/ viernes 25 de diciembre de 2020

Barack Obama: memorias presidenciales

Una tierra prometida. Memorias presidenciales. Volumen I, Barack Obama. Fragmento publicado con autorización de Debate

Una tierra prometida. Memorias presidenciales. Volumen I, Barack Obama. Fragmento publicado con autorización de Debate

Foto: Cortesía

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De todas las habitaciones, los salones y los espacios emblemáticos de la Casa Blanca, mi lugar favorito era la columnata oeste, ese corredor enmarcó mis días durante ocho años. Un minuto de paseo al aire libre, de la casa a la oficina y viceversa. Era ahí donde cada mañana sentía la primera ráfaga de viento invernal o el primer golpe de calor estival. El lugar donde ordenaba mis ideas, hacía repaso de las reuniones que tenía por delante, revisaba los argumentos para convencer a congresistas escépticos o a votantes ansiosos y me preparaba para tomar tal o cual decisión o afrontar alguna crisis inminente.

En los primeros tiempos de la Casa Blanca, los despachos del equipo de trabajo del mandatario y la residencia de la primera familia, estaban bajo el mismo techo y la columnata oeste era poco más que un sendero hacia las caballerizas pero cuando Teddy Roosevelt accedió al cargo, decidió que en un único edificio no había espacio suficiente para albergar un equipo de trabajo moderno, seis hijos bulliciosos y su propia gordura, entonces ordenó la construcción de lo que acabarían siendo el ala oeste y el despacho oval y con el transcurso de las décadas y la sucesión de presidentes se acentuó la configuración actual de la columnata: un corchete al Jardín de las rosas por el norte y el oeste, el muro grueso en el extremo norte, silencioso y desnudo, salvo por las elevadas ventanas de media luna, las imponentes cortinas blancas en el costado oeste como una Guardia de Honor que franquea el paso al caminante.

Barack Obama lamentó la retirada del Acuerdo de París anunciada por su sucesor, Donald Trump Foto: AFP

Por lo general soy de andares lentos. "Un caminar hawaiano", como suele decir Michel, a veces con un dejo de impaciencia. Pero bajo la columnata caminaba de otra manera, consciente de la historia que ahí se había fraguado y de quienes me habían precedido mis zancadas se alargaban mi marcha ganaba en vigor, mis pasos sobre la piedra resonaban acompañados del eco de los guardaespaldas del Servicio Secreto que me seguían a pocos metros. Cuando llegaba a la rampa al final de la columnata, legado de Franklin D. Roosvelt y su silla de ruedas, lo imagino sonriendo, con el mentón adelantado y la boquilla del cigarro firmemente sujeta entre los dientes mientras se esfuerza por subir la pendiente.

Saludaba al guardia uniformado situado justo pasando la puerta acristalada. A veces el guardia estaba conteniendo a un grupo de sorprendidos visitantes si tenía tiempo los saludaba también y les preguntaba de dónde venían pero lo más habitual era que me limitara a girar a la izquierda siguiendo la pared exterior de la sala del Gabinete y entrar por la puerta lateral al despacho oval donde saludaba a mi equipo, tomaba mi agenda, mi taza de té caliente y empezaba la rutina del día.

Foto: AFP

Varias veces a la semana, al salir a la columnata me encontraba con los jardineros trabajando en el jardín de las rosas, todos ellos empleados del Servicio de Parques Nacionales. Eran casi todos hombres mayores vestidos con uniformes caqui a veces con una gorra a juego para protegerse del sol o un grueso abrigo para el frío. Si no llegaba tarde a donde fuera, me detenía a felicitarlos por las nuevas plantas o a preguntarles por los daños causados por la tormenta de la noche anterior y me explicaban su trabajo con discreto orgullo. Eran hombres de pocas palabras e incluso entre ellos se comunicaban mediante gestos con las manos o con la cabeza. Aunque cada uno se concentraba en su propia tarea, todos se movían de manera grácil y acompasada. Uno de los más mayores era Ed Thomas, un hombre negro, alto nervudo y con las mejillas hundidas que llevaba 40 años trabajando en la Casa Blanca. Cuando lo conocí, se sacó un pañuelo del bolsillo trasero para limpiarse antes de darme la mano. Su mano, con venas gruesas y nudosas como la raíz de un árbol, envolvió la mía. Le pregunté cuánto tiempo pensaba seguir en la Casa Blanca antes de jubilarse. "No lo sé señor presidente", me contestó. "Me gusta trabajar, las articulaciones me empiezan a rechinar, pero supongo que seguiré mientras usted esté aquí para asegurarme de que el jardín esté bien lucido". Y vaya si lo estaba.

