/ jueves 25 de abril de 2019

Elecciones, el desafío del separatismo catalán

Un año y medio después de la proclamación de la independencia de Cataluña el tema “sigue apasionando a la opinión pública y dividiendo a la clase política

PARÍS. El desafío que representa el independentismo catalán será uno de los temas cruciales de las elecciones legislativas del próximo domingo en España y el factor determinante del proceso de negociaciones para integrar una mayoría de gobierno que comenzará cuando se conozcan los resultados finales.

“Los independentistas y las derechas saben que la independencia no se va a producir”, afirmó Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y actual presidente del gobierno.

Un año y medio después de la proclamación de la independencia de Cataluña, el 27 de noviembre de 2017, el tema “sigue apasionando a la opinión pública y dividiendo a la clase política.

Y, por supuesto, estará presente en las urnas el domingo 28 de abril”, pronostica el escritor Félix Ovejero Lucas, profesor de la Universidad de Barcelona.

Una encuesta realizada a mediados del año pasado reveló que 38.8% de los catalanes seguían siendo fieles a la idea de independencia.

Esa cifra representa apenas 2 puntos menos que en noviembre de 2017, en el momento de mayor fervor.

Sin abandonar sus posiciones, los separatistas más radicalizados, como la Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), extremaron su prudencia para no favorecer a los conservadores del Partido Popular (PP) y mucho menos al nuevo partido Vox de ultraderecha.

Con diferencia de matices, ambos son partidarios de prohibir las formaciones independentistas y promover un regreso a la centralización del país basada en la supresión de los gobiernos regionales y parlamentos autónomos.

Para eludir los riesgos que presenta persistir en ese camino de cornisa, Pedro Sánchez adoptó una posición equidistante entre ambos extremos al equiparar al independentismo con la derecha: “Quieren a Cataluña y a España solo para ellos”, sostuvo.

También intentó evitar que el problema independentista se convirtiera en eje de la campaña y se negó a incluir en su programa electoral la propuesta de negociación con la Generalitat (gobierno de Cataluña).

Pero, como en política son las realidades las que mandan, realizó una larga gira en la región para “reconquistar” el voto socialista en Cataluña. La historia demuestra que el PSOE sólo ha gobernado en España cuando ganó con claridad en Andalucía y Cataluña. Aunque tiene margen para aumentar la cantidad de diputados con respecto a 2016, el gran salto para llegar a esa amplia mayoría que pretende Sánchez depende de un voto masivo de apoyo en Cataluña.

Teniendo en cuenta que difícilmente podrá reunir la mitad de escaños en el Congreso de Diputados, la paradoja es que, para poder integrar una de gobierno, Pedro Sánchez volvería a necesitar los votos de los independentistas para ser investido presidente.

El mismo dilema enfrenta la derecha, pues la suma del PP, Ciudadanos y Vox tampoco totalizaría los 176 escaños que marcan la mayoría absoluta, como indicó un sondeo preelectoral de Metroscopia.

La campaña del PSOE y el impacto que provocó el proceso separatista catalán hace 18 meses amenaza con transformar el tradicional equilibrio político de las regiones más independentistas.

En Cataluña, ERC se convertiría en la fuerza claramente hegemónica dentro del independentismo al lograr unos 15 escaños, mientras que Juntos por Cataluña se quedaría con 5. En 2016 la distancia entre ambos había sido de un solo diputado.

En el País Vasco, el PNV, por su parte, pasaría a 6 o 7 parlamentarios (contra 5 en la actualidad). Y Compromís se quedaría en 3 o 4. Euskal Herria Bildu lograría 2 o 3 (ahora tiene 2), y la coalición Navarra Suma podría llegar a 2.

Ese complejo mosaico prefigura un proceso endiablado de investidura. Los dos bloques mayoritarios de izquierda y derecha deberán llegar a acuerdos programáticos con los sectores más radicales de sus respectivos sectores ideológicos.

La gran fluctuación de las intenciones de voto perceptible en los últimos días impide realizar pronósticos demasiados precisos sobre los resultados.

