/ martes 28 de marzo de 2017

Gabinete negro en el Palacio del Elíseo: ¿Realidad o paranoia?

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- ¿El presidente François Hollande tiene en el Palacio del Elíseo un gabinete negro encargado de espiar a sus adversarios políticos y de montar operaciones de acción psicológica?

Eso es, en todo caso, lo que afirma un grupo de dirigentes de primer nivel del partido de derecha conservadora Los Republicanos (LR). En un “mensaje de información” dirigido a la responsable de la Fiscalía Nacional Financiera, Éliane Houlette, y al fiscal de París, François Molins, esos barones del partido sarkozysta reclaman una investigación judicial sobre la existencia de una “estructura clandestina” que habría funcionado durante los cinco años del Gobierno de Hollande en la sede de la presidencia francesa.

La iniciativa fue firmada por Bruno Retailleau (jefe de campaña del candidato presidencial de LR, François Fillon), Christian Jacob (líder del grupo parlamentario en la Cámara de Diputados), Valérie Pécresse (presidenta de la región parisina), Philippe Bas (titular de la Comisión Legislativa del Senado), Natalie Kosciusko-Morizet (responsable de LR en el Concejo de París) y Luc Chatel, portavoz de Fillon.

El grupo, sin embargo, aún no tradujo esa acusación en una denuncia formal y se limitó a remitir a la justicia 12 párrafos diseminados en las 264 páginas del libro Bienvenue Place Beauvau. Police : les secrets inavouables d’un quinquennat (Bienvenido a Place Beauveau. Policía: los secretos inconfesables de un quinquenio),que acaba de salir en París. Place Beauvau es una minúscula plazoleta donde está ubicada la sede del Ministerio del Interior francés, justo enfrente del Palacio del Elíseo.

Los tres periodistas que escribieron ese documento —Olivia Recasens, Didier Hassoux y Christophe Labbé— reconocen que durante su larga investigación trataron de probar la existencia de un gabinete negro, pero nunca pudieron encontrar evidencias concretas capaces de confirmar sus sospechas. El escándalo había estallado el jueves pasado, cuando el propio Fillon lanzó la primera denuncia durante un programa de televisión difundido a la hora de mayor audiencia.

“Un candidato presidencial debe respetar un mínimo de dignidad y de responsabilidad. Fillon está lejos de cumplir con esos requisitos”, replicó Hollande.

El objetivo de la derecha, según la mayoría de los expertos, consiste en provocar un escándalo de grandes proporciones para revitalizar la campaña de Fillon y galvanizar a sus militantes después de la decepción provocada por sus problemas judiciales. A 25 días de la primera vuelta de la elección presidencial, prevista para el 23 de abril, Fillon ocupa el tercer lugar en los sondeos.

con 17 por ciento de intenciones de votos.

El candidato inicialmente basó su campaña en su imagen de probidad, pero perdió la confianza de sus electores cuando fue inculpado por la justicia por “malversación” y “desvío y apropiación indebida de fondos públicos” en relación con los empleos ficticios como asistentes parlamentarios acordados a su esposa y dos hijos, y otra falsa ocupación laboral de su mujer en la Revista de Dos Mundos.

También fue imputado por “no haber declarado a la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública un préstamo de 50 mil euros concedido por un poderoso empresario. Su imagen volvió a ser salpicada cuando se supo que un “mecenas” le regaló varios trajes por valor de 35 mil 500 euros. A fines de la semana pasada, Fillon tuvo que admitir haber recibido como regalo, “sin ninguna contrapartida”, dos relojes de lujo valuados en 10 mil y 12 mil euros respectivamente.

Pese a los esfuerzos del candidato y sus principales colaboradores, la opinión pública reaccionó con escepticismo a esas denuncias. En primer lugar porque su imagen y su credibilidad resultaron fuertemente deterioradas en los últimos dos meses. Pero, sobre todo, porque los autores del libro admiten que nunca pudieron hallar la menor evidencia sobre la supuesta “estructura clandestina”.

No obstante, la opinión pública se excita siempre frente a la fórmula de gabinete negro, que evoca la época en que toda la correspondencia del país era controlada por la policía de la monarquía. Esa práctica continuó durante los 11 años que Joseph Fouché ocupó el temible Ministerio de Policía de Napoleón Bonaparte.

Otro casi emblemático, más reciente, fue el centro clandestino de escuchas telefónicas e intercepción del correo, creado durante el Gobierno de François Mitterrand en un subsuelo del Elíseo. El presidente socialista, que quería preservar el secreto sobre la existencia de una hija nacida de una relación morganática, hizo espiar a decenas de personas, entre ellas varios periodistas, el escritor Jean-Edern Hallier e incluso la actriz Carole Bouquet.

Desde la época de Fouchet, todos los gobiernos fueron acusados de espiar y de montar campañas de desprestigio contra sus adversarios. Una buena parte de esas incriminaciones forma parte del folklore político y depende del nivel de paranoia de los protagonistas, como acaba de demostrar Donald Trump con sus denuncias de espionaje telefónico contra Barack Obama.

