. De humor muy cambiante. Elevaba y corría al mismo tiempo.


Con Enrique Ramírez y Ramírez me hice reportera, escritora, cronista y novelista. Era lo mío. Desde que estudié en la Universidad Femenina. La que fundó la señora Adela Formoso De Obregón Santacilia.


Mis viajes los propició el periodismo. Aunque tuve que ganar —el duro pan de los periodistas honrados y muy mal pagados— mi sustento en agencias de publicidad. De copy writer. ¡Uh! Muchos de mi generación pasaron por ese trance. Ahí está Fernando del Paso. El autor de José Trigo y Noticias del Imperio produjo anuncios de la fibra Crolan. Derivado del nailon. Del banlon. De la CelaneseMexicana.


Y no me hagas caso, pero dicen que Gabriel García Márquez entregó al mundo la frase: “Yo sin Kleenex no puedo vivir”. ¡Hummm! Gabriel. Gabo. Fue testigo de una de mis bodas. Como Carlos Fuentes. Entonces no éramos famosos. Todos nos teníamos admiración y aliento. Festejábamos los éxitos. Nos queríamos. Gabo.



¿Sabes que estuve en el lugar y en el momento en que García Márquez y Vargas Llosa se pelearon? Se dieron de cates. Se liaron a trompadas. Se fueron a los trancazos. Se traían. Se dieron con ganas. Uno se queda de “a seis”. Atolondrado, pasmado, cariacontecido, perplejo, como convidado de piedra. Y ahí estaba el muy golpeado Gabo. Y hubo que ir a comprar algo de carne cruda, un bistec, un trozo de carne de res para convertirla en cataplasma para curar el ojo de Gabo.


Tan asombrados estábamos que hubo quien aconsejó ir a una tienda de hamburguesas. ¡No abundaban como ahora! Alguien acertó. Más tarde rematamos en mi casa. Vivía en Sabino, en la Santa María. Con gatos. Y con la fachada de mi casa con ventanales. Ganaban la calle.


Me encantaba recibir a mis amigos. Carmen Parra —una gran pintora y amiga total—, René Avilés Fabila, gran hermano mío. ¡Cómo me procura! Tiene un gran corazón. Con José Agustín, con Gustavo Sáinz y con Parménides García Saldaña hice gran amistad.


Los de la Literatura de la Onda me respetan y quieren. Son “padrísimos”. Así los definió Salvador Novo. Y los vi llegar al Centro Mexicano de Escritores. Con Juan Rulfo. Y con Salvador Elizondo. ¡Durísimo crítico, Elizondo! Me hacía sufrir. Y a muchos más. Leías tu producción semanal y Elizondo —con su voz nasal y su mirada que traspasaba— la reducía a la nada. Como si se propusiera desalentar al narrador. Era muy exigente.


Me apapachaba, me consolaba, me estimulaba con palabras balsámicas mi inolvidable hermanito Héctor Azar. Tan lleno de afecto. Trabajador e imaginativo. Héctor Azar creó el “CADAC”. Que hubiera grandes actores, como Ignacio López Tarso. ¿Lo viste enMoctezuma II? ¿Nooo? Nacho tenía unas piernas poderosas, firmes, unas columnas armoniosas. Se adueñaba de la escena. Como en El Precio, de Arthur Miller. Actor vigoroso y versátil.


Héctor Azar. Si de la muerte de alguien se hablaba, Héctor solía resumir: “¡Todos estamos en la misma fila! ¡Todos! ¡Nomás no empujen! Héctor me hizo una gran fiesta en su Atlixco. Con adornos y luces muy pueblerinas. Que quieres. Yo soy una provinciana. Una mujer que nació en Guanajuato y guarda con solemnidad —como tesoros— escenas, calles, fachadas, perfiles, tiples, refranes, leyendas de mi terruño. Tengo tan presente las marchas, los pasos, los andares de los mineros. Hombres que parecian guardar su propia sombra. Ahí iban: oscuros y fijos, determinados y distantes. Con sus pesadas botas que producían pasos inapelables, con sus ropas de mezclilla, con sus cascos y sus lámparas de luz blanca. Imponían. Uno los respetaba.

