/ sábado 8 de diciembre de 2018

¿Cuáles son las fuerzas y debilidades de los Chalecos Amarillos?

Movimiento hostil a cualquier organización y partido político, sin dirigentes ni ideología

La fuerza y la debilidad del movimiento de “chalecos amarillos” es, curiosamente, la misma: su estructura multifacética y sus características anárquicas.

Esa rebelión que desde hace tres semanas logró estremecer a Francia y sacudir la estabilidad del gobierno de Emmanuel Macron, nació a través de las redes sociales en forma espontánea, es abiertamente hostil a toda forma de organización, no se reconoce en ningún partido político, no tiene dirigentes, carece de ideología y su plataforma se limita a una larga lista de reivindicaciones confusas.

Sus integrantes tampoco se definen como partidarios de la izquierda ni de la derecha, aunque detrás de algunos activistas se adivina la mano oculta del partido Reunificación Nacional (ex Frente Nacional) de Marine Le Pen o del movimiento populista de izquierda Francia Insumisa de Jean-Luc Melenchon.

"Rechazan todo lo que representa al poder. Aunque no lo expresan de esa manera, su lucha es contra el sistema", interpreta Édouard Martin, eurodiputado del Partido Socialista francés.

Es por eso que, hasta el momento, se han negado sistemáticamente a organizarse como partido o movimiento estructurado.

Esa frescura y espontaneidad fue el factor clave que les permitió brotar como hongos en todo el país y obtener la simpatía de más de 80% de los franceses. Pero esas cualidades se transformaron en su talón de Aquiles cuando debieron enfrentar la cruel realidad de la lucha política.

El movimiento había comenzado como una protesta contra el aumento de impuestos a los combustibles. Pero ese nuevo gravamen, último eslabón de una cadena de ajustes impositivos, adquirió un valor altamente simbólico.

“La Revolución Francesa que derrumbó a la monarquía en 1789 empezó como una explosión de cólera contra los impuestos”, afirma el historiador Gerard Noiriel, especialista de las luchas populares.

El gobierno no supo reaccionar a tiempo y permitió que, detrás de ese reclamo inicial, comenzaran a acumularse nuevas exigencias que iban desde un pedido de revalorización del poder adquisitivo, las dificultades de la vida en las zonas periurbanas, la renuncia de Macron, la supresión del Senado, la convocatoria de elecciones, la organización de un referéndum y hasta la creación de una asamblea popular.

“En ese sentido, el movimiento de los “chalecos amarillos” traduce la angustia de la clase media frente a la brutal transformación de los modos de vida que impone el siglo XXI y que también explican el surgimiento del populismo”, estimó el sociólogo Michel Wieviorka.

Aunque sus reivindicaciones fueran posibles, los “chalecos amarillos” comprobaron que no tenían representantes capaces de hablar en nombre del movimiento ni para dialogar con el poder. Cada portavoz que designaban, era cuestionado por los militantes o amenazado por una corriente radical que no se sentía representada ni les consideraba autorizados para hablar.

Ese vacío de poder permitió, por un lado, que algunos sectores trataran de apropiarse de la rebelión para lanzarla en aventuras inciertas. Una de las estrellas mediáticas del movimiento, Eric Drouet, propuso en Facebook lanzarse a la conquista del Palacio del Elíseo (sede del poder). Maxime Nicolle, conocido en internet por su seudónimo de Fly Rider, multiplicó las andanadas de rumores, fake news, versiones fantasiosas y consignas extremistas —como la “destitución de Macron”— que terminaron de perturbar a los “chalecos amarillos”.

A pesar de un déficit flagrante de método para hacer prosperar sus reivindicaciones, el movimiento persistió en rehusar la cooperación con partidos y sindicatos que –guste o no– son los únicos que tienen oficio y experiencia para organizar, canalizar y expresar movimientos populares.

El divorcio con los sindicatos, por ejemplo, impidió que las grandes manifestaciones realizadas en París y en las principales ciudades del interior contara con adecuados “servicios de orden”. Esos “especialistas” no solo sirven para impedir agresiones y desbordes de los militantes más exaltados, sino sirven para evitar la acción de grupúsculos de extremistas y vándalos, que son los principales factores de disturbios, destrozos, incendios y robos.

Eso explica la facilidad con que la ultra derecha, la extrema izquierda, los vándalos y los jóvenes desclasados de los suburbios infiltraron a los manifestantes y provocaron los violentos disturbios que conmocionaron al país.

En el fondo, los “chalecos amarillos” parecen haber comenzado a comprender algo que los sindicalistas y políticos “profesionales” aprendieron con la experiencia: para enfrentar el poder, es necesario tener ideas claras, estructuras organizadas y reivindicaciones precisas. Esas condiciones, como en cualquier oficio, se aprenden con el tiempo y la experiencia.