Pero una cosa está clara: el comportamiento de los electorados en las regiones más proclives al independentismo —como Cataluña y el País Vasco— impedirá el retorno a una polarización política del electorado y del Parlamento.

España sin duda entrará el domingo en un esquema de pentapartido con todos los riesgos que eso implica en una época de amenazas populistas.

PARÍS. El desafío que representa el independentismo catalán será uno de los temas cruciales de las elecciones legislativas del próximo domingo en España y el factor determinante del proceso de negociaciones para integrar una mayoría de gobierno que comenzará cuando se conozcan los resultados finales.

“Los independentistas y las derechas saben que la independencia no se va a producir”, afirmó Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y actual presidente del gobierno.

Un año y medio después de la proclamación de la independencia de Cataluña, el 27 de noviembre de 2017, el tema “sigue apasionando a la opinión pública y dividiendo a la clase política.

Y, por supuesto, estará presente en las urnas el domingo 28 de abril”, pronostica el escritor Félix Ovejero Lucas, profesor de la Universidad de Barcelona.

Una encuesta realizada a mediados del año pasado reveló que 38.8% de los catalanes seguían siendo fieles a la idea de independencia.

Esa cifra representa apenas 2 puntos menos que en noviembre de 2017, en el momento de mayor fervor.

Sin abandonar sus posiciones, los separatistas más radicalizados, como la Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), extremaron su prudencia para no favorecer a los conservadores del Partido Popular (PP) y mucho menos al nuevo partido Vox de ultraderecha.

Con diferencia de matices, ambos son partidarios de prohibir las formaciones independentistas y promover un regreso a la centralización del país basada en la supresión de los gobiernos regionales y parlamentos autónomos.

Para eludir los riesgos que presenta persistir en ese camino de cornisa, Pedro Sánchez adoptó una posición equidistante entre ambos extremos al equiparar al independentismo con la derecha: “Quieren a Cataluña y a España solo para ellos”, sostuvo.

También intentó evitar que el problema independentista se convirtiera en eje de la campaña y se negó a incluir en su programa electoral la propuesta de negociación con la Generalitat (gobierno de Cataluña).

Pero, como en política son las realidades las que mandan, realizó una larga gira en la región para “reconquistar” el voto socialista en Cataluña. La historia demuestra que el PSOE sólo ha gobernado en España cuando ganó con claridad en Andalucía y Cataluña. Aunque tiene margen para aumentar la cantidad de diputados con respecto a 2016, el gran salto para llegar a esa amplia mayoría que pretende Sánchez depende de un voto masivo de apoyo en Cataluña.

Teniendo en cuenta que difícilmente podrá reunir la mitad de escaños en el Congreso de Diputados, la paradoja es que, para poder integrar una de gobierno, Pedro Sánchez volvería a necesitar los votos de los independentistas para ser investido presidente.

El mismo dilema enfrenta la derecha, pues la suma del PP, Ciudadanos y Vox tampoco totalizaría los 176 escaños que marcan la mayoría absoluta, como indicó un sondeo preelectoral de Metroscopia.

La campaña del PSOE y el impacto que provocó el proceso separatista catalán hace 18 meses amenaza con transformar el tradicional equilibrio político de las regiones más independentistas.

En Cataluña, ERC se convertiría en la fuerza claramente hegemónica dentro del independentismo al lograr unos 15 escaños, mientras que Juntos por Cataluña se quedaría con 5. En 2016 la distancia entre ambos había sido de un solo diputado.

En el País Vasco, el PNV, por su parte, pasaría a 6 o 7 parlamentarios (contra 5 en la actualidad). Y Compromís se quedaría en 3 o 4. Euskal Herria Bildu lograría 2 o 3 (ahora tiene 2), y la coalición Navarra Suma podría llegar a 2.

Ese complejo mosaico prefigura un proceso endiablado de investidura. Los dos bloques mayoritarios de izquierda y derecha deberán llegar a acuerdos programáticos con los sectores más radicales de sus respectivos sectores ideológicos.

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