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- ¿El presidente François Hollande tiene en el Palacio del Elíseo un gabinete negro encargado de espiar a sus adversarios políticos y de montar operaciones de acción psicológica?

Eso es, en todo caso, lo que afirma un grupo de dirigentes de primer nivel del partido de derecha conservadora Los Republicanos (LR). En un “mensaje de información” dirigido a la responsable de la Fiscalía Nacional Financiera, Éliane Houlette, y al fiscal de París, François Molins, esos barones del partido sarkozysta reclaman una investigación judicial sobre la existencia de una “estructura clandestina” que habría funcionado durante los cinco años del Gobierno de Hollande en la sede de la presidencia francesa.

La iniciativa fue firmada por Bruno Retailleau (jefe de campaña del candidato presidencial de LR, François Fillon), Christian Jacob (líder del grupo parlamentario en la Cámara de Diputados), Valérie Pécresse (presidenta de la región parisina), Philippe Bas (titular de la Comisión Legislativa del Senado), Natalie Kosciusko-Morizet (responsable de LR en el Concejo de París) y Luc Chatel, portavoz de Fillon.

El grupo, sin embargo, aún no tradujo esa acusación en una denuncia formal y se limitó a remitir a la justicia 12 párrafos diseminados en las 264 páginas del libro Bienvenue Place Beauvau. Police : les secrets inavouables d’un quinquennat (Bienvenido a Place Beauveau. Policía: los secretos inconfesables de un quinquenio),que acaba de salir en París. Place Beauvau es una minúscula plazoleta donde está ubicada la sede del Ministerio del Interior francés, justo enfrente del Palacio del Elíseo.

Los tres periodistas que escribieron ese documento —Olivia Recasens, Didier Hassoux y Christophe Labbé— reconocen que durante su larga investigación trataron de probar la existencia de un gabinete negro, pero nunca pudieron encontrar evidencias concretas capaces de confirmar sus sospechas. El escándalo había estallado el jueves pasado, cuando el propio Fillon lanzó la primera denuncia durante un programa de televisión difundido a la hora de mayor audiencia.

“Un candidato presidencial debe respetar un mínimo de dignidad y de responsabilidad. Fillon está lejos de cumplir con esos requisitos”, replicó Hollande.

El objetivo de la derecha, según la mayoría de los expertos, consiste en provocar un escándalo de grandes proporciones para revitalizar la campaña de Fillon y galvanizar a sus militantes después de la decepción provocada por sus problemas judiciales. A 25 días de la primera vuelta de la elección presidencial, prevista para el 23 de abril, Fillon ocupa el tercer lugar en los sondeos.

con 17 por ciento de intenciones de votos.

El candidato inicialmente basó su campaña en su imagen de probidad, pero perdió la confianza de sus electores cuando fue inculpado por la justicia por “malversación” y “desvío y apropiación indebida de fondos públicos” en relación con los empleos ficticios como asistentes parlamentarios acordados a su esposa y dos hijos, y otra falsa ocupación laboral de su mujer en la Revista de Dos Mundos.

También fue imputado por “no haber declarado a la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública un préstamo de 50 mil euros concedido por un poderoso empresario. Su imagen volvió a ser salpicada cuando se supo que un “mecenas” le regaló varios trajes por valor de 35 mil 500 euros. A fines de la semana pasada, Fillon tuvo que admitir haber recibido como regalo, “sin ninguna contrapartida”, dos relojes de lujo valuados en 10 mil y 12 mil euros respectivamente.

Pese a los esfuerzos del candidato y sus principales colaboradores, la opinión pública reaccionó con escepticismo a esas denuncias. En primer lugar porque su imagen y su credibilidad resultaron fuertemente deterioradas en los últimos dos meses. Pero, sobre todo, porque los autores del libro admiten que nunca pudieron hallar la menor evidencia sobre la supuesta “estructura clandestina”.

No obstante, la opinión pública se excita siempre frente a la fórmula de gabinete negro, que evoca la época en que toda la correspondencia del país era controlada por la policía de la monarquía. Esa práctica continuó durante los 11 años que Joseph Fouché ocupó el temible Ministerio de Policía de Napoleón Bonaparte.

Otro casi emblemático, más reciente, fue el centro clandestino de escuchas telefónicas e intercepción del correo, creado durante el Gobierno de François Mitterrand en un subsuelo del Elíseo. El presidente socialista, que quería preservar el secreto sobre la existencia de una hija nacida de una relación morganática, hizo espiar a decenas de personas, entre ellas varios periodistas, el escritor Jean-Edern Hallier e incluso la actriz Carole Bouquet.

Desde la época de Fouchet, todos los gobiernos fueron acusados de espiar y de montar campañas de desprestigio contra sus adversarios. Una buena parte de esas incriminaciones forma parte del folklore político y depende del nivel de paranoia de los protagonistas, como acaba de demostrar Donald Trump con sus denuncias de espionaje telefónico contra Barack Obama.