Mientras tanto, hoy llevarán a cabo una nueva manifestación que ha despertado los temores del gobierno francés por la radicalización de la protestas, encabezada por movimientos de extrema derecha y de extrema izquierda, con la amenaza de anexión de miles de estudiantes

La fuerza y la debilidad del movimiento de “chalecos amarillos” es, curiosamente, la misma: su estructura multifacética y sus características anárquicas.

Esa rebelión que desde hace tres semanas logró estremecer a Francia y sacudir la estabilidad del gobierno de Emmanuel Macron, nació a través de las redes sociales en forma espontánea, es abiertamente hostil a toda forma de organización, no se reconoce en ningún partido político, no tiene dirigentes, carece de ideología y su plataforma se limita a una larga lista de reivindicaciones confusas.

Sus integrantes tampoco se definen como partidarios de la izquierda ni de la derecha, aunque detrás de algunos activistas se adivina la mano oculta del partido Reunificación Nacional (ex Frente Nacional) de Marine Le Pen o del movimiento populista de izquierda Francia Insumisa de Jean-Luc Melenchon.

"Rechazan todo lo que representa al poder. Aunque no lo expresan de esa manera, su lucha es contra el sistema", interpreta Édouard Martin, eurodiputado del Partido Socialista francés.

Es por eso que, hasta el momento, se han negado sistemáticamente a organizarse como partido o movimiento estructurado.

Esa frescura y espontaneidad fue el factor clave que les permitió brotar como hongos en todo el país y obtener la simpatía de más de 80% de los franceses. Pero esas cualidades se transformaron en su talón de Aquiles cuando debieron enfrentar la cruel realidad de la lucha política.

El movimiento había comenzado como una protesta contra el aumento de impuestos a los combustibles. Pero ese nuevo gravamen, último eslabón de una cadena de ajustes impositivos, adquirió un valor altamente simbólico.

“La Revolución Francesa que derrumbó a la monarquía en 1789 empezó como una explosión de cólera contra los impuestos”, afirma el historiador Gerard Noiriel, especialista de las luchas populares.

El gobierno no supo reaccionar a tiempo y permitió que, detrás de ese reclamo inicial, comenzaran a acumularse nuevas exigencias que iban desde un pedido de revalorización del poder adquisitivo, las dificultades de la vida en las zonas periurbanas, la renuncia de Macron, la supresión del Senado, la convocatoria de elecciones, la organización de un referéndum y hasta la creación de una asamblea popular.

“En ese sentido, el movimiento de los “chalecos amarillos” traduce la angustia de la clase media frente a la brutal transformación de los modos de vida que impone el siglo XXI y que también explican el surgimiento del populismo”, estimó el sociólogo Michel Wieviorka.

Aunque sus reivindicaciones fueran posibles, los “chalecos amarillos” comprobaron que no tenían representantes capaces de hablar en nombre del movimiento ni para dialogar con el poder. Cada portavoz que designaban, era cuestionado por los militantes o amenazado por una corriente radical que no se sentía representada ni les consideraba autorizados para hablar.

Ese vacío de poder permitió, por un lado, que algunos sectores trataran de apropiarse de la rebelión para lanzarla en aventuras inciertas. Una de las estrellas mediáticas del movimiento, Eric Drouet, propuso en Facebook lanzarse a la conquista del Palacio del Elíseo (sede del poder). Maxime Nicolle, conocido en internet por su seudónimo de Fly Rider, multiplicó las andanadas de rumores, fake news, versiones fantasiosas y consignas extremistas —como la “destitución de Macron”— que terminaron de perturbar a los “chalecos amarillos”.

A pesar de un déficit flagrante de método para hacer prosperar sus reivindicaciones, el movimiento persistió en rehusar la cooperación con partidos y sindicatos que –guste o no– son los únicos que tienen oficio y experiencia para organizar, canalizar y expresar movimientos populares.

El divorcio con los sindicatos, por ejemplo, impidió que las grandes manifestaciones realizadas en París y en las principales ciudades del interior contara con adecuados “servicios de orden”. Esos “especialistas” no solo sirven para impedir agresiones y desbordes de los militantes más exaltados, sino sirven para evitar la acción de grupúsculos de extremistas y vándalos, que son los principales factores de disturbios, destrozos, incendios y robos.

Eso explica la facilidad con que la ultra derecha, la extrema izquierda, los vándalos y los jóvenes desclasados de los suburbios infiltraron a los manifestantes y provocaron los violentos disturbios que conmocionaron al país.

En el fondo, los “chalecos amarillos” parecen haber comenzado a comprender algo que los sindicalistas y políticos “profesionales” aprendieron con la experiencia: para enfrentar el poder, es necesario tener ideas claras, estructuras organizadas y reivindicaciones precisas. Esas condiciones, como en cualquier oficio, se aprenden con el tiempo y la experiencia.

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