Barack Obama Foto: EFE

Una tierra prometida. Memorias presidenciales. Volumen I, Barack Obama. Fragmento publicado con autorización de Debate

Foto: Cortesía

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De todas las habitaciones, los salones y los espacios emblemáticos de la Casa Blanca, mi lugar favorito era la columnata oeste, ese corredor enmarcó mis días durante ocho años. Un minuto de paseo al aire libre, de la casa a la oficina y viceversa. Era ahí donde cada mañana sentía la primera ráfaga de viento invernal o el primer golpe de calor estival. El lugar donde ordenaba mis ideas, hacía repaso de las reuniones que tenía por delante, revisaba los argumentos para convencer a congresistas escépticos o a votantes ansiosos y me preparaba para tomar tal o cual decisión o afrontar alguna crisis inminente.

En los primeros tiempos de la Casa Blanca, los despachos del equipo de trabajo del mandatario y la residencia de la primera familia, estaban bajo el mismo techo y la columnata oeste era poco más que un sendero hacia las caballerizas pero cuando Teddy Roosevelt accedió al cargo, decidió que en un único edificio no había espacio suficiente para albergar un equipo de trabajo moderno, seis hijos bulliciosos y su propia gordura, entonces ordenó la construcción de lo que acabarían siendo el ala oeste y el despacho oval y con el transcurso de las décadas y la sucesión de presidentes se acentuó la configuración actual de la columnata: un corchete al Jardín de las rosas por el norte y el oeste, el muro grueso en el extremo norte, silencioso y desnudo, salvo por las elevadas ventanas de media luna, las imponentes cortinas blancas en el costado oeste como una Guardia de Honor que franquea el paso al caminante.

Barack Obama lamentó la retirada del Acuerdo de París anunciada por su sucesor, Donald Trump Foto: AFP

Por lo general soy de andares lentos. "Un caminar hawaiano", como suele decir Michel, a veces con un dejo de impaciencia. Pero bajo la columnata caminaba de otra manera, consciente de la historia que ahí se había fraguado y de quienes me habían precedido mis zancadas se alargaban mi marcha ganaba en vigor, mis pasos sobre la piedra resonaban acompañados del eco de los guardaespaldas del Servicio Secreto que me seguían a pocos metros. Cuando llegaba a la rampa al final de la columnata, legado de Franklin D. Roosvelt y su silla de ruedas, lo imagino sonriendo, con el mentón adelantado y la boquilla del cigarro firmemente sujeta entre los dientes mientras se esfuerza por subir la pendiente.

Saludaba al guardia uniformado situado justo pasando la puerta acristalada. A veces el guardia estaba conteniendo a un grupo de sorprendidos visitantes si tenía tiempo los saludaba también y les preguntaba de dónde venían pero lo más habitual era que me limitara a girar a la izquierda siguiendo la pared exterior de la sala del Gabinete y entrar por la puerta lateral al despacho oval donde saludaba a mi equipo, tomaba mi agenda, mi taza de té caliente y empezaba la rutina del día.

Foto: AFP

Varias veces a la semana, al salir a la columnata me encontraba con los jardineros trabajando en el jardín de las rosas, todos ellos empleados del Servicio de Parques Nacionales. Eran casi todos hombres mayores vestidos con uniformes caqui a veces con una gorra a juego para protegerse del sol o un grueso abrigo para el frío. Si no llegaba tarde a donde fuera, me detenía a felicitarlos por las nuevas plantas o a preguntarles por los daños causados por la tormenta de la noche anterior y me explicaban su trabajo con discreto orgullo. Eran hombres de pocas palabras e incluso entre ellos se comunicaban mediante gestos con las manos o con la cabeza. Aunque cada uno se concentraba en su propia tarea, todos se movían de manera grácil y acompasada. Uno de los más mayores era Ed Thomas, un hombre negro, alto nervudo y con las mejillas hundidas que llevaba 40 años trabajando en la Casa Blanca. Cuando lo conocí, se sacó un pañuelo del bolsillo trasero para limpiarse antes de darme la mano. Su mano, con venas gruesas y nudosas como la raíz de un árbol, envolvió la mía. Le pregunté cuánto tiempo pensaba seguir en la Casa Blanca antes de jubilarse. "No lo sé señor presidente", me contestó. "Me gusta trabajar, las articulaciones me empiezan a rechinar, pero supongo que seguiré mientras usted esté aquí para asegurarme de que el jardín esté bien lucido". Y vaya si lo estaba.

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