En Guanajuato todos nos respetábamos. Mi buen padre, tan trabajador, t

an honrado. Mi madre, tan meticulosa. “¡Lávate muy bien las arcas!”, recomendaba. Arcas llamaba a las axilas. En la casa todo tenía un nombre. La familia se reunía. Se trataban los primos. Se alentaban estudios y vocaciones. Las tradiciones. Misas, bautizos, muertes. En familia se aprendía a llorar por los difuntos. A respetar a los grandes.


¿Te acuerdas del día que ya yo diputada federal me puse a defender a don Blas Chumacero? Ya estaba muy viejito. ¿Era mayor que don Fidel Velázquez? Ya ni me acuerdo. Pero clarito vi que todos los reporteros iban a llevarse por delante a don Blas. Que les grito. Los contuve. Y me puse frente a su curul. Esa legislatura, la LIII, fue histórica. Con Luis Donaldo Colosio, Fernando Ortiz Arana, Eliseo Mendoza Berrueto y Elba Esther Gordillo. ¡Yo fui muy feliz en mi calidad de diputada federal! Gané tras tocar puerta por puerta en Guanajuato. Ejercí mi trabajo en las comisiones.


Luego dirigí el Zoológico de Chapultepec. Adoré ese cargo. Yo amo a los animales. Curo, sano, alimento perros callejeros. Curo su sarna. Vigilo sus llagas. Los quiero. Algunos me han mordido, ya no digas la mano, la cara. Mírame bien, tengo cicatrices. Pero aquí están. Se trepan a mi cama, asaltan mi mesa, se me echan encima. Los aguanto. Quiero mucho a estos perros. No los saco a pasear. Ya no puedo caminar. La pierna, tú. Se me quebró. Ya no quede bien. Camino torcida, de lado, con dificultad. Camino “como chencha”. Hubo una guaracha que decía así: “camina como chencha”. No te creas, no me rindo.


Yo no me quiero morir. A cada rato veo al doctor Ibarra, director del Instituto Nacional de Rehabilitación. Lo veo en su consultorio de la colonia Roma. Un ángel, eso es el doctor Ibarra. Dirige ese centro desde que el doctor Jesús Kumate lo fundó. Hace unos días vio mis apuros económicos y me sugirió sibilinamente: “¿Qué tal si nos buscamos un maridito, China?” Me dio un ataque de risa. ¿Un maridito a estas alturas? Con lo poco que gano pago a mis médicos y compro lo que me recetan.


Pero, ¡qué mal nos pagan a los periodistas! Y mi mundo de escritora, de creadora monopolizado. Becas, premios, viajes, aplausos y homenajes para unos cuantos. ¡Siempre los mismos! Oye, no se vale, no es justo. Uno ha hecho, uno hace. Traté a Ricardo Garibay. ¡Qué bien escribía Ricardo! Y se gastaba cada puntada...


Yo quiero mucho a mi país. Admiro su buen cine. En el pasado lo defendí. Me emocionó saludar el otro día al Presidente de la República. En Antropología. Se detuvo muy amable para saludarme. Con Echeverría pude quedarme unos días en Chile. “Observen el trabajo del presidente Salvador Allende”, nos recomendó. Y nos quedamos.


En esos días hubo una gran inundación en Guanajuato. Y llegó la esposa del Presidente a barrer las calles de mi pueblo. Doña María Esther Zuno era única, cariñosa, generosa y enérgica. Mujer jalisciense, de provincia. Cultivadora y protectora de lo nuestro.


Platico contigo y me llegan como en alud, como apresurados, como muy urgidos, muchos recuerdos. Días de mi vida. Memorias con rostro. Como Jorge Díaz Serrano, que era un caballero, hombre muy fino. Con él y con su esposa hice algunos viajes. Y lo visité en la cárcel. Hasta que él me lo prohibió. ¿Qué cosas, verdad? Otro día seguiremos la plática. Adiós.




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