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Holanda: ¿una lección para el resto del continente europeo?

  • Carlos Siula / Corresponsal
  • en Mundo

 

PARIS, Francia. (OEM-Informex).- La bomba explotó en Holanda, pero la onda expansiva llegó a toda Europa. Los resultados de la elección parlamentaria holandesa del miércoles significan -por un lado-, una clara advertencia para Francia y Alemania, que irán a las urnas en los próximos meses. Pero, sobre todo, representan un dramático llamado de atención para los otros países europeos que en los últimos años aplicaron implacables políticas de austeridad destinadas a equilibrar sus finanzas sin tener demasiado en cuenta el costo social de la purga.

La gran sorpresa que mostraron las urnas cuando se abrieron fue que el factor determinante de la elección no era la amenaza que representaba el Partido por la Libertad (PVV) del líder xenófobo, racista y antiislámico GeertWilders. El riesgo de una victoria de la extrema derecha estaba relativamente neutralizado por la existencia de tres mecanismos de protección del sistema: el “cordón sanitario” que forman los otros partidos del arco democrático, la proliferación de movimientos políticos (28) y la seguridad suplementaria, aportada por el sistema de proporcional integral que rige las elecciones holandesas.

El fantasma de la extrema derecha fue un instrumento de protesta utilizado por los electores para sancionar a los gobernantes y a una parte de la clase política. El mismo fenómeno probablemente se reproducirá en los próximos meses en Francia y Alemania. El PVV, el Frente Nacional (FN) y el movimiento de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD), canalizan sobre todo la protesta popular. Esa función la cumplió durante años el Partido Comunista. La prueba más elocuente es que su electorado proviene de los mismos sectores sociales -obreros, agricultores y empleados-, en los que antes abrevaban los comunistas. A esos grupos se sumaron ahora la clase media baja -desclasada por la crisis-, los desempleados y los jóvenes sin futuro y sin esperanzas.

En el caso de Holanda, los electores sancionaron claramente a los partidos que integraban la coalición de Gobierno que fue la encargada de aplicar uno de los programas de austeridad más severos de la historia moderna del país. Ese fenómeno explica el derrumbe del Partido Liberal y Demócrata (VDD) del primer ministro Mark Rutte. Si bien sigue siendo la principal formación política del reino, con 23 por ciento de los votos, perdió 10 escaños con relación a la última consulta.

La principal víctima de la cólera popular fue el Partido del Trabajo (PVDA), de tendencia socialdemócrata, que cayó 19 puntos (pasó de 24.8 por ciento a 5.7 por ciento) y de los 38 diputados actuales que tenía desde 2012 deberá contentarse con solo 9 parlamentarios. Más que de una sanción, se trata de una auténtica bofetada.

El líder socialdemócrata sancionado es Jero en Dijsselbloem, ministro de Finanzas holandés, pero -sobre todo-, famoso por ser el presidente del Eurogrupo, encargado de imponerle a Grecia el plan draconiano de austeridad que está desangrando al país.

En total, los partidos de la coalición que gobernó Holanda en los últimos cinco años perdieron 24 puntos, es decir, casi la mitad del resultado que habían logrado -en conjunto- en 2012.

En sentido inverso, los partidos anti-austeridad aunque favorables a la Unión Europea (UE) fueron los que obtuvieron mejores resultados, como la izquierda ecologista de Groen Links (GL) que cosechó a la mayoría de los decepcionados de la izquierda y pasó de cuatro a 14 escaños. El mismo análisis se aplica a los liberales de izquierda D66 que salieron de las urnas con 19 diputados (siete más que en 2012), que también habían tenido una actitud extremadamente crítica de la política económica de la coalición.

La elección holandesa se jugó, una vez más, en el terreno económico, como había intuido Bill Clinton en 1992: “It’stheeconomic, stupid”.

La coalición también lo sabía y los fundamentales exhibidos por el tándem Rutte-Dijsselbloem eran subyugantes, pero olvidaron que a los famosos equilibrios presupuestarios que encandilan a los economistas ultra-liberales suele faltarles el aspecto social. Para una gran mayoría de holandeses, el problema no es el Islam o la inmigración, sino la precariedad laboral, las desigualdades y el nivel de vida. Son las mismas preocupaciones que motivarán en los próximos meses a franceses y alemanes.

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Redacción El Sol de México

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